Ars longa, vita brevis

La luna y el dedo

5 de December de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 5 de diciembre de 2010.

Por cierto, y hablando de Wikileaks, y teniendo en cuenta también la que hay liada con los controladores aéreos, es para pensar un poco. He leído en un blog alguna reflexión interesante. Varios de los cables desvelados por la organización revelan una información que pone los pelos de punta: las grandes empresas de entretenimiento de los Estados Unidos son quienes dictan las leyes al Parlamento español. Es decir, que determinada nueva ley pueda hacer que te procesen, te juzguen, te multen, quién sabe qué más cosas, depende de que el presidente de la Fox o de Warner Bros. quiera ganar más dinero. Es para ponerse locos de ira, ¿no creéis? Pues bien, a las pocas horas de conocerse los cables concretos, y a las puertas del puente de la Constitución, el Gobierno se saca de la manga un real decreto que provoca una reacción, sin duda desproporcionada, de los controladores aéreos. No se habla de otra cosa. No se habla de que el presidente de Disney es quien manda en el presidente de España, y que, por lo tanto, mediante leyes, él —ellos— es el dueño de tu destino. De que tú votas para dar órdenes a los políticos, pero que ellos reciben las órdenes ni siquiera de Obama, sino de empresarios de otro país. Escalofriante.

Y el PSOE acusa al PP de haber causado el caos en los aeropuertos. Curiosamente, el más beneficiado por la situación es nuestro Gobierno, que ha quedado, con su amenaza militar de prisión para los sediciosos, como una mano poderosa que no tiembla a la hora de hacer cumplir las leyes en beneficio de los ciudadanos, y no como lo que demuestran los cables de Wikileaks, es decir: como unos perritos falderos de los multimillonarios estadounidenses. Que engañen a quien se deje engañar. Digo yo. Ahí va el artículo.

La luna y el dedo

Julian Assange es lo más parecido a un héroe que podemos tener en una sociedad que pretende ser democrática. El heroísmo requiere decisión, valentía y cierta inconsciencia de los peligros que conllevan tus acciones. Además, lo que haces debe tener significado para un número importante de personas. La filtración de más de 250.000 cables procedentes de embajadas de Estados Unidos por todo el planeta y la actitud arrogante de Assange reúne todas estas condiciones. Sin embargo, cuenta con una dificultad que puede impedir que finalmente los ciudadanos pongamos al personaje en el sitio que le corresponde: no estamos convencidos de que sea un héroe.

Las filtraciones realizadas por la organización Wikileaks tienen más importancia en el plano de la esencia que en el de las propias informaciones que desvelan. Berlusconi es un juerguista, las multinacionales del entretenimiento estadounidense presionaron al Gobierno español para que desarrollara una ley que ilegalizara las legales descargas de contenidos, desde la potencia se presionó para que no se investigara a quienes mataron a José Couso y Zapatero es un idealista irresponsable. ¿Realmente hacía falta mucha máquina de espionaje para saber esto, o es algo que era conocido por cualquiera con dos dedos de frente y un receptor de televisión? La respuesta es lo segundo, claro. Entonces, ¿dónde está la importancia de las filtraciones?

Si todo el follón que se ha armado llega a servir para algo bueno, será para que la sociedad sea un poco más democrática. La democracia exige que la gente reflexione, y para que reflexionemos debemos tener información. Sin embargo, en el mundo contemporáneo, y más desde la locura desatada tras los atentados del World Trade Center, hay un número creciente de personas que piensa que hay cosas que es mejor que no sepamos. Que nos impidan volar con el biberón de nuestros hijos, sin que sepamos realmente cómo puede secuestrarse un avión con eso, bien; que haya fondos reservados que las agencias de inteligencia gasten sin tener que justificarlas ante nadie, también; que haya reuniones secretas al más alto nivel donde se deciden asuntos de importancia para la población sin tan siquiera ofrecernos una triste declaración institucional sobre lo que se ha hablado, vale; que se inyecte dinero de los impuestos a las entidades financieras sin decirnos quiénes son los beneficiarios, perfecto. El despotismo del siglo XXI está aquí. No queremos saber lo que pasa, solo queremos que nos dejen vivir tranquilos.

Lamentablemente, no existe posibilidad de democracia real sin que aceptemos cierto nivel de molestia. Molestia por estar informados, por saber qué pasa, por conocer causas y consecuencias. La diplomacia internacional, como todo, está pagada por los impuestos de los trabajadores. No es algo ajeno a nosotros, no es algo que no nos influya. ¿Por qué sus documentos han de ser secretos? Es comprensible cierto nivel de secretismo en investigaciones policiales o judiciales en curso, porque la publicidad podría dar al traste con los resultados. Pero, una vez, finalizadas, ¿qué problema hay en que la gente sepa qué ha pasado? Es su derecho. Quiero incluso ir un poco más allá. ¿Deberíamos tener derecho a conocer no solo los cables de la embajada de nuestro país, sino también los de las embajadas de los demás países?

