Ars longa, vita brevis

De princesas

24 de October de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla, el 24 de octubre de 2010.

De princesas

No sé por qué, pero me da en la nariz que todo el circo este montado alrededor de cierto personaje conocido —me parece una osadía llamarlo personaje «público»— en el cual se le conceden entrevistas, trabajo como pseudoperiodista, y últimamente incluso como profesora mediática de Historia, ya saben a quién me refiero, no es más que otra muestra del carácter irónico de mis compatriotas. La Princesa del pueblo, si me permiten la mayúscula, no creo que sea respetada ni siquiera por las personas que engullen todas las horas que ocupa la susodicha en la parrilla de las televisiones nacionales. Creo ver en toda la atención televisiva de que es objeto más desprecio que admiración. Más que ver a una persona que sin ninguna cualidad extraordinaria aparente —y haber retozado con ese torero no es extraordinario, a decir de sus muchas conquistas— ha logrado alcanzar fama y dinero, si no gloria, estoy seguro de que lo que la gente ve es que los famosos también pueden ser, digamos, personas normales. El gusto español por la miseria ajena es algo menos culpable si la vemos en gente afortunada. Al paisano le gusta ver que su vecino pobre se hace aún más pobre, pero es más gratificante ver que el otro vecino, que asentaba sus posaderas en un Mercedes, ahora ha de hacerlo en el transporte público. Ver a una persona que podría ser la hija del carnicero vilipendiada permanentemente por sus contertulios, engañada por sus parejas, perseguida por los paparazzi, es agradable, porque ahora es rica.

Sin embargo, creo que hay algo más que decir sobre el ascenso a la fama de la hija de Fulano. Lo de Princesa del pueblo pretende ser una especie de triunfo de los parias, algo así como la cúspide de la igualdad de oportunidades: no importa cuán gañán sea uno, es posible codearse con la alta sociedad y protagonizar las portadas del corazón.

Por desgracia, una vez más, lo hemos entendido todo al revés. El que el famoseo actual esté representado por gente que no tiene nada de particular, más que haber tenido algún encuentro sexual con alguien que alguna vez en la vida ha hecho algo, o haber aparecido en algún zafio programa de televisión, es todo lo contrario a la igualdad de oportunidades. Que todo el mundo tenga las mismas oportunidades no implica que todos tengan lo mismo. Si eso fuese así, sería algo que va precisamente en contra de la igualdad: otorgaría el mismo premio al que se esfuerza que al que no. La igualdad de oportunidades real es que quien quiera en este país pueda ser cirujano, juez o presidente del gobierno, sea hijo de nuestro vecino pobre o de nuestro vecino, el del Mercedes.

Para ello nuestra democracia lleva años intentando montar un sistema que garantice estas oportunidades para todos. Si nuestro vecino pobre no puede mantener a su hijo cinco años en la facultad de Derecho, porque no tiene dinero para ello, al contrario que nuestro vecino rico, el sistema de becas del Ministerio de Educación debe encargarse, tras haber demostrado el hijo del pobre que tiene valía y determinación para estudiar, de mantenerlo todos esos años en que un adulto no produce nada para que en el futuro pueda producir algo de mayor valor. El sistema de becas español es bastante amplio, y, aunque aún, por desgracia, hay gente que ni por esas se puede permitir mandar a su hijo a la universidad, se ha andado mucho en la dirección correcta. Aún queda bastante por hacer. Un niño que se haya criado en un ambiente social desfavorable, seguramente no desarrollará una voluntad propicia a los estudios que le haga merecedor de una beca universitaria en el futuro, pero aun así, en España llevamos varias generaciones en que los hijos de los trabajadores ganan más dinero que sus padres, y esto no es poco. Seguramente es imposible alcanzar la meta de la igualdad plena de oportunidades, pero mientras se siga caminando debemos sonreír.

Pero el que el hijo pobre del vecino llegue a la cima económica de la sociedad sin haber demostrado su valía en ningún campo, salvo en aquel que incluso los perros de la calle dominan sin ningún entrenamiento, no es algo de lo que debamos sentirnos orgullosos, sino más bien lo contrario. Este país se está convirtiendo en el paradigma de la sociedad más detestable de todas: una en que los individuos más corrientes son premiados por la sociedad, mientras los más brillantes huyen hacia otras naciones en busca de mejores horizontes.

Me van a perdonar por lo que voy a decir, pero el dinero que se lleva un famosillo de televisión en Telecinco no lo fabrica Telecinco en una imprenta. Es dinero proporcionado por los tontos, principal materia prima producida por España desde hace bastantes años. Toda esa gente que se traga esos programas y luego compra los productos que anuncian, esos son los que convierten en multimillonarios al hijo ineducado de nuestro vecino. Pueden reírse cuanto quieran de la Princesa del pueblo, pero por dentro ella se está riendo el doble. Y todos esos tontos, entre los que me puedo incluir si quieren, y sálvese quien pueda, son los que hacen que nuestro país sea lo que es, el hazmerreír de todos, desde Marruecos hasta Gibraltar, y el que se pega el batacazo más grande cuando arrecia la gran crisis global.

