Ars longa, vita brevis

Huelga decirlo

29 de September de 2010

Ayer, en los primeros cinco minutos de clase, intenté explicar a mis alumnos por qué iba a acudir a la huelga general convocada para hoy. No les di un mitin ni nada, no me parece ético. Solamente les expliqué mis razones y a continuación les dije que ir a trabajar era un derecho tan sagrado como mi derecho a la huelga, y allá cada cual con su decisión. Sé que no estaba obligado a dar explicaciones, pero yo hago huelga contra unas decisiones del Gobierno, no contra mis alumnos, que no tienen culpa de nada, así que me pareció que la dignidad exigía que les informara de por qué iban a perder una de mis clases. Ellos estaban encantados, especialmente los que tenían clase conmigo a primera y a última hora. Pero cuando oyeron los motivos que hay para esta huelga, vi que sus caras iban cambiando de la alegría a la inquietud.

Al principio no entendí por qué se preocupaban. Cuando yo era estudiante, nada podía quitarme la alegría de librarme de un día de clase, ya fuera por huelga, temporal, terremoto o invasión alienígena. Pero creo que luego lo comprendí. Y creo que pensé lo mismo que ellos.

Cuando ellos tengan mi edad —y se acordarán de cuando tenían 17, ya que yo aún me acuerdo— y algunos, Dios no lo quiera, sean profesores… ¿qué motivos para hacer huelga explicarán a los alumnos? Cuando yo estaba sentado en esas sillas verdes, no se le pasaba por la cabeza a nadie que nos obligaran a trabajar hasta los 67 años, que recortaran pensiones, que bajasen los sueldos de los funcionarios, y que además los tontos pidan que nuestro trabajo deje de estar medianamente asegurado, que llegásemos a los 5 millones de parados, 5 millones, permitidme que lo repita, que prestasen nuestro dinero a los bancos para que concedieran créditos —cosa que no han hecho—, que en la mayor crisis económica de nuestra democracia no haya arrestos suficientes para tocar los impuestos de los que más tienen (no, no los don Pelanas que cobran más de 100.000 euros al año, sino las verdaderas grandes fortunas del país), que fuese tan sumamente fácil poner a un trabajador de patitas en la puñetera calle. En el país se hicieron varias huelgas generales, y eso que ni en la mayor de las pesadillas se imaginaba nadie que las cosas iban a estar tan mal.

Me da miedo que, cuando mis alumnos sean profesores, tengan que explicar a sus alumnos: «Mañana voy a la huelga para que no reduzcan la indemnización por despido de 20 a 5 días; para que no rebajen las pensiones; para que no vuelvan a bajar los impuestos a las grandes fortunas; para que no se privaticen por completo la educación y la sanidad; para que no aumenten la edad de jubilación hasta los 70 años…». Me da miedo, pero no me parece nada improbable. Todo lo que pueda hacer para que eso no suceda, lo haré, incluido hacer huelga. Cuando, dentro de otros 17 años, haya 10 —diez— millones de parados y para pagar las pensiones, en lugar de obligar al Santander a pagar más impuestos, me rebajen el sueldo a mí y las pensiones a las ancianas, yo, al menos, podré decir que intenté impedir que llegáramos a eso.

Pero nada, el tema del día es criticar a los piquetes y a los sindicatos. Como si las medidas no nos afectaran, como si fuesen a producirse en el país de Nunca Jamás. Pues eso, todo el mundo calladito y trabajando, y en las generales, ya sabéis, votad a los mismos dos de siempre.

Perspectiva

26 de September de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla, el domingo, 26 de septiembre de 2010.

Perspectiva

Casi todo adquiere un color distinto si se observa con la suficiente perspectiva. O, más que perspectiva, lo que Nabokov llamaba, en su inmortal Lolita, distancia focal: cuando miramos los hechos históricos con una relación apropiada entre su cercanía y su lejanía, adquieren significados nuevos. El hecho de que en el mundo antiguo, hace un par de milenios, existiese la esclavitud como parte fundamental del sistema económico mundial hoy nos parece una curiosidad histórica. El que, dos mil años después, nos enteremos de que existen aún los esclavos en este mundo, en este continente y en este país, nos llena de vergüenza (aunque no tanto como debería).

