Ars longa, vita brevis

Sobre las horas de trabajo de los profesores

12 de September de 2011

Este es el octavo curso que inicio desde que comencé a trabajar como profesor, y, si os digo la verdad, hace solo un par de semanas, con toda la polémica, que me he enterado de que mi jornada laboral es de 37,5 horas semanales.

No digo que trabaje más, ni tampoco que trabaje menos. Solo que es muy difícil calcularlo. Hay períodos de mucho trabajo, y otros de menos (de poco no lo hay, no); supongo que esto sucede en cualquier empleo. El único otro sitio donde he trabajado de forma continuada ha sido un banco, y los finales de mes, por ejemplo, eran infernales, pero el quince de agosto te pasabas media mañana leyendo el periódico.

Mi jornada, en el banco, era de 40 horas semanales. No había semana que no trabajase, al menos, seis o siete horas más de lo estipulado en mi contrato, pero cada minuto que regalaba a esos usureros lo tenía contado y controlado. No soy de naturaleza metódica, pero sí observadora.

¿Por qué, entonces, soy incapaz de realizar un cálculo de mis horas trabajadas como profesor? Creo que la razón es la siguiente: no me importan tanto. Me indignaba bastante regalar unas horas de cada día para que el BBVA se hiciese un poco más rico, con la amenaza de que podrían hacerme fijo o echarme a la calle según su capricho.

Sin embargo, y escribo esto en un párrafo aparte porque quiero que quede bien claro; sin embargo, decía, cada hora que tengo que dedicar a mejorar en medida de lo posible la educación de mis pupilos, ya sea en el centro donde estoy destinado, en otro cualquiera, sea de Secundaria o universitario (mañana voy la mañana entera, y puede que parte de la tarde también, como vocal de mis centro para las PAU de septiembre), o bien en mi casa, preparando clases, exámenes o corrigiendo, las dedico sin mirar demasiado el reloj. No estoy diciendo que me guste regalar horas al Ministerio de Educación, y ni siquiera estoy diciendo que me dé igual. Me fastidia bastante trabajar fuera de mi horario. Lo que estoy diciendo es que lo hago y no miro el reloj, y cada uno de los minutos los doy por bien empleados. Y afirmo —no es que lo piense ni lo sospeche, lo afirmo— que la mayoría de mis compañeros tienen la misma actitud.

No sé cuántas horas son semanalmente, como os he dicho antes, si hago la media. Ya os digo que hay semanas que probablemente no llegue ni a las treinta horas, y otras que probablemente pase de cincuenta. Hay épocas en que no se trabaja mucho, como estos días tontos en que se han acabado las pruebas extraordinarias de septiembre, y aún los alumnos no han empezado las clases, y, aparte de preparar programaciones didácticas y pruebas iniciales, y alguna que otra reunión del departamento o del claustro, se hace poco más; en otras épocas clave, sin embargo, se trabaja a destajo (hay mucha gente que no lo llama trabajar; en este país somos especialistas, entre otras cosas, en despreciar el trabajo ajeno, y apreciar el nuestro como el más duro del mundo). La semana pasada estuvimos de evaluaciones de las pruebas de septiembre. Uno de los días entré al instituto a las nueve de la mañana, salí a las tres y cuarto para comer en un bar que hay enfrente (previa llamada a mi casa para que tirasen la comida que me habían preparado) y a las cuatro seguí con más evaluaciones, hasta las ocho de la tarde aproximadamente.

No sé cuánto trabajo la semana que menos trabajo del curso, porque no lo he calculado. Pero tampoco he calculado cuántas horas trabajé aquel día, el anterior o los siguientes. Francamente, si descubriese que he trabajado cincuenta, quizás me quejaría un poco delante de mis conocidos —otra especialidad patria—, pero no habría pensado en cambiar de trabajo, ni en solicitar un aumento al Ministerio, ni en que me computaran las horas extras en la nómina. Simplemente, un profesor, en el 90% de los casos, cuando tiene que estar en el instituto tres horas más, pues las está, y se acabó. Porque para que el presidente del BBVA gane 200 euros más (ignoro cuánto beneficio podría generar una hora de mi trabajo como bancario) estoy quejándome y contando cada minuto que pasa, pero para que mis alumnos conozcan sus notas mañana, en lugar de pasado mañana, me limito a fruncir el ceño y a seguir con las evaluaciones.

Una cosa es segura: los profesores tenemos bastantes más días de vacaciones al año que casi cualquier otro trabajador en este país. Negarlo sería de necios. También lo sería afirmar que pasamos gran parte de nuestras vacaciones formándonos: no es así en la mayoría de los casos (aunque sí conozco quien ha pasado buena parte del mes de julio acudiendo a cursos, pagados por él, mañana y tarde, pero no es norma general).

