Ars longa, vita brevis

¿Qué falla en la educación? (II)

12 de May de 2011

Hace unos días comencé una serie de artículos sobre los problemas reales que tiene la educación en nuestro país, sobre los porqués de que, siendo uno de los primeros países económicamente hablando —con crisis y todo, aún somos receptores de inmigrantes—, nuestros niveles educativos no sean los adecuados. Comencé haciendo un poco de autocrítica, y reseñando algunos de los defectos que creo que tenemos los profesores. Hoy continuaré por otro de los pilares —acaso el principal— que sustentan una educación de calidad. Haz clic para seguir leyendo.

Los padres

Hace dos años ya traté el tema, con un artículo que tuvo bastante éxito: salió publicado en Menéame, donde alcanzó 75 comentarios, que hay que sumar a los 85 de la entrada en el blog (160 en total, ¡wow!). Está claro que la educación preocupa, y también, haciendo estadística de los comentarios en ambos sitios, que gran parte de la sociedad está de acuerdo en que los padres son, en gran medida, responsables del problema. ¿Cuáles son sus defectos? Dejaré claro, una vez más, que esto es simplemente mi opinión, pero que aun así, es una opinión fundamentada, ya que lo veo casi todo desde dentro.

Los padres tienen una fe dogmática en sus hijos. Y, la mayoría de las veces, están equivocados. Es así. Casi todos los adolescentes mienten, es algo general. Puede que la intuición de los que estéis leyendo esto os diga lo contrario, pero después de todo, ¿el trabajo de cuántos de vosotros consiste en un tira y afloja psicológico y diario con cientos de ellos? Seguramente, solo el de los que seáis profesores. Así que no dudéis: nadie conoce a los adolescentes mejor que los profesores. Ni padres, ni psicólogos, ni Coca-Cola. Nadie. Y mienten.

Pues bien: he aquí un caso real, presenciado por mí. El lugar, la Jefatura de estudios de un instituto de Secundaria. Presentes, el jefe de estudios, el padre de un alumno de 2.º de la ESO, y un profesor con más de 20 años de experiencia. Discutían por una acusación que mantenía el profesor contra el alumno, y que el alumno negaba. A cada cosa que decía el profesor, las palabras del padre eran: «Eso es según la versión de usted». Sí, amigos. El padre daba a su hijo, un chico de unos 12 años —con multitud de sanciones previas, es decir, no uno que no hubiese roto un plato en su vida—, la misma credibilidad que a un profesional adulto, funcionario del Estado, en el ejercicio de sus funciones. Quizá algunos penséis que la credibilidad de uno y otro es la misma, pues ambos son personas. Os equivocáis. No en lo de que son personas. Sí en que la credibilidad es la misma. La escala de valores es otra. La visión de futuro también. El alumno está pensando en la posible reprimenda que se llevará de su padre (diez minutos, a lo sumo) y en la probable expulsión (tres días). No existe cosa más importante para él, y mentirá todo lo que haya que mentir. Todos lo hemos hecho. ¿Os acordáis de cuando erais adolescentes? Yo mentía a mis padres como Judas. Miles de veces. Y vosotros, una de dos: o también lo habéis hecho, o erais unos chicos modélicos cuando jóvenes, aunque me inclino por lo primero.

Al temor del alumno por las sanciones que le impongan la Jefatura de estudios y su padre, se une la sensación de que la impunidad es posible. Solo estamos de testigos el profesor y yo, y esta sociedad —¡esta desquiciada sociedad!— me va a dar a mí la misma credibilidad que a un señor de cincuenta años, con carrera y con un puesto de funcionario público ganado en unas oposiciones, y que está obligado, legalmente, a decir la verdad. ¿Por qué no voy a mentir?

Es aquí donde nuestra sociedad, huyendo pendularmente de los años de la dictadura, se ha vuelto loca: hemos pasado de alumnos que se suicidan el día de la entrega de notas (lo veía en las noticias de la televisión cuando era niño, lo juro) a chicos que saben que cuentan con impunidad plena, dado que la cantinela, copiada, como tantas idioteces, de los Estados Unidos, de que «es un menor» le otorga en la práctica una invulnerabilidad diplomática total, una imposibilidad de recibir, ante una trastada, un castigo lo suficientemente proporcionado y ejemplar como para que piense que no merece la pena actuar mal.

