Ars longa, vita brevis

Privilegios y violaciones

31 de December de 2011

Os voy a contar un cuento. Una parábola, más bien, ya que estamos en Navidad.

Es una ciudad pequeña, donde no hay sitio suficiente para vivir. La gente habita la calle. Todos los pisos son de alquiler, con caseros que tratan mal a los inquilinos, porque saben que, en cuanto uno se vaya, tienen a otro esperando para ocupar el piso, incluso pagando más.

Hay un edificio donde viven diez familias. En las diez hay una chica joven, adolescente. Un día, al casero le da por hacer el amor con ellas, pero ellas no quieren. Así que las va violando. Las familias, aunque están horrorizadas, tragan con el crimen, puesto que tienen miedo de ser expulsadas de las viviendas. Una por una, todas las chicas van siendo forzadas. Pero, al décimo día, el violador se cansa, y la chica que vivía en la última vivienda se libra.

Esta décima familia respira aliviada. El derecho de su hija se ha visto respetado, por un capricho del destino o por lo que sea. Comentan entre ellos: ¿qué harán ahora los otros vecinos? Suponen que harán una piña, denunciarán, y, con esfuerzo y algo de tiempo, se logrará meter entre rejas al violador. Tal vez se consiga indemnizar a las hijas, aunque el daño hecho no es cuantificable, pero sí irreparable.

La familia piensa unirse al resto de los vecinos cuando denuncien. Aunque no le han hecho nada a ellos, se ha atentado contra seres humanos, como ellos. Por otra parte, si se permite este tipo de cosas, ¿quién dice que no pueda pasarles a ellos en el futuro? Espera que llamen a su puerta solicitando su apoyo.

En lugar de ello, se entera de que los vecinos no guardan rencor al casero, sino a ellos. Dicen que la hija no forzada es una privilegiada, ya que no ha sido violada como las demás. Van comentando por la escalera que el casero también debería violar a la hija de la décima familia. Estos no pueden creerlo: ¿qué ganan con eso? Si violan a la única chica respetada, eso no reparará el daño causado. Además, se da legitimidad a la violación, con lo que el casero podrá seguir violando a su antojo. ¿Cómo puede pasar esto? La familia va casa por casa de sus vecinos, preguntando. Estos le responden que sí, que no quieren que se actúe contra el violador, que no quieren que se indemnice a sus hijas, que lo que quieren es que violen también a la suya. La privilegiada, la llaman. No entienden que la libertad sexual no es un privilegio, sino un derecho; pero, ya que les han hecho daño a ellos, encontrarían reconfortante que se lo hagan también a los demás.

Cambiad: la hija respetada y su familia son los funcionarios; el resto de familias con sus hijas, los demás trabajadores; el casero que viola a su antojo, los poderes económicos; el alcalde… ¿No he hablado del alcalde? No, no ha aparecido, con su inacción legitima las acciones del violador. El alcalde es el poder político. Las violaciones son los recortes en salarios, pero sobre todo en derechos, que todos venimos padeciendo desde hace años.

Las familias agraviadas que, cuando deberían pedir que se reparase su daño y se limitase la libertad del violador, piden que se viole a la única hija que queda sin forzar, son los que, en lugar de pedir recuperar sus derechos y su poder adquisitivo, piden que se los recorten a los funcionarios. Porque, total: la estabilidad laboral, por lo visto, es un privilegio.

Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo […]

Constitución española, Artículo 35.

Los privilegios de los funcionarios

30 de December de 2011

Acaba este 2011 con otra buena noticia para mí, y van seis o siete: me congelan el sueldo. Tenía previsto escribir un artículo dejando algunas cosas claras, pero me resulta imposible pensar en una manera más clara y concisa que la empleada por el ingeniero Miguel Lorente: Privilegios de funcionario. Leed, esta es la pura verdad (vía Menéame).

BBVA, eres imbécil

29 de December de 2011

Actualización: Como dice Pablo en este comentario, la opción no ha llegado a desaparecer, sino que está oculta. He comprobado que, a día de hoy, funciona. Lo cual arroja más preguntas a este enigma: ¿Por qué, entonces, dan instrucciones a sus teleoperadores para que digan que ya no existe esa posibilidad? ¿Por qué la esconden en un sitio —Consultar – Otros— que no parece el suyo? ¿Esta es la idea de un servicio eficiente y transparente para el usuario? ¿A qué huelen las nubes? Fin de la actualización.

