Ars longa, vita brevis

El trabajo de Steve

6 de October de 2011

La imagen lo es todo.

Michael Douglas en Wall Street, de Oliver Stone (1987).


Steve Jobs (1955-2011).

Steve Jobs, el visionario cofundador de la empresa Apple, ha muerto hace unas horas a la edad de 56 años, víctima, al parecer, del cáncer de páncreas que lo ha estado amenazando durante los últimos años.

Ayer seguía sin ser el hombre más rico del mundo. Lo ha sido durante lustros su eterno —pero amigable— rival, Bill Gates, fundador de Microsoft. Tampoco su sistema operativo, Mac OS, es ni ha sido nunca el más usado, aun cuando desde hace tiempo roba cuota de mercado a Windows a paso lento pero firme. Ayer sus productos ya no eran exclusivos símbolos de estatus social, pues todo el mundo tiene un iPod o un iPhone, y los ordenadores Mac son cada día más populares, y están a precios más o menos asequibles. Es más, últimamente había despertado los odios de buena parte de la comunidad informática, por el ansia de Apple —no se sabe si directamente de Jobs— de controlar todo lo que el usuario puede hacer con los productos que compra.

No obstante, la noticia de su muerte ha abierto el telediario de Antena 3 este mediodía, y supongo que la de otros telediarios nacionales, además de ser portada de todos los diarios digitales, quizá de casi todos los del mundo. ¿Dónde residía el atractivo de este hombre, que fue entregado en adopción por sus padres al nacer y que nunca llegó a concluir ni un año universitario? ¿Cuál era su trabajo?

Visionario y artista son algunos de los epítetos que con más frecuencia han acompañado al nombre de Steve Jobs. Un hombre que era millonario en dólares antes de cumplir los treinta, que fue despedido de la empresa que creó, que compró Pixar por cuatro céntimos y un par de años más tarde se la vendió a Disney por una millonada, y que Apple volvió a fichar cuando la compañía estaba en sus horas más bajas, gracias a lo cual desde entonces no ha dejado de subir.

¿Cuál era el trabajo de Steve Jobs? Yo creo que tenía algo de visionario, sin duda. Su clarividencia ha llegado en forma de una pregunta equivocada y de una pregunta correcta. La equivocada es la que durante años se han estado haciendo las empresas que se dedicaban a los cacharros electrónicos: “¿Cómo podemos hacer esto más complejo?” La correcta es la que parece haber estado haciéndose él: “¿Cómo lo hacemos más simple?”

Tenemos un ejemplo claro de lo que digo en un mundo en el que Apple nunca ha llegado a meterse de lleno: los videojuegos. En un momento de su historia, las dos mayores empresas de videojuegos del mundo, Sony y Nintendo, se vieron ante el reto de crear una nueva consola portátil de videojuegos. Sony no tenía experiencia en este campo; Nintendo, con sus Gameboy, sí. Sony parió la PSP: un bellísimo aparato con una enorme y brillante pantalla de alta resolución, navegador de internet, donde podías ver una película en formato 16:9 en la cama, como si se tratase de un minicine. La calidad gráfica de sus videojuegos era comparable a los de la PlayStation 2, que por entonces gráficamente no tenía rival.

Nintendo destapó la Nintendo DS (Dual Screen), un feo cacharro con dos pantallas que tenían una resolución como de la década anterior, con juegos simples que se manejaban con un palo y escasas capacidades multimedia. Todo el mundo se reía de la DS, mientras que los creadores de PSP se frotaban las manos y encargaban una piscina más grande para llenar de dólares.

Ambas consolas fueron puestas a la venta en fechas próximas, con meses de diferencia. Han pasado varios años. De acuerdo con la Wikipedia (PSP, DS), la consola de Sony ha vendido unos 70 millones de unidades en todo el mundo, una cifra impresionante, sin duda. Nintendo ha colocado más de 140 millones: el doble que Sony.

La batalla se trasladó al mundo de las consolas fijas o de sobremesa. Aquí las cifras son aún más claras: unos 50 millones de Sony PlayStation 3, más de 150 millones de Nintendo Wii. La PlayStation 3 es un monstruo de elevadas prestaciones, un diseño moderno y elegante, reproductor BluRay, alta definición a 1.080 puntos verticales y capacidades 3D; la Wii es una especie de tostadora de líneas rectas que lo más que reproduce es un DVD, con unos gráficos que puedes ver perfectamente en tu televisor de hace treinta años, porque la Wii no tiene más resolución que él. Y lo más importante: un mando que se maneja moviéndolo de un lado para otro, o arriba y abajo.

