Ars longa, vita brevis

La dolce morte

28 de November de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 28 de noviembre de 2010. O eso creo, pues aún no he recibido la confirmación de la editora. En cualquier caso, espero que lo disfrutéis —o lo sufráis— en salud.

La dolce morte

La eutanasia siempre ha sido un tema tabú en nuestra sociedad. De hecho, incluso etimológicamente, su significado se nos antoja ilógico. La palabra se compone de los vocablos griegos eu, que significa «bien», y zánatos, «muerte». ¿Cómo puede estar bien la muerte, si siempre produce dolor a alguien? El ser más vil de la tierra, el genocida más desalmado y el asesino de niños más prolífico tiene o ha tenido madre, o alguien que le echará de menos. Puede ser justo o injusto, pero a todos nos recordará alguien con nostalgia cuando no estemos aquí.

En nuestro país, como en muchos otros, aunque hay gran parte de la población sensibilizada hacia una postura favorable a su aplicación al menos en casos extremos, sigue siendo algo de lo que no nos gusta hablar. Tal vez esta actitud proceda de que en ningún otro sitio ha logrado la especie humana una vida saludable tan duradera, con ancianos que tocan la guitarra eléctrica y mujeres de sesenta años estupendas; acaso de las religiones monoteístas que han conformado el pensamiento occidental, en las que la vida es una línea que comienza y acaba y es necesario prolongarla a toda costa. En Oriente, donde en general la gente no vive tantos años, y donde están más influidos que nosotros por unas filosofías o al menos unas infusiones culturales en que la vida se contempla más como una rueda de reencarnaciones, donde todos formamos parte de un todo no discreto —v. gr., el Budismo—, da la impresión de que les cuesta menos aceptar la idea del fin de la existencia en forma humana. En medio estamos los agnósticos, que contemplamos la vida propia como una simple y casual, aunque extremadamente compleja, ordenación de átomos, que curiosamente, y en un proceso que aún no entendemos del todo, tiene conciencia de que existe y de que existen otras cosas fuera de ella.

El hecho de que la eutanasia, o incluso el suicidio sin ayuda, sea objeto de ordenación legal y de procesos judiciales, nos planta un mensaje clarísimo delante de nuestras narices: no hay absolutamente nada que sea tuyo del todo, ni tan siquiera tu propio ser. Tu existencia no te pertenece. Antiguamente era más sencillo argumentar en contra del suicidio y la eutanasia, puesto que el dueño de nuestras vidas era algún dios. Hoy en día, en estos estados laicos o no confesionales, esos dioses siguen existiendo, pero mandan por delegación. Como las empresas delegan en nuestros políticos que el mercado sea liberado para su propio beneficio mediante nuestro voto, también los dioses delegan en las leyes su prohibición de que nadie muera si no es donde, cuando y en la forma en que ellos deciden. Es imposible negar que, para no existir, siguen teniendo un poder terrible.

Para que nuestras sociedades entren en un debate templado sobre la posible aplicación de la eutanasia activa, es necesario, primero, que adoptemos un punto de vista más racional sobre la vida. La vida, eso que nadie llega a comprender del todo, existe solo en virtud de su posibilidad de no existir. En una película de Hollywood el protagonista, disfrazado de predicador, preguntaba a su audiencia: «Si todos los días hace sol, ¿qué diablos es un día soleado?» Aplicado a nuestro caso: si no fuese posible no existir, no tendría sentido existir, no sería nada, ni tan siquiera una palabra. Así que lo primero que debemos hacer es aceptar que la muerte existe, y que está aquí para quedarse. Es posible que en un futuro los científicos desarrollen las técnicas que frenen el envejecimiento celular, y que sean capaces de reparar nuestro cuerpo infinitamente, y entonces los ricos no tendrán la obligación de morir. Pero como queda aún mucho para eso, no puede ser objeto de debate para decidir una cuestión actual. Si la conciencia de la propia muerte nos hace humanos, su aceptación nos puede hacer algo más felices, o menos desgraciados, como poco. Ahora bien: nadie quiere morirse mañana. Que aceptemos la muerte no quiere decir que la deseemos. Es como el granizo: ahí está, nadie lo ha llamado, cuando viene lo contemplamos con la seguridad de que no está en nuestra mano pararlo, nos lamentamos por el día de campo perdido y a otra cosa.

¿O sí hay quien quiere morirse mañana? Lamentablemente, la respuesta es afirmativa. Hay ocasiones, demasiadas, en que la vida no es digna de ser vivida y está exenta de esperanzas de nada bueno para su propietario ni para los que le rodean. En España se hizo muy famoso el caso de Ramón Sampedro, un gallego que pasó treinta de sus cincuenta y cinco años de vida postrado en una cama, sin poder mover nada de cuello para abajo. ¡Más de la mitad de su vida! Cuando mediaba la década de su veintena, un salto con muy mala fortuna en el mar dio con su cabeza en una superficie dura. Su médula resultó dañada irreversiblemente y quedó tetrapléjico.