Si pensamos en los derechos de los que gozaba —es un decir— un trabajador hace ciento cincuenta años, y los comparamos con los de hoy, no tenemos más remedio que pensar que hemos avanzado muchísimo. ¿Seguridad Social? ¿Vacaciones pagadas? ¿Subsidio por desempleo o enfermedad? ¿Derecho a la huelga? Quimeras. En 2010 pensamos que todos esos derechos están asegurados, y hoy por hoy, con matices, lo están. También podemos fijarnos en otros aspectos. Nos horrorizamos cuando vemos las consecuencias de las guerras en televisión (más que nada, porque ahora estas consecuencias se nos muestran en forma de imágenes, engañosas pero impactantes). Sin embargo, es posible que el mundo en que vivimos nunca haya sido tan pacífico como en la actualidad. El hambre al que somos inmunes, y no me refiero a que Occidente ya no sufra sus efectos, sino a la indiferencia que nos producen las imágenes de los niños de vientres abultados, es una insignificancia comparado con la que asolaba la Tierra hace doscientos años. Las epidemias no son ya algo que nos aterre. La llamada gripe española acabó con la vida de entre 25 y 100 millones de personas en el primer cuarto del siglo pasado. A principios del siglo XXI, y por mucho afán que tengan los medios de comunicación en que pensemos que el fin del mundo está un par de calles más allá, no hay pandemia que pueda asustarnos más que cinco minutos (calculo que las tres últimas pandemias con las que la televisión nos ha asustado, la gripe porcina, la aviar y la enfermedad de las vacas locas, han matado en todos sus años de existencia menos personas que la gripe estacionaria en un solo año). Para comprobar con datos fríos lo que el mundo ha mejorado en términos de hambre, enfermedad y esperanza de vida, recomiendo consultar la web Gapminder (www.gapminder.org), de la fundación del mismo nombre fundada por el médico sueco Hans Rosling.

No tenemos más remedio, a la luz de estos y otros muchos datos, que llevarnos las manos a la cabeza con gesto de más o menos preparada sorpresa y exclamar: ¡Hay que ver lo que hemos avanzado! Nuestro mundo es más pacífico, sano, longevo y menos hambriento que el que heredaron nuestros abuelos. No hay discusión en este asunto. Solo algunos paranoicos, como el que escribe estas líneas, piensan que hay aspectos de la vida humana en los que estamos retrocediendo, como en el gusto del hombre por la libertad. Sin embargo, ya se sabe que los seres humanos siempre han gustado de canjear su libertad por cierto nivel de seguridad y tranquilidad, aunque, como es sabido, el que hace eso no es merecedor de una cosa ni de la otra. No obstante, si a la gente le parece bien que le bajen los pantalones en el control de seguridad de un aeropuerto, para defenderla de los millones de terroristas que campan a sus anchas por el mundo —ya se sabe que hoy en día hace falta bien poco para ser considerado un adalid del terror; basta llevar una camiseta con un mensaje anti sistema, o una botella de más de 100 ml. de esa arma de destrucción masiva que conocemos como agua—, no tengo mucho que objetar: me pliego al gusto de la mayoría, en virtud de mi respeto por las leyes.

Pero si cerramos un poco el foco de la perspectiva, veremos que las cosas, quizá, no pinten tan bien. Desde los atentados del World Trade Center hasta ahora, la paranoia se ha apoderado de casi todas las mentes, y el miedo a que algún loco de oscura piel y extraño lenguaje dirija un avión hacia el edificio en que consumimos nuestras horas de trabajo ha hecho que, de buena gana, aceptemos entregar gran parte de lo conseguido los últimos doscientos años en aras de vivir más tranquilos. En los Estados Unidos comenzaron aprobando el Patriot Act, mediante el cual su territorio se convertía prácticamente en un campo en estado de sitio permanente. Y esta psicosis se extendió con rapidez por casi todo el mundo. Recordemos al brasileño al que acribillaron en el metro de Londres por no detenerse ante el requerimiento de un policía. Tenemos decenas de historias similares para contar: basta rastrear un poco la hemeroteca. Con el Patriot Act se colaron más pensamientos propios de lo que en España llamamos liberalismo, aunque en los EUA este vocablo tenga un significado totalmente opuesto. Los mismos que defendían que más vale un inocente sospechoso muerto (o, incluso, no solo un sospechoso, sino todo un país, siempre que esté habitado por sucios salvajes de religión impía) que un terrorista vivo, defienden también un mundo en que el capital, el comercio, ese dios benévolo y justo, campe a sus anchas por estos mundos dejados de la mano del otro dios. La gente comenzó a consumir en masa esos think tanks en los que, entre susto terrorista y susto terrorista, te metían con calzador las bondades de la libertad de mercado. Y entonces las cosas comenzaron a empeorar.