Puede argumentarse que ambas consolas de Nintendo son más baratas, bastante, que las dos de Sony, pero eso no debe engañarnos: quien tenga hijos sabe que si el niño quiere la Play 3, el argumento de que papá solo gana 1.000 euros al mes no sirve. Apáñatelas y búscate el dinero. La Wii ha vendido más porque gusta más. Pero ¿a quién? Pues la respuesta es: a más gente.

A mi madre no puedo ponerle en las manos el mando de la Xbox 360 y explicarle cómo se manejan sus 14 botones, pero sí puedo ponerle en las manos un cacharro que es similar a un mando a distancia —algo que lleva manejando toda su vida— y decirle que si lo mueve hacia arriba el muñeco va hacia arriba y viceversa. Por eso hay cientos de miles de mujeres mayores en el mundo que usan una Wii y una DS, y muy pocas mujeres, incluso me atrevería a decir que jóvenes, que se aprenden un combo de 20 movimientos para marcar un gol en un juego de fútbol de la Playstation 3.

Nintendo no ha hecho una consola mejor para los que jugamos a los videojuegos desde que éramos pequeños; de eso se ha encargado Sony. Nintendo ha hecho una consola para vendérsela a la inmensa mayoría de la población mundial: la gente que nunca ha jugado a los videojuegos.

Volvamos al trabajo de Steve Jobs. ¿Qué ha hecho? Fundamentalmente, tres cosas que se resumen en una. El resumen es: haz la vida más agradable. Si haces eso, la gente te dará su dinero. Las tres cosas: haz un producto que sea bonito, fácil de usar y que tenga calidad.

El primer producto que compré a Apple fue un iPod con pantalla a color. Fue en septiembre de 2005.

Su diseño era impactante: de un blanco virginal y con una tapa trasera cromada que reflejaba todo como un espejo. Daba gusto mirarlo. Puede que fuese por el vacío de las vidas del hombre occidental, ¿qué sé yo? Pero lo cierto es que casi pasaba tanto tiempo mirándolo y enseñándolo como escuchando la música que tenía en él.

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Tenía un disco duro de 20 gigabytes y dos botones, aparte del de bloqueo: una rueda táctil y un botón central. Con esa rueda y ese botón se manejaban todas las funciones del reproductor musical, las de la reproducción de fotos, la agenda, los juegos, la alarma y el resto de funciones. Nunca tenías que echar mano del manual de instrucciones. Nunca había un botón que se te hubiera olvidado tocar. Es cierto que no se podían hacer un montón de cosas que se podían hacer con otros reproductores que han ido naciendo y muriendo a su sombra, de las compañías más potentes, como Creative, Sony o Microsoft (Zune acaba de morir hace unos días). Pero Steve no pareció preguntarse: “¿Qué puede hacer un reproductor de música?” Se preguntó: “¿Qué quiere hacer la gente con un reproductor de música?” Y se respondió: “Escuchar música”. Así nació el iPod. Una memoria suficiente para albergar toda la discoteca del usuario medio, una gran calidad de sonido y facilidad de uso. Y la gente que se compraba un reproductor de música para escuchar música eligió el iPod, y lo sigue eligiendo desde su creación, por encima de los miles de wannabe competidores que le han surgido. Hace pocos meses adquirí un distribuidor de audio y vídeo de la marca Pioneer, con funciones 3D, vídeo a 1.080p y una calidad que supongo superior en una empresa que se ha distinguido en sus productos de audio a lo largo de los años. Su mando a distancia tiene 67 botones. Su. Mando. A. Distancia. Tiene. Sesenta y siete. Botones. Entre ellos, dos botones con la misma etiqueta: “Receiver”. Tengo el distribuidor encima del mueble del televisor, porque da una sensación tecnológicamente gratificante. Pero está desenchufado. El mando a distancia está en un cajón desde una semana después de su compra. 67 botones. No quiero tener que estudiar para poder ver una maldita película.

