Ars longa, vita brevis

Dura lex, pauperibus

27 de March de 2011

(Si no recuerdo mal mis clases de latín, el título de este artículo quiere decir «La ley es dura —para los pobres».)

El debate sobre los idiomas que se hablan en España (que son bastantes más que castellano, gallego, vascuence y catalán) es tan largo y tan cargado de diversas cuestiones, que no puede ser objeto de un solo artículo, o, al menos, no lo será de este. Está compuesto de situaciones injustas de antaño (discriminación de las lenguas no comunes a todos), discriminaciones de ahora (la imposibilidad de trabajar para lo público por, de facto, no haber nacido en una comunidad autónoma concreta), políticas partidistas y demagogas, y da para demasiado. Quizás en otra serie de artículos.

Hoy hablaré de leyes, tomando como partida una anécdota lingüística. El otro día, en el Congreso de los diputados, varios parlamentarios en el uso de la palabra utilizaron lenguas distintas del castellano en sus discursos. Yo no tengo nada a favor ni en contra de ninguna lengua, así que la cosa no va por ahí. Tampoco voy a hablar, aunque tengo mi opinión, sobre si me parecería bien que se permitiese hablar en el Congreso una lengua distinta del castellano. Voy a hablar del respeto a las leyes.

Porque, al parecer, en el Parlamento solo se permite, cuando uno tiene el uso de la palabra, el castellano. Esto puede parecernos bien o mal, pero, de momento, respetando la legislación, es así. Y así se lo recordó a sus señorías el presidente de la cámara, José Bono, quien, sin embargo, no condenó ni prohibió el asunto, «porque» —copio de la noticia— «no quiere ver mañana titulares “demagogos”».

Así que varios diputados y el presidente del Congreso incumplen, unos, y lo permite, el otro, una Ley aprobada por la mayoría del Parlamento. ¿Es esto viable si queremos seguir llamándonos una democracia?

Muchas veces he hablado en este blog sobre una característica peculiar de este país, que llama mucho la atención a quien viene de fuera: las leyes, en España, están para cumplirlas, siempre que me convenga hacerlo. Si yo, como individuo, considero que saltándome el semáforo voy a llegar antes a mi destino, lo haré, sin tener en cuenta consideraciones como el bien común. Así, tenemos un país en que conductas éticamente reprochables no están condenadas socialmente: políticos denunciados, y a veces condenados, por corrupción se presentan nuevamente a las elecciones, y el electorado les vota. Uno se da cuenta de que no le han cobrado una de las bebidas en el restaurante, y se calla: ninguno de sus amigos le reprueba (me pasó el otro día. Indiqué a la camarera que me habían cobrado una bebida de menos, y, después de mirarme fijamente durante medio minuto, incrédula, se deshizo en agradecimientos, ¡como si le hubiese hecho un favor en lugar de haber actuado honradamente!). Nos enteramos de que un amigo ha podido enchufar a algún familiar suyo para algún puesto público, pagado por todos, y, lejos de afearle su actuación, ¡lo felicitamos! Esto es España.

Ya digo que este artículo no trata sobre el derecho de que un parlamentario (o alguien cuyo derecho es mucho más importante: un ciudadano cualquiera) se exprese en su lengua materna o propia donde le venga en gana. No va de esto. Va sobre quién hace las leyes y quién las debe respetar.

Las leyes las hacen los representantes públicos, y el poder judicial debe hacerlas cumplir. En una democracia, solo hay una cosa que puede y debe garantizar que todos los ciudadanos somos iguales: que todos tengamos el mismo derecho a estar amparados por las leyes, y la misma obligación de cumplirlas. Es la única diferencia real con una dictadura, aparte del voto: en una dictadura, las leyes protegen a los que mandan, y obligan a los que obedecen. En una democracia tanto unos como otros deben estar obligados y protegidos.

Sin embargo, tenemos una cosa curiosísima aquí: políticos que, en sus comunidades autónomas, obligan al uso de la lengua respectiva en ciertas actividades privadas, como en Cataluña, donde, si abro un comercio, tengo la obligación de rotular en catalán, y, cuando alguien incumple esa norma, se le sanciona. Sin embargo, esos mismos políticos, en su propia circunstancia, se permiten el lujo de incumplir una ley a sabiendas, aposta, y no solo eso, sino que quien tiene que hacer cumplir esa norma se lo permite. ¿En aras de un bien mayor? ¿Es preferible incumplir una ley para evitar la demagogia periodística, o hacerla cumplir a pesar de las consecuencias? ¿Es que el Parlamento debe tener miedo a la prensa? La obligación del periodismo es criticar al poder, y la del poder es apechar con esas críticas.