Sigamos cerrando el foco y observemos los cambios que ha habido en la economía estos últimos años. Este mercado mundial, más libre que nunca, en que una empresa española puede contratar a sus esclavos en países donde las leyes permitan sueldos indignos y derechos inexistentes, nos ha llevado a una crisis económica de la que ni los más viejos recuerdan parangón. Los antiguos decían que la misma sustancia, en cantidades distintas, puede ser medicina o veneno. El remedio que el mercado ha encontrado para la crisis es una sobredosis de lo mismo: más crédito insolvente —esta vez, con las entidades financieras como destinatarios—, salarios más bajos, despido más barato, menos derechos laborales. Los que defienden esto están instalados en la práctica totalidad de la sociedad: partidos conservadores, partidos progresistas (según su propia denominación), asociaciones de empresarios, medios de comunicación, bien y malpensantes columnistas. Desde las páginas de El País, hace unos meses, alguna lumbrera defendía la idea de que los funcionarios y su seguridad laboral eran un anacronismo. ¡El diario de izquierdas por excelencia! Casi todo el mundo echa pestes, hoy, de los sindicalistas, que su responsabilidad tienen en su mala prensa, no lo discuto, pero que no dejan de ser un mal menor y necesario. Cuando no haya sindicatos, ni tan siquiera estos mayoritarios que bailan el agua a nuestro ultraconservador Gobierno del PSOE, ¿quién dirá que todavía podemos avanzar en medidas sociales? ¿Quién pedirá que las medidas económicas se tomen pensando en el trabajador, y no en las corporaciones bancarias?

Si pensamos en los datos de nuestro país hace solo quince años, veremos un paraíso donde, en su momento, veíamos un paraje desolador. En 2010 cobramos menos, tenemos mucho más desempleo y menos tiempo de subsidio, despido más barato, bajada de sueldos de funcionarios, todo, además, aderezado con la salsa de los beneficios históricos de empresas de crédito, telecomunicaciones y textiles. Y esto por no hablar de la inflación que nos colaron con el euro, esta infeliz idea de neoliberales que ha servido únicamente para que los mismos de siempre se sigan enriqueciendo mientras el ciudadano ha visto una subida de precios cercana al 100% en casi todos los productos de consumo.

Cuestión de perspectiva. Si miramos al mundo hace doscientos años, no tenemos más remedio que enorgullecernos de la lucha que llevaron a cabo los trabajadores de antaño para conseguir los derechos de los que gozamos hoy. ¿Qué pensarán de nosotros nuestros nietos, cuando miren al mundo de hoy y piensen en lo que han ganado o perdido? Quiero creer que llegarán a pensar que también fuimos dignos de su orgullo.

Huelga general, ¿por qué?

23 de September de 2010

Por una razón muy sencilla: es una de las últimas oportunidades que tenéis de hacer huelga. Así que, aunque no creáis en los motivos, aunque no crean en ella ni los sindicatos, aunque todos los medios de comunicación nos estén machacando diariamente con sus encuestas que dicen que no van a hacerla ni los liberados, deberíamos acudir todos a la huelga.

En el futuro, nuestros hijos estudiarán en los libros que los trabajadores del siglo XX y principios del XXI tenían un derecho que consistía en provocar pérdidas en las empresas y en las arcas del Estado para propiciar la mejora de sus condiciones, o evitar el empeoramiento de estas. Ya que los trabajadores no tienen la fuerza del dinero de su parte (está en manos de otros) ni tampoco la fuerza de la Ley (es propicia a otros, siempre los mismos, que son quienes las han escrito), cuentan únicamente con la fuerza del número. La unión hace la fuerza: un solo trabajador pidiendo que se respeten sus derechos es el hazmerreír de empresas, políticos, jueces y medios de comunicación. Diez millones de trabajadores: eso ya es otra cosa.

Sería bonito que, en este hipotético aunque probable futuro, pudiésemos decir a nuestros hijos o nietos: «yo una vez hice huelga, cuando se podía».

