Ars longa, vita brevis

Basura

19 de September de 2010

Este artículo ha sido publicado en El Telegrama de Melilla el domingo 19 de septiembre de 2010. Por cierto, antes de ayer fue el día de Melilla, ¡felicidades a mis paisanos!

Basura

El escritor polaco Stanislav Lem, fallecido en 2006, apuntaba en uno de sus relatos la idea de que el grado de avance tecnológico de una civilización cualquiera, una vez alcanzada la era espacial, podía medirse por la cantidad de «chatarra espacial» que se observase orbitando alrededor de su planeta de origen.

En general, siempre he pensado que la basura, la cantidad que producimos, la forma en que la tratamos y el uso que le damos nos habla de muchas cosas si uno se detiene un par de minutos a reflexionar. Pero no voy a hablar hoy sobre la televisión, sino sobre la basura no metafórica, la real, los desechos de los que nos libramos porque ya no nos sirven. Melilla es un campo privilegiado para ello. Desde que tengo uso de razón he visto, como supongo que todos mis paisanos, gente hurgando en los contenedores de basura buscando algo que le fuera de utilidad. Han sido siempre, creo, ciudadanos marroquíes, buscando algún tesoro entre lo que nosotros consideramos que no sirve ni para calzar muebles.

Como les sucede a los parisienses que nunca han visitado la torre Eiffel, parece que los melillenses hemos desarrollado una insensibilidad hacia este fenómeno. Nunca nos ha llamado la atención, nunca nos hemos parado un instante a pensar y a expresar con palabras llanas el espectáculo que teníamos ante los ojos: un ser humano idéntico a nosotros, salvando las despreciables diferencias de color de piel, idioma o religión —o, incluso, sin necesidad de hacerlo, si el melillense que lo ve coincide con el hurgador en estos aspectos—, busca en lo que nosotros tiramos algo que le sirva para sobrevivir. Lamentablemente, la crisis en que nos han metido empresas y políticos ha hecho que este espectáculo sea frecuente incluso en la Península, donde supongo que no estaban acostumbrados a ello. Tal vez allí les llame más la atención, aquí es nuestro pan diario.

Intentemos, brevemente, darnos cuenta del hecho con expresiones claras y frías, a ver si descubrimos algo, como si estuviésemos enseñando a un francés los metros que mide la famosa torre de su capital, o como si contásemos a un melillense la historia del bonito faro del pueblo.

Cientos de personas buscan diariamente en nuestros contenedores de basura algo a lo que sacar provecho. Esto nos indica claramente que lo normal es que lo consigan; si no fuese así, haría tiempo que esto no pasaría. Así que nos encontramos con la certeza de que todos los días tiramos a la basura cosas que sirven, o al menos que sirven a alguien. Dado que una persona, cualquiera que sea su nacionalidad, credo o color de piel, es una persona exacta a nosotros, con sus brazos, piernas y aparato digestivo, hemos de admitir que lo que les sirve a ellos podría servirnos a nosotros: por pobre que sea, por mucho que, al contemplar su suciedad hagamos como si no lo viéramos, una persona sigue siendo una persona, y no una rata o un cuervo que pueda alimentarse de lo que a nosotros pueda resultar indigesto. Tenemos, pues, la certeza de que nos desprendemos de objetos y alimentos cuando aún no los hemos consumido del todo. Es como si todos los días comprásemos dos barras de pan, las cortásemos por la mitad, y tirásemos una mitad de cada una a la bolsa negra de plástico. No importa mucho si se trata de ropa pasada de moda, una impresora que ha dejado de imprimir o un equipo de música para reproducir cintas de casete. A lo que voy es a que lo que tiramos aún puede funcionar, no está estropeado, no es desecho, no son cáscaras de plátano ni los vidrios rotos que ayer conformaban un plato. Dicho esto, lo normal sería pensar que vivimos en la opulencia, y que toda la sociedad melillense es tan rica que necesita desprenderse todos los días de parte de la riqueza que le sobra, porque literalmente no le cabe en casa. Sin embargo, y a pesar de que la crisis no ha sacudido nuestra pequeña ciudad como lo ha hecho con casi todo el resto del país, todos sabemos que no es así. Imagino que la mayoría de quienes estén leyendo esto pensarán que tienen dificultades para acabar el mes, o, al menos, que no habrán podido comprarse el caprichito que querían, o que estas vacaciones no han tenido más remedio que quedarse en el mismo continente… o en la misma ciudad.

Es cierto que viviendo en nuestra sociedad nos vemos en la obligación de comprar, y nos entregamos a esta actividad como si fuese necesaria para nuestra supervivencia, algo como comer o respirar. No hablo solo de comida, aunque es cierto que todo el mundo ha tirado yogures caducados o pan que, por no haber sido consumido en sus días, ha adquirido un desagradable borde verdoso. Hablo también del teléfono móvil que arrumbamos en un cajón porque han sacado otro que hace no sé qué cosa que usaremos durante dos días y luego olvidaremos, y que para fabricarlo ha costado unas cuantas muertes en la parte más negra de África (en realidad, esas unas cuantas son, según algunas estimaciones, más de cuatro millones y medio desde 1998 en el Congo, amén de violaciones, mutilaciones y éxodos masivos de personas que acaban padeciendo penurias; busquen información sobre el coltán). Supongo que ese 20% de tamaño y peso menor y la capacidad de enviar, pongamos, mensajes con vídeo, bien valen la vida de cuatro o cinco millones de negros que, total, son muchos, muy parecidos, y además no los vamos a ver en nuestra vida. Y hablo de la ropa que necesitarían muchos otros seres humanos que se mueren de frío, y que metemos en una bolsa y tiramos, y acaba quemada, porque esta temporada no se lleva.

Pensar dos veces sobre si lo que estamos a punto de tirar es en realidad basura o es algo útil no es solo un ejercicio de buena economía doméstica, sino también de dignidad humana. Todo lo que vemos a nuestro alrededor ha costado mucho. La huella ecológica de la que ahora se habla tanto es algo real. Y la huella social, de la que no queremos hablar, también. El bolígrafo o la botella de agua que están viendo ustedes ahora mismo ha llegado ahí, seguro, después de la tala de algún bosque o de la quema de unos cuantos litros de combustible obtenido a costa de guerras y violaciones de derechos humanos. El hombre no puede renunciar a la comodidad alcanzada con el progreso de la técnica, pero debemos asumir la responsabilidad de desarrollar un progreso ético y social parejo. No vale la excusa de que, si no tiramos cosas a la basura, nuestros vecinos pobres no tendrían qué comer; si de verdad lo hacemos por eso —excusa tan enclenque como falsa—, hay otras maneras más dignas y efectivas de ejercer nuestra responsabilidad hacia nuestros congéneres.

Soy consciente de que Repsol, Inditex, General Motors, el Grupo Santander y los políticos cuyos hilos mueven estas corporaciones necesitan que sigamos arrojando a la basura cosas que aún sirven para comprarles las cosas nuevas que quieren vendernos para hacerse más ricos y aumentar las desigualdades sociales en nuestro país y en el resto del mundo. Si actuásemos con algo más de raciocinio en el momento de abrir el cubo de la basura, quizás podríamos ponerlos en un aprieto. No se me ocurre manera más hermosa de matar, esta vez sí, metafóricamente, dos pájaros de un solo tiro.

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