Ars longa, vita brevis

¿Qué falla en la educación? (I)

5 de May de 2011

Los profesores

Tenía pensado desde hace tiempo escribir una serie de artículos analizando los problemas de la educación pública en nuestro país. ¿Por qué casi nadie está contento con ella, ni padres, ni alumnos, ni profesores? ¿Por qué no es capaz de alcanzar la excelencia en casi ningún caso? ¿Por qué, cuando sí lo consigue, el excelente tiene las típicas salidas que siempre ha habido en este país (esto es: por tierra, mar y aire)?

Me voy a centrar en la educación secundaria, ya que es la que conozco como profesional, aunque puedo hablar también de los ecos de la primaria (que resuenan, sobre todo en los primeros cursos de la ESO) y de la universitaria, que he conocido como alumno, y de la que antiguos alumnos míos me tienen al día. Os remito, por otra parte, a la serie de artículos que he estado dedicando a este tema, por si estáis interesados en otras opiniones mías anteriores. Aquí.

Voy a poner a caer de un burro a todo el mundo, porque todo el mundo tiene parte de culpa, y para que no se diga, empezaré por los defectos de los profesionales de la educación. Creo que el primer paso para arreglar algo es ver y analizar la viga en el ojo propio. Por aquí empiezo. Haz clic para seguir leyendo.

¿Cuáles son nuestros defectos? He de empezar diciendo que empieza a haber cierta conciencia social sobre nuestra situación. Ayudados, paradójicamente, por el sensacionalismo de los medios de comunicación (en los que nunca se ven las clases buenas que tienen todos los profesores, pero sí cada vez que un alumno o un padre agrede a uno de nosotros). Hemos pasado del «qué morro tenéis, con diez meses de vacaciones al año, y cuando os da la gana os dais de baja por depresión» al «no sé cómo aguantáis, de verdad, yo no tendría paciencia para eso». La última vez que me dijeron esto fue ayer. No es justa esa apreciación, como tampoco lo era la otra. Pero lo cierto —y triste— es que el pensamiento actual está más cerca de la realidad que el anterior.

¿Estamos tan mal? En mi caso, y lo saben quienes siguen este blog, no. Jamás he tenido un rifirrafe digno de mención con ningún alumno. Algún que otro contestón —como los que yo he dado a esa edad a profesores y padres, y no considero haber sido mal alumno, ni mal hijo—, alguna que otra desobediencia (no me gusta esa palabra, puesto que no considero que mi labor sea conseguir obediencia), alguna salida de tono, pero nada grave: ni amenazas, ni agresiones, por supuesto. Aquí hablé hace unos años más por extenso sobre el asunto. Ahora no quiero extenderme demasiado, puesto que este artículo trata sobre los fallos que cometemos nosotros.

Para que no se enfaden mis compañeros, debo decir que todos y cada uno de los defectos que cito aquí, considero que son en primer lugar míos. No todos lo son, y algunos sí. Pero todos existen, y los he presenciado. Son minoritarios. La mayoría absoluta de profesores con los que he trabajado son excelentes profesionales, con defectos, como todo en este universo, pero con interés por hacer bien su trabajo. Pero…

Los hay que no se toman su trabajo lo suficientemente en serio. ¿A qué me refiero? A la puntualidad. Al interés por adquirir nuevos conocimientos relacionados con su materia. Al interés, puramente, por saber, porque un profesor, en mi opinión, no debe ser una persona que sabe todo lo que hay en el libro y algo más, sino que debe ser un modelo del gusto por saber, por pensar, por investigar. Y un modelo de conducta.

