Ars longa, vita brevis

Corbatas

16 de August de 2011

Todos os habréis enterado ya de la noticia: hace cosa de un mes, en el Congreso de los Diputados se armó cierto rifirrafe a cuenta de si debe ser obligatorio o no el uso de corbatas por parte de sus señorías.

El mayor defensor de la norma corbatil era, si no recuerdo mal, el Presidente del Congreso, José Bono, que además aducía un buen argumento: ujieres y otros trabajadores del Congreso están obligados, por su uniforme, a lucir tales complementos, y era una falta de respeto que los diputados no cumplieran un nivel semejante de formalidad. Por su parte, el ministro de Industria, Miguel Sebastián, replicaba que en plena crisis económica, y de ahorro energético, era una barbaridad obligar a las señorías a portar un adorno indumentario que les hacía pasar más calor, y consiguientemente obligaba a bajar unos grados la temperatura del aire acondicionado. Además, no parece haber demasiada norma prescriptiva para el atuendo de las diputadas, que queda más o menos a sus albedríos.

Ambos representan posturas razonables, y el debate es bastante interesante. Y yo, como cualquiera, también tengo mi opinión.

Museo de Historia Natural de Londres
Natural History Museum, Londres, 2009

Yo hace años que acudo al trabajo con americana, y, desde el último curso, con corbata. No tengo un trabajo que me exija eso: soy profesor en un instituto de Secundaria. Ya, en los institutos públicos, uniformes y formalidad han sido tiempo ha desterrados. Se suele dejar al criterio de cada cual el decoro en el caso de los profesores; en el de los alumnos, en el documento de Régimen interno de cada centro suelen establecerse unas normas relativamente laxas, que, sin imponer demasiado, intentan asegurar que los alumnos están más pendientes de la explicación del profesor que del tanga que exhibe la alumna que está sentada delante. Aunque, como es inevitable, a menudo hay algún que otro roce a cuenta de gorras y calzoncillos expuestos a la vista de todos, la convivencia suele ser fácil, salpicada no obstante de vez en cuando con alguna polémica, sobre todo a causa de velos islámicos —problema que, como es lógico dado el buenismo de los políticos españoles, suele saldarse siempre a favor de la opinión del integrista que piensa que las mujeres deben ir tapadas desde los doce años—. Mi decisión de haber adoptado una indumentaria bastante formal, que incluso mis alumnos consideran demasiado conservadora para mi edad (tengo treinta y seis años. ¿A qué edad se hará uno hombre en este país de Dios?) responde a dos criterios: mi gusto, estilo o capricho, como queráis llamarlo, y la dignidad que pienso debe representar alguien que se dedica a lo que yo, que es procurar un futuro mejor para este país por medio de la educación de sus jóvenes.

La mayoría de los compañeros que tengo de mi edad, más jóvenes e incluso algo mayores, acude al trabajo en camiseta y vaqueros, lo que no me causa inconveniente. Creo que se puede ser un excelente profesor casi con cualquier ropa, y también un profesor pésimo vista uno como vista. Yo me visto en cada ocasión como considero que merece, de acuerdo con mi edad. Los demás hacen lo mismo y yo lo respeto, me parezca bien o mal.


Praga, cerca del muelle, 2010

He leído mucho sobre el asunto del Congreso, no solo en webs de noticias, sino en los comentarios dejados por opinantes a lo largo y ancho de internet, y parece, sobre todo en los jóvenes, triunfar la idea de que lo importante es lo que se debata en el Congreso, y no si el ministro Fulano lleva o no un pedazo de trapo colgado del cuello. Y también que, en época de recortes, es una memez imponer una norma que va a ir en detrimento de los presupuestos, al obligar a echarle más madera al aire acondicionado.

Sí y no. Los españoles, en nuestro proverbial pendularismo, cometemos ahora el error de pensar que la estética no es importante. Pero ¿lo es o no? Lo importante, leo, es lo que uno haga, sienta y piense, no el aspecto que tenga. En mi opinión, soslayar la importancia de la estética —no entendida solo en el plano visual, sino en todos los restantes, tanto los sensoriales como el conceptual— es una estupidez supina que no puede traer ningún beneficio a nadie.


Hrad (el castillo), Praga, 2010

Partamos de un ejemplo. Se muere el familiar de alguien querido y vamos al cementerio a presentar nuestros respetos. Entre los miles de distintos atuendos que podemos elegir, existen, por ejemplo, dos: un pantalón formal de color gris con unos zapatos y una camisa oscura; y también un pantalón deportivo, con unas sandalias, y una camiseta donde aparezca un cerdo fumando y haciéndote un gesto obsceno con el dedo —lo que sea— central de su pezuña. Lo que sentimos es exactamente lo mismo, y nuestras lágrimas y abrazos son sinceros en ambos casos. Pero todos los que estéis leyendo esto os dais cuenta de que la camiseta porcina no es apropiada para la situación. He puesto un caso algo extremo para que se entienda, pero esto no es necesario; desde un esmoquin hasta un bañador, ambos inapropiados, hay una enorme gama de estética elegible, de la cual una zona del espectro será adecuada para una situación concreta y no para otra.