A pesar de ser una persona que siempre, según contaba él, había disfrutado de cada instante de su vida, decidió poco tiempo después de su accidente que no quería seguir viviendo en esas condiciones. No voy a intentar imaginar, ni, por supuesto, explicar, el infierno que debió sufrir durante esos treinta años el pobre de Ramón: pienso que es imposible para mí, que taconeo el suelo mientras golpeo con las manos el teclado desde el que escribo estos pensamientos. Seguramente es imposible para casi nadie. Por eso no voy a basar hoy mi defensa de la eutanasia en el inabarcable sufrimiento que puede significar la vida en determinadas circunstancias. Voy a basarlo en algo que he mencionado antes: el derecho a la administración de la propia vida.

Si, como defiendo en el cuarto párrafo, la vida existe en tanto existe la muerte, y por lo tanto si no existe la muerte no existe la vida (lo contrario sería como decir que una cadena se compone de todos sus eslabones, menos el último), negar el derecho a administrar la propia muerte es lo mismo que negar el derecho a administrar la vida propia. Si el estado, mediante la prohibición de la eutanasia, decide, en cierto modo, el momento de la muerte, ya que obliga a que no sea en el momento decidido por el vivo, se convierte en un régimen tan tiránico e inhumano como los estados que deciden lo mismo pero al contrario. Esto es, los que aún mantienen la pena de muerte. Disculpen la ausencia de eufemismos en este texto, pero el tema me parece tan serio como para no andarme con hipocresías. Un estado que te dice que ahora no debes morir es tan monstruoso como uno que te dice cuándo debes hacerlo. La vida se compone de varios ingredientes, desde el nacimiento hasta la muerte, y no puede entenderse cuando falta alguno de ellos. Lo deseable es que todos esos ingredientes se suministren de forma razonablemente placentera, y es lo que desea cualquier persona en sus cabales. Negando el derecho a morir, sin saberlo, estamos negando algo análogo, sin darnos cuenta: estamos negando el derecho a vivir.

Anteriormente, en La Lengua:

Migraciones

21 de November de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 21 de noviembre de 2010.

Migraciones

Una de las cuestiones que, desde hace al menos veinte años, más se debaten en el mundo es la de las migraciones humanas. Y, aunque pueda parecer un fenómeno nuevo, en realidad son algo inherente a la humanidad desde el principio de los tiempos. En la vertiente cultural, Occidente tiene bien asentado el mito bíblico de la huida de los hebreos a la tierra prometida desde Egipto. Pero podemos irnos a la perspectiva científica, y comprobar que absolutamente todos los seres humanos que poblamos la Tierra descendemos de unas pocas poblaciones que partieron de algún lugar del África negra y acabaron poblando prácticamente todos los rincones del planeta. De hecho, al parecer fue preciso que partiésemos de este continente, dado que su desertización en tiempos remotos y el progresivo avance de las hierbas altas que constituyen la sabana, en detrimento de los bosques húmedos, favoreció a los individuos que se sentían más cómodos en una postura bípeda, al poder ver a los depredadores antes que los otros, y de ahí a la posición erguida permanente, el desarrollo de las manos, de la corteza cerebral y el resto de características que nos convirtieron en homo sapiens todo fue cuesta abajo. Dicho de forma sencilla: todas las personas somos descendientes de poblaciones migratorias, salvo quizás los masai o los pigmeos, no sé, pero de todas formas la precisión científica no es imprescindible para lo que quiero tratar en este artículo.

La sociedad siempre ha sido consciente de las migraciones, aunque quizá nunca se habían tomado tan en serio, ni habían influido tanto en las vidas de todos. Los factores que han producido esta consciencia deben de ser múltiples. El desarrollo progresivo de los derechos humanos, especialmente después de la II Guerra Mundial; el crecimiento del abismo de riqueza entre unos países y otros, ya que unos se han enriquecido espectacularmente en los últimos quinientos años, y otros siguen igual de pobres, o más; el inmenso avance de las telecomunicaciones y de los medios de transporte, que permiten a los pobres desear y alcanzar niveles de vida algo más humanos que los que les tienen, o tenemos, reservados en sus países. Quizá incluso el invento de la publicidad, que muestra en algún lugar de Mali o de Rumanía unos individuos del primer mundo que son plenamente felices porque pueden comprarse varios pares de zapatos o el último modelo de iPod.

Los movimientos migratorios, ahora y siempre, han causado problemas. Las personas siempre miramos con desconfianza al que tiene otra lengua, otro color de piel, otras costumbres culinarias o lo que sea; así que, en cuanto una migración desplaza un número suficiente de individuos, es inevitable que surjan roces recíprocos entre la población autóctona y la inmigrante. Desde hace ya más de un siglo se asume que diferentes culturas significan diferentes formas de entender el mundo y la realidad. La comprensión, que es tal vez la herramienta humana más sofisticada y útil, es por eso mismo la más difícil de desarrollar. Todo lo que no comprendemos escapa automáticamente a nuestro control, y por ello lo vemos como una amenaza.