Ya nos han convencido a todos de que lo mejor para el trabajador es que el mercado goce de máxima libertad. Lo dicen los medios y partidos conservadores, los que van por la vida de izquierdistas y nuestra Europa social. Si la deriva económica liberal de nuestro país en los últimos veinte años ha multiplicado el número de parados por tres, la solución es que hagamos la economía aún más liberal.

Nos han convencido, también, de que la huelga va a ser un fracaso. No pasa un día sin que lea una encuesta en cualquier medio de comunicación que diga que el 125% de los españoles piensa ir a trabajar el día 29. Sí, da la impresión de que van a ir a currar hasta los niños y los jubilados. Da igual que sean lamebotas del PSOE o del PP: a ambos les interesa demostrar que a todos nos parece bien que nos echen a la calle sin darnos un euro. He visto un reportaje en que un periodista pedía cita en distintos comercios para el día de la huelga, y en todos le decían que no tendría problemas para ser atendido. El día 29 veré otros reportajes de algún que otro merluzo sindical echando silicona en una cerradura. Seguro que no veo ninguno de gente a la que han echado de su puesto de trabajo pagándole una miseria.

Hay que ir a la huelga por la gente que no puede ir porque no tiene trabajo.

También por los que no pueden ir porque, si van, se ganan el sambenito de conflictivos, y tendrán muchas papeletas para ir a la calle a la primera de cambio, ahora que sale tan barato.

También por los millones de españoles que cobran 600 euros mensuales, y que no podrán ir a la huelga simplemente por esta terrible razón: porque no pueden permitirse perder el dinero que les van a robar ese día (que es más que 600 dividido entre 30, por supuesto).

Y también por los idiotas que piensan que no hay motivos, por los que piensan que no serviría para nada, por los idiotas que piensan que no podemos empeorar aún más, por los idiotas que creen que los sindicatos deberían desaparecer porque —eso parecen creer— ya no podemos tener más derechos laborales, y ahora debemos perder unos pocos para ayudar a los bancos y a los políticos a que les salgan sus cuentas. También por los idiotas que tienen una columna en un periódico o un blog y que, aunque ahora den cera al Gobierno —ni ellos tienen el rostro tan duro como para defenderlo—, cuando se acerquen las elecciones pedirán que nos olvidemos de los partidos minoritarios, que seamos responsables y que volvamos a votar al partido que ha rebajado sueldos, pensiones y derechos laborales.

Pero sobre todo hay que ir a la huelga por un motivo: porque después de décadas de pérdida de derechos de los trabajadores, no me cabe duda de que también acabaremos perdiendo este derecho. Llegará un día en que la huelga no sea una forma legal de luchar. Lo estáis leyendo y no lo creéis, pero yo hace diez años tampoco habría creído que me harían quitarme los zapatos y el cinturón para entrar a un avión. Por eso hay que hacer esta huelga, aunque sea por un gesto de egoísmo romántico: para, al igual que yo puedo contar a mis alumnos que hace diez años uno podía viajar en avión sin ser despojado de dignidad, poder contar, en el futuro, que hubo un día en que los trabajadores tenían una forma de luchar por sus derechos.

La Vieja

19 de September de 2010

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Ayer, para celebrar el año 513 de la españolidad de Melilla (aniversario que fue antes de ayer, por cierto), se celebró el festival «La Vieja» con unos cuantos grupos de música locales y un par de artistas venidos de la Península. Un servidor de ustedes tuvo el honor de ser invitado para tocar un tema con la banda AV/ Pitbull, invitación que por supuesto aproveché y disfruté al máximo. Aquí tenéis las fotos que los grandes Quino López (bajista de mi grupo, Hollywoodca) y su hermano Javi sacaron del evento. Que las padezcáis lo mejor que podáis.

Basura

Este artículo ha sido publicado en El Telegrama de Melilla el domingo 19 de septiembre de 2010. Por cierto, antes de ayer fue el día de Melilla, ¡felicidades a mis paisanos!

Basura

El escritor polaco Stanislav Lem, fallecido en 2006, apuntaba en uno de sus relatos la idea de que el grado de avance tecnológico de una civilización cualquiera, una vez alcanzada la era espacial, podía medirse por la cantidad de «chatarra espacial» que se observase orbitando alrededor de su planeta de origen.

