Ars longa, vita brevis

Lo inaceptable

14 de December de 2010

El ministro de Fomento, José Blanco, califica de «inaceptables» las condiciones laborales de los controladores aéreos. Malos horarios, buenos sueldos; pero se refiere a lo segundo, por supuesto. Dice que es socialista, como todos los políticos del Partido Socialista en España, pero aquí la palabra «socialista» ha perdido su sentido, se ha convertido en una denominación casual. Decir que el ministro socialista Blanco es socialista es como decir que mi pastor alemán —en caso de que lo tuviese— es alemán, alemán de Berlín o de Bremen.

Hoy, en el Congreso de los diputados, se vota, a instancias de Convergència i Unió, una medida que permita saldar un crédito hipotecario con la entrega de la vivienda. Es decir, que sea como en otros países: si no puedes pagar la hipoteca, el banco te echa a la puñetera calle, se queda con tu casa y estáis en paz. Actualmente, en este país, cuando no puedes pagar la hipoteca, el banco te echa a la puñetera calle, se queda con tu casa y le sigues debiendo dinero durante un par de décadas.

Aunque Blanco se mostró “abierto a estudiar” algunas de las propuestas de CiU, el Gobierno y el Grupo Socialista han remarcado que “bajo ningún concepto” está dispuesto a evaluar “ni mucho menos aplicar” esta idea.

La cita es de la noticia. Vía Menéame.

Al Gobierno socialista le parece aceptable que un trabajador se quede sin vivienda y con un crédito de por vida para que el banco se enriquezca, pero inaceptable que un trabajador gane un buen sueldo. Está claro, ¿no?

Lo oigo y no lo creo

7 de December de 2010

La primera vez que me enteré de que alguien había dicho, sin atisbo de vergüenza, que los trabajadores de este país ganan demasiado dinero y deberían ganar menos, fue hace unos días, y el autor de la perlita fue Gerardo Díaz Ferrán, el presidente de la CEOE. No me sorprendió mucho, viniendo de él. Después de todo, hace mucho tiempo que los que más ganan opinan que los que menos ganamos deberíamos ganar menos todavía.

La segunda ha sido hace un par de minutos. En el programa Espejo público, de Antena 3. Mi pareja tiene encendido el televisor mientras yo leo las noticias en Internet.

El autor ha sido José Blanco, ministro de Fomento del Gobierno de España. A cuenta de los controladores aéreos.

Dice que es socialista.

De langostas y bogavantes

5 de December de 2010

En mayo de 2007, ¡hace más de tres años ya!, escribí un post sobre si las langostas sufrían o no al ser cocidas vivas. El artículo fue motivado por tres circunstancias: soy un activista por el trato razonable a los animales, e intento siempre que puedo que no sufran más de lo necesario; no obstante, me encanta comer, y no solo hierbas y hongos, sino también animales, si están ricos; y una serie de artículos que en ese año eran más o menos recientes parecían avalar la teoría de que estos crustáceos no sufren al ser cocinados vivos, al menos con un sufrimiento análogo al que experimentamos los mamíferos. En el post enlazado al principio están los enlaces a los estudios de los que hablo.

Como una suerte de disclaimer, afirmo desde aquí que solo he comido langosta una vez en mi vida, ya que siempre he sido modestamente pobre, y que cuando llegué a la casa donde estaba invitado, el animal hacía ya horas que había pasado a mejor vida. Estaba delicioso, por supuesto, aunque he de decir que disfruto más con otras clases de marisco, como los langostinos o las coquinas. Debo de tener paladar de proletario. Aquí una foto del artrópodo en cuestión, con un individuo de 1,78 metros, para que os hagáis una idea de la escala. Es mi abogado: si alguien quiere denunciarme, que hable con él.

El caso es que, tres años y medio después, el post sigue dando guerra. Hasta el momento lleva 21 comentarios, que han ido llegando regularmente. Esta mañana me ha llegado a la cola de moderación uno tan gracioso que no he podido resistir compartirlo con vosotros:

eso no es una langosta, lo primero, es un bogavante.
las langostas no tienen pinzas, como alguien puede hacer una web sobre langostas y poner un bogavante, si hablas de algo, has de saber de que hablas, poruqe es de ignorante.

Lo tiene casi todo: un punto mínimo de trolleo y de HOYGAN, lo justo para entretener sin ser irritante (lo primero, por el reproche rayano en el insulto; lo segundo, por la ausencia de puntuación y acentuación coherentes, pero ambas cosas, lo justo para divertir sin llegar a ofender) y un estilo de prosa poética, sin mucho ritmo pero con rima interna. Lo firma hxhx, y lo dejo aquí para la posteridad.