1. Utilizo la palabra imbécil según la primera acepción del DRAE:

1. adj. Alelado, escaso de razón. U. t. c. s.

En esta entrada no consta que se use el término vulgarmente, como en otras (véase la primera acepción de chorizo², za, al final de esta página, por ejemplo).

Con todo, no tengo miedo a que el BBVA me demande, no porque un pedo de sus abogados —con perdón— no pueda aniquilarme a mí, a mi familia y a las siete generaciones venideras, sino porque a) soy menos que una mosca al lado de esta empresa, y el daño que puedo hacerle es proporcional, supongo, y b) lo que podrían sacarme es menos que se gasta cualquiera de sus directivos a la semana en cosmética masculina. Por otra parte, ignoro, pero dudo, que exista el delito de injuria contra una entidad que no sea una persona.

2. Trabajé durante casi un año para el BBVA, no como banquero, claro, sino como trabajador bancario. Lo que sé es poco más que lo que sabe cualquiera sobre un banco, una empresa de telecomunicaciones o cualquier otra empresa. Esto es: tanto al banco como a la empresa de telefonía, siempre hay que colgarle el teléfono, pues hay un axioma irrefutable. Ni BBVA ni Movistar van a pagar un sueldo a un teleoperador para que te llame y que así puedas ahorrarte dinero. Aquí el dinero se reparte entre tres: el banco, la compañía de teléfonos y tú. Todo lo que te quedes tú, no se lo llevan ellos. Así de simple. Por lo tanto, si recibes alguna llamada ofreciéndote algún producto, no va a ser ventajoso para ti, sino para ellos.

Esto me permitió confirmar que entrábamos en una crisis de la gran copa en abril de 2008, cuando aún había gente en este país que dudaba de que España fuera a entrar en recesión (o directamente lo negaban, como algún que otro ministro de Economía). Entonces recibí una carta del banco, y… Bueno, leed vosotros mismos.

Aunque supiera más que el común de los mortales, no lo soltaría aquí, no por ninguna cláusula de confidencialidad que no recuerdo haber firmado —aunque probablemente lo haya hecho—, sino por lealtad a quien me tuvo empleado durante diez meses y luego me dio una patada en las posaderas. Yo sí soy decente. No, no he dicho que otros no lo sean.

3. Al grano. Entre los productos que tengo contratados con el banco, hay una tarjeta de crédito – débito. Estoy en una época más o menos consciente de mi economía y evito comprar a crédito. Probadlo, es genial: antes de salir a gastar, pasad por el cajero, retirad el efectivo y dejad la tarjeta en casa. Simplemente haciendo eso se ahorra bastante. Pero a lo que vamos.

Cuando no tengo más remedio que utilizar el crédito de mi tarjeta (normalmente, al pagar mi cuenta de Xbox Live o cuando compro algún juego para el iPad, o alguna cosa por internet) inmediatamente accedo a bbva.es y traspaso de mi cuenta el importe de lo gastado. Así consigo dos cosas bastante importantes:

– Soy consciente en cada momento del dinero que tengo, porque mi tarjeta está a cero. El dinero que debes es dinero que no tienes, y yo no quiero sorpresas. Si quiero saber cuánto me queda, consulto mi saldo y ya lo sé.

– Cada minuto (en realidad no sé cada cuánto tiempo, puede ser cada día, cada semana o cada mes) que tienes tu tarjeta con algo de saldo consumido, el banco está recogiendo intereses. Estoy bastante seguro de que es muy poco (pero ¿cuánto es poco? ¿Y cuánto es poco para mí?). Pero no quiero regalarles un céntimo más de lo imprescindible.

He adquirido un par de juegos para el iPad estos últimos días, con lo que he consumido algo del saldo de la tarjeta. Ayer me metí en bbva.es para realizar la operación de siempre: traspasar dinero de mi cuenta de ahorro al crédito de la tarjeta.

La opción había desaparecido.

¿Se habrá movido de sitio? Realicé una búsqueda en la página, y encontré la pregunta, y la respuesta: la opción que buscas está siguiendo estos pasos.

Seguí los pasos. La opción no estaba. Estaban todas las demás (incluyendo la operación inversa, la de pasar dinero de la tarjeta de crédito a la cuenta de ahorro), pero esa no.

Me rasqué la cabeza con una mirada de incredulidad. ¿Estaba el banco haciéndome alguna faena para quedarse con más dinero? ¿Es que se ha vuelto el mundo loco, y ya ni los bancos son honrados?