También he dicho alguna vez en este blog que, si bien nunca existe el derecho a incumplir la ley, a veces existe la obligación de hacerlo. Puede parecer paradójico, pero en realidad no lo es. Si una ley es tan injusta que atenta contra derechos humanos, o contra la igualdad entre etnias o sexos; si una ley dice que en mi bar no pueden entrar los negros, mi obligación es incumplirla, y permitir que entren. Lo de que los diputados —que no los ciudadanos, ojo— puedan hablar en la lengua que les dé la gana en un lugar concreto, puede ser una aspiración legítima, pero no una consecución de ningún derecho fundamental, siempre que puedan expresarse perfectamente en la lengua común. Por lo tanto, no existe la obligación, ni por supuesto, el derecho de saltarse la norma lingüística del Congreso.

Pero aquí sucede lo de siempre. La ley es dura, pero es la ley. Pero a eso hay que añadirle un corolario: la ley es dura, pero es para los pobres. Los de arriba no tenemos por qué cumplirla. Nosotros, los políticos, hacemos leyes para que las cumpláis vosotros; el texto, a nosotros, no nos obliga. No les votes.

La imagen es obra de J. R. Mora.

Perdido en la traducción.

Vía Menéame, una genial lista de palabras de varios idiomas que son imposibles de traducir a otros, al menos, con una sola palabra o con una breve expresión.

Nucelar

16 de March de 2011

Sería una lástima que, al final, la energía nuclear solo hubiera servido para hacer bombas. Su potencial energético, creo, es inmenso, y eso que aún se está estudiando cuánto podemos obtener de ella.

Por supuesto, se deben considerar los costes en vidas y seguridad de adoptar una u otra fuente de energía, y solo se debe optar por aquella que, teniendo en cuenta su rendimiento, provoque unos costes que estemos dispuestos a asumir. Por ejemplo, todo el mundo acepta que se creen presas para obtener abundante energía eléctrica, excepto un puñado de desgreñados ecologistas. También aceptamos que el petróleo que quemamos esté envenenando nuestro ambiente y nuestros pulmones, ya que nos mata lentamente y hace los paisajes urbanos más feos e irrespirables, pero poco más. El impacto de las placas solares y los molinos de viento suele ser poco más que estético, lo que, ya se sabe, va en gustos.

La energía nuclear solamente debería ser aprovechada y promovida cuando estemos seguros de que su impacto, en riesgo tanto medioambiental como humano, es asumible. Desastres como el de Chernóbil o, más recientemente, el aterrador incidente de Japón, deben hacer que nos replanteemos las cosas. ¿Podemos asumir el coste de las plantas nucleares en riesgo probable? Quizás, ahora mismo, la respuesta sea no.

Lo que me fastidia son los palmeros de los políticos, que no pierden una oportunidad de repetir las idioteces que se les ocurran a sus amos. Como en todos los defensores que han salido ahora de los 110 km/h, que al parecer se han dado cuenta al unísono de que así se ahorra energía (como si la energía o el dinero nos sobraran antes, como si a 100 no se ahorrase más aún), ahora todos los admiradores del Gobierno de la gran ruina patria de repente ven en la energía nuclear —la más eficiente y limpia, si la seguridad es la suficiente— a su Némesis. Ponen como ejemplo el desastre de Japón. Pero supongo que no habrían dicho nada si nuestro actual Gobierno no fuese antinuclear. Igual que hasta el momento en que a la lumbrera se le ocurrió la idea de los 110 a todos los pensantes de este país y de esta blogosfera les parecía fenomenal el límite de 120 km/h. O, al menos, no decían nada.

Oí decir hace unos meses a alguien en una tertulia —era un político socialista, o un periodista simpatizante, no lo recuerdo— que las energías renovables iban a ser cada vez menos rentables. Ya estaban llenos de molinos los mejores emplazamientos para aprovechar el viento; de placas solares toda la superficie soleada; el uranio era cada vez más escaso. La única alternativa sigue siendo el petróleo. Dicen —ya no sé a quién creer— que aún queda para rato, hasta que encontremos nuevas fuentes energéticas realmente eficientes.