Por cierto, efectivamente, observando el dibujo con que ilustré la entrada, parece que el individuo es bogavante, y no langosta. Procede de la Wikipedia en inglés, idioma en que ambos animales se designan con la misma palabra. De ahí la confusión. La escasez de imágenes en la Wiki española —consecuencia, sobre todo, de las leyes de propiedad intelectual en este país— hace que normalmente tire de la versión inglesa para iluminar los posts.

P. S.: Me ha recordado una vieja tira del genial xkcd:

Y es que, cuando el deber llama, los valientes acuden. Sin acritud, en serio.

La luna y el dedo

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 5 de diciembre de 2010.

Por cierto, y hablando de Wikileaks, y teniendo en cuenta también la que hay liada con los controladores aéreos, es para pensar un poco. He leído en un blog alguna reflexión interesante. Varios de los cables desvelados por la organización revelan una información que pone los pelos de punta: las grandes empresas de entretenimiento de los Estados Unidos son quienes dictan las leyes al Parlamento español. Es decir, que determinada nueva ley pueda hacer que te procesen, te juzguen, te multen, quién sabe qué más cosas, depende de que el presidente de la Fox o de Warner Bros. quiera ganar más dinero. Es para ponerse locos de ira, ¿no creéis? Pues bien, a las pocas horas de conocerse los cables concretos, y a las puertas del puente de la Constitución, el Gobierno se saca de la manga un real decreto que provoca una reacción, sin duda desproporcionada, de los controladores aéreos. No se habla de otra cosa. No se habla de que el presidente de Disney es quien manda en el presidente de España, y que, por lo tanto, mediante leyes, él —ellos— es el dueño de tu destino. De que tú votas para dar órdenes a los políticos, pero que ellos reciben las órdenes ni siquiera de Obama, sino de empresarios de otro país. Escalofriante.

Y el PSOE acusa al PP de haber causado el caos en los aeropuertos. Curiosamente, el más beneficiado por la situación es nuestro Gobierno, que ha quedado, con su amenaza militar de prisión para los sediciosos, como una mano poderosa que no tiembla a la hora de hacer cumplir las leyes en beneficio de los ciudadanos, y no como lo que demuestran los cables de Wikileaks, es decir: como unos perritos falderos de los multimillonarios estadounidenses. Que engañen a quien se deje engañar. Digo yo. Ahí va el artículo.

La luna y el dedo

Julian Assange es lo más parecido a un héroe que podemos tener en una sociedad que pretende ser democrática. El heroísmo requiere decisión, valentía y cierta inconsciencia de los peligros que conllevan tus acciones. Además, lo que haces debe tener significado para un número importante de personas. La filtración de más de 250.000 cables procedentes de embajadas de Estados Unidos por todo el planeta y la actitud arrogante de Assange reúne todas estas condiciones. Sin embargo, cuenta con una dificultad que puede impedir que finalmente los ciudadanos pongamos al personaje en el sitio que le corresponde: no estamos convencidos de que sea un héroe.

Las filtraciones realizadas por la organización Wikileaks tienen más importancia en el plano de la esencia que en el de las propias informaciones que desvelan. Berlusconi es un juerguista, las multinacionales del entretenimiento estadounidense presionaron al Gobierno español para que desarrollara una ley que ilegalizara las legales descargas de contenidos, desde la potencia se presionó para que no se investigara a quienes mataron a José Couso y Zapatero es un idealista irresponsable. ¿Realmente hacía falta mucha máquina de espionaje para saber esto, o es algo que era conocido por cualquiera con dos dedos de frente y un receptor de televisión? La respuesta es lo segundo, claro. Entonces, ¿dónde está la importancia de las filtraciones?

Si todo el follón que se ha armado llega a servir para algo bueno, será para que la sociedad sea un poco más democrática. La democracia exige que la gente reflexione, y para que reflexionemos debemos tener información. Sin embargo, en el mundo contemporáneo, y más desde la locura desatada tras los atentados del World Trade Center, hay un número creciente de personas que piensa que hay cosas que es mejor que no sepamos. Que nos impidan volar con el biberón de nuestros hijos, sin que sepamos realmente cómo puede secuestrarse un avión con eso, bien; que haya fondos reservados que las agencias de inteligencia gasten sin tener que justificarlas ante nadie, también; que haya reuniones secretas al más alto nivel donde se deciden asuntos de importancia para la población sin tan siquiera ofrecernos una triste declaración institucional sobre lo que se ha hablado, vale; que se inyecte dinero de los impuestos a las entidades financieras sin decirnos quiénes son los beneficiarios, perfecto. El despotismo del siglo XXI está aquí. No queremos saber lo que pasa, solo queremos que nos dejen vivir tranquilos.

