Ars longa, vita brevis

Un perro elocuente y algo sobre ciencias y literatura

23 de January de 2011


Foto: Cass Sapir/Nova scienceNOW.

Llego, a través de Neatorama, a la historia de Chaser, un perro de raza Border Collie a quien su dueño, el psicólogo retirado John W. Pilley, ha logrado enseñar 1.022 palabras. Por supuesto, el perro no las puede pronunciar, dado que no tiene un aparato fonador análogo al de los seres humanos —o al de los loros, que también valdría—; sin embargo, Chaser es capaz de reconocer el objeto del que se le está hablando y traerlo.

Esta capacidad ha llevado a su dueño entre cuatro y cinco horas diarias desde 2004, en que adoptó a Chaser como cachorro. Tiene sus límites: por el momento —e imagino que seguirá así— el Collie únicamente es capaz de entender sustantivos, y no de cualquier clase, sino que tienen que ser objetos físicos. Nada de amor, el tres o el color verde. No obstante, sí que puede, por ejemplo, aprender por discriminación. Si se le ordena que traiga un objeto cuyo nombre no conoce, pero que está entre otros dos que sí sabe cómo se llaman, entiende que el objeto requerido es el desconocido, y desecha los otros dos.

Recuerdo, de mis años de estudiante, que en una asignatura en que se trataba estadística lingüística se calculaba el número necesario de términos de una lengua con el cual se podía entender determinado porcentaje de mensajes. Ahora mismo no tengo el texto a mano, pero buscando en Internet he llegado a esta tabla, donde podemos comprobar que, para el ruso, por ejemplo, con un vocabulario de 1257 palabras nos basta para entender el 70% de los mensajes. Se puede pensar que algo más de mil palabras es poca cosa, pero no creáis: simplemente, echad diez minutos en ir contanto el número de palabras que os sabéis. Probablemente más allá de 300 os cueste avanzar. La tabla que he enlazado un poco más arriba se ha preparado atendiendo a un corpus bastante extenso. Sin embargo, si vamos al lenguaje general, discriminando textos especializados o excesivamente formales, es muy probable que con entre 250 y 500 palabras seamos capaces de entender una cantidad de textos cercana al 100%. ¿Qué situaciones manejamos a lo largo del día? Normalmente, tienen que ver con el transporte, las faenas de la casa, diversiones bastante homogéneas —fútbol, salir a beber o comer algo, pasear, cine, televisión y poca cosa más—, la salud, el tiempo, relaciones familiares y, fuera de eso, las actividades profesionales de cada uno. Vamos a hacer un cálculo a lo bruto.

Memoricemos, primero, para cada idioma, las clases cerradas. Vamos a dar por hecho que estamos hablando de idiomas relativamente emparentados, como por ejemplo, los del tronco indoeuropeo. No penséis que es cosa nimia, ya que estamos hablando de la práctica totalidad de los idiomas europeos (menos el vascuence) y parte de los asiáticos. Las clases cerradas son aquellas categorías gramaticales en que una palabra no entra ni sale por las buenas, sino que suele quedarse muchos siglos ocupando su puesto, ya que su carácter es funcional, bastante abstracto, y no se refiere a realidades palpables, sino más bien a procesos mentales y lógicos. Por ejemplo, las preposiciones, conjunciones, artículos, adverbios y pronombres. ¿Cuántas palabras tenemos aquí? Quizá cien, o poco más. Después introduzcamos las clases abiertas (categorías en las que es corriente introducir nuevos miembros, y que otros desaparezcan, puesto que pertenecen a realidades que aparecen en un momento dado, como «impresora» o «chatear», o que desaparecen o están en proceso de hacerlo, como «carruaje»). De entre estas clases, ¿cuántas palabras usamos diariamente? Las referidas al cuerpo humano y a actividades cotidianas (comer, dormir, trabajar, conducir, lavarse, etc.). A los miembros de la familia (con algunas más frecuentes, como padre, y otras menos, como consuegra o bisnieto). A determinadas enfermedades, las más comunes, como catarro o fractura; para otras muchas, como «cefalea», usamos, simplemente, «dolor de cabeza», con lo que tenemos términos que ya hemos introducido en la categoría de partes del cuerpo. Muebles, objetos e instrumentos de la casa, como mesa, silla, espumadera, plato, cafetera, etc. Algunos ingredientes y platos cocinados. Objetos de tecnología moderna, como receptores TDT, ordenador, teléfono móvil; algunos de ellos están en proceso de desaparición, como DVD, y otros quedan solo en el recuerdo de los que los hemos conocido, como vídeo y cinta de casete. Nombres de determinados edificios, como ayuntamiento u hospital, y de seis o siete medios de transporte, como coche, moto, barco, avión, tren, autobús y poco más. Algunos animales que hemos visto, mayormente, por televisión, como mono, caballo, cerdo y gallina. Las profesiones más habituales. Finalmente, y seguro que me dejo algo, los nombres de los sentimientos más comunes, como el aburrimiento, el amor, la tristeza, el odio y la melancolía.