Pero todo se basa, como he dicho antes, en la asunción de los riesgos que estamos dispuestos a realizar. Leo en el enlace a la Wikipedia sobre el accidente de Chernóbil que la estimación más alta de víctimas eleva su número a unas 9.000. Parece ser que el riesgo radiactivo puede durar unos treinta años, aunque estudios realizados catorce años después del accidente no evidenciaron relación entre los casos de cáncer y la radiación producida por el accidente.

Nosotros seguimos tirando del petróleo. ¿Cuáles son sus riesgos, sus gastos asumibles? Es difícil establecerlos, porque son astronómicos. No hablo de la contaminación atmosférica (¿cuántos muertos por cáncer de pulmón ha causado, cuántos años llevamos padeciéndola, cuánto tiempo tardará en desaparecer desde el momento en que dejemos de abusar del petróleo?), o no solo de ella, sino de muertos provocados directa o indirectamente por nuestra sed de aceite. ¿Cuántos minutos tardó la invasión de Irak en producir 9.000 muertos? ¿Cuántos años después sigue causando víctimas? ¿Cuántos más va a seguir causándolas?

¿Cuántos años lleva nuestra necesidad de petróleo manteniendo una inestabilidad forzada en Oriente medio, manteniendo sus dictaduras, sus sistemas esclavistas? ¿Cuántos millones de personas se han visto desplazadas a consecuencia del statu quo que necesitamos en la región para poder seguir comprando petróleo barato? ¿Cuántas violaciones de derechos humanos contemplamos a diario, desde hace más de cincuenta años?

No soy un experto en fuentes energéticas, y no sé si defender la energía nuclear es una locura, por lo que no voy a hacerlo. Pero atacar la energía nuclear echando mano de víctimas y riesgos medioambientales me parece de una hipocresía y un cinismo dignos de la medalla de oro. En el mundo llevan decenios muriendo y sufriendo personas inocentes por nuestra irresponsable hambre de una fuente de energía barata. Lo que pasa es que a esas víctimas, al contrario que a las víctimas de los desastres nucleares, ya estamos bien acostumbrados. Es un precio que estamos dispuestos a pagar. Y punto. No nos importan las víctimas del desarrollo energético. Al menos, no todas.

Top Secret, al revés. O al derecho.

15 de March de 2011

Todos los que sean más o menos de mi edad recordarán una de las comedias más grandes de la historia del séptimo arte: Top Secret (1984), dirigida por el talentoso tándem Zucker – Abrahams – Zucker, que nos dieron, aparte de esta, otras comedias tan tontas y divertidas como la que tratamos hoy.

Todas las escenas de Top Secret son desternillantes, pero hay una que llama la atención en especial, en que interviene, además de los protagonistas, el grandísimo Peter Cushing. La escena se produce en la librería propiedad del personaje de Cushing, supuestamente en alemán (desde luego, es un idioma que no entendemos ni los españoles ni los angloparlantes). Además del extrañísimo idioma, se suceden una serie de acciones con aire fantasmagórico y mágico. Esta es:


Enlace al vídeo en YouTube

Los que hayan visto la película, la recordarán. Los que no, se habrán dado cuenta inmediatamente de que la escena está editada para correr en sentido inverso a aquel en que fue rodada, y esto es lo que le da ese aspecto tan extraño. Pues bien, un usuario de YouTube se ha tomado la molestia de reeditarlo y volver a ponerlo al derecho, y el resultado es que la escena, por motivos totalmente diferentes, sigue siendo igual de divertida. Aquí la tenéis.


Enlace al vídeo en YouTube

Vía Neatorama.

How cool is that

10 de March de 2011

Hoy, en clase de 2.º de Bachillerato: chicos de entre 17 y 19 años. Paso lista y falta uno que no falta nunca. Me extraño, pero continúo con la clase.

A los 30 minutos, o así, llama a la puerta el que no estaba y pide permiso para entrar. Le digo que adelante. Entra, y lleva en la mano una especie de trofeo pequeño, y un par de regalos envueltos. La clase se pone a aplaudirle, mientras él se dirige sonriendo a su sitio. Sabiendo que no era eso, pregunto: «¿Es que cumple años usted hoy?» Me responde: «No, es que he ganado el segundo premio en las Olimpiadas de Biología».

No solamente gana un premio por sus conocimientos, sino que además toda su clase le aplaude por ello. How cool is that?

No todos son así, por supuesto, pero escribo este post para que veáis que tampoco son todos como los adolescentes vándalos y asesinos que salen en la tele. Que son, por cierto, los únicos adolescentes que salen en la tele.

Hay que comer

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