Lo interesante es preguntarse de dónde viene este gusto por lo chabacano. Y creo, como apunté unos párrafos más arriba, que viene precisamente de esa mala interpretación de la igualdad de oportunidades.

Cuando llegó la democracia, un montón de gente se ilusionó porque pensaba que nos íbamos a convertir en un país moderno y culto, que la gente iba a leer más, que la televisión iba a dar cosas distintas que misas y fútbol. La realidad nos dio un puñetazo en la cara: las misas casi han desaparecido de la parrilla, pero el fútbol ha multiplicado su presencia de forma exponencial. Parafraseando a Chesterton —si me permiten ponerme estupendo—, podríamos decir que hemos sustituido el ritual de la misa por otro ritual, pero nuestro descrédito religioso se ha convertido en superstición esférica.

Llegaron a pensar que la educación y el nuevo poder de la gente para decidir iba a permitir que la sociedad fuese algo más equitativa, pero quisimos igualar el nivel tomando como referencia lo soez. Despechados del elitismo franquista, pensamos que lo bueno era que toda la sociedad fuese como la mayoría, y no entendimos que lo bueno sería acercar la mayoría a la élite. Esto se dice mucho de la educación pública actual: que quiere igualar a los alumnos por abajo. Que pretende que, ya que no todos pueden ser listos, todos sean tontos.

Yo no creo que los ministros de Educación lo pretendan aposta. Creo que el sistema tiene buenas intenciones, aunque aún está pasando el posoperatorio de la dictadura. Si durante el anterior régimen la educación excelente era una cosa reservada a los adinerados y adictos al régimen, lo bueno para nuestro régimen no es eliminar esa excelencia, sino extenderla a todo el mundo. No tratar de que todo el mundo rebaje su nivel intelectual hasta que no haya más remedio que adoptar a una princesa plebeya, sino demostrar que todas las hijas de las vecinas pueden llegar a ser princesas dignas. Ahí es donde hemos errado el tiro.

Anteriormente, en La Lengua:

3 comentarios en “De princesas”

  • # antonio molina dice:
    24 de October de 2010 a las 20:00

    Sorprendentemente optimista tu artículo. Os recomiendo, para aliviar vuestra mente de bajezas televisivas, que pongáis VEO7 los miércoles a las 10 de la noche. La tertulia esos días cuenta con la presencia refrescante (y no por su juventud precisamente) de Fernando Savater, José Antonio Marina y Javier Sádaba. Son brisa fresca en el permanente terral de fútbol y rosas.

  • # Dave dice:
    10 de November de 2010 a las 16:12

    La pregunta es, Elías, ¿cómo cambiar algo que es tan intrínseco al gen español? ¿Cómo cambiar de maceta una mala hierba que lleva años y años echando raíces?

    Quizá suene triste, tal vez hasta pretencioso en boca de un simple estudiante, pero me siento extranjero en mi propio país a veces, sobre todo en mi región, Murcia (no lo achacho, por supuesto, a ningún tipo de inteligencia superior, sino a una actitud crítica y de superación ante las cosas, y su consiguiente impotencia debido a la escasez de aquellas).

    Y no sé cuál es la solución, de verdad, porque yo ya estoy esperando poder echar la beca Erasmus, y si termino la carrera, me iré a algún país como Suecia, por ejemplo. Si España es un país de panderetas, en mi caso concreto, Murcia las fabrica. Aquí las niñas ya no quieren ser princesas, como decía Sabina. Están más pendientes de rociarse de kilos de maquillaje, pasar el día subiendo fotos a Tuenti y al llegar la noche, ver el Sálvame ese. Y los tios, al fútbol, como borregos.

    Me ha alegrado mucho volver a leerte, Elías. Es una pena que tenga que comentar en un post sobre algo así, pero mientras exista gente como tú, al menos podremos desahogarnos en minoría. Un saludo y espero que todo vaya bien!

  • # ikima dice:
    20 de November de 2010 a las 20:16

    Yo crecí con una frase de mis padres cabreros/labradores alfabetizados por la mínima: “Estudiad, hijos, estudiad mucho, que nosotros no pudimos”. Y yo veía en sus ojos tanta tristeza que siempre supe que estudiar era algo bonito y que valía la pena, y que yo ya no era una de esas personas que “no podían estudiar”. Yo podía hacerlo, como todos los demás. Esa igualdad de oportunidades real sigue estando ahí, sólo hay que saber encontrarla.

Escribe un comentario

Hay que comer

Archivos

Búsqueda

La Lengua en tu mail

Tu dirección de email:

FeedBlitz

Video

Más vídeos aquí

Fotos

www.flickr.com
Elementos de Elias.gomez Ir a la galería de Elias.gomez

Estadisticas


Ver estadísticas

La Lengua se publica con Wordpress | RSS de las entradas y de los comentarios | Diseño web: Dodepecho