Ars longa, vita brevis

¿Y eso para qué me sirve?

18 de October de 2010


Imagen: Wikipedia.

Cada vez que un alumno me pregunta eso, esbozo una sonrisa y le digo: «Me alegra que me haga esa pregunta». Sin embargo, a diferencia de los políticos, no hay nada de hipocresía en ello. Ni la sonrisa ni la respuesta son fingidas.

Durante un tiempo, sin embargo, no sabía qué responder. Cada vez que me veo en un aprieto con un alumno, intento acordarme de cuando yo estaba en su sitio y había otro profesor en el mío. No es que haga mucho tiempo, aunque cada vez más (acabé C. O. U. en 1993), así que muchas veces me resulta fácil colocarme en su lugar. Y en este caso concreto recuerdo que yo también me hacía esa pregunta, y también cometí lo que entonces se veía como una impertinencia: cuestionar la utilidad del trabajo realizado por un adulto. ¿Cómo se responde a esa pregunta?

En primer lugar, es necesario saber qué quiere decir el alumno cuando utiliza el verbo servir. La mayoría de las veces, se refiere al trabajo que desempeñará cuando sea adulto. Es cierto que hay cosas que uno no sabe realmente si algún día le servirán en su puesto laboral, pero hay tantas otras que es casi seguro que jamás necesitará para llevar el sueldo a casa. ¿Análisis sintáctico? ¿La caverna de Platón? ¿La anatomía de una célula? ¿El coeficiente de rozamiento? Utilizo aposta ejemplos de cosas inútiles pecuniariamente hablando que se refieren tanto a las Humanidades como a las Ciencias, ya que, a menudo, he tenido que trabajar codo con codo con compañeros de trabajo tan torpes y encerrados en su pequeño mundo que ellos mismos han cultivado en nuestros alumnos el desprecio por el conocimiento. Esto suele deberse a un complejo de inferioridad: no suelen entender que, siendo ellos tan superiores intelectualmente que han podido estudiar lo que hayan estudiado (no quiero ofender a nadie, y yo adoro todas las parcelas del conocimiento, especialmente las que me resultan más difíciles) y yo tan burro que me vi empujado (!) a estudiar una Filología (póngase aquí lo que sea), al final hayan acabado también de profesores de Secundaria cobrando lo mismo que yo. Esto les supone una decepción de la que suelen buscar responsables a posteriori (el país está fatal, cosas así), aunque durante veinticinco o treinta años toda su inteligencia no les ha permitido sortear los obstáculos y ganar lo que sus mentes preclaras merecen. A mí los traumas del prójimo no me constituyen mayor problema, aunque me fastidia que promuevan entre mis alumnos la ignorancia de todo lo que a ellos no les interese o les parezca menos intelectual.

En este primer caso, es fácil responder al alumno. El día contiene 24 horas, de las que, idealmente, ocho son para trabajar, ocho para dormir y ocho para lo que uno quiera. Es decir, menos de un tercio del total de nuestra vida, si tenemos en cuenta vacaciones, jubilación, fines de semana, etc., es lo que deberíamos dedicar al trabajo. Así que puede que en la vida nos enfrentemos con situaciones que nada tienen que ver con lo laboral, y en las que nos sirva algo de lo aprendido en la escuela. Al menos, durante ocho horas diarias. Desde terminar un crucigrama —como decía el genial Gila, no tan irónicamente, creo— hasta saber de qué zona del mundo están hablando en el telediario, o por qué es tan preocupante que aumenten las emisiones de dióxido de carbono, las ocho horas del día que no dedicamos ni a dormir ni a trabajar están salpicadas de situaciones en que cierto conocimiento nos puede mejorar un poco la vida. Y aquí no estamos hablando solo de supervivencia económica, sino de hacer la vida más interesante y placentera, dado que tenemos la suerte de vivir en la reducida parte del mundo en que las necesidades vitales están cubiertas. Sé que mucha gente está empeñada en que todo lo que hagamos redunde en un beneficio económico a mayor o menor plazo, pero si alguien se toma la vida de ese modo, pienso que no merece vivir, aunque tampoco me atrevería a decir que merece morir. Si enseñas a un joven a apreciar la belleza en un dibujo de Leonardo, o la belleza del baile de las galaxias, quizás en algún momento de su vida se produzca un poco de bienestar, lo que, después de todo, es lo que pretendemos conseguir con el dinero. ¿O para qué sirven las vacaciones, los coches caros, la ropa de marca, los televisores enormes y, en definitiva, todas esas cosas que nos parecen tan imprescindibles que pensamos que solo deberíamos enseñar las materias que nos permitirán conseguirlas algún día, y nada más? Una camisa nueva y cara nos puede producir unos minutos de bienestar, y tal vez también la contemplación de los trazos de Leonardo o de la física en el universo. La diferencia es que una cosa nos ha costado 100 euros y la otra, nada.

