Ars longa, vita brevis

Perspectiva

26 de September de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla, el domingo, 26 de septiembre de 2010.

Perspectiva

Casi todo adquiere un color distinto si se observa con la suficiente perspectiva. O, más que perspectiva, lo que Nabokov llamaba, en su inmortal Lolita, distancia focal: cuando miramos los hechos históricos con una relación apropiada entre su cercanía y su lejanía, adquieren significados nuevos. El hecho de que en el mundo antiguo, hace un par de milenios, existiese la esclavitud como parte fundamental del sistema económico mundial hoy nos parece una curiosidad histórica. El que, dos mil años después, nos enteremos de que existen aún los esclavos en este mundo, en este continente y en este país, nos llena de vergüenza (aunque no tanto como debería).

Si pensamos en los derechos de los que gozaba —es un decir— un trabajador hace ciento cincuenta años, y los comparamos con los de hoy, no tenemos más remedio que pensar que hemos avanzado muchísimo. ¿Seguridad Social? ¿Vacaciones pagadas? ¿Subsidio por desempleo o enfermedad? ¿Derecho a la huelga? Quimeras. En 2010 pensamos que todos esos derechos están asegurados, y hoy por hoy, con matices, lo están. También podemos fijarnos en otros aspectos. Nos horrorizamos cuando vemos las consecuencias de las guerras en televisión (más que nada, porque ahora estas consecuencias se nos muestran en forma de imágenes, engañosas pero impactantes). Sin embargo, es posible que el mundo en que vivimos nunca haya sido tan pacífico como en la actualidad. El hambre al que somos inmunes, y no me refiero a que Occidente ya no sufra sus efectos, sino a la indiferencia que nos producen las imágenes de los niños de vientres abultados, es una insignificancia comparado con la que asolaba la Tierra hace doscientos años. Las epidemias no son ya algo que nos aterre. La llamada gripe española acabó con la vida de entre 25 y 100 millones de personas en el primer cuarto del siglo pasado. A principios del siglo XXI, y por mucho afán que tengan los medios de comunicación en que pensemos que el fin del mundo está un par de calles más allá, no hay pandemia que pueda asustarnos más que cinco minutos (calculo que las tres últimas pandemias con las que la televisión nos ha asustado, la gripe porcina, la aviar y la enfermedad de las vacas locas, han matado en todos sus años de existencia menos personas que la gripe estacionaria en un solo año). Para comprobar con datos fríos lo que el mundo ha mejorado en términos de hambre, enfermedad y esperanza de vida, recomiendo consultar la web Gapminder (www.gapminder.org), de la fundación del mismo nombre fundada por el médico sueco Hans Rosling.

No tenemos más remedio, a la luz de estos y otros muchos datos, que llevarnos las manos a la cabeza con gesto de más o menos preparada sorpresa y exclamar: ¡Hay que ver lo que hemos avanzado! Nuestro mundo es más pacífico, sano, longevo y menos hambriento que el que heredaron nuestros abuelos. No hay discusión en este asunto. Solo algunos paranoicos, como el que escribe estas líneas, piensan que hay aspectos de la vida humana en los que estamos retrocediendo, como en el gusto del hombre por la libertad. Sin embargo, ya se sabe que los seres humanos siempre han gustado de canjear su libertad por cierto nivel de seguridad y tranquilidad, aunque, como es sabido, el que hace eso no es merecedor de una cosa ni de la otra. No obstante, si a la gente le parece bien que le bajen los pantalones en el control de seguridad de un aeropuerto, para defenderla de los millones de terroristas que campan a sus anchas por el mundo —ya se sabe que hoy en día hace falta bien poco para ser considerado un adalid del terror; basta llevar una camiseta con un mensaje anti sistema, o una botella de más de 100 ml. de esa arma de destrucción masiva que conocemos como agua—, no tengo mucho que objetar: me pliego al gusto de la mayoría, en virtud de mi respeto por las leyes.