[/sarcasmo]

He llamado hace un rato al servicio de atención telefónica, un número 902 (es decir, que te cobran por la consulta) donde me ha atendido una amable y joven señora cuyo nombre no recuerdo, que se ha mostrado en todo momento extremadamente cortés y comprensiva. No leerá esto, pero desde aquí quiero proclamar que es encantadora y una gran profesional. La conversación ha transcurrido más o menos así:

—Buenas tardes, le atiende […] Parece que tiene algún problema con las operaciones de su tarjeta [se lo había confesado un par de minutos antes a un robot] ¿En qué puedo ayudarle?
—Buenas tardes, sí, mirusté, resulta que llevo un día intentando encontrar la opción de traspasar dinero de mi cuenta a la tarjeta de crédito en la web del banco, y no la encuentro por ningún lado.
—¿Sería tan amable de indicarme su nombre para dirigirme a usted?
—Por supuesto, disculpe, me llamo Elías Gómez.
—Bien, don Elías. Hace unos quince días que se enviaron las comunicaciones a todos los clientes de este producto, informándoles de que se iba a eliminar esta opción de la página web.
—Vaya. No es que lo dude, me he mudado hace poco y no sé si tenéis la dirección correcta para todos los productos. Pero entonces, ahora, si quiero realizar esa operación, qué puedo hacer?
—Le puedo dar el número de Banca Telefónica [algo así], donde puede realizarla, o también puede usted acercarse a su oficina BBVA.
—¿El número de la Banca Telefónica es un 902 o un 900?
—No, es un 902.
—Es decir… Perdone, de verdad, esto no va con usted, sé que ni le va ni le viene ni está en sus manos, pero ¿quiere usted decir que para hacer lo que siempre he hecho gratis desde casa en dos minutos ahora necesito o llamar a un número de pago o perder mi tiempo y acudir a una oficina?
—Sí, lo lamento, pero así es.
—¿Y tiene usted alguna explicación?
—No, a nosotros simplemente nos han indicado que si llamaba alguien preguntando por esto, le dijésemos que la opción ya no estaba disponible, y… eso es todo. Nada más.
—Vaya, mire, vuelvo a repetirle que esto no es una queja contra usted, pero esto es absurdo. Uso bbva.es para no perder tiempo realizando operaciones con mi dinero. Y hasta ahora tampoco me costaba una tarifa. Parece que lo hagan para fastidiarnos. Debería darse todo el mundo de baja de sus productos, esto es prácticamente insultante, y rayano en lo ético.
—Lo entiendo perfectamente, don Elías, y entiendo su enfado. Por desgracia, es todo lo que le puedo decir.
—En fin, pues cuando tenga tiempo me acercaré por alguna oficina, y, aunque tampoco le importe a usted mucho, porque no tiene parte en el asunto, voy a dar de baja la tarjeta en cuanto pueda. De todas maneras, ha sido usted muy amable, que pase una buena tarde.
—Igualmente, don Elías. Gracias por su tiempo. Buenas tardes.

Como veis, todo muy civilizado.

¿A qué se debe la eliminación de esta opción para el cliente? Puede que sea simple codicia, pero no suelo achacar a la codicia lo que seguramente es debido a la estulticia, o al menos a una mezcla de ambas. El BBVA demuestra aquí ser alelado, escaso de razón.

El servicio web del BBVA ha funcionado, desde que yo recuerdo usarlo, bastante bien. Es seguro, no suele contener excesivos pasos para casi nada, y te permite hacer, al menos, las operaciones sencillas y comunes que no requieren presencia de dinero físico: consulta de cuentas, traspaso entre cuentas y/ o tarjetas, recargas de tarjetas de teléfono e incluso, si no recuerdo mal, puedes abrir una cuenta desde internet, y contratar alguna tarjeta virtual para las compras en la red.