¿Qué decir? Lo cierto es que, desde el uno de julio hasta el treinta y uno de agosto, no suelo abrir ni un periódico, aunque leo frecuentemente blogs y artículos sobre educación, lingüística y literatura en internet. Pero lo hago más por gusto que por otra cosa. Para eso son mis vacaciones. Las Navidades y la Semana Santa no son tan relajadas, puesto que en esas casi siempre se corrige algo, o se prepara algo para la vuelta. Pero sí, en esos períodos también tenemos más días de descanso que casi todos los otros mortales.

Sí, tenemos más vacaciones que los demás.

Ignoro, sin embargo, si el hecho de que a mí me quitaran días de vacaciones iba a mejorarle la vida a alguien. Y ojo, no hablo de cuidar a los críos de nadie durante el mes de julio, puesto que mi labor no consiste en cuidar niños, no soy un canguro: estoy hablando de darles clases, encargarles trabajos, hacerles exámenes y corregírselos. Hablo de si vuestros hijos, por un lado, pueden aguantar once meses de trabajo por uno de vacaciones, como si fuesen adultos. Por otro, hablo de si hay derecho, de si ellos tienen obligación, de trabajar durante todos esos meses.

Se puede argumentar —y con razón— que podemos trabajar sin alumnos. Por supuesto, no estoy pensando en picar piedra (aunque a buen seguro que muchos de mis compatriotas contemplarían con gozo la medida; la envidia, el otro gran deporte nacional), pero podríamos, por ejemplo, pasar el mes de julio, o el de agosto, yendo a cursos de formación.

No voy a contraargumentar que nuestro trabajo es más duro que otros. Esto, a mí, me agota más que el banco, sobre todo moralmente (que el banco gane más o menos me afectaba poco, excepto en lo tocante a mi seguridad laboral, pero el que mis alumnos suspendan sí que me preocupa, y mucho). Sé, sin embargo, que meterse en una mina o subirse a un andamio es muchísimo más agotador que mi trabajo. Eso sucede siempre, sin embargo: a más estudios, a mayor preparación, a mayor complejidad y especificidad de un empleo, a mayor dificultad para conseguirlo, el sueldo suele ser mayor, y el trabajo menos duro físicamente. ¿Qué puedo decir? Ahí está la universidad, ahí están las oposiciones, para quien las quiera.

Así que no voy a negarme a trabajar en julio arguyendo que mi trabajo es más duro que otros. Lo es, y también es más blando que otros, pero no es mi argumento. Mi argumento es que no veo ningún beneficio para nadie en renunciar a conquistas sociales por las que muchas personas han luchado durante mucho tiempo. Sé que el que yo trabaje más días al año no va a beneficiar al resto de los trabajadores. Como mucho, los va a perjudicar. Recordad: si recortan derechos y salarios de un grupo de trabajadores, es aconsejable que los demás vayan calentando agua para sus barbas. Así, poco a poco, vamos aceptando un recorte de derechos que es generalizado en occidente desde mediados o finales de los años ochenta. Nos parecía que los controladores aéreos ganaban mucho, y aceptamos —la mayoría de vosotros con una sonrisa en la cara— que les metieran tipos violentos con fusiles detrás de sus sillas. Nos parecía que los funcionarios eran todos unos caraduras, y una vez más sonreímos cuando les recortaron el sueldo. También han congelado y recortado pensiones, pero, ¿quién es capaz de quejarse? Se ha ido fastidiando sector por sector a todos los trabajadores de este país. Lo hemos aceptado, y ahora nos parece normal.

Estoy dispuesto a trabajar más, aunque no me haga gracia (no me hace gracia que nadie trabaje más, sinceramente). Necesito una justificación, eso sí. Sin embargo, el que mi vecino de al lado disfrute viendo como me fastidian no lo es. Que alguien lo justifique diciendo —y demostrando— que el que yo renuncie a parte de mis derechos como trabajador es bueno para mis alumnos. Entonces, como he hecho siempre, como hace siempre la mayoría de los profesores, echaré las horas, las semanas que haga falta, y no miraré el reloj.

Pero que nadie me diga que necesito menos sueldo o menos vacaciones porque el prójimo tiene menos sueldo o menos vacaciones. Estoy dispuesto a salir a la calle para que te aumenten ambas cosas. Mientras tanto, ahí está la universidad, las horas de estudio sin salir, sin dinero, las malhadadas oposiciones, mi trabajo y mi sueldo. Aquí se entra por concurso oposición libre. Espero vuestros respetuosos comentarios, a favor o en contra de lo dicho aquí.

Hay que comer

Archivos

Búsqueda

La Lengua en tu mail

Tu dirección de email:

FeedBlitz

Video

Más vídeos aquí

Fotos

www.flickr.com
Elementos de Elias.gomez Ir a la galería de Elias.gomez

Estadisticas


Ver estadísticas

La Lengua se publica con Wordpress | RSS de las entradas y de los comentarios | Diseño web: Dodepecho