El amor por los hijos es una de las cosas más naturales que hay en el mundo, pero aquí pasa como con el niño ese que tenía un pajarito, y que lo quería tanto que lo apretó en sus manos con fuerza desproporcionada y lo mató. Pues bien, al igual que el amor por una mascota te obliga, por muchas ganas que tengas de abrazarla, a dejarla un poco a su aire, para que se desarrolle de forma natural, el amor por los hijos, el amor verdadero y racional, te obliga a enfadarte con él alguna vez, a encerrarlo en su cuarto un par de horas, a cortarle internet, aunque tengas que acostarte y pasar la noche en blanco pensando que no te gusta estar enfadado con él.

Pero estamos en un país donde los adultos de ahora, los de entre treinta y cuarenta, no hemos llegado a convertirnos en adultos de verdad. Lo comentaba, hace unos días, con una pareja con la que estábamos cenando. Al lado estaba la clásica pareja joven con hijo pequeño que grita a doscientos decibelios el tiempo que dura toda tu cena, desde que te sientas en tu sitio, hasta que te levantas y te largas, después de haber pedido, comido, bebido y pagado la cuenta (hora y media aproximadamente). El crío, aparte de gritar durante noventa minutos sin, aparentemente, respirar, iba tirando periódicamente al suelo cuanto se le ponía al alcance, generando aún más ruido y alcanzando, ocasionalmente, a mí y a otros comensales con sus improvisados proyectiles. La mayor atención que le dirigieron sus padres consistió en reír alguno de los lanzamientos del retoño.

Comenté con mis acompañantes que, si yo tuviera un hijo, y este hijo no estuviera en condiciones de garantizar una velada tranquila a los asistentes a un local de ocio, una de dos: o intentaría que alguien se ocupara de él durante esa noche, o me quedaría en casa y cenaría más barato. Las miradas fueron de desaprobación, y me contestaron que las parejas jóvenes tenían derecho a salir, y si no tenían a nadie con quien dejar a su hijo, se lo tenían que llevar. Mi respuesta fue: no. Has tenido un hijo. Tener un hijo no es solamente para hacerte fotos monas y ponerlas en tu Facebook, pasear por el parque y tuitear sus primeras palabras. Es un montón de cosas más, casi todas relacionadas con el sacrificio. Yo no soy padre, pero estoy seguro —y así me lo han confirmado muchos amigos— que la satisfacción de tenerlo y verlo crecer gana con creces todos los sacrificios que hay que afrontar.

Lo que sucede es que los adultos de ahora no queremos oír hablar de sacrificio. Todo ha de ser fácil. Me preguntaron: «Entonces, ¿una pareja que tenga un hijo debe renunciar a salir por la noche, a irse de viaje solos, a acudir a discotecas?» Mi respuesta la tengo bastante clara: sí. Nadie te ha obligado a tener un hijo. Es lo más importante de tu vida, deberías saber que tu vida va a cambiar, y que tienes la obligación de cambiar muchas cosas si quieres ser un padre decente. Si te quieres ir al Caribe dos semanas con tu pareja, tienes dos opciones: primera, llévate a tu hijo contigo. Segunda, no tengas hijos.

Los adultos de hoy no queremos, no sabemos ser adultos: coleccionamos figuritas de Los Simpsons, nos disfrazamos de Goku para ir a los salones de cómic, creemos que es normal dejar quince días a nuestro hijo de un año con su abuela para irnos de viaje romántico a París, y que la pareja que ha salido por la noche y va a pagar una buena suma de dinero por tener su cena tranquila a nuestro lado está obligada a aguantar las monerías ruidosas de nuestro hijo, porque oh my God este es mi hijo, míralo, no hay nada más maravilloso en el mundo, es el centro del universo, nadie en la historia de la Humanidad ha tenido hijos antes, mira qué superdotado, tiene solo un año y ya sabe chupar de una teta.

He estado en un local de copas —local. de. copas.— a las tres de la madrugada —3.00 A. M.— y he visto un carrito de bebé con un rorro dormido, chupete en boca, mientras a su alrededor la gente bebía, fumaba, y sonaba reaggetón a un volumen demencial. ¡Reaggetón! La criatura había logrado dormirse, de puro cansancio, supongo, y sus padres estaban tan campantes, metiéndose cubalibres entre pecho y espalda.