Todo esto es muy conveniente para el banco, porque se ahorra pagar sueldos. La sociedad es cada vez más diestra en el uso de la red, y muchas personas que son verdaderos expertos cumplen 18 años cada día. Hace quince años, quizás no fuera rentable. Hoy, sí. Yo tengo 36 años y algunos conocimientos más que la media de personas de mi edad, pero cualquiera de entre 18 y 28 seguro que ha realizado operaciones económicas por internet alguna vez (eso, si nuestra economía se lo ha permitido, claro). En mi época como cajero del banco, tuve un récord de unas 300 operaciones en una jornada, pero yo era bastante rápido con el cálculo y la media rondaba más las 100. Si calculamos que el mes tiene unos 25 días laborables, grosso modo, cada 100 usuarios que, cada día, para hacer transferencias y cosas así se queden en casa en lugar de acudir a la oficina, el BBVA se ahorra un sueldo. No es mucho. Pero ¿cuántas operaciones se realizarán en total? Si no me equivoco, este es el segundo banco español, así que podemos calcular un número bastante más alto de operaciones diarias que se realizan a través de la red. ¿Cuántos sueldos se ha ahorrado así el BBVA?

Durante mi última época como bancario, nos obligaban a que trasladásemos a una única cola a las personas que quisiesen realizar operaciones que fuese imposible realizar en un cajero automático. Fundamentalmente, retiradas de efectivo inferiores a 600 euros (que constituyen un porcentaje altísimo no solo de las retiradas de efectivo, sino de todas las operaciones de una oficina media de ciudad) e ingresos (que por aquel entonces no podían efectuarse en los cajeros). El resultado era, en determinados días del mes, una cola interminable y eterna de personas, en su mayoría de la tercera edad, que tenían que esperar horas para retirar su pensión o los 50 euros de la compra semanal, o simplemente para consultar su saldo. Tenían que aprender por narices a usar los cajeros, tenían que aprender a fiarse de ellos, tenían que renunciar a la seguridad que les daba estar delante de un trabajador y resignarse a ponerse delante de una máquina donde es facilísimo que alguien les ojee el número secreto. Tenían que hacerlo, porque el banco se ahorraba así sueldos, a costa de empeorar su servicio al cliente, y de fastidiar a los que algunos llamaban «clientes basura»: gente que pasaría tres pueblos del banco, pero que por algo que aún no me puedo explicar, el Estado les obliga a tener sus cuentas en él, porque no hay manera fácil de saber si uno tiene derecho a cobrar su pensión sin que antes el banco especule con ella.

A veces los ancianos no leían el cartel que les indicaba la cola que debían seguir, y otras veces su picaresca les hacía colocarse en la cola equivocada, para después ponerte cara de pena y decirte que no podían ponerse otra vez al final de esa larguísima cola de viejos. No me preguntéis qué hacía yo en esos casos.

El caso es que, con esa política que convertía a los viejos en material de tercera, el BBVA se ahorró un buen número de sueldos, entre ellos el mío.

Pero volvamos al asunto: ¿por qué no puedo traspasar dinero de mi cuenta a mi tarjeta? Uno siempre piensa en todas las opciones posibles antes de acertar pensando lo peor. Yo he pensado esto: ¿hay alguna cuestión de seguridad que haga arriesgadas las operaciones entre cuentas y tarjetas?

Compruebo la web. La opción de traspasar dinero de la tarjeta a la cuenta sigue estando ahí. Esto quiere decir, a falta de mayores y extraños conocimientos, que no hay ningún problema de seguridad.

Ahora pensamos mal. Traspasar dinero de mi cuenta a mi tarjeta era una operación gratuita. Por hacer la operación inversa, te cobran una comisión.

Antes tenía dos opciones que me facilitaban la vida, una era gratuita y la otra no. El banco ha eliminado una de ellas: la que no.

A buen seguro, haré una de dos cosas: o ir a la oficina para que un empleado pierda el tiempo en realizarme la operación de traspaso, tiempo durante el cual podría haber hecho cualquier otra cosa que reportara a la entidad más beneficios que los 0,0000000001 céntimos que habría ganado con la comisión del crédito de mi tarjeta, o dar de baja la tarjeta.

Lo que no va a pasar, bajo ninguna circunstancia, es que yo use mi tarjeta para realizar compras y espere a que me pasen el recibo mensual. No va a pasar. Los pasos van a ser estos. O bien:

a. Me desplazo al cajero, en lugar de pagar con la tarjeta, consumiendo tiempo en que más gente podría estar haciendo operaciones. O bien
b. Pago con la tarjeta y seguidamente, o en cuanto pueda, me voy al banco y hago perder diez minutos de su tiempo a un trabajador que quizá, en esos diez minutos, podría vender uno de sus fantásticos seguros. O bien
c. Doy de baja la tarjeta y, cada final de mes, acudo a una oficina, hago cola en una caja y retiro el total de lo que pienso que podría gastarme ese mes. Hago perder el tiempo a un empleado de caja, y además retiro una cantidad que, durante la mayor parte del mes, habría estado en mi cuenta, y que el banco podría haber movido aquí y allá especulando con él, y ganando bastante más que los intereses de mi tarjeta.