Hasta aquí, pues, parece bastante claro que resulta mucho más ventajoso, en términos económicos, un conocimiento que nos aporte en un futuro unos minutos de placer que otro que también nos los aporte, pero que nos haya hecho pasar por caja para obtenerlos. Después de todo, en un país como el nuestro, donde aún conservamos ciertas políticas sociales, un trabajo de motorista de una pizzería nos permite tener nuestras necesidades básicas satisfechas. El placer de las cosas superfluas viene después, y algunas de las cosas que nos lo producen se pueden obtener con dinero, y otras no (un recordatorio para los escépticos: no he hablado mal del dinero hasta ahora, ni pienso hacerlo).

Pero el conocimiento inútil puede proporcionarte otras satisfacciones. Un ejemplo que puse al último alumno que me ha hecho la pregunta de marras. Imagina que estás en una fiesta, no durante tus ocho horas de trabajo, claro, ni siquiera en las ocho de libre disposición, sino, como estamos en España, durante tus horas de sueño. Ves a una chica preciosa. No sabes cómo acercarte a ella y decirle algo. Pero después de observarla un poco, te arrimas y le preguntas «¿Has estado en Portugal?» Y ella te responde: ¿«Cómo lo sabes»? Y tú: «Por el gallo de tu camiseta». Puede que en toda la fiesta seas el único que conozca la historia del gallo de Barcelos. Podéis decirme que esa situación es altamente improbable, y os daré la razón. Pero ahora pensad en los miles de añicos de conocimiento inútil que los profesores proporcionan, y en las miles de situaciones extrañas que os pueden ocurrir a lo largo de tantísimas horas de ocio o de fiesta a lo largo de vuestras vidas (no todas tienen por qué tener que ver con conseguir a la chica, claro está). O eres la persona menos interesante del mundo, o muchas veces habrá un momento en que tengas algo que decir que nunca pensarías que te serviría para nada. Porque, además, ¿de qué hablan los zapateros en su tiempo libre? ¿Os imagináis un mundo donde cada cual supiese solo lo que tuviese que ver con su ámbito de trabajo? ¿De qué va a hablar la gente?

La última razón que esgrimo para explicar a los niños por qué les enseño análisis sintáctico y el origen de las palabras es que yo no estoy formando a trabajadores, estoy formando a ciudadanos. Como dije algunos meses atrás, si mi función es que Fulanito aprenda exclusivamente a vender hipotecas en un banco o a crear nuevas fórmulas para una empresa farmacéutica que luego va a forrarse con su trabajo, que me pague el banco o la empresa farmacéutica, y que no quiten dinero de los impuestos a la gente para mi sueldo. Mi trabajo consiste en preparar a un alumno para su futuro laboral, sí, pero esa es solo una de las funciones que me encomienda la Ley Orgánica de Educación. También tengo el deber de enseñarles a ser ciudadanos y de desarrollarlos intelectualmente. Si la reflexión sobre el lenguaje mediante el análisis sintáctico —por poner un ejemplo que compete a mi área del conocimiento— crea conexiones en el cerebro que los harán más inteligentes, eso no solamente les ayudará a desempeñar en el futuro su trabajo, cualquiera que sea, de manera más eficiente: también les ayuda a ser más ciudadanos y menos miembros de una tribu que a falta de taparrabos y pinturas en la cara se rapen la cabeza y vayan buscando la tribu enemiga entre los inmigrantes que duermen en las calles.

