Ars longa, vita brevis

Migraciones

21 de November de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 21 de noviembre de 2010.

Migraciones

Una de las cuestiones que, desde hace al menos veinte años, más se debaten en el mundo es la de las migraciones humanas. Y, aunque pueda parecer un fenómeno nuevo, en realidad son algo inherente a la humanidad desde el principio de los tiempos. En la vertiente cultural, Occidente tiene bien asentado el mito bíblico de la huida de los hebreos a la tierra prometida desde Egipto. Pero podemos irnos a la perspectiva científica, y comprobar que absolutamente todos los seres humanos que poblamos la Tierra descendemos de unas pocas poblaciones que partieron de algún lugar del África negra y acabaron poblando prácticamente todos los rincones del planeta. De hecho, al parecer fue preciso que partiésemos de este continente, dado que su desertización en tiempos remotos y el progresivo avance de las hierbas altas que constituyen la sabana, en detrimento de los bosques húmedos, favoreció a los individuos que se sentían más cómodos en una postura bípeda, al poder ver a los depredadores antes que los otros, y de ahí a la posición erguida permanente, el desarrollo de las manos, de la corteza cerebral y el resto de características que nos convirtieron en homo sapiens todo fue cuesta abajo. Dicho de forma sencilla: todas las personas somos descendientes de poblaciones migratorias, salvo quizás los masai o los pigmeos, no sé, pero de todas formas la precisión científica no es imprescindible para lo que quiero tratar en este artículo.

La sociedad siempre ha sido consciente de las migraciones, aunque quizá nunca se habían tomado tan en serio, ni habían influido tanto en las vidas de todos. Los factores que han producido esta consciencia deben de ser múltiples. El desarrollo progresivo de los derechos humanos, especialmente después de la II Guerra Mundial; el crecimiento del abismo de riqueza entre unos países y otros, ya que unos se han enriquecido espectacularmente en los últimos quinientos años, y otros siguen igual de pobres, o más; el inmenso avance de las telecomunicaciones y de los medios de transporte, que permiten a los pobres desear y alcanzar niveles de vida algo más humanos que los que les tienen, o tenemos, reservados en sus países. Quizá incluso el invento de la publicidad, que muestra en algún lugar de Mali o de Rumanía unos individuos del primer mundo que son plenamente felices porque pueden comprarse varios pares de zapatos o el último modelo de iPod.

Los movimientos migratorios, ahora y siempre, han causado problemas. Las personas siempre miramos con desconfianza al que tiene otra lengua, otro color de piel, otras costumbres culinarias o lo que sea; así que, en cuanto una migración desplaza un número suficiente de individuos, es inevitable que surjan roces recíprocos entre la población autóctona y la inmigrante. Desde hace ya más de un siglo se asume que diferentes culturas significan diferentes formas de entender el mundo y la realidad. La comprensión, que es tal vez la herramienta humana más sofisticada y útil, es por eso mismo la más difícil de desarrollar. Todo lo que no comprendemos escapa automáticamente a nuestro control, y por ello lo vemos como una amenaza.

Y en este minuto de la película entran los que siempre ganan. Los vendedores de armas, de alarmas para nuestros hogares y vehículos, las empresas de seguridad privada, los constructores de urbanizaciones que nos hacen cruzar seis puertas hasta la de nuestra casa, cuando hace treinta años, por ejemplo en esta ciudad, no existían los porteros electrónicos y las puertas de casi todas las casas estaban abiertas en verano.

Y, por supuesto, los políticos, que son los que tienen la función, asignada por las grandes fortunas, de encargarse de que todo el tinglado económico del miedo siga funcionando como un engranaje perfecto.