BBVA, eres imbécil de remate.

Ya (1), se puede alegar que si me acabo de caer del guindo, que el banco no es una obra social y que está ahí para ganar dinero, y que por qué les dejo mi dinero si pienso eso de ellos. Bueno, en primer lugar, no me acabo de caer del guindo y sé que no son una obra social, y en segundo, uso los servicios del banco primero, porque no tengo más remedio, y segundo, porque otros me parecen razonables comparando el costo y la comodidad.

Ya (2), soy el prototipo de un cliente basura. Pueden prescindir de mí. Si leyeran esto, ni tan siquiera se reirían. Haría falta que fuéramos mil. O diez mil. O cien mil. Yo qué sé. Pero ¿podemos hacer algo? Imagino que la respuesta es no, pero sueño que es sí. Solo hace falta el número, eso es lo que no tenemos.

Dato curioso y entrañable: Voy al apartado de quejas y reclamaciones que hay en la web del BBVA. Cuando intento enviar la mía (después de rellenar miles de campos, en los cuales casi faltaba solo indicar de qué color es la tarjeta y cuál es mi postre preferido), me aparece un mensaje que dice que mi reclamación no puede enviarse así, porque tiene más de 450 caracteres. ¿De verdad? ¿De verdad, BBVA? ¿Eres un banco o el maldito Twitter?

Apadrina a un hijo de puta

28 de December de 2011

¡Hideputa!

Anónimo, Lazarillo de Tormes, ed. Cátedra.

Oh, llega ese día del año.

Viviendo en España, uno ya está acostumbrado a padecer los más ensordecedores ruidos de sus semejantes, pero hoy estamos en una fecha especialmente entrañable: 28 de diciembre, día de los Inocentes. Hoy no solamente tiene uno la obligación patriótica de soportar a los berreantes y atronadores zopencos; hoy es el día en que incluso se te priva del derecho a quejarte.

Mantuve hace unos días cierta polémica con alguien por internet (lo sé, Carlos, no aprendo) acerca del asunto de los petardos. No expongo el enlace, pues aporté datos personales delicados de forma más o menos deliberadamente anónima. Aunque, según esta extraña democracia que es la red, yo ganaba la batalla, hubo dos o tres que me estuvieron tachando de delicado y diciéndome —literalmente— que, si el ruido de los petardos causaba problemas en mi descanso, o en mi salud, debería buscar alguna urbanización apartada donde esconderme, tal vez subvencionada, para no ser molestado. La gran estulticia del argumento me hizo abandonar la conversación en ese punto, y no llegué a preguntarle qué pasaría si, en el sacrosanto ejercicio de sus libertades, los ruidosos petarderos decidían mudarse a dar por saco a mi nueva urbanización. No se perdió un tesoro de la dialéctica, supongo.

¿Qué hacer? Estamos en un país que premia el ruido, el hideputismo y el arte de hacer la vida un poco más difícil a tus paisanos. Internacionalmente ya se reconoce el ruido como un tipo de contaminación, pero aquí no parecemos enterarnos. Todos ven normal que yo no tenga manera de esconderme de esos atronadores artefactos. Y no hablo de mí, que, hasta hace un par de días, gozaba de una relativamente buena salud. Hablo del derecho a descansar de los ancianos, del derecho a la ausencia de sobresaltos evitables en personas que padecen del corazón, del derecho a los que sufren algún trastorno psiquiátrico a que no se viole su mente de una forma tan agresiva.

Cierra la ventana, diréis. Pero eso no arregla el problema.

Y ahora pensemos en otro tipo de contaminación. La que se ve, la que se huele. ¿Cómo veríais que yo arrojase los regalos que deja mi perrito en la calle al interior de vuestra vivienda? ¿O que de alguna manera lograse colar el humo de mis cigarrillos por vuestras ventanas? Por suerte, en eso estamos bastante concienciados. ¿Por qué, entonces, se ve tan corriente que alguien introduzca otro tipo de contaminación en mi casa, un tipo de contaminación que me impide descansar (en el mejor de los casos), y que, al contrario de lo que pasa con el humo o las heces de los perros, cerrar las ventanas no impide que se cuele?