El alumno que me preguntó esto ayer tiene muy claro, a los quince años, que quiere ser ingeniero agrónomo. Por eso no entendía que le contase qué era una palabra patrimonial, qué un cultismo y qué un doblete. Después de alabar su pronta decisión y buen gusto, ya que me parece una elección acertada e interesantísima, le pregunté yo algo. Imagínese que, cuando usted sea mayor —no tuteo a mis alumnos—, se ha convertido en ingeniero agrónomo. Y que consigue un buen trabajo. Y que trabaja en su misma empresa otro ingeniero agrónomo, igual de inteligente que usted, que ha sacado las mismas notas en la carrera, gana lo mismo y desempeña su oficio con la misma eficacia. Solo hay una diferencia entre los dos. De los dos, usted sabe lo que es un doblete, un cultismo, un complemento predicativo, la razón áurea, la sucesión de Fibonacci, entiende la Teoría de la relatividad especial y el mito de la caverna de Platón, sabe qué pueblos habitaban en la península ibérica antes de la llegada de los romanos y por qué el agua y el aceite no se mezclan y conoce el nombre de las tres estrellas más cercanas a nuestro sistema solar. ¿Qué persona cree que tiene más valor en una sociedad? ¿A qué persona preferiría usted para cualquier cosa, ya sea para irse de vacaciones, tener una simple conversación, o, si depende de usted, para contratarlo para su empresa, sabiendo que los dos son iguales de válidos, solo que uno de ellos es más culto? Solo lo pensó un par de segundos, y en seguida, creo que sin saber muy bien por qué, respondió que prefería a la persona más culta. Sabiendo que los dos saben lo mismo de su ámbito de trabajo, de alguna manera intuyó que la persona más culta era más válida, que, posiblemente, en algún momento de su vida, algo de aquel conocimiento inútil tendría algún valor, o quizás, simplemente, pensó que sería más interesante o incluso rentable un trabajador, un ciudadano, culto que uno tan ignorante que es experto en lo suyo y no sabe nada más.

Y lo mejor de todo es que, al final, respondió él mismo a su pregunta. Descubrió algo por sí mismo, y yo sólo tuve que hacerle la pregunta adecuada. Y la cara que se le quedó, que es la que se le queda a uno cuando repentinamente se da cuenta de algo que hasta entonces había pasado por alto, bien valió mi rebaja de sueldo de hace un par de meses. La de ese día nada más, que tampoco está la cosa para tirar cohetes.

7 comentarios en “¿Y eso para qué me sirve?”

  • # ¿Y eso para qué me sirve? dice:
    18 de October de 2010 a las 18:11

    […] ¿Y eso para qué me sirve? lalengua.info/2010/10/%C2%BFy-eso-para-que-me-sirve/  por JBB hace 3 segundos […]

  • # Javier Martínez dice:
    18 de October de 2010 a las 18:35

    ¿Y qué pasa cuando el sistema lo que quiere es formar a expertos en una determinada área que cumplan competentemente una función pero desentiendan del resto?

    ¿Y por qué es más importante el análisis sintáctico y el estructuralismo a aprender (hablamos de Educación Obligatoria) juego dramático o el desarrollo de la competencia comunicativa convirtiendo el aula en una piscina de lengua?

    Pero bueno, uno poco puede hacer contra la propaganda liberal que todo lo inunda, si la escuela hiciera bien su trabajo serían los niños los que se interesasen por todo conocimiento en lugar de verlo como algo ingrato. Pero claro, ese es un largo debate.

  • # pitufo dice:
    19 de October de 2010 a las 11:00

    Muy buen post, yo también respondo a menudo a esa pregunta de los alumnos y creo que tienen derecho a saber que lo que estudian tiene algún sentido

  • # Johan dice:
    19 de October de 2010 a las 18:45

    hombre, lo de que contemplar trazos de Leonardo no cuesta nada… No has estado últimamente por Italia, verdad?