Y en este minuto de la película entran los que siempre ganan. Los vendedores de armas, de alarmas para nuestros hogares y vehículos, las empresas de seguridad privada, los constructores de urbanizaciones que nos hacen cruzar seis puertas hasta la de nuestra casa, cuando hace treinta años, por ejemplo en esta ciudad, no existían los porteros electrónicos y las puertas de casi todas las casas estaban abiertas en verano.

Y, por supuesto, los políticos, que son los que tienen la función, asignada por las grandes fortunas, de encargarse de que todo el tinglado económico del miedo siga funcionando como un engranaje perfecto.

En la campaña electoral de las próximas elecciones al Parlamento de Cataluña, hemos visto como el Partido Popular de esa comunidad autónoma ha publicado un videojuego en que se puede disparar a los inmigrantes ilegales. El populismo tradicional de las derechas europeas casi siempre se ha alimentado, entre otras cosas, del miedo al inmigrante, haciendo hincapié en algunos de los problemas que van asociados con un movimiento migratorio masivo y descontrolado, especialmente la delincuencia. Curiosamente, la delincuencia es un fenómeno que no empieza en los inmigrantes ni termina en ellos: comienza con el negocio de las mafias que les quitan todo el dinero que tienen para conseguirles un pasaje en una patera hacia un hipotético futuro, y continúa con los que se benefician del miedo. Pero los partidos conservadores han encontrado un filón electoral en las migraciones, y hay determinados países donde conforman el grueso de sus programas electorales, como Francia, Austria o Italia. Los partidos autodenominados progresistas, mientras tanto, intentan desenmascarar el racismo que impregna sus propuestas y proponen, a veces de forma un tanto irresponsable, soluciones imposibles, como la apertura ilimitada de fronteras.

Unos pecan de hipócritas, y otros de ilusos. Con casi ningún gobierno conservador de la UE ha descendido la fuerza de los movimientos migratorios hacia el continente, y eso que llevan ya un buen puñado de años gobernando prácticamente todos los países de la Unión (algunos se autoproclaman conservadores, o, como dicen ahora, liberales; otros se disfrazan de izquierdistas, como los socialistas españoles). La explicación a esto es simple: ningún gobierno conservador ni progresista, en ningún país del mundo, se ha planteado jamás una deportación masiva de inmigrantes, porque los beneficiarios de los movimientos migratorios son los de siempre: los propietarios del gran capital. Una afluencia masiva de personas que no tienen nada asegura una gran masa de trabajadores que renunciarían a casi todos sus derechos por un plato de comida: a su tiempo de descanso, a sus vacaciones, a su seguro médico, a un sueldo digno. Un trabajador desesperado sale muy barato, y tiene un beneficioso efecto colateral: abarata el trabajo, abarata el despido, abarata los derechos no solo de ellos, sino de la población autóctona, que ahora debe jugar con otras reglas. Y con quien se cabrea esta población autóctona no es con el empleador que paga menos y explota más, sino con el que no tiene más remedio que cobrar menos y dejarse explotar. Y los mismos partidos que han propiciado esta situación, luego se presentan como salvadores, y nos piden nuestros votos para expulsar a aquellos que ellos están explotando, lo que, por supuesto, no tienen intención de hacer.

Creo que, en realidad, ni unos ni otros quieren acabar realmente con los problemas de la inmigración. No nos damos cuenta de que el problema del inmigrante —o del emigrante, que aquí también los ha habido— no es que se respeten sus derechos en nuestro país. El verdadero problema del emigrante es que se respeten los derechos en su propio país. A cualquier persona deberían respetársele los derechos humanos en cualquier parte del mundo, y eso no creo que haya nadie que lo dude; pero debemos asumir que antes que el derecho a la libertad de movimientos, debería estar el derecho a quedarse uno donde quiera. Como europeos adinerados, no tenemos mayor problema en movernos a cualquier parte del mundo, e incluso, si hacemos cuentas, a casi todos los países del planeta vamos como ciudadanos ricos. Quítense Australia, Norteamérica, seis u ocho países europeos y Japón, y seremos turistas pudientes allá donde vayamos. Tenemos tan asegurado nuestro derecho a viajar, que no nos percatamos del derecho más importante que nos asiste en esto del libre movimiento: el derecho a quedarnos donde estamos, a no ser expulsados a la fuerza por el hambre o la guerra.

Ese es el problema, y ahí es donde deberían los partidos que realmente creen en el progreso agarrar al toro por los cuernos. Si queremos solucionar nuestros problemas de conciencia, está bien que pidamos entrada libre y derechos para todos, lo que, además, es pura decencia humana. Pero si de verdad queremos solucionar los problemas de las migraciones, la solución es otra: empezar a pensar en serio en cómo arreglar de verdad los problemas de los países de origen y deshacer, en medida de lo posible, las desigualdades. Puede que sea menos beneficioso a corto plazo, pero es de justicia, y además, probablemente la única manera de acabar con la mayor vergüenza humana que ha visto la humanidad: que nos divirtamos viendo en televisión a las mujeres ricas mientras aquí, en África, donde tenemos los pies, haya quien tenga que ver a sus hijos morir de inanición.

Anteriormente, en La Lengua:

El jurado

14 de November de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 14 de noviembre de 2010.