Pero si cerramos un poco el foco de la perspectiva, veremos que las cosas, quizá, no pinten tan bien. Desde los atentados del World Trade Center hasta ahora, la paranoia se ha apoderado de casi todas las mentes, y el miedo a que algún loco de oscura piel y extraño lenguaje dirija un avión hacia el edificio en que consumimos nuestras horas de trabajo ha hecho que, de buena gana, aceptemos entregar gran parte de lo conseguido los últimos doscientos años en aras de vivir más tranquilos. En los Estados Unidos comenzaron aprobando el Patriot Act, mediante el cual su territorio se convertía prácticamente en un campo en estado de sitio permanente. Y esta psicosis se extendió con rapidez por casi todo el mundo. Recordemos al brasileño al que acribillaron en el metro de Londres por no detenerse ante el requerimiento de un policía. Tenemos decenas de historias similares para contar: basta rastrear un poco la hemeroteca. Con el Patriot Act se colaron más pensamientos propios de lo que en España llamamos liberalismo, aunque en los EUA este vocablo tenga un significado totalmente opuesto. Los mismos que defendían que más vale un inocente sospechoso muerto (o, incluso, no solo un sospechoso, sino todo un país, siempre que esté habitado por sucios salvajes de religión impía) que un terrorista vivo, defienden también un mundo en que el capital, el comercio, ese dios benévolo y justo, campe a sus anchas por estos mundos dejados de la mano del otro dios. La gente comenzó a consumir en masa esos think tanks en los que, entre susto terrorista y susto terrorista, te metían con calzador las bondades de la libertad de mercado. Y entonces las cosas comenzaron a empeorar.

Sigamos cerrando el foco y observemos los cambios que ha habido en la economía estos últimos años. Este mercado mundial, más libre que nunca, en que una empresa española puede contratar a sus esclavos en países donde las leyes permitan sueldos indignos y derechos inexistentes, nos ha llevado a una crisis económica de la que ni los más viejos recuerdan parangón. Los antiguos decían que la misma sustancia, en cantidades distintas, puede ser medicina o veneno. El remedio que el mercado ha encontrado para la crisis es una sobredosis de lo mismo: más crédito insolvente —esta vez, con las entidades financieras como destinatarios—, salarios más bajos, despido más barato, menos derechos laborales. Los que defienden esto están instalados en la práctica totalidad de la sociedad: partidos conservadores, partidos progresistas (según su propia denominación), asociaciones de empresarios, medios de comunicación, bien y malpensantes columnistas. Desde las páginas de El País, hace unos meses, alguna lumbrera defendía la idea de que los funcionarios y su seguridad laboral eran un anacronismo. ¡El diario de izquierdas por excelencia! Casi todo el mundo echa pestes, hoy, de los sindicalistas, que su responsabilidad tienen en su mala prensa, no lo discuto, pero que no dejan de ser un mal menor y necesario. Cuando no haya sindicatos, ni tan siquiera estos mayoritarios que bailan el agua a nuestro ultraconservador Gobierno del PSOE, ¿quién dirá que todavía podemos avanzar en medidas sociales? ¿Quién pedirá que las medidas económicas se tomen pensando en el trabajador, y no en las corporaciones bancarias?

Si pensamos en los datos de nuestro país hace solo quince años, veremos un paraíso donde, en su momento, veíamos un paraje desolador. En 2010 cobramos menos, tenemos mucho más desempleo y menos tiempo de subsidio, despido más barato, bajada de sueldos de funcionarios, todo, además, aderezado con la salsa de los beneficios históricos de empresas de crédito, telecomunicaciones y textiles. Y esto por no hablar de la inflación que nos colaron con el euro, esta infeliz idea de neoliberales que ha servido únicamente para que los mismos de siempre se sigan enriqueciendo mientras el ciudadano ha visto una subida de precios cercana al 100% en casi todos los productos de consumo.

Cuestión de perspectiva. Si miramos al mundo hace doscientos años, no tenemos más remedio que enorgullecernos de la lucha que llevaron a cabo los trabajadores de antaño para conseguir los derechos de los que gozamos hoy. ¿Qué pensarán de nosotros nuestros nietos, cuando miren al mundo de hoy y piensen en lo que han ganado o perdido? Quiero creer que llegarán a pensar que también fuimos dignos de su orgullo.

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