Lamentablemente, no existe posibilidad de democracia real sin que aceptemos cierto nivel de molestia. Molestia por estar informados, por saber qué pasa, por conocer causas y consecuencias. La diplomacia internacional, como todo, está pagada por los impuestos de los trabajadores. No es algo ajeno a nosotros, no es algo que no nos influya. ¿Por qué sus documentos han de ser secretos? Es comprensible cierto nivel de secretismo en investigaciones policiales o judiciales en curso, porque la publicidad podría dar al traste con los resultados. Pero, una vez, finalizadas, ¿qué problema hay en que la gente sepa qué ha pasado? Es su derecho. Quiero incluso ir un poco más allá. ¿Deberíamos tener derecho a conocer no solo los cables de la embajada de nuestro país, sino también los de las embajadas de los demás países?

Mi respuesta es, claramente, sí. Vivimos en un mundo que se nos dice que está globalizado, pero, como siempre, lo único que ha adquirido escala planetaria es lo de siempre, lo que sirve a los intereses de la plutocracia. Se han internacionalizado los servicios técnicos telefónicos, para asegurarnos de que cuando no nos funcione Internet, al otro lado del teléfono haya algún ciudadano del tercer mundo explotado que no entiende nuestro idioma ni nuestro router. Se establece una moneda única en media Europa, para que los que hacen negocios internacionales gasten menos en comisiones. Se abren las fronteras de facto a la libre migración de poblaciones, sin preocuparse nadie de que las condiciones de vida de los desplazados sean realmente dignas (con que estén materialmente un poco mejor que en sus países de origen nos damos por satisfechos). El calzado deportivo por el que pagamos cien euros lo ha cosido un niño malayo que cobra dos dólares al día. Ropa internacional. Si me niego a pagar un recibo injusto de una compañía de telecomunicaciones, es posible que mañana un banco me niegue un crédito hipotecario. Mi información financiera personal parece ser de dominio público, y cualquier usurero amigo de los gobiernos parece tener acceso inmediato al dinero que gano y al que me queda. Antes de viajar a los Estados Unidos, sus agentes fronterizos tienen acceso a mi ficha policial —si la tuviera, que creo que no—. ¿Por qué no tenemos los ciudadanos derecho a saber qué se dice de nosotros y de nuestros gobiernos en las embajadas?

Seguimos siendo presa de la mentalidad de la tribu y de su jefe ancestral. Pues no, amigos: la democracia no consiste en que decidamos a quién debemos obedecer; la democracia consiste en decidir quién tiene que obedecernos. El Estado no debe controlar a los ciudadanos, somos nosotros los controladores. O deberíamos serlo. El secretismo no es un derecho de las instituciones, sino de las personas. Nuestra información es la única que debe ser privada y guardada celosamente.

Ha aparecido en todos los medios una supuesta orden internacional de la Interpol contra Assange, acusado, al parecer, de violación. Casi nadie sabe que no hay ninguna denuncia por este delito contra él. Incluso los abogados que le acusan han sido claros en un punto: las mujeres alrededor de las cuales se ha montado todo este circo consintieron en su relación con el director de Wikileaks. Los cargos son otros, pero en cualquier caso, no importa: es necesario acabar con la credibilidad de Assange —incluso, con su vida: un político canadiense pidió en televisión, no se sabe bien si en broma o en serio, el asesinato del activista.

No parece que ningún gobierno occidental vaya a asomar la cabeza para decir que toda esta desvergüenza de actuaciones gubernamentales es una mentira flagrante. Lo que importa es acabar con el mensajero, como en la famosa historia en que el sabio señala a la luna mientras los necios se fijan en el dedo. Para que Assange sea el héroe de las democracias es necesario que ignoremos el dedo, que lo ignoremos a él, y nos centremos en la luna, que es donde está el meollo. Si no, la otra salida es la más cómoda e indigna. Olvidarnos de todo, meter a Assange en la cárcel, acusado de lo que sea, qué más da, y confiar en que todas esas reuniones y comunicaciones secretas que desarrollan los poderosos a nuestras espaldas sean por nuestro bien, y no sirvan a intereses espurios. Ja.

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