Ars longa, vita brevis

La dolce morte

28 de November de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 28 de noviembre de 2010. O eso creo, pues aún no he recibido la confirmación de la editora. En cualquier caso, espero que lo disfrutéis —o lo sufráis— en salud.

La dolce morte

La eutanasia siempre ha sido un tema tabú en nuestra sociedad. De hecho, incluso etimológicamente, su significado se nos antoja ilógico. La palabra se compone de los vocablos griegos eu, que significa «bien», y zánatos, «muerte». ¿Cómo puede estar bien la muerte, si siempre produce dolor a alguien? El ser más vil de la tierra, el genocida más desalmado y el asesino de niños más prolífico tiene o ha tenido madre, o alguien que le echará de menos. Puede ser justo o injusto, pero a todos nos recordará alguien con nostalgia cuando no estemos aquí.

En nuestro país, como en muchos otros, aunque hay gran parte de la población sensibilizada hacia una postura favorable a su aplicación al menos en casos extremos, sigue siendo algo de lo que no nos gusta hablar. Tal vez esta actitud proceda de que en ningún otro sitio ha logrado la especie humana una vida saludable tan duradera, con ancianos que tocan la guitarra eléctrica y mujeres de sesenta años estupendas; acaso de las religiones monoteístas que han conformado el pensamiento occidental, en las que la vida es una línea que comienza y acaba y es necesario prolongarla a toda costa. En Oriente, donde en general la gente no vive tantos años, y donde están más influidos que nosotros por unas filosofías o al menos unas infusiones culturales en que la vida se contempla más como una rueda de reencarnaciones, donde todos formamos parte de un todo no discreto —v. gr., el Budismo—, da la impresión de que les cuesta menos aceptar la idea del fin de la existencia en forma humana. En medio estamos los agnósticos, que contemplamos la vida propia como una simple y casual, aunque extremadamente compleja, ordenación de átomos, que curiosamente, y en un proceso que aún no entendemos del todo, tiene conciencia de que existe y de que existen otras cosas fuera de ella.

El hecho de que la eutanasia, o incluso el suicidio sin ayuda, sea objeto de ordenación legal y de procesos judiciales, nos planta un mensaje clarísimo delante de nuestras narices: no hay absolutamente nada que sea tuyo del todo, ni tan siquiera tu propio ser. Tu existencia no te pertenece. Antiguamente era más sencillo argumentar en contra del suicidio y la eutanasia, puesto que el dueño de nuestras vidas era algún dios. Hoy en día, en estos estados laicos o no confesionales, esos dioses siguen existiendo, pero mandan por delegación. Como las empresas delegan en nuestros políticos que el mercado sea liberado para su propio beneficio mediante nuestro voto, también los dioses delegan en las leyes su prohibición de que nadie muera si no es donde, cuando y en la forma en que ellos deciden. Es imposible negar que, para no existir, siguen teniendo un poder terrible.

Para que nuestras sociedades entren en un debate templado sobre la posible aplicación de la eutanasia activa, es necesario, primero, que adoptemos un punto de vista más racional sobre la vida. La vida, eso que nadie llega a comprender del todo, existe solo en virtud de su posibilidad de no existir. En una película de Hollywood el protagonista, disfrazado de predicador, preguntaba a su audiencia: «Si todos los días hace sol, ¿qué diablos es un día soleado?» Aplicado a nuestro caso: si no fuese posible no existir, no tendría sentido existir, no sería nada, ni tan siquiera una palabra. Así que lo primero que debemos hacer es aceptar que la muerte existe, y que está aquí para quedarse. Es posible que en un futuro los científicos desarrollen las técnicas que frenen el envejecimiento celular, y que sean capaces de reparar nuestro cuerpo infinitamente, y entonces los ricos no tendrán la obligación de morir. Pero como queda aún mucho para eso, no puede ser objeto de debate para decidir una cuestión actual. Si la conciencia de la propia muerte nos hace humanos, su aceptación nos puede hacer algo más felices, o menos desgraciados, como poco. Ahora bien: nadie quiere morirse mañana. Que aceptemos la muerte no quiere decir que la deseemos. Es como el granizo: ahí está, nadie lo ha llamado, cuando viene lo contemplamos con la seguridad de que no está en nuestra mano pararlo, nos lamentamos por el día de campo perdido y a otra cosa.

