Ars longa, vita brevis

La cuarta mentira

14 de October de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla, el domingo, 3 de octubre de 2010.

La cuarta mentira

Puede que la verdad nos haga libres, no lo discuto, pero lo cierto es que la mentira nos hace felices. Esto ha sido así desde siempre. El estudiante que se acuesta a las dos de la madrugada sin haber estudiado, pensando que, tal vez, una nevada en pleno mes de mayo le libre del suspenso seguro; el padre que prefiere creer que en realidad su hijo consumió una hamburguesa en mal estado la noche anterior, y no dos litros de kalimotxo, y por eso tiene tan mala cara; el hincha que sostiene que su equipo es el mejor, pierda o gane, por la mera razón de que es el suyo. Tenemos en castellano el sintagma mentira piadosa para referirnos a una falsedad que nos tranquiliza espiritualmente más que la realidad. Busco en el almacén de mi memoria y no encuentro una construcción equivalente cuyo núcleo sea verdad. La verdad nos hará libres, pero no queremos ser libres, sino felices.

No piensen que estoy criticando la mentira, que, por cierto, es un invento tan humano como la sopa de piedra o el genocidio. Los animales son incapaces de mentir, al menos conscientemente: la prevaricación, término específico que da la ciencia lingüística a la falsedad intencionada, es algo que solo puede realizar mediante su lenguaje el ser humano. Un animal es capaz de emitir un mensaje erróneo —por ejemplo, una inofensiva mosca puede, mediante la evolución, haber adoptado el hábito de una letal avispa para evitar ser comida por la rana—, pero esta mentira es inintencionada. Además, alrededor de la mentira puede que esté organizado el 90% de la economía mundial en nuestro siglo. Todos sabemos que un desodorante no hará que cientos de supermodelos nos persigan por las calles, que un coche más grande no nos hará más viriles, que las historias reales no acaban bien, como en el cine, pero seguimos comprando los desodorantes caros, los coches aparentes y las entradas para las mentirosas películas. Y ¿a cuánto estaríamos pagando el litro de gasolina, si no quisiéramos creer que ciertos países ricos en petróleo, cuyos nombres no conoceríamos siquiera si no contasen con esa materia prima, merecen ser invadidos de vez en cuando, por entrenar a terroristas internacionales, planear una dominación religiosa a escala planetaria o por no constituir democracias como las nuestras? Según unos datos que tengo delante ahora mismo, cuya fuente es el Ministerio del Interior, un total de 21.234.497 personas votaron en las elecciones generales de 2008 al Partido Socialista o al Partido Popular. ¿Veintiún millones de personas, casi la mitad de la población española (incluidas las personas sin derecho a voto, como los menores), creyeron las promesas de los dos principales partidos de este país? Lo dudo mucho, y, si no lo dudara, haría las maletas y huiría al exilio voluntario, porque una nación con tantos crédulos sería un peligroso polvorín. No, estoy seguro de que casi la totalidad de los votantes, con la probable excepción de algún idealista de 18 años, sabía perfectamente que, si ganaban los populares, no acabarían con la corrupción, y si lo hacían los socialistas, los trabajadores iban a pagar los platos rotos de la crisis, llegado el caso. Lo sabían, y aun así, votaron lo que votaron. La mayoría del electorado ni tan siquiera se planteó votar a otro partido (solo un 16,25% lo hizo). Más vale malo conocido, o, en este caso, mentira conocida que verdad por conocer.