La primera lección que doy siempre a mis alumnos cada curso es que eso de que la belleza está en el interior es mentira. Uno puede ver La bella y la bestia hasta que los ojos empiecen a sangrar, pero eso no la convierte en realidad, dejando aparte del detalle de que la bella joven no se decide a casarse con el monstruo hasta que este se convierte en un fornido Adonis. Les enseño a mis pupilos la importancia de los márgenes, de la ausencia de tachones, de una caligrafía legible. Un examen tiene más probabilidades de éxito si su presentación es buena. En parte, eso suele formar parte de los criterios de calificación. Pero no es solo eso: inconscientemente la mayoría de las veces, nos sentimos inclinados a favorecer a quien se presenta a sí mismo o sus trabajos de forma estéticamente agradable.


Presentando mis respetos a la tumba de Kafka

En una polémica indirecta protagonizada hace algunos años, si quiero acordarme, por el premio Nobel Gabriel García Márquez y el académico de la lengua Fernando Lázaro Carreter, este último defendía que la correcta ortografía (eso de las bes y las uves, tildes y demás) no solo convenía en sí misma, sino que también servía de carta de presentación: una ortografía cuidada no solamente dice que sabemos que cierta palabra se escribe con uve y no con be (grafías que, en castellano, representan el mismo sonido); también dice de nosotros que ponemos cuidado en todo lo que hacemos, que nos parece importante hacer las cosas bien.

La ortografía también es estética. Y con la estética, lo que hacemos, principalmente, es presentarnos ante nuestros semejantes. Normalmente, no recuerdo dónde lo leí, la gente tiene cierta opinión formada de ti antes de que abras la boca, por tu aspecto físico, tu indumentaria y tus movimientos. Y a todos nos importa lo que los otros piensen de nosotros, dado que somos seres sociales. Sí: a esos que dicen que no les importa lo que piensen de ellos es a los que más les va la vida en la opinión ajena (la pose de indiferencia suele ser una ensayada postura estética con la que intentamos hacernos más interesantes a ojos de los demás).

¿Cómo podría ser de otra forma? Incluso los animales, especialmente los llamados superiores, conocen la importancia de una buena presentación. Los mamíferos se acicalan a su modo, se desparasitan, se embadurnan de sustancias y cuidan su pelaje, e incluso cuidan, durante el cortejo, las posturas en que se presentan ante los miembros del otro sexo para ofrecer la apariencia deseada. Un gorila cuida mucho su aspecto. ¿Por qué? Pues porque, como en el caso de la ortografía, una buena presencia estética es un primer indicio de que hay otras cosas buenas. Un buen aliento, unos dientes limpios, un blanco de los ojos blanco, dice a la persona que nos interesa que somos individuos sanos. Una ropa que a uno siente bien —luego atacaré este punto— dice de nosotros que nuestro cuerpo es proporcionado y bello, y, por lo tanto, sano. Y que somos una persona valiosa, ya sea en cuestiones sexuales o económicas, si es que en realidad hay alguna diferencia.


Plaza de las Culturas, Melilla, 2010

Ahora bien, ¿en qué consiste una buena apariencia estética, ciñéndonos ahora al asunto de la vestimenta? Después de muchas lecturas sobre el asunto, he encontrado que casi todo el mundo está de acuerdo en lo mismo: la única norma inviolable es llevar algo que te siente bien. Afinando un poco más: ropa, no importa si es cara o barata, pero que no esté rota ni sucia, y que no te quede demasiado grande ni demasiado pequeña. No todo el mundo tiene suficiente dinero como para que le hagan toda la ropa a medida (yo, desde luego, no), pero en esta época de consumismo extremo seguro que en tu armario hay cientos de prendas que te sientan bien.

¿Qué más? Yo creo que un par de reglas más. Primera, sé consciente de la edad que tienes. Hoy en día se exagera hasta el ridículo la bondad de ser joven, pero algún día tendrás que mirar el calendario y decir: ya no lo soy. Tengo, he dicho antes, 36 años. Me gustaría ser más joven, claro, pero la verdad es que no lo soy: tengo la edad que tengo. Creo que verme con unos pantalones con los calzoncillos por fuera y una camiseta de Barrio Sésamo dando clases no sería un espectáculo agradable. ¡Qué le vamos a hacer! Podría llevar camiseta, vaqueros y calzado deportivo, y siempre que la camiseta no tuviera dibujitos de superhéroes y los pantalones no estuvieran rotos, lo consideraría bien. Pero yo no lo haría. Porque, y aquí viene la otra regla, si cuidas tu presentación, tu vestido deberá adecuarse también a la situación. A mis alumnos les digo: igual de inadecuado sería un bañador en un aula, que un traje en la playa (si vas a bañarte, se entiende).