Creo que con ese inventario, grosso modo podríamos entender la práctica totalidad de mensajes que se producen en una conversación general de cualquier ciudad occidentalizada, incluyendo aquí, por supuesto, a las sociedades urbanas de países como China, Japón, Australia, Rusia, América entera y Europa. Si la conversación deriva hacia temáticas profesionales o científicas, el léxico habría de ampliarse, pero no os creáis: los vocabularios técnicos y científicos suelen ser menos prolijos que los generales, y además, las palabras suelen ser monosémicas, como «ácido», «carburador» o «cuásar». Es por ello que las traducciones informatizadas de textos científicos suelen ser mucho más precisas que las de textos generales: cada palabra significa lo que significa, no hay polisemia, ambigüedad ni ironía, tan frecuentes en las conversaciones espontáneas de temática general¹.

Volviendo a nuestro perro, el número de palabras de su vocabulario podría ser suficiente para entender la práctica totalidad de los mensajes de una lengua natural determinada, pero con total seguridad no lo es: solo entiende sustantivos, y poco más que «trae» o «busca», pero la incapacidad de entender las clases cerradas y su funcionamiento dentro de la comunicación lo hacen incapaz de entender mensajes complejos, con sus relaciones lógicas y jerárquicas, y todas esas cosas aburridas que se aprenden practicando el análisis sintáctico.

El debate que deberíamos abrir aquí es el de cuál es la limitación de Chaser. ¿Su inteligencia no da para más? Un problema de memoria no parece que sea. Por otra parte, las relaciones entre lenguaje e inteligencia, hablando de seres humanos, no están aún del todo claras. En el libro El instinto del lenguaje, del psicólogo del MIT Steven Pinker, se da cuenta de casos de individuos con una inteligencia extremadamente alta y que son incompetentes lingüísticamente, y también de casos de inteligencias rayanas en la deficiencia psíquica que producen discursos complejos coherentemente elaborados. Cada vez parece que está más confirmada la teoría que se defiende en este libro: el lenguaje tiene que ver con la inteligencia, pero no solo con ella, y no se puede explicar uno con la otra, ni viceversa. Para explicar el funcionamiento de las lenguas humanas es necesario tirar de casi todas las disciplinas científicas y humanísticas: las matemáticas, la física —que explica cómo funcionan y se transmiten sus sonidos—, la psicología, la sociología, la biología y casi cualquier ámbito del conocimiento que se nos ocurra. Desde este punto de vista, me parece que hay pocos estudios más científicos que la lingüística, ya que, para ser un lingüista relativamente apto, creo que sería necesario que todos los filólogos hubiéramos tenido unas cuantas asignaturas puramente físicas y matemáticas. Hasta la literatura, que desgraciadamente suele enseñarse como algo fundamentalmente memorístico en este país, puede y debe enseñarse atendiendo a criterios objetivos. He tenido muchos colegas —e incluso profesores— que tienen la malhadada costumbre de inspirar en los alumnos la idea de que la sensibilidad artística y la calidad literaria de las obras es algo inaprehensible, casi místico, que solo puede entenderse por inspiración divina. El poema es bello porque lo dice el profesor y las historias de la literatura, y no hay manera de transmitir ese conocimiento, tienes que “captarlo”, ha de sonar la flauta. Y no es así. El poema —la novela, lo que sea— es bello por cuestiones numéricas. Por el número de versos y el número de sílabas de cada uno. Porque la abundancia de adjetivos sensoriales lo convierten en una experiencia más sensitiva que intelectual. También por cuestiones estadísticas: en el celebérrimo poema de Neruda que comienza diciendo²:

Me gustas cuando . . . porque estás como ausente [...]

estadísticamente, hay pocas posibilidades de que después de «Me gustas cuando» hubiese venido «callas». Si examinamos el corpus de mensajes en castellano que hay a nuestra disposición, quizás haya sido Neruda el primero al que se le ocurrió. Eso convierte el poema en una obra original, que es una de las cosas que da al arte su calidad. ¿Cuántos hombres habrían presumido de ser un marido engañado? Pocos. ¿Y cuántos habrían compuesto un soneto en alabanza a su condición?

Dícenme, don Jerónimo, que dices
que me pones los cuernos con Ginesa;
yo digo que me pones casa y mesa
y en la mesa, capones y perdices.

Yo hallo que me pones los tapices
cuando el calor por el octubre cesa;
por ti mi bolsa, no mi testa, pesa,
aunque con molde de oro me la rices.