El ejemplo paradigmático de la mentira en nuestro mundo lo encontramos en la prensa, el cuarto poder. Da igual si hablamos de prensa escrita, televisión, radio o incluso Internet: lo que debería ser una herramienta de información para los ciudadanos, una fuente de reflexión para que ejerzan sus derechos democráticos de manera más eficiente, sigue sin ser más que un altavoz de oscuros intereses políticos y empresariales. Abran un periódico cualquiera o enciendan el televisor a la hora del telediario, y reflexionen sobre la cantidad y la calidad de información que se muestra. La simple selección constituye una forma de manipulación. Piensen en las noticias aparecidas en cualquiera de los periódicos o emisoras de televisión locales. ¿Tenemos un partido político que es el paradigma de la santidad, y otro u otros que son la imagen del diablo? Los medios locales, en general, suelen cantar las alabanzas de nuestro Gobierno melillense, pero en televisión hay, al menos, una que escapa al parecido con un Boletín Oficial de Melilla, aunque es prácticamente tan sesgado como los otros. Y esto, tristemente, constituye casi una bendición: si no hubiese al menos un medio para el que el Partido Popular local representa todo lo malo, pensaríamos que representa inevitablemente todo lo bueno.

La prensa debería ayudarnos a ver las cosas más claras para poder ejercer nuestro derecho a un voto de mejor calidad y así tener gobernantes de mejor calidad. Debería ayudarnos a ser adultos y a sacudirnos de una vez por todas ese polvo que nos ha dejado la dictadura y mediante el cual pensamos que seguimos siendo súbditos de un régimen autoritario, en lugar de ciudadanos de una democracia que deciden qué se hace y qué no, y a quienes los políticos deben obedecer.

Y, huyendo de la política inmediata y de la prensa local, pensemos en los medios nacionales e intertnacionales y en las noticias que afectan al mundo. ¿Cuántas guerras sabemos nombrar aparte de las de Iraq y Afganistán? La web golbalsecurity.org afirma que, en el momento en que ustedes leen esto, hay alrededor de una cuarentena de guerras segando vidas humanas en el planeta en que tenemos puestos los pies. Desde Argelia hasta Yemen, si contamos alfabéticamente, y desde al menos los años cincuenta, los humanos no han parado de matarse entre sí por el mundo. Pero solo interesan las guerras que venden. Más: ¿en cuántos países del mundo se pisotean los derechos de las mujeres, aparte de aquellos en que las lapidan por ser violadas, o las obligan a llevar burka? ¿Cuáles han sido los beneficios empresariales de las grandes corporaciones durante una época en que han quebrado países enteros? ¿Cuántas denuncias tiene nuestro país por violaciones de los derechos humanos (sí, también se denuncia a nuestro país, no solo a los habitados por salvajes que visten de forma distinta)?

Investiguen un poco. Y luego pongan un telediario. Tras algún dato de muertos de tráfico, la última perogrullada soltada por algún político ágrafo y los datos del paro, les ofrecerán algún vídeo extraído de Youtube, la primera excursión al campo de las hijas del Príncipe y las películas que se estrenarán este fin de semana. Y se supone que los medios son el cuarto poder, que restará parcelas de mando a los otros y que nos ayudará a lograr que la democracia se corresponda con su etimología: a que las personas sean las que manden, y no las que obedezcan.

Pero no queremos ser libres. Queremos seguir pensando que la Selección española de fútbol es la mejor del mundo porque ha gando tres o cuatro partidos seguidos, que la responsabilidad nos obliga a apretarnos el cinturón —¡a nosotros, que ya hemos vendido el cinturón para poder poner algo en el frigorífico!—, que no estamos en Afganistán pegando tiros sino enseñando a escribir a niños, que no vendemos armas ni acorazados a países que están en guerra.

Es imposible que una democracia funcione sin que los que deciden los destinos del país, los votantes, estén informados. Y es responsabilidad del cuarto poder ejercer de tal, y no asimilarse a los otros tres, que ya forman una piña suficientemente compacta. Nosotros, los ciudadanos, preferimos seguir instalados en la mentira, porque la libertad nunca ha sido algo cómodo para nadie. Pero los medios de información tienen una responsabilidad, y deberían, en un mundo donde el poder de la información es decisivo, ser celosamente vigilantes de su propia función. O, Dios no lo quiera, nos seguirá yendo como hasta ahora.

1 comentario en “La cuarta mentira”

  • # Irene Strocovsky dice:
    15 de October de 2010 a las 16:13

    Excelente (¡lamentablemente!).

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