Son normas que, por supuesto, no son dogma, solo las que yo intento seguir, y además, las normas están para romperlas en según qué casos. En la foto de arriba llevo la corbata por dentro de la camisa. Llegaba tarde al concierto, me hice el nudo con prisas y quedó demasiado larga. Había visto que en algunos sitios se estaba poniendo de moda llevar la corbata así, y lo más importante: era un maldito concierto de rock. Es el sitio adecuado para romper reglas. Ahora: si vas a una boda, ponte un maldito traje, hombre de Dios, y no vayas con vaqueros y una cazadora de cuero, a no ser que quieras ser el centro de atención tú en lugar de la novia. No sé si me explico. Pero aclaro, de nuevo, que son solo las guías que yo sigo, no son dogma ni ley.


Semana Santa, Málaga, 2011

Ahora, al Congreso. ¿Creo que los diputados deberían llevar corbata? Sin ningún atisbo de duda: sí. Cada uno de ellos representa la voluntad de cientos de miles de personas. No existe dignidad más alta en nuestro Estado. Si no la llevan para cumplir la voluntad de España, ¿cuándo se la ponen? ¿En la boda de sus sobrinas? ¿Es más importante, más honorable, eso que discutir los destinos del país? Si eso es lo que creen, que se dediquen a otra cosa (sé que no cumplen nuestras órdenes y hacen lo que quieren, pero eso es otro cantar). Llevando una vestimenta formal se están presentando ante los demás diputados (que representan a otros ciudadanos del país) y ante toda la sociedad. Ya sabemos que la mayoría de los políticos son unos vividores interesados. Si visten bien, al menos dan la impresión de que no quieren que se les note mucho. Cuando yo vea un Congreso, un Senado, lleno de camisas abiertas mostrando pelos pectorales, la imagen, la carta de presentación que tendré de ellos, será el de 350 tipos diciendo: ¡Sí! Me importa tres pimientos lo que penséis de nosotros. Sí, venimos aquí a hacer la voluntad de los bancos y la de nuestros amigos. Y ya hasta me da igual que os deis cuenta.

También sería lamentable, pienso yo, la imagen que se llevaría cualquier ciudadano de otro país si viese que donde se deciden los destinos del país empiezan a proliferar los vaqueros y las camisetas.

(Sí, diréis que estoy exagerando, pero quita primero las corbatas, y lo demás es cuestión de tiempo. También me dijeron que exageraba hace años cuando vaticiné que la gente tendría que desnudarse en los aeropuertos, y hoy ya pasa.)


Embalse de la Viñuela, provincia de Málaga, 2011, con un chuletón de 600 gramos. No diréis que no merece respeto.

En nuestra sociedad occidental, la prenda formal por excelencia para el hombre es el traje, consistente en dos o tres piezas de la misma tela: pantalón, americana y, a veces, chaleco. Debe llevarse, si se quiere vestir con formalidad, con una camisa, con o sin gemelos, y sus complementos más habituales son la corbata y el pañuelo que asoma por el bolsillo de la americana. Un diputado debería llevar un traje a su trabajo, si quiere vestir formal, si quiere dar una impresión de formalidad, en pocas palabras. En más palabras: si quiere que, al menos, pensemos que nos tiene, a los que son sus votantes y a los que no —con el dinero de todos juega, al fin y al cabo—, cierto respeto. Si no le interesa que pensemos que se toma su trabajo en serio, entonces, qué diablos: fuera corbata, americana y zapatos, y que vayan al Congreso de los Diputados de España como si fuera una de estas simpáticas oficinas de Google donde todo el mundo hace lo que le sale de sus partes nobles.


Cala del Moral, provincia de Málaga, 2011

Por último, el asunto del ahorro en aire acondicionado. A mí, que soy un simple ciudadano, que no un ciudadano simple, me importan mucho el ahorro de presupuestos, de energía y el cambio climático. Me importa que se ahorre lo que pueda y no se desperdicie el dinero. Pero basta de bromas: estamos en el país que paga traductores para que un senador español y otro senador español puedan entenderse sin hablar español, lengua que los dos entienden y que es oficial para los dos. Me gustan todas las lenguas, constitucionales o no; pero estamos en el país donde creería que hay un ministerio empleado específicamente para pensar gilipolleces en que gastar nuestro dinero. Lo siento, señorías. Se jeringan y se ponen la corbata. Que, además, Bono lleva más razón que un santo. Al ujier del Congreso le obligas a llevarla. Y él es el que te paga el sueldo. Tú eres el que le debe un respeto a él.

Vuestras opiniones, ahí debajo. Es bueno estar con vosotros otra vez.

Enlaces recomendados:

  • A Tailored Suit, una página de referencia sobre la vestimenta formal para el hombre. Puedes incluso encargarte un traje a medida, midiéndote tú mismo.
  • The Art of Manliness, categoría de estilo. Una de las páginas imprescindibles que he descubierto últimamente, tanto en esta categoría como en todas las demás.
  • Mensencia, blog en español sobre moda para hombre. Prestad atención especialmente a los posts sobre looks callejeros, creo que son lo mejor de esa página.
  • A Suitable Wardrobe, blog de un señor mayor sobre moda masculina, uno de los primeros que sigo, aunque últimamente no me está resultando demasiado interesante.
  • Blog oficial de Barney Stinson. Sin comentarios, digo yo.

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