El jurado

Iba a titular este artículo de la siguiente manera: «Señoras y señores del jurado». No lo he hecho fundamentalmente por dos motivos: el primero, porque no las tenía todas conmigo en cuanto a su cabida en la maquetación de la página, y no quería poner en un aprieto a mi amiga Virginia, que la prepara, y que bastantes me aguanta ya; la segunda, porque, con tanta tontería feminoide —que no feminista, movimiento del que soy no solo simpatizante, sino militante convencido—, uno no sabe si se le puede echar encima alguien. Pongo a las mujeres por delante, lo cual, como principio feminoide está bien, pero, por otro lado, esa es la forma tradicional, y por lo tanto machista. ¿Qué hacer? Pero vamos a lo que vamos.

El otro día estaba viendo por inercia un programa basura en televisión. Si no recuerdo mal, es ese al que de vez en cuando invitan a algún político, no estoy seguro de si para disimular la basura o para confirmarla. Fue de invitada la madre de una chica que mató un compañero suyo de trabajo, cuyo juicio se ha celebrado hace poco. Los detalles del caso no importan para el tema de este artículo, pero sí un minidebate que se produjo durante la entrevista sobre la conveniencia de los jurados en este país. Casi todos los periodistas, claro, excepto una señora que parecía entendida en leyes, despotricaron contra esta herramienta de la Justicia, seguros de conseguir el aplauso del público, tan fácil y barato en España. Por supuesto, lo consiguieron.

Las razones aportadas para atacar esta institución son las consabidas: el jurado está constituido por personas que no son profesionales en leyes, gente vulgar e iletrada que hará caso omiso a sus obligaciones y a los mandatos y recomendaciones de los jueces, y que decidirá el destino del procesado haciendo caso a las vísceras, y no a los hechos ni a las leyes.

Es muy fácil convencer a una persona de que el jurado es la institución más maléfica creada por las democracias. Basta con preguntarle: «¿Estarías tranquilo si tu destino dependiera de un jurado compuesto por personas normales como tú o tu vecino?» La respuesta, por supuesto, será «no» en casi todos los casos. Pero este argumento es fácilmente rebatible, parafraseando esa misma pregunta. ¿Estarías tranquilo si tu destino dependiera de un juez y del resto del sistema judicial español? Respóndanse con sinceridad, y pasen al siguiente párrafo.

Una maldición castiza reza: «Pleitos tengas, y los ganes». No necesita explicación. Fue un político, alcalde de Jerez de la Frontera por aquel entonces, el que hizo verbo lo que estaba en la cabeza de todos cuando dijo, literalmente, que la justicia en España era un cachondeo. Otro político retirado, nada menos que el expresidente del Gobierno Felipe González, se ha despachado a gusto en la entrevista que se publicó en el diario EL PAÍS el domingo pasado, diciendo más o menos que a él le da igual lo que haya dicho la Justicia, que él piensa que este y este otro son inocentes. Los políticos votan leyes y normas, y ni ellos mismos creen en su aplicación. ¿Cómo creerlo nosotros?

En muchas de las sociedades primitivas que se han encontrado por el mundo no existe en la práctica el delito. Tienen normas, por supuesto, y el no acatarlas puede conllevar castigos terribles, pero es raro el individuo que se las salta. Lejos de mi intención alimentar el mito del buen salvaje, sobre todo cuando yo no soy nadie, es un decir, sin el teclado desde el que escribo esto, pero siento una especie de atávica admiración por esas tribus que se autogestionan, tienen un líder válido al que siguen y cuyos destinos no dependen, o al menos ellos no lo quieren, de unas personas a las que nunca han visto y que les va a llenar la cabeza de mentiras cada cuatro años. Lejos de mi intención, también, proclamar las bondades de una dictadura, sistema en el que no creo. La idea con la que quiero que se queden es que una comunidad sabe lo que es bueno para ella misma. O, por lo menos, lo quiere. Puede equivocarse, por supuesto, igual que un juez o una comunidad de votantes. Pero la comunidad debe tener la primera y la última palabra en la administración de la justicia.

Esto ya lo hacemos, supuestamente, en cualquier democracia. Las leyes no nacen —no deben— del capricho de los políticos. En teoría, los políticos proponen, los ciudadanos votan, los políticos cumplen y los jueces hacen cumplir. Ya, sé que esto está muy alejado de la práctica, pero la teoría es esa. Es decir, que los ciudadanos deciden en 2008, indirectamente, los avatares de las sentencias de 2012, justo antes de las elecciones. ¿No es igual de justo que se les deje elegir directa, en lugar de indirectamente?

