Ars longa, vita brevis

Pero ¿dónde estamos ahora?

23 de February de 2011

El 23 de febrero de 1981 yo contaba seis años recién cumplidos, así que no voy a inventarme recuerdos de preocupación o lucha antifascista, como parece que hacen otros, que siendo casi niños de teta por lo visto ya militaban en la clandestinidad. Tengo, sin embargo, en la memoria imágenes nítidas del día, que solo años después he logrado contextualizar. El vecino de arriba, guardia civil retirado, se enfundó un uniforme que conservaba en algún armario y bajó a la calle; siempre he querido creer, y lo creo, que su actitud respondía a la intención de proteger, llegado el caso, a los vecinos del portal. Mi hermano y yo —mi hermana no llegaba al año de edad— preguntamos por qué ese día no podíamos salir a la calle a jugar con nuestros amigos, y mis padres nos dijeron que había una especie de desfile y que habría demasiada gente. A esa edad tus padres no mienten, así que coló. Hoy me ha confesado mi madre que nunca, en su vida, han pasado tanto miedo como ese 23 de febrero. Ya vivíamos en Melilla, donde hasta hace un par de años había en un cuartel una placa que conmemoraba el levantamiento militar de 1936, que en esta ciudad se produjo un día antes que en el resto de España. Comprenderéis que, aquí, uno sabía que o apoyaba o no se libraba, y mis padres no apoyaban.

Todos los políticos del Parlamento, que por lo visto fueron incansables luchadores contra el régimen de Franco —el cual, curiosamente, ni se enteró; quizás la lucha podría haberse hecho al modo tunecino, egipcio o libio, y no al del disimulo¹—, por primera vez en su vida sintieron miedo, y se escondieron bajo sus escaños. No les voy a afear su cobardía. Yo tampoco soy un héroe, y probablemente habría hecho lo mismo. Claro, que por eso no me meto a político. Si me creo tan importante como para merecer todo lo que se me dé, quizás debería demostrar merecer mis sueldos, dietas y exenciones de impuestos, y estar, por mis electores y mi democracia, no solamente dispuesto a cobrar, sino también a morir. No vivimos, ya, en tiempos de Troya.

¿Todos los políticos? No. Tres demostraron ser hombres, en el sentido menos machista y más antropológico de la palabra: Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado. Suárez, tal vez, pensó que la vergüenza de haberse ocultado habría sido más insoportable que la propia muerte, y si es así, le doy la razón. Carrillo pensó, con buen criterio, que iba a ser de los primeros en ser pasados por las armas, así que decidió que, si de todas formas lo iban a matar, no lo iban a sacar de un agujero como a una rata. Decisión lógica e inteligente, pero no exenta de la intervención de unos testículos como los del caballo de Espartero.

El capitán Gutiérrez Mellado, un anciano arrugado de 68 años, no solamente no se sentó, sino que se dirigió sin titubear a los atacantes para que depusieran su actitud, y no cejó hasta que lo sentaron a culatazos. Eso, perdonadme, sí son huevos.

¿Dónde estabas tú el 23-F? Es la pregunta del día, como cuando preguntaban a nuestros padres dónde estaban cuando Armstrong pisó suelo lunar, o cuando The Beatles actuaron en el programa de Ed Sullivan.

Mi pregunta es otra: ¿dónde estamos ahora? Después de la intentona golpista, sucedió la manifestación más multitudinaria de la historia de nuestro país (exceptuando esas por «la familia tradicional», que congregaron a miles de billones de ciudadanos en Madrid contra el matrimonio homosexual). ¿Para qué se hizo? Para que no mandaran los militares, claro, sino nosotros.

Pero ¿quién manda hoy? Se nos bajan los sueldos, se despide a gente a precio de rebajas, se congelan pensiones, se eliminan prestaciones, órganos políticos y no judiciales podrán cerrar nuestras páginas web, las empresas registran beneficios históricos mientras el poder adquisitivo de las familias desciende, trabajaremos más años para cobrar menos pensión… ¿sigo? ¿Quién manda hoy, treinta años después del golpe frustrado? ¿Mandan los ciudadanos? ¿Esas reformas son las que hemos pedido y demandado, las que necesitamos? ¿O manda el Banco de Santander, el lobby de entidades de gestión, la diplomacia estadounidense, el Fondo Monetario Internacional? ¿Quién ha tomado esas decisiones? Si no recordamos dónde estábamos el 23 de febrero de 1981, tal vez seamos unos desmemoriados, pero si no recordamos en qué encrucijada nos encontramos hoy, somos unos peligrosos inconscientes.

Quedan 87 días. No les votes.

(1) No niego, porque es innegable, que hubo miles de represaliados durante la dictadura del general Franco, gente que padeció exilio, cárcel, torturas y muerte por su oposición al régimen. Sí niego que la mayoría de los políticos en activo que hoy se dan golpes de pecho, y obtienen buenos beneficios de nuestra democracia, hicieran demasiado. En el mejor de los casos, nada; en el peor, eran beneficiarios de los privilegios que otorgaba el ser adictos, ellos o sus familias. Sí, tanto los de un lado, como los del otro.

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