Mi generación no está preparada para tener hijos. Quiero decir: sabemos cómo se hacen, sabemos que son cosas pequeñas y que necesitan nuestra protección, pero no sabemos dejar de ser adolescentes y convertirnos en padres. Esto lo pagamos, con el tiempo, los docentes, y a la larga, la sociedad entera. Cuando veáis en televisión algún programa de esos en que un adolescente llama puta a su madre y le destroza todas las cosas de la casa, no les echéis la culpa a las drogas, las compañías, los videojuegos. Lo que hay ahí en la mayoría de los casos —apostaría dinero— es un hijo al que nunca se le han puesto trabas, un hijo que sabía que tenía impunidad y protección hiciera lo que hiciera, porque sabía que sus padres iban a ponerse entre ellos y su responsabilidad. Lo que tenemos ahí es un niño en el cuerpo de un adolescente, haciendo sufrir a unos adolescentes en el cuerpo de un adulto. Sí, estoy generalizando. Habrá casos de padres responsables que han tenido mala suerte. Pero que nadie me venga ahora con la estúpida cita de Platón: antes, eso no pasaba. Ha empezado a pasar desde que hemos confundido amar a un hijo con mimarlo hasta los veinticinco años.

Otro de los fallos de los padres es no dar a la educación la importancia que tiene. Buscad estadísticas por ahí, yo lo he hecho: a mayor nivel de estudios, mayores ingresos. Es una escala directamente proporcional. Si tienes un hijo, y le haces que acabe un ciclo formativo de grado superior, el 90% de las probabilidades dice que cobrará más dinero de adulto que si te conformas con que no acabe la ESO. Esto no son opiniones mías, son hechos. Bien: habré tenido unos 1.500 alumnos en el período que llevo siendo profesor de Secundaria, y habré conocido como a 50 padres, no más. Y sí, es como estáis imaginando: la mayoría de los padres que he conocido tienen hijos cuya marcha educativa no es preocupante. Esto es un síntoma. El hecho de que un padre venga a verte no hace que tu hijo vaya mejor en los estudios, pero sucede que cuando un padre se preocupa por la educación de su hijo, esta funciona mejor. Y no es casual. La visita del padre es un síntoma de que en el resto de las parcelas de su vida es un padre preocupado. Sabe dónde para su hijo cada hora, las páginas que visita en internet, qué amigos tiene. En otras palabras, y enlazando con el punto anterior: ha sacrificado parte de su tiempo libre, de su vida, para ser un mejor padre. O, en otras palabras: para ser un padre.

Una vez más, como en el artículo donde hablaba de los defectos de los profesores, debo decir, para no faltar a la verdad, que casi todos los padres que conozco respetan el valor de la educación, mi propia labor, son relativamente severos con sus hijos y les conminan para que terminen sus estudios y, como se decía antes, sean algo. ¿Cómo puede, entonces, nuestro país, tener unos niveles educativos tan bajos? Un problema tan complejo no tiene una respuesta simple. Hay responsabilidad en los profesores, como ya dije, aunque la mayoría de ellos intenten ser buenos profesionales; también en los padres, aunque la mayoría de ellos intenten ser buenos padres; y hay otros elementos de los que hablaré en artículos posteriores.

Anteriormente:

¿Qué falla en la educación? (I) Los profesores.

1 comentario en “¿Qué falla en la educación? (II)”

  • # Ana dice:
    13 de May de 2011 a las 11:53

    Hola! Quería felicitarte por esta serie de posts que estas haciendo. No solo estoy muy de aceurdo en todo lo que dices, sino que creo que es muy importante que lo hagas. Soy profesora de un master mba online y también doy clases en la universidad. Creo que los profesores nos limitamos a menudo a hacer nuestro trabajo y quejarnos, pero ni hacemos nada para protestar contra lo que no estamos de acuerdo, ni analizamos qué es lo que realmente falla. Por eso creo que estos artículos analíticos son de gran ayuda y motivación!
    Muchas gracias! Esperaré al próximo 😉

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