Y ahí reside el miedo. El miedo de los políticos, destilado a cosa hecha o sin querer a los medios de comunicación afines —que, en definitiva, son todos—, es que el ciudadano tenga un poder real. El votante depositará su papeleta, que el político hará lo que le plazca. En nuestro país no existe, que yo sepa, una ley que obligue a los políticos a cumplir sus promesas. Pero lo que dice un jurado, en principio, es misa, y esa es una de las poquísimas decisiones del ciudadano que, aunque son apelables, al menos no son mediadas. Votando, podemos administrar justicia de forma diferida. Cumpliendo con el derecho y la obligación de ser jurados, se cumple nuestra voluntad de forma directa. Lo dijo de otra manera, mucho mejor, por supuesto, Eduardo Haro Tecglen en un artículo de cuya fecha no puedo acordarme: los poderosos no quieren jurados, porque es la única manera en que pueden ser controlados por los muertos de hambre. Desde siempre, los bien asalariados jueces han juzgado a los pobres con las leyes aprobadas por políticos adinerados o en proceso de. Los jurados populares permiten, o deberían permitir, que nosotros también seamos jueces de los otros. En un alarde de populismo, diría que los jurados deberían juzgar, sobre todo, delitos de corrupción política y contra los derechos de los trabajadores, pero eso sería demasiado soñar, y también, ya lo he dicho, un poco de populismo.

Pero todo el mundo está en contra del jurado, también los pobres. No se explica esto solamente por el bombardeo mediático que magnifica los presuntos fallos de jurados populares —mientras oculta, por cierto, los miles de procedimientos en los que el jurado no ha constituido ningún problema—, sino también por ese miedo a la libertad del que nos habló el psicólogo suizo Erich Fromm. No queremos ser libres, porque no queremos ser hombres, sino siervos. Eludiendo nuestra libertad, evitamos nuestra responsabilidad, que es una de las mayores torturas mentales que existen desde el mito de Caín. Estamos tranquilos votando cada cuatro años a cualquiera de los partidos políticos mayoritarios, aun sabiendo, aunque pretendamos que no, que consiguen parte de nuestro PIB vendiendo armas a países que están haciendo la guerra. Así, es fácil echarles la culpa a otros. Pero decidir, de forma legal, el destino de un procesado, es algo que no se puede hacer mirando hacia otro lado. Seguimos sin querer definir nuestra sociedad. Preferimos que la defina otro, aunque parezca lo contrario, ya que cada cierto tiempo se nos invita a votar. La clásica honra española, tan mal entendida como siempre. No tener honor, pero que la gente lo crea.

Anteriormente, en La Lengua:

Ironía

10 de November de 2010

El otro día, en clase de 4.º de la ESO, con chavales de entre catorce y dieciséis años:

—A ver, Moy [nombre ficticio], ¿puedes decírme qué es la ironía?
—Sé lo que es, profe, pero no sé explicarlo.
—Bueno, ¿crees que podrías al menos poner un ejemplo para que entendamos lo que es?
—Lo voy a intentar. Por ejemplo, si yo digo que Ramón [también ficticio, el alumno que está sentado a su lado] es guapo, estoy siendo irónico.

Si es que… los tengo que querer.

Mercado y política

7 de November de 2010

Me han llamado la atención especialmente dos pasajes de la entrevista que publica este domingo EL PAÍS, en que el expresidente Felipe González responde a las preguntas del escritor Juan José Millás. En la primera, González habla de la posición del mercado en las democracias actuales:

-¿Estamos viviendo un totalitarismo del mercado?

-Exacto, no quería ser tan duro, pero así es. En lugar de dictar tú la norma para que el mercado funcione, el mercado te impone la norma para sobrevivir (que, por cierto, es la ausencia de norma). Y eso es lo peor, porque el mercado sin reglas te pide hoy lo contrario de lo que te va a pedir mañana. O de lo que te pidieron ayer, que era que rescataras la mano invisible del mercado de la propia catástrofe que había generado. Esto es, que hagas intervencionismo del más descarado a costa del contribuyente o del ahorrador, para rescatar al mercado. Sitúate en la piel de Obama: debo poner primero setecientos mil millones, después ochocientos ochenta mil, total, dos billones de dólares solo para salir de esa catástrofe provocada por el sistema financiero sin reglas. Muy bien. Y una vez que pongo ese dinero, puro erario público, puro endeudamiento, y usted ya está rescatado, ahora me exige que reduzca dramáticamente el déficit y el endeudamiento al que he llegado para rescatarlo. Me pide que me endeude y después me exige que me desendeude o me penaliza. Esto es lo incomprensible de la situación que estamos viviendo. Si se tuviera poder y decisión para regular el funcionamiento del sistema financiero, no volvería a ocurrir lo que ha ocurrido y devolverían el dinero público que se les ha entregado.

En la segunda, acerca de la simplificación de la política en estos tiempos:

[…] si estás haciendo seguidismo de la opinión pública, estás banalizando el debate político hasta el punto de que no puedes desarrollar proyectos políticos que a veces van contracorriente de la opinión pública. Como decía Azaña, no hay nada más cambiante que la llamada opinión pública. Hace unos cuatro o cinco años, me encontré por casualidad en el aeropuerto de Washington con Henry Kissinger, y me dijo él, que es un malaleche: “Mira, Felipe, la política ya está en manos de gente que te hace discursos pseudo religiosos y simplistas y que son más bien ofertas de venta de electrodomésticos“. Es verdad. Y añadía: “Ha desaparecido de tal manera el debate de ideas, el contraste de ideas, estamos en una simplificación tan grande de la política, que ha dejado de interesarme. Me aburre profundamente el mundo que estamos viviendo”. Contradictoriamente, cuando aparece un político con proyecto y discurso, como Obama, corre el riesgo de ser arrastrado por las corrientes demagógicas y simplistas.