Este argumento es fuerte y es agudo:
tú imaginas ponerme cuernos; de obra
yo, porque lo imaginas, te desnudo.

Más cuerno es el que paga que el que cobra,
ergo, aquel que me paga, es el cornudo,
lo que de mi mujer a mí me sobra.

Quizás solo un genio como Francisco de Quevedo. Esto nos produce la risa, y no hace falta estudiar literatura —ni estadística— para apreciar su humor, como tampoco hace falta estudiar física para saber que las manzanas caen hacia el centro de la Tierra. Pero sí hacen falta para comprender por qué nos produce esa risa. Es algo improbable, estadísticamente imposible, tanto en el fondo como en la forma, y por eso es único y bello, como nuestro planeta.

Desgraciadamente, como ya he dicho, en España se hace poco por intentar dignificar la lingüística y la crítica literaria como disciplinas relativamente científicas, empíricas, estadísticas, a la vez que humanas. Tenemos un montón de profesores de letras que no saben de letras, ayudados, en el empeño por el desprecio de la sociedad, por algún que otro palurdo de ciencias que se cree más listo que sus compañeros de instituto que se fueron hacia las Humanidades huyendo de las Matemáticas, y que —mea culpa, también— los profesores de Lengua, de Historia y de Psicología no hemos sabido suspender como merecían, contribuyendo al menosprecio de las disciplinas humanas.

Pero esto es tema para otro artículo, u otros. Quiero terminar como comencé: hablando de perros y de su inteligencia. Nunca habrá un perro capaz de reírse con un poema ni de explicar por qué ha destrozado tus zapatos preferidos, pero cada vez se sabe más que la inteligencia va más allá de lo que puede expresarse verbal o incluso numéricamente. Acabamos el artículo con la historia de este otro can, que, en el momento de tomarse la foto enlazada, llevaba dos días sin despegarse de la tumba de su dueño, fallecido en un desastre natural en Brasil. ¿Qué está más cerca de nosotros, un perro que pudiera hablar, o uno que demuestra su lealtad y su amor más allá de la muerte? Por desgracia, creo que todos sabemos que la respuesta correcta es: lo primero.

(1) Piénsese en la traducción de estos dos mensajes, por ejemplo: «Voy a matar a los niños» y «El cobre no reacciona con el ácido clorhídrico», tomando como lengua de destino el inglés, que está bastante emparentada con el castellano, no solo por ser ambas lenguas indoeuropeas, sino porque en los últimos cien años se han influido muchísimo mutuamente, no solo en cuestiones léxicas sino incluso gramaticales. En el primer caso, el mensaje puede traducirse de varias maneras distintas, según si con «niños» se entiende unos chicos cualesquiera, lo que se traduciría como «kids», o los hijos propios, que se traducirían como «children». Y no solamente tenemos este obstáculo, sino que el contexto lingüístico y el extralingüístico son absolutamente necesarios para comprender plenamente el mensaje. ¿Está hablando un padre al que han despertado de su siesta? ¿O un asesino en serie que tiene a unos menores como rehenes en una película? Sin más contexto que la propia oración, es imposible saber cómo interpretar el mensaje. En el segundo caso, sin embargo, las palabras de categorías abiertas («cobre», «reaccionar» y «ácido clorhídrico») tienen una traducción única y específica, no abierta a varias interpretaciones. Esto es absolutamente necesario para asegurar la correcta transmisión del conocimiento científico especialmente entre profesionales de distintas lenguas madres, ya que para los resultados de experimentos es fundamental que el mensaje sea unívoco sin importar las implicaciones culturales ni lingüísticas existentes en los distintos idiomas. En la comunicación cotidiana, sin embargo, normalmente la transmisión de la información objetiva no solamente no es el único objetivo de la emisión del mensaje, sino que, además, puede perfectamente no ser el más importante. Si un padre se levanta de la siesta y dice «Voy a matar a los niños», no solamente lo que quiere decir, i. e., el sentido de su comunicación, no se corresponde con el significado objetivo de la oración, sino que lo más importante es la expresión de su enfado, y no el anuncio de acciones de represión hacia los confiados mocosos.

(2) Para la influencia de los números y de la llana estadística en la historia de la literatura, recomiendo encarecidamente la obra La literatura vista desde lejos, de Franco Moretti, en que habla no solo de números para entender el éxito y fracaso o la calidad de las obras, sino incluso de topología y otras cuestiones imposibles.

2 comentarios en “Un perro elocuente y algo sobre ciencias y literatura”

  • # Alejandro Machado dice:
    24 de January de 2011 a las 4:11

    ¡Excelente artículo, gracias!

  • # Conrado Pallares dice:
    29 de November de 2011 a las 23:57

    Gracias por compartirnos tus ideas. Y todavía más: gracias por reconstruir “las” ideas.

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