Mi iPod ha cumplido ya algo más de seis años. Hoy en día, uno no espera ni tan siquiera que un automóvil dure tanto. Tiene un disco duro, una pieza de ingeniería informática arcaica, lenta y ruidosa, que se estropea al estornudar. A mí se me ha caído decenas de veces, desde una altura aproximada de un metro y sobre las superficies más variopintas, entre las que se encuentran suelos de gran dureza. En los primeros años lo usé a diario varias horas: para ir andando al trabajo, para ir en coche al trabajo, para pasear al perro, para tumbarme una hora a escuchar música (algo que hacía años que no hacía). Fue siendo sustituido en algunas de sus funciones, primero por un iPod Shuffle, después por un Nano, más tarde, en 2009, por un iPod Touch. Estoy terminando la mudanza a mi nueva casa y mi viejo iPod asomó de una bolsa. Toqué un botón y la batería estaba muerta; llevaba al menos tres años durmiendo el sueño de los justos. Lo enchufé al ordenador, lo sincronicé y lo dejé cargando tres o cuatro horas. Ahora lo uso a diario, por las mañanas, cuando me preparo el café. Funciona. Una de cada veinte veces se queda colgado. Como casi cualquier producto informático nuevo que compres hoy. Pero funciona. Y suena mejor que mi iPod Touch con los mismos auriculares, y con mayor volumen.

Belleza, facilidad de uso y calidad. No nos engañemos. Podría haberme comprado un reproductor de otra marca por la mitad de dinero, y habría tenido radio FM y alguna cosa más. Pero mi iPod sigue funcionando después de seis años casi como el primer día. El dinero que cuesta un producto no es el que pagas por él: es el que pagas por él dividido entre el tiempo de vida útil. No sé cuánto le queda de vida a mi pequeño blanco de 20 gigas, pero apostaría por unos cuantos años más.

Lo que tenía Steve Jobs de visionario es lo siguiente: supo mirar al pasado. Como dijo en su célebre conferencia en la universidad de Stanford, cuando miras al pasado ves los puntos que se conectan. Al principio, los desarrolladores informáticos intentaban hacer a la gente la vida más fácil. Esa fue la excusa de la invención de los ordenadores. Un trabajo que antes resultaba tedioso, lo hacía un ordenador en menos tiempo y en menos pasos. Luego la cosa se fue complicando. Llegamos a un punto en que para usar un ordenador personal tenías que estudiar un manual de instrucciones. ¿Estamos locos? Hoy, si eliges el sistema operativo de Microsoft, tienes que preguntarte qué quieres hacer con él, y luego comparar las características de las seis o siete versiones existentes de Windows 7 para elegir una. Para usar el SO de Mac, lo compras y lo instalas. Sí, Apple ha vendido ordenadores a millones de snobs y hipsters que quieren verse por encima de los demás y no pueden hacerlo con su valía, así que se distinguen con un producto minoritario. Pero también hay millones de papás y abuelos a los que sus descendientes han comprado un Mac porque it just works. Simplemente, funciona. Lo enciendes, te hace una foto, te pide un nombre de usuario, se conecta a una red inalámbrica y a trabajar. Vale, no es exactamente así. Pero es así. Y hay poca gente que abandone Windows por Mac Os y luego se eche atrás.

Se le critica a Apple lo cerrado de sus sistemas, que solo pueden instalarse en productos de su marca, y que dejan poco margen de ingeniería al usuario comparado con los usuarios de Windows, y no digamos con los de Linux. Parece que no entienden una cosa. el 99,999% de la gente no quiere, no necesita modificar su sistema más allá de cambiar el fondo del escritorio. Ese pueril eufemismo con el que se califica a cierto software (“libre”) es importante para una cantidad de usuarios que, en términos comerciales, es despreciable. Sí, la filosofía del soft libre (que, por cierto, comparto, no me malinterpretéis) es muy ética, pero cuando la gente se compra un ordenador o un producto de software no está pensando en la ética, sino en lo que se llama ahora experiencia de usuario. Quiere simplemente usar su software. Windows es para quienes quieren sufrir con su software. Linux es para quienes quieren disfrutar con él. Mac OS es para quienes no necesitan saber qué significa la palabra software. Es decir, para la mayoría de la población mundial. Por eso no deja de subir.

¿Cuál era el trabajo de Steve Jobs? No creo que Jobs fuera un artista. Un artista pretende que su trabajo sea el mejor por la pura satisfacción de haber creado algo nuevo. Jobs no era un artista, era un vendedor de coches usados. Su trabajo no era hacer los mejores productos, sino venderlos. Es muy posible que ni el iMac, ni el iPod, ni el iPhone sean los mejores productos dentro de su sector. Sin embargo, te los vendía de una manera que hacía a la gente sentirse orgullosa de poseerlos. La gente que se compra un teléfono Samsung último modelo con el sistema operativo Android te enseña todo lo que puede hacer su teléfono, que es alucinante. Los que se compran un iPhone solo te enseñan la manzana. Sí, puede parecer una idiotez, y probablemente lo sea. Pero hay una cosa clara: el usuario de un iPhone no está presumiendo de dinero. Un HTC o un Samsung de última generación cuestan lo mismo, o más. Está presumiendo de algo que le han vendido bien. Desde luego, no lo necesita. Ninguno necesita comprobar permanentemente su cuenta de Twitter. A todos nos han vendido la moto. Es el negocio capitalista de la publicidad. El que piense que un iMac es un lujo inútil, debería saber que un ordenador con Windows de 600 euros probablemente lo sea también. ¿El usuario medio necesita un ordenador más potente que los que existían hace cinco años?