En ambos casos la negrita es mía. Y, en ambos casos, da miedo darse uno cuenta que piensa lo mismo que todo un expresidente que está bien enterado de la política nacional y la internacional. Jugar en tu blog con la idea de que la democracia en la que vives no es tal, que eres una hormiga bajo el zapato de las multinacionales, cosas así, tiene cierta gracia, pero no deja de ser una especie de desahogo de la imaginación. Pero cuando lees en palabras de alguien serio lo que tú sueltas por tus teclas pero en realidad no quieres creer, asusta.

Por otra parte, no comparto plenamente el discurso de Kissinger. Es cierto que la opinión pública es estúpida y que puede cambiar diametralmente de la noche a la mañana (antes de los atentados del 11 de marzo los españoles iban a cometer la estupidez de elegir a Rajoy, y un par de días después, cometieron la estupidez de elegir a Zapatero). Pero yo no creo que la solución, como sugieren Kissinger y González, sea ignorar a los votantes. Eso no sería una democracia. La solución sería formar a votantes informados y cultos, mediante la educación pública o como fuera. Pero ningún político estaría por la labor, precisamente por eso: porque una ciudadanía formada les obligaría a ser decentes. Y no creo que ningún político español o estadounidense estuviese dispuesto a ser decente bajo ningún concepto.

Seguid el enlace del principio de este post para leer la entrevista completa, es muy interesante. Me ha decepcionado bastante ver que Felipe González se empecina en el error de defender, incansablemente, a delincuentes que han robado, secuestrado y asesinado y que por ello han sido condenados en firme. Creo que, por mucho que sea correligionario o incluso amigo de todos ellos, por mucho que él esté internamente convencido de sus inocencias, debería, al menos, callarse. Si uno que ha sido presidente del gobierno dice tan a las claras que el resultado de varios procesos con sumarios constituidos por cientos de miles de folios es un error, transmite la idea de que no vivimos en un estado de derecho, del cual él ha sido máximo dirigente. Pero ya sabemos cómo es este país. Somos absolutamente incapaces de reconocer nuestros propios errores. Y, además, no tenemos ningún respeto por las leyes y por nuestro propio sistema. Nada nuevo, claro.

Así, no

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 7 de noviembre de 2010. Los lectores de La Lengua que no sean de aquí quizás no estén tan al tanto del tema del que hablo, aunque es seguro que recuerdan haber oído sobre los incidentes en algún medio de comunicación.

Así, no

Han pasado ya unos días desde los disturbios que se produjeron en la ciudad ocasionados, al parecer, por el desacuerdo de los manifestantes con la adjudicación de plazas de los famosos Planes de empleo, y seguro que los lectores de El Telegrama de Melilla han encontrado en sus páginas información suficiente para colmar su curiosidad.

En mi opinión, era inevitable que sucediera algo parecido a esto, más pronto que tarde. Cuando se ataca un problema estructural con medidas improvisadas y populistas, dicho problema no solo no se soluciona, sino que lo más probable es que empeore un poco cada día.

El problema estructural al que nos referimos es, por supuesto, el desempleo. Según la Encuesta de población activa del tercer trimestre de este año, disponible en la web del Instituto Nacional de Estadística (www.ine.es), el porcentaje de ciudadanos desempleados en Melilla es del 23,37%, superada únicamente por cuatro autonomías, es decir, que estamos en el cuarto puesto empezando por la cola. La media nacional está en torno al 20%, mientras que la de la Unión Europea no llega al 10%

Los datos y cifras son términos objetivos, pero pueden ser víctimas de la subjetividad si no se analizan desde una perspectiva adecuada. Este 23,37% se corresponde aproximadamente con 6.800 personas que no encuentran trabajo, de un total de unas 29.000 personas en edad y disposición de trabajar (el hecho de que menos de la mitad de los melillenses sean población activa responde, esta vez, a una buena noticia: tenemos una de las mayores tasas de natalidad de la UE). A Melilla le resultaría relativamente fácil reducir drásticamente, con medidas como los dichosos planes, su tasa de paro: 1.500 personas constituyen el 5,15% de la población activa. Contratando a este número de personas, se reduciría el porcentaje hasta un 18,21%. Si Andalucía, por ejemplo, que padece un escalofriante 28,55% de población activa desocupada, quisiese reducir este porcentaje sólo hasta un 25%, supondría para esta comunidad aumentar su número de trabajadores en más de 140.000 personas. Se ve, por una parte, que nuestra autonomía no es la que peor padece la tortura capitalista del paro, y que además, numéricamente, no es la que peor lo tiene para solucionarlo; por otra, sin embargo, vemos que se presta a medidas a corto plazo que no arreglan nada pero que pueden —o eso piensan algunos— arrimar unos cuantos votos al ascua de su sardina.