He conocido a profesores —demasiados— que no saben más que lo que deben enseñar. Y no muestran, entonces, un interés por el conocimiento por sí mismo, por saber más. Dado que en saber lo que tienen que enseñar, y en saber transmitirlo, consiste su trabajo, ¿cómo podría ser posible que despertasen interés en unos alumnos para la mayoría de los cuales los contenidos de las asignaturas no van a ver una aplicación pragmática? Si la misma persona que debe enseñarles no está ávido de conocimientos, ¿cómo va a despertar esa avidez en unos críos? He visto a profesores que no saben responder a una pregunta que no tenga que ver con su materia. Nadie sabe de todo, y yo soy el más ignorante del mundo, pero hay profesionales de esto que desconocen la respuesta a preguntas de conocimientos básicos en los ámbitos más generales. Yo doy Lengua castellana y literatura. ¿Cómo puedo pretender que se me perdone no saber lo que es un gen, una galaxia, la importancia del calentamiento para el deporte, el cogito, ergo sum o en qué años transcurrió la Guerra Civil? Si únicamente soy un recipiente de los contenidos de mi asignatura, ¿qué me diferencia de una entrada de la Wikipedia? El profesor debe leer. Leer sobre lo suyo, pero también —y sobre todo— leer sobre lo que no es lo suyo. Debe transmitir su entusiasmo por el conocimiento y por el pensamiento. Pero ¿qué sucede si un docente no tiene esa sed de conocimientos? Pues, en mi opinión, no merece llamarse maestro o profesor. Y merece que se le aplique un tópico que, como todos los tópicos, en su mayor parte es injusto, pero tiene algo de cierto: «el que no sabe, enseña».

Esto choca con lo que voy a decir a continuación: yo no creo que la docencia deba ser fruto de la vocación. Esto escandalizará a mucha gente. Pero es lo que creo. Ser profesor no es un trabajo vocacional. Yo empecé a estudiar Filología con 18 años, edad a la que considero que una persona normal no sabe qué quiere hacer con su vida. Yo, al menos, no lo sabía. Quiero decir: con 18 años no tenía claro que quería ser profesor, y no me planteé demasiado las salidas de mi carrera, que consistían exclusivamente en eso, en ser profesor. ¿Por qué, al final, estoy aquí? Pues porque, con unos cuantos años más de vida y de madurez, comprobé que era la mejor salida para mis conocimientos. ¿Estoy a gusto en mi trabajo? Pues sí, pero quienes me conocen personalmente saben que trabajé durante casi un año en un banco, y estaba prácticamente igual de a gusto —y eso que cobraba bastante menos—. A mí me gusta desempeñar un trabajo con eficiencia y profesionalidad, y el de profesor es un trabajo exigente que te permite llegar a casa a las tres y decirte a ti mismo «te has esforzado y lo has hecho bien; mañana, intenta hacerlo mejor aún».

¿Sería mejor profesor si esto fuera una vocación? Estoy casi seguro. Creo que lo que mejor hago en la vida —lo que se pueda decir públicamente, claro— es tocar la guitarra. Es mi vocación. Ni siquiera ser una estrella del rock, sino levantarme a las tres de la madrugada, o a las tres de la tarde, y darle a los dedos. Se me pasan las horas, cada vez se me da mejor, aprendo más cosas e investigo las cosas que me quedan por aprender. Me ha costado mucho dinero, porque es una afición cara, pero lo considero bien gastado, y pienso invertir más aún.

Pero creo que en Melilla hay como unos 600 o 700 profesores. ¿Cuántos habrá en el Estado? Ni idea, pero varios decenas de miles, como mínimo. Seamos realistas: en un país con una población como la nuestra, no es posible que haya decenas de miles de personas que crean que han nacido para enseñar. Y no es necesario, como quiero demostrar a continuación.

Leo en Menéame que el Ministerio de Educación está planteándose imponer, tras las oposiciones a docente público, unas prácticas relativamente similares a las MIR que hacen los médicos. En la noticia que he enlazado dice que servirían como «garantía de que los profesores ingresen al aula preparados», aunque para eso ya está un grado universitario y un máster, vigente desde el curso pasado, creo recordar. A mí un inspector me dijo que en realidad quieren que el acceso a la docencia sea cada vez más duro (con lo que estoy de acuerdo) para que solo entren los que realmente tengan vocación de enseñar y sean los mejores.

¿Tenemos una mayoría de profesores de secundaria excelentes? Creo que no. ¿Y de médicos? La verdad, a mí si un médico me pide que me tire por un barranco, lo hago. Creo que la Medicina es una de las disciplinas profesionales donde están las personas más preparadas, más dispuestas y más responsables con su trabajo. Nunca me ha fallado un médico (aunque ocurre a veces, puesto que son humanos). Y no creo que sea por vocación. A todo el mundo le gusta ayudar a las personas, pero supongo que al urólogo que me corresponde, después de diez o quince años levantando las partes nobles de dos o tres mil tíos, ya le ponen más otras cosas que el hecho de explicarme qué son esas manchas raras que me han salido ahí (caso no real, que conste).