Steve era uno de los mejores vendedores del mundo. Cuando presentó el iPhone, un teléfono que no tenía prácticamente nada de revolucionario, comenzó a hablar de sus características: unas cuantas cosas que ya hacían los teléfonos por aquel entonces. Y también habló de cosas que los teléfonos por aquel entonces hacían, pero el iPhone no, como compartir archivos vía Bluetooth con cualquier otro dispositivo, o un simple copiado y pegado de texto. Los asistentes al evento aplaudieron las características del teléfono de Apple. También aplaudieron sus carencias. Lo aplaudieron todo. ¿Eran tontos? No, los habían convencido. Los había convencido un auténtico profesional de las ventas. Jobs te vendió un teléfono usando como una de sus bazas que no podía copiar ni pegar texto. Un par de años después, presentó otro iPhone que sí era capaz de realizar un copypaste. Los mismos que aplaudieron su ausencia, aplaudieron su existencia. A Sinatra le aplaudes, ya cante Fly Me to The Moon, ya cante la mayor horterada de la historia de la música. Es Sinatra, y te sabe vender una canción. A Jobs se le aplaudía, presentase algo revolucionario o algo mediocre. No aplaudes el producto, aplaudes el arte de vender.

Esto no era una cuestión de simple inspiración. Hace falta talento para ser bueno en lo que te gusta, pero casi todo es preparación y trabajo. Todos hemos asistido a algún curso donde un profesor mediocre nos lee una presentación hecha con PowerPoint. Jobs ensayaba sus presentaciones, las ensayaba y las ensayaba. El último era un ensayo general, llevando puesta la misma ropa que iba a llevar durante el acto. Como en una obra de Broadway, no dejaba nada a la improvisación. Y al final aplaudías el espectáculo, no el producto. Dudo que supiera mucho de programación. Pero sabía venderte un reproductor de audio sin pantalla, donde no tenías manera de saber qué canción venía a continuación. Habría vendido la luna tres veces a tres miembros de la misma familia.

¿Estoy haciendo una crítica negativa sobre él? En absoluto. No creo que Jobs cambiase el mundo en sí, como se está diciendo estos días. Sí, sin embargo, dio unos cuantos empujones al mundo de la informática. Existían los teléfonos táctiles antes del iPhone, pero todo el mundo quiere uno desde que él lo presentó. También existían las tabletas, pero los fabricantes se han dedicado a ellas enfervorecidamente desde la presentación del iPad. Fue el primero que apostó en firme por los puertos USB como estándar en los ordenadores. Te vendió todos los ordenadores posibles con puertos USB, pero su iPad no tiene uno. Te vende lo que sea. Te vende un ordenador portátil sin unidad de DVD. Te vendería a tu propia madre. A tu suegra. Pero es cierto que todo el que quiere vender una tableta, se fija en el iPad; todo el que quiere venderte un reproductor multimedia portátil se fija en el iPod; un teléfono, el iPhone; un ordenador de diseño, el iMac, el MacBook, el Mac Mini. Que la informática sería distinta sin él es algo que admite poca discusión. Si eso es bueno o malo, nos falta tiempo para saberlo.

No lo conocía personalmente, ni tampoco lo adoraba —ni lo odiaba—. Dicen que su ecologismo hace que los Mac se cuenten entre los ordenadores menos contaminantes. También que era vegetariano. Y que era un tirano sanguinario con sus trabajadores. Seguramente hay parte de verdad y de mentira en todas esas afirmaciones; ni lo conocí en persona, ni me interesaba tanto como para leerme una biografía suya. Sí puede decirse que ha sido una personalidad relevante en el tiempo que nos ha tocado vivir. Sería bueno para unos, malvado para otros. Descanse en paz.

Por si queda ser humano en el mundo que no lo haya visto, aquí está el inspirador discurso que Jobs pronunció en la universidad de Stanford. Yo no puedo decir que me haya cambiado la vida, como afirma mucha gente; sí, sin embargo, que verlo de vez en cuando me hace recordar cosas que quiero en mi vida y cosas que no quiero. Si no lo habéis visto aún, debéis hacerlo.