Estos Planes de empleo, gestionados desde el Gobierno central, no han sido creados por el PSOE actualmente en el poder, sino por el PP en la época en que gobernaba. Fueron un error en un principio, pero los creadores quizá intuyeron que les podían aportar réditos electorales: por tanto, los que siguieron a unos en las responsabilidades de gobernar, no iban a enmendar el error, ya que contenían dos de las características más queridas por los políticos patrios. Una, que les podían dar votos en las elecciones locales; dos, que eran una chapuza que no solucionaba nada, y estamos en el país de la chapuza.

¿Pero es que estoy en contra de que se dé trabajo a mis paisanos? Dios me libre. Pero sí estoy en contra de que se destine alegremente el dinero de los impuestos a crear puestos de trabajo innecesarios, artificiales y precarios a cargo del Estado, pan para hoy y hambre para mañana que además crean en los beneficiarios o beneficiables expectativas a las que, por un lado, no tienen derecho —todo puesto a cargo del erario público debería concederse, a mi entender, tras una oposición o, al menos, bajo unos criterios objetivos que no tengan que ver con las necesidades concretas del individuo, ya que para ello ya están las pensiones y otras medidas sociales, y si no son suficientes, que se aumenten: para eso sí están los impuestos— y, por otro, no llegan a solucionar nada, ya que con un porcentaje tan alto de desempleo es imposible estar tirando de chapuzas baratas el tiempo suficiente como para que el problema desaparezca.

Los políticos de la ciudad y, en general, del Estado, han estado a la altura que todos esperábamos de ellos: se han limitado a acusarse de forma pueril de haber organizado esto o aquello, de haber enviado no sé qué mensaje de teléfono, de si es tu responsabilidad o la mía. En un ejemplo de libro de lo que no se debe hacer con unos vándalos, al parecer la Delegación del Gobierno ha accedido a reunirse con los manifestantes tras el destrozo de posesiones privadas y públicas, dando la razón a quienes no la tienen, y legitimando una forma de actuar que en este caso no está en absoluto justificada. Es tradición en esta ciudad —ciudad sin ley— afrontar, es un decir, las cosas de esta manera. Igual que en las decenas de viviendas ilegales que hay construidas en la ciudad, y que no hay arrestos para obligar a que cumplan la ley, en este caso se ha hecho lo mismo. No se obliga a la ciudadanía a cumplir con las leyes democráticas, y a que protesten, tengan razón o no, de forma pacífica, si sus reivindicaciones son legítimas. Se siguen poniendo parches encima de parches, reforzando la impresión de que en esta ciudad cada uno puede hacer lo que le plazca, siempre que el número y la violencia los avalen. La democracia está muy mal entendida aquí, ya que trata de números, pero no de violencia. Flaco favor han hecho al futuro de Melilla dándoles a entender que fastidiando al ciudadano pueden conseguir lo que quieran, y a decir de manifestantes de días posteriores, es lo que han logrado. Ahora, ya se sabe: cada vez que alguien no esté de acuerdo con una decisión administrativa, a quemar el coche de Fulano.

Es fácil criticar, difícil proponer soluciones inteligentes. Yo no las tengo. El problema no es baladí. Aunque no me dedico a la política, en una democracia todos somos políticos, y todos los ciudadanos tenemos la obligación de ayudar en las soluciones, como mínimo utilizando de forma inteligente el voto. Pero el problema estructural del paro en Melilla es posible que no puedan solucionarlo todos los gobiernos que pueda elegir nuestra pequeña ciudad. Nuestras peculiaridades consisten casi exclusivamente en debilidades —falta de territorio, frontera con un país que se mantiene en una permanente postura pasiva-agresiva, imposibilidad virtual de trabajar en otra localidad manteniendo el domicilio aquí, etc.— , y difícilmente podremos solucionar nuestros problemas nosotros solos. Pero estamos integrados en estructuras mayores: el Estado y la Unión Europea. Quizá es hora de que los políticos melillenses, pertenezcan a la administración local o a la nacional, comprendan que hay problemas en los que no solo pueden, sino que deben estar enfrentados, pero que hay otros en los que es necesario que se entiendan y emprendan acciones conjuntas y coordinadas. Y, si no lo hacen, ya sabemos lo que nos toca, melillenses: esperar a las siguientes adjudicaciones de los planes, y rezar para que nuestro coche no sea uno de los incendiados. In saecula saeculorum.