¿O sí hay quien quiere morirse mañana? Lamentablemente, la respuesta es afirmativa. Hay ocasiones, demasiadas, en que la vida no es digna de ser vivida y está exenta de esperanzas de nada bueno para su propietario ni para los que le rodean. En España se hizo muy famoso el caso de Ramón Sampedro, un gallego que pasó treinta de sus cincuenta y cinco años de vida postrado en una cama, sin poder mover nada de cuello para abajo. ¡Más de la mitad de su vida! Cuando mediaba la década de su veintena, un salto con muy mala fortuna en el mar dio con su cabeza en una superficie dura. Su médula resultó dañada irreversiblemente y quedó tetrapléjico.

A pesar de ser una persona que siempre, según contaba él, había disfrutado de cada instante de su vida, decidió poco tiempo después de su accidente que no quería seguir viviendo en esas condiciones. No voy a intentar imaginar, ni, por supuesto, explicar, el infierno que debió sufrir durante esos treinta años el pobre de Ramón: pienso que es imposible para mí, que taconeo el suelo mientras golpeo con las manos el teclado desde el que escribo estos pensamientos. Seguramente es imposible para casi nadie. Por eso no voy a basar hoy mi defensa de la eutanasia en el inabarcable sufrimiento que puede significar la vida en determinadas circunstancias. Voy a basarlo en algo que he mencionado antes: el derecho a la administración de la propia vida.

Si, como defiendo en el cuarto párrafo, la vida existe en tanto existe la muerte, y por lo tanto si no existe la muerte no existe la vida (lo contrario sería como decir que una cadena se compone de todos sus eslabones, menos el último), negar el derecho a administrar la propia muerte es lo mismo que negar el derecho a administrar la vida propia. Si el estado, mediante la prohibición de la eutanasia, decide, en cierto modo, el momento de la muerte, ya que obliga a que no sea en el momento decidido por el vivo, se convierte en un régimen tan tiránico e inhumano como los estados que deciden lo mismo pero al contrario. Esto es, los que aún mantienen la pena de muerte. Disculpen la ausencia de eufemismos en este texto, pero el tema me parece tan serio como para no andarme con hipocresías. Un estado que te dice que ahora no debes morir es tan monstruoso como uno que te dice cuándo debes hacerlo. La vida se compone de varios ingredientes, desde el nacimiento hasta la muerte, y no puede entenderse cuando falta alguno de ellos. Lo deseable es que todos esos ingredientes se suministren de forma razonablemente placentera, y es lo que desea cualquier persona en sus cabales. Negando el derecho a morir, sin saberlo, estamos negando algo análogo, sin darnos cuenta: estamos negando el derecho a vivir.

Anteriormente, en La Lengua:

4 comentarios en “La dolce morte”

  • # Dave dice:
    2 de December de 2010 a las 16:02

    Mi humilde, mal argumentada y aburrida opinión:

    Creo que se trata de un tema del que podríamos estar hablando años y años, y nunca daríamos con una respuesta acertada y válida. Creo que por el simple hecho de ser humanos, nadie desea la muerte, pues tan cierto es el derecho a morir como el instinto de supervivencia que nos domina en todos los niveles del ser.

    Es cierto que todo el mundo tiene derecho a decidir su vida, y estoy de acuerdo en eso, pero, en el ejemplo de un caso vegetativo, ¿cómo podríamos estar seguros de que la persona en cuestión tiene el valor suficiente como para afrontar la nueva aventura de morir? ¿Cómo podemos saber su opinión?

    En ese caso, ¿deberíamos todos escribir desde jóvenes una carta en la que informásemos de nuestra decisión , en caso de vernos privados del mismo derecho a hablar y expresar nuestra voluntad? ¿Y si esa “voluntad” cambiase por un momento y no pudiésemos abrir la boca y gritarla? ¿Y si en el último momento cruzase nuestra mente el deseo de agarrar la vida con fuerza, y luchar en vano? Porque luchar en vano también es una opción respetable.