En la campaña electoral de las próximas elecciones al Parlamento de Cataluña, hemos visto como el Partido Popular de esa comunidad autónoma ha publicado un videojuego en que se puede disparar a los inmigrantes ilegales. El populismo tradicional de las derechas europeas casi siempre se ha alimentado, entre otras cosas, del miedo al inmigrante, haciendo hincapié en algunos de los problemas que van asociados con un movimiento migratorio masivo y descontrolado, especialmente la delincuencia. Curiosamente, la delincuencia es un fenómeno que no empieza en los inmigrantes ni termina en ellos: comienza con el negocio de las mafias que les quitan todo el dinero que tienen para conseguirles un pasaje en una patera hacia un hipotético futuro, y continúa con los que se benefician del miedo. Pero los partidos conservadores han encontrado un filón electoral en las migraciones, y hay determinados países donde conforman el grueso de sus programas electorales, como Francia, Austria o Italia. Los partidos autodenominados progresistas, mientras tanto, intentan desenmascarar el racismo que impregna sus propuestas y proponen, a veces de forma un tanto irresponsable, soluciones imposibles, como la apertura ilimitada de fronteras.

Unos pecan de hipócritas, y otros de ilusos. Con casi ningún gobierno conservador de la UE ha descendido la fuerza de los movimientos migratorios hacia el continente, y eso que llevan ya un buen puñado de años gobernando prácticamente todos los países de la Unión (algunos se autoproclaman conservadores, o, como dicen ahora, liberales; otros se disfrazan de izquierdistas, como los socialistas españoles). La explicación a esto es simple: ningún gobierno conservador ni progresista, en ningún país del mundo, se ha planteado jamás una deportación masiva de inmigrantes, porque los beneficiarios de los movimientos migratorios son los de siempre: los propietarios del gran capital. Una afluencia masiva de personas que no tienen nada asegura una gran masa de trabajadores que renunciarían a casi todos sus derechos por un plato de comida: a su tiempo de descanso, a sus vacaciones, a su seguro médico, a un sueldo digno. Un trabajador desesperado sale muy barato, y tiene un beneficioso efecto colateral: abarata el trabajo, abarata el despido, abarata los derechos no solo de ellos, sino de la población autóctona, que ahora debe jugar con otras reglas. Y con quien se cabrea esta población autóctona no es con el empleador que paga menos y explota más, sino con el que no tiene más remedio que cobrar menos y dejarse explotar. Y los mismos partidos que han propiciado esta situación, luego se presentan como salvadores, y nos piden nuestros votos para expulsar a aquellos que ellos están explotando, lo que, por supuesto, no tienen intención de hacer.

Creo que, en realidad, ni unos ni otros quieren acabar realmente con los problemas de la inmigración. No nos damos cuenta de que el problema del inmigrante —o del emigrante, que aquí también los ha habido— no es que se respeten sus derechos en nuestro país. El verdadero problema del emigrante es que se respeten los derechos en su propio país. A cualquier persona deberían respetársele los derechos humanos en cualquier parte del mundo, y eso no creo que haya nadie que lo dude; pero debemos asumir que antes que el derecho a la libertad de movimientos, debería estar el derecho a quedarse uno donde quiera. Como europeos adinerados, no tenemos mayor problema en movernos a cualquier parte del mundo, e incluso, si hacemos cuentas, a casi todos los países del planeta vamos como ciudadanos ricos. Quítense Australia, Norteamérica, seis u ocho países europeos y Japón, y seremos turistas pudientes allá donde vayamos. Tenemos tan asegurado nuestro derecho a viajar, que no nos percatamos del derecho más importante que nos asiste en esto del libre movimiento: el derecho a quedarnos donde estamos, a no ser expulsados a la fuerza por el hambre o la guerra.

Ese es el problema, y ahí es donde deberían los partidos que realmente creen en el progreso agarrar al toro por los cuernos. Si queremos solucionar nuestros problemas de conciencia, está bien que pidamos entrada libre y derechos para todos, lo que, además, es pura decencia humana. Pero si de verdad queremos solucionar los problemas de las migraciones, la solución es otra: empezar a pensar en serio en cómo arreglar de verdad los problemas de los países de origen y deshacer, en medida de lo posible, las desigualdades. Puede que sea menos beneficioso a corto plazo, pero es de justicia, y además, probablemente la única manera de acabar con la mayor vergüenza humana que ha visto la humanidad: que nos divirtamos viendo en televisión a las mujeres ricas mientras aquí, en África, donde tenemos los pies, haya quien tenga que ver a sus hijos morir de inanición.

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