Ars longa, vita brevis

El jurado

14 de November de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 14 de noviembre de 2010.

El jurado

Iba a titular este artículo de la siguiente manera: «Señoras y señores del jurado». No lo he hecho fundamentalmente por dos motivos: el primero, porque no las tenía todas conmigo en cuanto a su cabida en la maquetación de la página, y no quería poner en un aprieto a mi amiga Virginia, que la prepara, y que bastantes me aguanta ya; la segunda, porque, con tanta tontería feminoide —que no feminista, movimiento del que soy no solo simpatizante, sino militante convencido—, uno no sabe si se le puede echar encima alguien. Pongo a las mujeres por delante, lo cual, como principio feminoide está bien, pero, por otro lado, esa es la forma tradicional, y por lo tanto machista. ¿Qué hacer? Pero vamos a lo que vamos.

El otro día estaba viendo por inercia un programa basura en televisión. Si no recuerdo mal, es ese al que de vez en cuando invitan a algún político, no estoy seguro de si para disimular la basura o para confirmarla. Fue de invitada la madre de una chica que mató un compañero suyo de trabajo, cuyo juicio se ha celebrado hace poco. Los detalles del caso no importan para el tema de este artículo, pero sí un minidebate que se produjo durante la entrevista sobre la conveniencia de los jurados en este país. Casi todos los periodistas, claro, excepto una señora que parecía entendida en leyes, despotricaron contra esta herramienta de la Justicia, seguros de conseguir el aplauso del público, tan fácil y barato en España. Por supuesto, lo consiguieron.

Las razones aportadas para atacar esta institución son las consabidas: el jurado está constituido por personas que no son profesionales en leyes, gente vulgar e iletrada que hará caso omiso a sus obligaciones y a los mandatos y recomendaciones de los jueces, y que decidirá el destino del procesado haciendo caso a las vísceras, y no a los hechos ni a las leyes.

Es muy fácil convencer a una persona de que el jurado es la institución más maléfica creada por las democracias. Basta con preguntarle: «¿Estarías tranquilo si tu destino dependiera de un jurado compuesto por personas normales como tú o tu vecino?» La respuesta, por supuesto, será «no» en casi todos los casos. Pero este argumento es fácilmente rebatible, parafraseando esa misma pregunta. ¿Estarías tranquilo si tu destino dependiera de un juez y del resto del sistema judicial español? Respóndanse con sinceridad, y pasen al siguiente párrafo.

Una maldición castiza reza: «Pleitos tengas, y los ganes». No necesita explicación. Fue un político, alcalde de Jerez de la Frontera por aquel entonces, el que hizo verbo lo que estaba en la cabeza de todos cuando dijo, literalmente, que la justicia en España era un cachondeo. Otro político retirado, nada menos que el expresidente del Gobierno Felipe González, se ha despachado a gusto en la entrevista que se publicó en el diario EL PAÍS el domingo pasado, diciendo más o menos que a él le da igual lo que haya dicho la Justicia, que él piensa que este y este otro son inocentes. Los políticos votan leyes y normas, y ni ellos mismos creen en su aplicación. ¿Cómo creerlo nosotros?

En muchas de las sociedades primitivas que se han encontrado por el mundo no existe en la práctica el delito. Tienen normas, por supuesto, y el no acatarlas puede conllevar castigos terribles, pero es raro el individuo que se las salta. Lejos de mi intención alimentar el mito del buen salvaje, sobre todo cuando yo no soy nadie, es un decir, sin el teclado desde el que escribo esto, pero siento una especie de atávica admiración por esas tribus que se autogestionan, tienen un líder válido al que siguen y cuyos destinos no dependen, o al menos ellos no lo quieren, de unas personas a las que nunca han visto y que les va a llenar la cabeza de mentiras cada cuatro años. Lejos de mi intención, también, proclamar las bondades de una dictadura, sistema en el que no creo. La idea con la que quiero que se queden es que una comunidad sabe lo que es bueno para ella misma. O, por lo menos, lo quiere. Puede equivocarse, por supuesto, igual que un juez o una comunidad de votantes. Pero la comunidad debe tener la primera y la última palabra en la administración de la justicia.