  • # Pasaba por ahi... dice:
    3 de December de 2010 a las 14:38

    Es un artículo impecable sobre la vida y la muerte.
    Lo que pasa es que decidir la muerte, muy pocas personas lo hacen de una manera exlícita. Se ha visto casos de discapacitados graves que han pedido la muerte o se la han provocado.
    Otros, la mayoría , en esa situación se aferran y valoran mejor las otras fecultades y posiblidades que les da la vida.
    En casos de enfermedades incurables terminales, se evita, en lo posible, el dolor, aunque eso acelere el final.
    Los comas irreversible, a veces, no lo son tanto. En todo caso se toman decisiones, cuando no hay actividad cerebral.
    Si la eutanasia tuviera que servir para que uno mismo decidiera su final, estaría bien, pero casi siempre son otros los que deciden, o decidirían.
    Mientras hay consciencia y facultades, el instinto de supervivencia es muy fuerte. Seria muy lamentable tener que someterse a la voluntad de un testamento vital hecho anteriormente.
    Aparte de casos que ya se actúa como en no actividad cerebral o fuerte sufrimiento terminal, lo mas discreto, dado el tipo de poblaciíon, es deja as cosas tal como estan. Actuar en particular.

  • # ikima dice:
    3 de December de 2010 a las 18:19

    Pero “dejar las cosas como están” implicaría que el que desea morir conscientemente sigue sin poder hacerlo porque es “ilegal”. Si la eutanasia existiese nada obligaría a elegirla. Cada cual tomaría la decisión que considerara pertinente, pero sería su decisión o la de su familia o allegados, que al fin y al cabo son quienes más le quieren. Poder morir no te obliga a morir, sólo te ofrece una alternativa y no un camino único.

    Voy a comparar esto con algo verdaderamente trivial, y por ello pido disculpas de antemano. En mi caso, por mi carácter, jamás pediría dinero a mis padres, haría cualquier cosa antes que tener que recurrir a ellos para que me ayudaran a nivel económico y, sin embargo, saber que si algún día tengo un gran problema ellos podrán ayudarme me tranquiliza, a pesar de que no tengo intención alguna de utilizar esa ayuda. Pero… Eso lo digo/pienso ahora. ¿Qué sé yo mañana?

    Del mismo modo, a mí me tranquilizaría que la eutanasia estuviese ahí, aunque ahora me encante la vida, aunque disfrute de vivir, aunque me aferre con fuerza a ella… Y si algún día esto no es así y decido morir igual que he decidido vivir todos los días de mi vida hasta entonces (madre, qué redundancia) quiero que dependa de mí o bien de los que me acompañen en el camino.

  • # Pasaba por ahi... dice:
    3 de December de 2010 a las 20:11

    Iquima, eso esta muy bien, cuando estas llen@ e vida. hay gente discapcitada en todas las edades y tambien se aferran a sus posibilidades. O si no sus familiares, como tu dices, les ayudan a vivir en lo posible, no a morir.
    Desde la comodidad , parece que no podríamos aguanta ninguna discapacidad, hay desconocimiento y rechazo. Pero hay una capacidad de adaptacion e instinto de supervivencia. Eso lo he visto personalmente, piensa que ha habio personas en los antiguos pulmones de acero, que respirabn artificialmente a presioón, el único movimiento , unos centímetros la cabeza. Con buen nivel de inteligencia, tenian terror a los fallos eléctrico
    sa que paraban sus aparatos, o a esta abietos demasiado rato cuando los aseábamos. Podian escucha, leere, querer, agradecer, se aferraban a sus facultades. R. Sampedro siempre fue un depresivo, se lasionó al intentar suicidarse, su final, con cianuro, a fue un disparate. Habia métodos menos macabros.
    Paradógicamente, cuando alguien decide morir, con intento de suicidio, todo el mundo corre a salvarle la vida, para dejarle en la misma estacada. Como te decia casi nunca decide uno mismo, si no otros.
    Si que esta bien poder escoger, -personalmente lo preferiria- en un momento determinado. Aunque casi nunca es el paciente el que escoge lo que se va a hacer con él en casos complicados.
    Todo tendria que ser natural sin ley. Se hace lo posible por aliviar y el propio cuerpo tiene su final.
    Es apasionante este debate. Da mucho de si.

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