Epílogo: después de Steve Jobs

¿Qué va a ser de Apple tras Jobs? Parece haber sido una premonición que justo un día antes de su muerte se haya presentado quizás la única keynote que ha hecho que las acciones de Apple bajaran, la del iPhone 4S. Cuánto de Steve Jobs había en el diseño y la usabilidad de sus productos —neologismo que viene sustituyendo a facilidad de uso— y cuánto en la política comercial es algo que nos dirán los meses y años venideros. Yo estoy casi seguro de que si él hubiese presentado el iPhone 4S, las acciones habrían subido.

En cuanto a mí, no sé si coincidirá con el momento en que Jobs decidió que iba a dedicarse más a su vida y a su enfermedad que a su empresa, pero hace ya algún año que los productos de Apple me hastían cada vez más. Soy propietario de cuatro iPods, un MacBook —que murió—, un iMac y un iPad de primera generación. Nunca he sido fanboy de la marca, ni creo que llegue a odiarla. Pero hay cosas que están cambiando, y no para bien. Mi iPod Touch es del verano de 2009. Hace dos años. Se ha perdido las dos últimas actualizaciones del sistema operativo, y se perderá la que va a salir el 12 de este mes. La razón: al parecer el hardware de mi cacharro no tiene la potencia suficiente. Tiene solo dos años. Entre las funcionalidades que no puedo disfrutar se encuentra la de cambiar el fondo de pantalla. ¿De verdad mi iPod de 2009 no puede hacer algo que hacía un teléfono que me compré hace diez años? ¿O la política comercial de Apple dice que tengo que gastarme 400 euros anualmente en uno de sus productos? La última versión del sistema operativo, el Mac OS X Lion, está tan plagado de errores que parece una beta. Buscas información oficial de Apple y no la encuentras. Buscas ayuda en los foros y encuentras a miles de usuarios con el mismo problema, que la marca no soluciona. La solución, como siempre: haz exactamente lo que te digo y como yo te lo digo. Pero eso ya no es facilidad de uso. No es hacerme la vida más fácil, que es para lo que está la informática. No es como no dejarme alterar el registro del SO, algo que no quiero hacer para nada: es no dejarme hacer lo que quiero hacer.

Ya hay quien en el mundillo de la informática proclama como nuevo rey de la maldad a Jobs, sustituyendo a Gates. Jobs ya no puede reinar, pero ¿qué parte de su legado permanece? Lo dicho, debemos esperar para verlo. Como seres humanos, deseo a los familiares de Steve que pasen pronto estos momentos duros. Como marca, me trae sin cuidado que a Apple le vaya bien o mal. Seguiré investigando qué sistema o sistemas se adaptan mejor a mis necesidades. Hui de Windows porque me obligaba a aprender informática para usarla; estoy empezando a plantearme huir de Mac OS por el mismo motivo. Qué será, será.

3 comentarios en “El trabajo de Steve”

  • # antonio molina dice:
    6 de October de 2011 a las 20:58

    Sea lo que sea, ley de oferta y demanda…

  • # drdcr dice:
    7 de October de 2011 a las 13:56

    Bonito artículo, aunque yo discrepo un poco sobre el sufrimiento que supone tocar un ordenador con windows. Será por usarlo toda la vida, pero no me parece en exceso complicado hacer las cosas triviales como conectarse a internet, abrir un documento, cambiar un fondo de pantalla, navegar, abrir un programita de retoque fotográfico o instalar algo. Por lo menos desde el xp, el 95 lo llegué a manejar y tampoco era raro.

    Es más, yo he tocado un par de veces un mac (tocar, muy poco tiempo) y siendo bastante usuario de informática no he sabido usarlo por arte de magia, he necesitado que alguien me diga alguna cosa que otra de como funciona, qué es el inicio y dónde están las cosas. No sé si con un uso intensivo será más fácil en general que el otro. Puede que sí pero como no lo he probado tanto no puedo afirmarlo.

    En definitiva, que todo necesita un cierto aprendizaje, sobre todo si no lo has usado nunca y más en un ordenador que tiene múltiples funciones.

  • # La Lengua » La educación inútil dice:
    30 de January de 2013 a las 20:24

    […] y se dedicó a acudir como oyente a las clases de caligrafía (aquí lo cuenta; ya lo publiqué una vez, en otro artículo. Si no lo habéis visto, hacedlo). Muchos años después, y sin un maldito […]

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