Siempre pensando en el progreso de mi país y en el bienestar de sus ciudadanos, he estado cavilando y he pensado algunas soluciones.

1. El Retrasódromo. Puede llamarse también, si se desea, Hijoputódromo. Sería un circuito cerrado para todos los que disfruten con un ruido que supera los decibelios máximos aconsejables para una salud auditiva razonable, y que además gusten de ser forzosa y aleatoriamente sobresaltados por los ruidos altos que provocan los petardos de sus compañeros retrasados. Lo sé, sé que para expresar la felicidad por el asesinato de miles de bebés hace 2.000 años es necesario hacer ruido, e incluso estoy dispuesto a admitir que ese ruido es un derecho y una forma refinada de arte social. Pero puede ejecutarse en un sitio adecuado para ello. ¿No existen la Tate Modern o el MOMA para las obras de arte más vanguardistas? Pues puede existir también un sitio donde los artistas del hideputismo puedan dar rienda suelta a sus mejores creaciones. Incluso os he hecho un dibujo:

Dada la alta demanda que preveo de este tipo de establecimientos, ayudarían además a reactivar la economía: dentro del Retrasódromo podría haber un bufete de abogados (porque encima, estos retrasados suelen ofenderse cuando uno les reprende por haberle reventado los tímpanos), un ambigú, una enfermería con cirujanos especialistas en coser amputaciones e incluso una capilla, estilo Las Vegas, para bodas rápidas. No podemos permitirnos que la gran especie del subnormal español corra el riesgo de desaparecer. El Retrasódromo podría recibir subvenciones para la conservación de los hideputas ruidosos, y además algún director español podría hacerles una película (ambientada en la Guerra Civil, acerca de cómo Franco inventó, a la par que el Cristianismo, la bandera constitucional de España y el castellano, la gente tranquila, y las penurias que tuvieron que pasar los retrasados mientras el Generalísimo se mantuvo en el poder).

Esta idea tiene un gran inconveniente. Las reservas de indios —perdón, nativos— americanos funcionan, porque total, cuando se aceptó que eran personas, ya quedaban solamente dos o tres cientos, y cabían perfectamente en un casino y un establo grande de Oklahoma. Sin embargo, el hideputa español es la especie mayoritaria de cuantas pueblan la península, amén de los archipiélagos y ciudades autónomas, y según este dato tendría más sentido encerrar en guetos a las personas que quieren que se respete su derecho a descansar y a su salud mental y auditiva. Lo que nos lleva a la segunda idea.

2. Programas educativos tendentes a la erradicación del hideputismo (PETALEs). Sí, amigos, hemos hecho ruido, hemos despertado a la gente con un susto en el cuerpo, algún altercado vecinal habremos formado, unos cuantos niños se han quedado sin dedos, y alguna vez un par de familias se habrán liado a navajazos. Quién sabe si el bueno del abuelo Richard, que padecía del corazón y al que nos encontramos muerto aquella tarde de un 28 de diciembre en que fuimos a visitarlo, entregó su vida en aras del hideputismo. Todo eso ha sido divertido, sin duda. Al igual que lo es la fiesta de los toros, no lavarse, emborracharse y conducir y encerrar a las mujeres en la cocina. Nos hemos reído. Pero en algún momento las cosas tienen que cambiar. Hemos hecho grandes esfuerzos y leyes para erradicar muchas de estas bonitas costumbres, pero sabemos que ninguna de ellas funcionaría si no van acompañadas de un trabajo educativo consciente y constante. No será fácil: vivimos en una península (bueno, yo no) en que la principal diversión consiste en sentarse a ver cómo corren 22 tipos. No partimos de un material intelectual demasiado potente, a decir verdad (con decir que los ministerios de Cultura y de Deporte van unidos, ya se ha dicho casi todo). Pero no puedo renunciar a la idea de que algún día el hideputa será un estrafalario modelo en un museo, y que servirá únicamente para lo que sirven hoy en día algunos grabados en que Goya retrató nuestras costumbres: para avergonzarnos de nuestro pasado y asombrarnos de cuánto hemos avanzado, desde un país poblado de paletos ruidosos hasta una nación europea moderna, relajada y moderadamente silenciosa.

¿Cómo se hace eso en un país donde se premia al inútil, se alaba al malvado, se eleva a los altares al irresponsable que se levanta todos los días pensando únicamente en molestar a su prójimo?