Entonces, ¿por qué creo que los médicos son excelentes, y los profesores no? ¿Es por la vocación? ¿Es por el MIR?

No. Un chico inteligente y estudioso se deja muchos años de su vida estudiando el grado, y luego la especialidad, y luego haciendo las prácticas del MIR por otra razón: por los 6.000, 9.000, 14.000 euros al mes, lo que cobre cada uno. Eso les hace levantarse cada mañana, hacer guardias de 24 horas, intentar ser los mejores de lo suyo. El dinero. Para eso estudia uno, digo yo. Después hay casos nobilísimos de profesionales de la Medicina que se van a tomar por saco a poner vacunas a niños famélicos por la voluntad, pero son casos escasos. Ojalá todos fuéramos así, pero lo cierto es que no lo somos.

Puedes poner un PIR (Profesor Interino Residente, o como quieras llamarlo) de dos, tres o cuatro años, pero si el resultado va a seguir siendo aguantar durante horas a adolescentes desmotivados y con frecuencia respondones, padres que creen que debes dedicar tu vida a aguantar las gracias de sus hijos y una Administración que no te comprende, por 1.800 euros mensuales (que creo que la media anda por ahí, aunque en Melilla, Deo gratias, salimos por unos 1.000 euros más), ya te puedes ir olvidando de atraer a los mejores a esta profesión.

Como siempre pasa en este país, los mejores de cada promoción intentarán buscar fortuna en otro país, y preferirán, por el mismo sueldo, poner copas en Londres o en Berlín, donde al menos se les respetará, y verán mundo.

¿Debe un profesor cobrar una fortuna? Hay varias perspectivas desde las que responder a esa pregunta. Mi trabajo, aunque yo fuera el mejor profesor del mundo, que no lo soy, no es ni tan difícil ni tan importante como el de un médico. Siempre habrá trabajos más severos y otros menos: si soy un mal profesor, puedo torcer el futuro de un adolescente —lo que en sí es muy grave—, pero no acabo con su vida. Unos conocimientos de lengua y literatura, de historia, de una licenciatura en Matemáticas son difíciles de adquirir, pero dudo que lo sean la mitad de los de un médico. Ni por dificultad ni por importancia creo que que yo deba cobrar lo que un médico (si quiero cobrar lo que un médico, el camino es claro: estudiar lo que él). Sin embargo, es posible que nuestro sueldo, y más a partir de los recortes, sea un poco bajo respecto a la importancia de lo que hacemos.

Porque aquí viene la otra perspectiva: ¿cuánto deberíamos pagar a los profesores? Tanto más cuanto mejor queramos que sea el resultado de nuestra labor.

Esta mañana he estado comentando con un compañero el caso de un amigo suyo, colega de la carrera (Química), que era una especie de superdotado en su campo, y que después de dar tumbos por diversas universidades como becario infrapagado, no se sabía qué había sido de él. Sus notas de la carrera son: 24 matrículas de honor (veinticuatro, sí) y 1 notable (supongo que fruto del típico profesor amargado que siempre hay por las facultades). ¿Sería un buen profesor? Estoy seguro de que si le imponen un programa de prácticas de dos años, o tres, cobrando el salario mínimo, y le enseñan a enseñar, después sería un profesor excelente: no habría pregunta que no supiera responder.

Lo que tenemos es un acceso relativamente fácil a la función docente (y cada vez más fácil, por culpa, en gran parte, de los sindicatos, de los que he llegado a oír que no debería haber oposiciones, y que habría que entrar aquí por simple experiencia profesional en bolsas de trabajo), un sueldo que te permite, de momento, vivir (y punto), y aguantar a treinta adolescentes desmotivados contra los que tienes que luchar para que se interesen por algo, y de cuyo fracaso te va a culpar todo el mundo, desde ellos mismos, hasta padres y políticos.