    Ahora en serio, muy buen artículo, como casi todo lo que escribes. Me pareces una persona sensata que no es poco.

  • # qwe dice:
    22 de October de 2010 a las 21:20

    Me parece horrible que solo mediante la escuela una persona pueda aprender sobre el mundo ¿tanto miedo a que ellos aprendan por si mismo?

  • # BEATRICCE dice:
    23 de October de 2010 a las 23:06

    Acabo de encontrarme por casualidad con esta página,buscando cosillas para mis chicos,mis pequeños lobeznos con piel de cordero,muchos de ellos. Me ha gustado tu artículo,es curioso como no hace mucho me preguntaba un licenciado,profesor de matemáticas, que quien era un pintor muy ilustre que hasta me da verguenza decirlo,mucho cariño le tengo a mi querido amigo,pero por qué le pasa esto,pue muy fácil,solo se ha centrado en sus estudios y en su especialidad requerida, ha sacado su plaza como profe(ya es un funcionario servil y tocado por la mano de Dios) pero y el mundo que está ahí, fuera de sus manuales y mamotretos,ese mundo se llama CULTURA,CULTURA adquirida FUERA DEL AULA, DEL LIBRO DE TEXTO, no quiero decir con eso que no se deba formar adecuada y correctamente en cada materia a los alumnos , y para ello estamos nosotros, pero estamos para algo más……….y que razón tienen y teniamos nosotros de adolescentes cuando preguntábamos la famosa frase: Y ¿ESTO PARA QUÉ NOS SERVIRÁ EN UN FUTURO? padres,casas, bibliotecas,amigos, viajes, televisión,libros,teatros,conciertos,viajes.aha ya lo he dicho,me sale la vena de extracurriculares, enfin, que encantada y nos hablamos. saludos

  • # Dave dice:
    10 de November de 2010 a las 16:44

    Me parece genial tu contestación, y me gustaría discernir un poco sobre el tema, y es que solo puedo hacer eso, intentar pensar humildemente, pues también elegí una Filología.

    Aunque suene a barbaridad, creo que en el sistema español debería darse lugar un lavado entero de imagen, una vuelta de tuerca total, y es que en los colegios, en los institutos, e incluso en las universidades (quizá en las que más), NO nos enseñan nada! Teoría, teoría, y más teoría, y ninguna aplicación práctica, ningún intento de discernir, de evaluar y valorar el tesoro que es pensar. ¿Estos son los estudiantes mejor formados de todos los tiempos?

    Un ejemplo: en mi clase somos alrededor de 80 alumnos, Filología Inglesa. Los Martes tenemos clases con una lectora nativa (un auténtico crímen que solo sea una hora a la semana), y durante esa ínfima hora, de esa masa de alumnado, el último Martes solo hablaron y trataron de debatir 3 personas y un servidor. ¡Y una de ellas era nativo afianzado en España! ¿Qué ocurre aquí? ¿Qué hacen todos esos chavales en Filología, si la literatura les aburre y no son capaces de mover los labios y saludar en inglés?

    Estamos en el siglo XXI, tenemos Internet, millones de libros, de información, de funcionarios, de opciones, y, todo el inglés que he aprendido ha sido gracias a mi pura iniciativa, a entablar conversación con extranjeros, a buscar amigos británicos, a perder el miedo e intentar ser cada vez mejor. Pero eso no me lo ha enseñado nadie. En ninguna asignatura.

    No quiero ni imaginarme qué pasaría si yo encima fuese tímido, pesimista y derrotista (y ojo, coo todo el mundo, tengo muchos problemas, y algunos de salud graves) ¿Dónde puñetas estaría en ese caso? ¿Qué sabría del idioma y su cultura, de la vida en general?

    Está claro que aquí falla algo. Preferiría dar dos y tres pasos hacia atrás y recibir exclusivamente clases de “cómo ser mejor persona, evolucionar y aprender a dar lo mejor de tí mismo” durante el tiempo que hiciese falta, para más tarde, una vez formado, dar un paso de gigante y comerme el mundo.

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