Mi respuesta es, claramente, sí. Vivimos en un mundo que se nos dice que está globalizado, pero, como siempre, lo único que ha adquirido escala planetaria es lo de siempre, lo que sirve a los intereses de la plutocracia. Se han internacionalizado los servicios técnicos telefónicos, para asegurarnos de que cuando no nos funcione Internet, al otro lado del teléfono haya algún ciudadano del tercer mundo explotado que no entiende nuestro idioma ni nuestro router. Se establece una moneda única en media Europa, para que los que hacen negocios internacionales gasten menos en comisiones. Se abren las fronteras de facto a la libre migración de poblaciones, sin preocuparse nadie de que las condiciones de vida de los desplazados sean realmente dignas (con que estén materialmente un poco mejor que en sus países de origen nos damos por satisfechos). El calzado deportivo por el que pagamos cien euros lo ha cosido un niño malayo que cobra dos dólares al día. Ropa internacional. Si me niego a pagar un recibo injusto de una compañía de telecomunicaciones, es posible que mañana un banco me niegue un crédito hipotecario. Mi información financiera personal parece ser de dominio público, y cualquier usurero amigo de los gobiernos parece tener acceso inmediato al dinero que gano y al que me queda. Antes de viajar a los Estados Unidos, sus agentes fronterizos tienen acceso a mi ficha policial —si la tuviera, que creo que no—. ¿Por qué no tenemos los ciudadanos derecho a saber qué se dice de nosotros y de nuestros gobiernos en las embajadas?

Seguimos siendo presa de la mentalidad de la tribu y de su jefe ancestral. Pues no, amigos: la democracia no consiste en que decidamos a quién debemos obedecer; la democracia consiste en decidir quién tiene que obedecernos. El Estado no debe controlar a los ciudadanos, somos nosotros los controladores. O deberíamos serlo. El secretismo no es un derecho de las instituciones, sino de las personas. Nuestra información es la única que debe ser privada y guardada celosamente.

Ha aparecido en todos los medios una supuesta orden internacional de la Interpol contra Assange, acusado, al parecer, de violación. Casi nadie sabe que no hay ninguna denuncia por este delito contra él. Incluso los abogados que le acusan han sido claros en un punto: las mujeres alrededor de las cuales se ha montado todo este circo consintieron en su relación con el director de Wikileaks. Los cargos son otros, pero en cualquier caso, no importa: es necesario acabar con la credibilidad de Assange —incluso, con su vida: un político canadiense pidió en televisión, no se sabe bien si en broma o en serio, el asesinato del activista.

No parece que ningún gobierno occidental vaya a asomar la cabeza para decir que toda esta desvergüenza de actuaciones gubernamentales es una mentira flagrante. Lo que importa es acabar con el mensajero, como en la famosa historia en que el sabio señala a la luna mientras los necios se fijan en el dedo. Para que Assange sea el héroe de las democracias es necesario que ignoremos el dedo, que lo ignoremos a él, y nos centremos en la luna, que es donde está el meollo. Si no, la otra salida es la más cómoda e indigna. Olvidarnos de todo, meter a Assange en la cárcel, acusado de lo que sea, qué más da, y confiar en que todas esas reuniones y comunicaciones secretas que desarrollan los poderosos a nuestras espaldas sean por nuestro bien, y no sirvan a intereses espurios. Ja.

Anteriormente, en La Lengua:

1 comentario en “La luna y el dedo”

  • # Enrique dice:
    14 de December de 2010 a las 14:35

    Estoy deacuerdo contigo, pero sólo hasta cierto punto.

    El echo de estar informado y tomar decisiones (más o menos correctas) en base a esta información, requiere un esfuerzo que la mayor parte de la población no está dispuesta a acometer. Esto está claramente explicado en La sociedad de la ignorancia” (http://www.thesecondmoderntimes.com/theignorancesociety ).

    Por otra parte, toda información requiere la posibilidad de ser interpretada por quien la lee. Lo cual supone un mínimo de cultura, que no todo el mundo tiene. Unos por falta de estudios, y otros porque sólo estudiaron para aprobar los exámentes, sin ir más allá en sus conocimientos. Estas personas son carne de cañón para ser “idiotas útiles” (http://thedarkbrainfactory.blogspot.com/2010/12/controladores-aereos-y-el-idiota-util.html ).

    Por el resto, totalmente deacuerdo.

    Un saludo.

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