Esto ya lo hacemos, supuestamente, en cualquier democracia. Las leyes no nacen —no deben— del capricho de los políticos. En teoría, los políticos proponen, los ciudadanos votan, los políticos cumplen y los jueces hacen cumplir. Ya, sé que esto está muy alejado de la práctica, pero la teoría es esa. Es decir, que los ciudadanos deciden en 2008, indirectamente, los avatares de las sentencias de 2012, justo antes de las elecciones. ¿No es igual de justo que se les deje elegir directa, en lugar de indirectamente?

Y ahí reside el miedo. El miedo de los políticos, destilado a cosa hecha o sin querer a los medios de comunicación afines —que, en definitiva, son todos—, es que el ciudadano tenga un poder real. El votante depositará su papeleta, que el político hará lo que le plazca. En nuestro país no existe, que yo sepa, una ley que obligue a los políticos a cumplir sus promesas. Pero lo que dice un jurado, en principio, es misa, y esa es una de las poquísimas decisiones del ciudadano que, aunque son apelables, al menos no son mediadas. Votando, podemos administrar justicia de forma diferida. Cumpliendo con el derecho y la obligación de ser jurados, se cumple nuestra voluntad de forma directa. Lo dijo de otra manera, mucho mejor, por supuesto, Eduardo Haro Tecglen en un artículo de cuya fecha no puedo acordarme: los poderosos no quieren jurados, porque es la única manera en que pueden ser controlados por los muertos de hambre. Desde siempre, los bien asalariados jueces han juzgado a los pobres con las leyes aprobadas por políticos adinerados o en proceso de. Los jurados populares permiten, o deberían permitir, que nosotros también seamos jueces de los otros. En un alarde de populismo, diría que los jurados deberían juzgar, sobre todo, delitos de corrupción política y contra los derechos de los trabajadores, pero eso sería demasiado soñar, y también, ya lo he dicho, un poco de populismo.

Pero todo el mundo está en contra del jurado, también los pobres. No se explica esto solamente por el bombardeo mediático que magnifica los presuntos fallos de jurados populares —mientras oculta, por cierto, los miles de procedimientos en los que el jurado no ha constituido ningún problema—, sino también por ese miedo a la libertad del que nos habló el psicólogo suizo Erich Fromm. No queremos ser libres, porque no queremos ser hombres, sino siervos. Eludiendo nuestra libertad, evitamos nuestra responsabilidad, que es una de las mayores torturas mentales que existen desde el mito de Caín. Estamos tranquilos votando cada cuatro años a cualquiera de los partidos políticos mayoritarios, aun sabiendo, aunque pretendamos que no, que consiguen parte de nuestro PIB vendiendo armas a países que están haciendo la guerra. Así, es fácil echarles la culpa a otros. Pero decidir, de forma legal, el destino de un procesado, es algo que no se puede hacer mirando hacia otro lado. Seguimos sin querer definir nuestra sociedad. Preferimos que la defina otro, aunque parezca lo contrario, ya que cada cierto tiempo se nos invita a votar. La clásica honra española, tan mal entendida como siempre. No tener honor, pero que la gente lo crea.

Anteriormente, en La Lengua:

3 comentarios en “El jurado”

  • # Pasaba por ahi... dice:
    17 de November de 2010 a las 11:39

    Para jurado popular tendria que ser gente seleccionada. Con capcidad de análisis,
    predominio de la razon sobre la emoción e imparcialidad .
    En la visceralidad en la que nos movemos, en general, hay dos posturas, una de condenar de manera irracional y vengativa. Otra de proteger, o pensar que debe haber en el fondo del delincuente, nadie es bueno o malo del todo, tendencia a darle otra oportunidad.
    Los profesinales pueden dar diferentes interpretaciones de los hechos, dependiendo a quien protejan.
    Mal lo tenemos. No podemos ni hacer delitos tranquilos…

  • # La Lengua » La dolce morte dice:
    28 de November de 2010 a las 9:56

    […] El jurado […]

  • # La Lengua » La luna y el dedo dice:
    5 de December de 2010 a las 9:56

    […] El jurado […]

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