¿Qué haría que el mejor, el más preparado, de cada disciplina aspirase a convertirse en docente público? Quizá sea triste decirlo, pero lo diré: un buen sueldo y unas buenas condiciones de trabajo. Uno no se parte los cuernos en una carrera para pelear con niños, para que te metan en clase a uno que te amenaza a ti y agrede a sus compañeros impidiéndoles aprender (caso real, esta vez) porque «su derecho a la educación [del alumno disruptivo, se entiende] está por encima de absolutamente todas las cosas» (palabras reales de todo un ministro de Educación), para coger a final de mes una nómina que, después de pagar la hipoteca, la letra del coche, la luz, el agua, la comida e Internet se te queda en nada. Y que se rebaja cada vez que hay que pagar los desmanes de los bancos y de las grandes empresas.

El que sale de la universidad con un 95% de matrículas de honor podría plantearse estudiar el máster en educación y luego hacer unas prácticas de dos años si sabe que al final le esperan unas clases de quince alumnos, una sociedad que le respeta y que entiende y valora lo que hace, unos padres comprensivos y colaboradores, y cuatro mil doblones cada día treinta en la cuenta corriente. En otras palabras: espera Finlandia, y no Grecia.

¿Yo valgo eso? Mirad, voy a hablar como si fuera un mal profesor, aunque no soy quién para decir eso o lo contrario: yo no lo valgo. Pero precisamente por eso estoy aquí yo, y no el de las 24 matrículas. Por eso en esta profesión hay gente que no sirve para esto y que en realidad no sirve para nada. Pero el que lo valga, ¿va a venir a hacer mi trabajo, por mi sueldo? No lo creo, y además espero que no.

Dicho de otro modo: creo que España tiene uno de los mejores índices de sanidad pública del mundo, en calidad y extensión. Y eso que, aquí, un profesional destacable de la Medicina no cobra ni en sueños lo que en otros países, pero lo cobra bien y calentito. ¿Qué calidad queremos que tenga nuestra educación pública? No sé responder a esta pregunta. Pero sí a esta otra: ¿qué calidad tiene nuestra educación pública? La que pagamos. Como mucho.

Quiero terminar, para que quede claro y nadie se me enfade, diciendo lo que he dicho ya: casi todos los profesores con los que me he cruzado son unos profesionales abnegados como la copa de un pino. Ahí queda eso.

4 comentarios en “¿Qué falla en la educación? (I)”

  • # hasumedic dice:
    6 de May de 2011 a las 10:13

    Wow! Gran capacidad de autocrítica, si señor.

    Eso sí, no se si se puede extrapolar el tema de sueldos/desempeño/funciones… Normalmente no es así. Si no, miremos a nuestros políticos. Cobran bien, muy bien. Demasiado bien para lo que hacen. Pero en una sociedad ideal (de la que estamos muy alejados!), los políticos deberían ser las personas más preparadas y con mayores salarios del país, ya que de ellos depende el bienestar y el sueldo del resto de las personas, médicos incluidos.

    Un mayor incentivo monetario, con el modo de acceso actual a la docencia, no es plausible. Los requisitos deberían ser mucho más elevados y el SEGUIMIENTO de sus funciones debería ser mucho más estricto.

  • # Diego dice:
    6 de May de 2011 a las 12:38

    Si ves todas las variables del informe PISA, dentro de que ninguna de ellas es totalmente consistente con la calidad de los resultados, la que más parece serlo es, precisamente, el sueldo de los profesores. O sea, que a más paga, mejores resultados en los alumnos. Vamos, que lo has clavado.

    Un melillense exiliado 🙂

  • # pitufo dice:
    6 de May de 2011 a las 21:43

    Lo que destacaría de todo el análisis es la necesidad de querer seguir aprendiendo. Un profesor que no lee, que no controla su materia, que no está al día, que no quiere incrementar su cultura, no puede jamás, como bien dices, ser un buen profesor porque le falla el modelado y no podrá motivar a los estudiantes

  • # La Lengua » ¿Qué falla en la educación? (II) dice:
    12 de May de 2011 a las 19:22

    […] somos receptores de inmigrantes—, nuestros niveles educativos no sean los adecuados. Comencé haciendo un poco de autocrítica, y reseñando algunos de los defectos que creo que tenemos los profesores. Hoy continuaré por otro […]

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