Ars longa, vita brevis

Esto tiene que cambiar

10 de May de 2011

En todos los países democráticos que lo permiten, siempre acuden a las elecciones algunos partidos cuyo talante dista de aquello para lo que las democracias se han instaurado. Partidos que fomentan el odio entre comunidades, la xenofobia, el racismo, que cuestionan los valores democráticos por los que la gente ha luchado.

Curiosamente, en España, donde la forma de entender la democracia es, por lo menos, curiosa, estos partidos nunca han tenido unos resultados que se escapen de lo anecdótico: son como el apéndice, algo que está ahí como vestigio de algo viejo e inútil. En países con una tradición democrática y una cultura, teóricamente, superiores a la nuestra, como Austria o Francia, a menudo este tipo de partidos de ultraderecha obtienen una representación respetable —hablando de números—, llegando incluso a ser necesarios para formar una mayoría parlamentaria: tanto el francés Le Pen como el austríaco Haider han llegado a convertirse en nombres conocidos a nivel continental, cuando en España, los líderes de partidos similares no suelen pasar de freaks de la prensa rosa. Es cierto que aquí, la mayoría de los votos ultras van para el Partido Popular —lo que no convierte al PP en ultraderecha, como muchos, interesadamente, sugieren—, pero aun así, es reconfortante saber que un país autoconsiderado inculto nunca da votos a los extremistas, y otros que se presentan como la punta de la civilización europea sí lo hacen.

Pero hay algo más inquietante: tener la seguridad de que, de entre casi todos los partidos que concurren a las urnas, los de ultraderecha son, probablemente, los únicos que tienen la firme decisión de cumplir con sus programas. PSOE, PP, la mayoría de las formaciones nacionalistas y localistas: todos sabemos que nos van a prometer el oro y el moro, más empleo, más derechos, una sociedad mejor. Los resultados, tras casi cuarenta años, están ahí: se han ido alternando en los respectivos Gobiernos, y la clase media no ha hecho más que ver mermados sus derechos y su capacidad económica, mientras que las grandes riquezas —y de paso las mismas formaciones políticas— se lo llevan crudo. Estamos en campaña y nos vuelven a prometer la luna, pero estamos seguros de que no piensan cumplirlo. Elección tras elección, salen unos u otros, se olvidan de lo prometido y les seguimos votando. ¿Para qué van a cambiar? Sin embargo, miro los programas de partidos que están a la derecha de la derecha y veo: expulsión de inmigrantes —con o sin delitos por medio—, reducción de competencias autonómicas, una sociedad menos variada, más anquilosada, más tradicional. Los leo y estoy seguro de que pretenden cumplirlo todo.

¿Cómo puede ser que en este país estemos totalmente seguros de que los únicos que son sinceros son los políticos de la ultraderecha? ¿Cómo puede ser que, de entre todo el arcoíris político, solamente podamos creernos los programas que prometen xenofobia, racismo, centralismo, odio? Esto tiene que cambiar.

No les votes.

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