Anteriormente, en La Lengua:

De besugos

1 de November de 2010

Esta conversación tuvo lugar entre una operadora de Movistar y un servidor el otro día, en el tiempo que tardé en ir en coche desde mi casa hasta mi local de ensayo (tranquilos, usé el manos libres del casete):

Operadora: Buenas noches, desearía hablar con el señor don Elías Manuel G. F.
Elías: Buenas noches, soy yo.
O.: Buenas noches, señor Gómez, estoy encantada de saludarle, mi nombre es [… no lo recuerdo, tenía acento de ultramar, pero me parece irrelevante para el caso] y le llamo en nombre de Movistar para saber si hay alguna manera en que podamos mejorar el servicio que le venimos ofreciendo.
E.: Sí, quería que me dijera cómo puedo darme de baja de Movistar.
O.: Lamento oír eso, señor Gómez. ¿Puedo saber si podemos hacer algo para que reconsidere su decisión?
E.: No puede hacer nada.
O.: ¿Me permite saber, al menos, por qué quiere dejar de utilizar nuestros servicios?
E.: Por supuesto. En las últimas tres llamadas que recibí de sus compañeras, me preguntaron lo mismo, y les pedí que lo único que quería era que dejaran de llamarme para preguntarme cosas. Yo he contratado un servicio de telefonía y navegación móviles, llevo prácticamente diez años [lo sé, soy un poco masoquista] con ustedes y ni una sola vez me he retrasado en el pago de una factura. Los servicios por los que pago son para hablar por teléfono, escribir y recibir mensajes y navegar por Internet con mi teléfono móvil. Los recibo correctamente, teniendo en cuenta lo que significa eso en este país, y pago por ello religiosa y puntualmente el precio que ustedes estipulan. No necesito que me estén llamando continuamente para preguntarme si todo va bien (yo nunca les he llamado para quejarme por nada), no he pedido que me den ese servicio y, francamente, me molesta perder el tiempo en estas conversaciones, teniendo en cuenta, además, que les he indicado repetidamente que quiero que dejen de llamarme, y sus compañeras me dijeron que lo harían.
O.: Bueno, señor Gómez, en caso de que quiera dejar de recibir llamadas, le informo de que puede llamar de forma totalmente gratuita al número 900…
E.: No, no, no, no, no. No voy a llamar a ningún número. No quiero hacerlo ni pienso que tenga que hacerlo. Lo que quiero es que dejen de llamarme, no quiero perder un minuto de mi tiempo más que el que he tardado en decírselo a usted y a sus compañeras.
O.: Sí, señor Gómez, lo comprendo, pero ya le he dicho que puede llamar gratuitamente al número…
E.: Perdone que le interrumpa, señora, pero le he dicho que no pienso hacerlo, no voy a llamar a ningún número ni a perder tiempo en repetir en otro sitio lo que le estoy diciendo a usted. Y como usted no va a hacer lo que le pido que le haga, que es simplemente que dejen de hacer algo que no quiero que hagan ni que les he pedido expresamente, pues mañana me acercaré a una tienda de Movistar y daré de baja mi contrato.
O.: Lo lamento, señor Gómez, pero le recuerdo que en ese caso usted, como tiene un contrato de permanencia con nosotros, deberá pagar una penalización de…
E.: No se preocupe, si tengo dinero, ya le digo que nunca les he dejado una factura sin pagar. Lo que no tengo es tiempo para perder en tener estas conversaciones con usted ni con sus compañeras. Así que le agradezco su tiempo, pero ya he tomado mi decisión.
O.: De acuerdo, señor Gómez, ¿tiene alguna otra consulta que me quiera realizar?
E.: [¿Cómorl?] No, no tengo otra consulta, de hecho no tenía ninguna, ha sido usted la que me ha llamado a mí.
O.: Muy bien, señor Gómez, pues muchas gracias por haberme atendido, y que pase usted una buena tarde.
E.: Gracias a usted, y buenas tardes.

A decir verdad, supongo que en el contrato que firmé algún día con Movistar aparecería alguna información en letra pequeñísima y gris claro donde decía que aceptaba que mis datos se incorporaran a un fichero automatizado y no sé qué… Pero supongo que después de haber dejado varias veces bien claro que no quería que me molestaran, y dado que graban todas las conversaciones, podrían haber tomado mis palabras como una rescisión parcial de mi contrato. ¿Es tan fácil meterse en esos ficheros como echar una firma, y decir por activa y pasiva que quiero que me quiten no basta para que lo hagan? Y otra consideración: ¿no es poco inteligente acosar al cliente —un cliente que lo paga todo sin preguntar ni mirar una factura, como dije antes— hasta el punto de obligarle a cambiarse de compañía para que lo dejen en paz? Por mucho que yo haya firmado un papelito, ¿no deberían haber sido un poco cucos y haber pensado que, ya que yo no les doy apenas trabajo, era más aconsejable hacer lo que el maldito cliente quiere y acosar a cualquier otro a quien no le moleste? Mi madre, como la del chiste, puede pasarse quince minutos hablando con alguien que se haya equivocado de número. ¡Llamadla a ella! Hay mucha gente que disfruta hablando con desconocidos sobre su contrato telefónico. ¡Yo no! Y una última pregunta: el que yo haya firmado que acepto que mis datos se integren en un fichero, ¿les obliga a ellos a llamarme? En fin, arrevoire.

Hay que comer

Archivos

Búsqueda

La Lengua en tu mail

Tu dirección de email:

FeedBlitz

Video

Más vídeos aquí

Fotos

www.flickr.com
Elementos de Elias.gomez Ir a la galería de Elias.gomez

Estadisticas


Ver estadísticas

La Lengua se publica con Wordpress | RSS de las entradas y de los comentarios | Diseño web: Dodepecho