No será fácil, no. Pero sé que podemos lograrlo. Cada vez las conductas irresponsables tienen un mayor rechazo social, los chicos en los colegios juegan con muñecas, al quinto cubalibre decimos «basta» y nos vamos directamente al coche, rechazando el sexto. Hay que tener fe en esta gran nación. Todos somos personas. Todos tenemos derecho a mejorar. Las tribus del Amazonas que aún viven en la Edad de piedra tienen derecho a ser curadas con nuestras medicinas. El patán ruidoso que no sabe que hay diversión más allá de las molestias causadas a sus congéneres también tiene derecho a mejorar. No lo dudes. En estas fiestas, apadrina a un hijo de puta.

Revival

27 de December de 2011

Hace casi dos meses que no escribo, y, como cada año, me llena de satisfacción por estas fechas anunciar que estoy pensando en retomarlo. Sé que estáis ahí —no sé cuántos, la verdad— y, si no explicaciones, al menos algún post de vez en cuando sí que os debo.

Mientras se me van ocurriendo temas para nuevos artículos, ya que motivo hay para la indignación, os dejo con una selección de los posts que últimamente (me refiero a los últimos años) han tenido más éxito de este blog. Mi salud mental, pero sobre todo física, no me permite otra cosa que hacerlo a lo vago: he realizado una búsqueda en Menéame y he seleccionado los que se han llevado más votos. A falta de otra cosa mejor, si no tenéis nada que leer, espero que los disfrutéis, tanto los que estéis revisitándolos como los que seáis más o menos nuevos por aquí y no los conozcáis. Y, por supuesto, felices fiestas. Vamos allá.

  • Diez cosas que [probablemente] no sabías sobre el latín. Hace ya casi cinco años de este artículo. La gente lo encontró tan interesante que va de momento por los 61 comentarios, e incluso lo he visto por ahí plagiado alguna vez, lo que me alegra (la imitación es la forma más sincera de admiración). Tiene algún error aquí y allá, nada demasiado importante, así que la corrección puede esperar.
  • ¿Por qué no pueden hablar los monos?. Es uno de los artículos de los que me siento más orgulloso, no solo porque los simios se encuentran entre mis animales favoritos, junto con los gatos, sino porque ha sido una de las pocas veces que he realizado un breve pero agradable trabajo de investigación para escribir el post, incluyendo alguna colaboración. El artículo habla, ni más ni menos, de lo que dice el título: de por qué las criaturas más inteligentes de nuestro planeta —a excepción de nosotros— son incapaces de comunicarse mediante un lenguaje articulado. A pesar de que lo considero bastante apañado y ceñido a la verdad científica, ha sido uno de los que más comentarios han recogido del tipo: «I can’t go to bed right now. Somebody is wrong on the Internet!»
  • Varios artículos relacionados con la educación, mi ámbito profesional: Violencia en las aulas, que trata de desmontar el mito de que nuestros centros educativos son selvas, y que los profesores tenemos que ir al trabajo con chalecos antibalas; Un ordenador por niño. ¿Y qué más?, criticando la idea de que llenando las aulas de ordenadores hemos solucionado los problemas educativos; y El (verdadero) problema de la educación en España, creo que uno de los más felices hasta la fecha, y que va ya por los 85 comentarios.
  • Y un par de humor, para terminar con una sonrisa: Venganza y Top Secret, al revés. O al derecho, cuyos contenidos no os desvelo: los tendréis que visitar.
  • Aparte de estos enlaces, puede que también os guste, si os suele gustar lo que leéis en esta página, visitar las categorías Educación y Política, que, aunque no siempre han sido tan populares, han sido las más activas en mi mente y en mi teclado últimamente.

Espero que alguien disfrute con algunos de estos artículos. Y sí, soy consciente de que es triste, a estas alturas (¡casi nueve años de blog ya!) escribir un post de Grandes Éxitos… pero más triste es robar. Me alegra que estéis leyendo esto.

Hay que comer

Archivos

Búsqueda

La Lengua en tu mail

Tu dirección de email:

FeedBlitz

Video

Más vídeos aquí

Fotos

www.flickr.com
Elementos de Elias.gomez Ir a la galería de Elias.gomez

Estadisticas


Ver estadísticas

La Lengua se publica con Wordpress | RSS de las entradas y de los comentarios | Diseño web: Dodepecho