En general, siempre he pensado que la basura, la cantidad que producimos, la forma en que la tratamos y el uso que le damos nos habla de muchas cosas si uno se detiene un par de minutos a reflexionar. Pero no voy a hablar hoy sobre la televisión, sino sobre la basura no metafórica, la real, los desechos de los que nos libramos porque ya no nos sirven. Melilla es un campo privilegiado para ello. Desde que tengo uso de razón he visto, como supongo que todos mis paisanos, gente hurgando en los contenedores de basura buscando algo que le fuera de utilidad. Han sido siempre, creo, ciudadanos marroquíes, buscando algún tesoro entre lo que nosotros consideramos que no sirve ni para calzar muebles.

Como les sucede a los parisienses que nunca han visitado la torre Eiffel, parece que los melillenses hemos desarrollado una insensibilidad hacia este fenómeno. Nunca nos ha llamado la atención, nunca nos hemos parado un instante a pensar y a expresar con palabras llanas el espectáculo que teníamos ante los ojos: un ser humano idéntico a nosotros, salvando las despreciables diferencias de color de piel, idioma o religión —o, incluso, sin necesidad de hacerlo, si el melillense que lo ve coincide con el hurgador en estos aspectos—, busca en lo que nosotros tiramos algo que le sirva para sobrevivir. Lamentablemente, la crisis en que nos han metido empresas y políticos ha hecho que este espectáculo sea frecuente incluso en la Península, donde supongo que no estaban acostumbrados a ello. Tal vez allí les llame más la atención, aquí es nuestro pan diario.

Intentemos, brevemente, darnos cuenta del hecho con expresiones claras y frías, a ver si descubrimos algo, como si estuviésemos enseñando a un francés los metros que mide la famosa torre de su capital, o como si contásemos a un melillense la historia del bonito faro del pueblo.

Cientos de personas buscan diariamente en nuestros contenedores de basura algo a lo que sacar provecho. Esto nos indica claramente que lo normal es que lo consigan; si no fuese así, haría tiempo que esto no pasaría. Así que nos encontramos con la certeza de que todos los días tiramos a la basura cosas que sirven, o al menos que sirven a alguien. Dado que una persona, cualquiera que sea su nacionalidad, credo o color de piel, es una persona exacta a nosotros, con sus brazos, piernas y aparato digestivo, hemos de admitir que lo que les sirve a ellos podría servirnos a nosotros: por pobre que sea, por mucho que, al contemplar su suciedad hagamos como si no lo viéramos, una persona sigue siendo una persona, y no una rata o un cuervo que pueda alimentarse de lo que a nosotros pueda resultar indigesto. Tenemos, pues, la certeza de que nos desprendemos de objetos y alimentos cuando aún no los hemos consumido del todo. Es como si todos los días comprásemos dos barras de pan, las cortásemos por la mitad, y tirásemos una mitad de cada una a la bolsa negra de plástico. No importa mucho si se trata de ropa pasada de moda, una impresora que ha dejado de imprimir o un equipo de música para reproducir cintas de casete. A lo que voy es a que lo que tiramos aún puede funcionar, no está estropeado, no es desecho, no son cáscaras de plátano ni los vidrios rotos que ayer conformaban un plato. Dicho esto, lo normal sería pensar que vivimos en la opulencia, y que toda la sociedad melillense es tan rica que necesita desprenderse todos los días de parte de la riqueza que le sobra, porque literalmente no le cabe en casa. Sin embargo, y a pesar de que la crisis no ha sacudido nuestra pequeña ciudad como lo ha hecho con casi todo el resto del país, todos sabemos que no es así. Imagino que la mayoría de quienes estén leyendo esto pensarán que tienen dificultades para acabar el mes, o, al menos, que no habrán podido comprarse el caprichito que querían, o que estas vacaciones no han tenido más remedio que quedarse en el mismo continente… o en la misma ciudad.

Es cierto que viviendo en nuestra sociedad nos vemos en la obligación de comprar, y nos entregamos a esta actividad como si fuese necesaria para nuestra supervivencia, algo como comer o respirar. No hablo solo de comida, aunque es cierto que todo el mundo ha tirado yogures caducados o pan que, por no haber sido consumido en sus días, ha adquirido un desagradable borde verdoso. Hablo también del teléfono móvil que arrumbamos en un cajón porque han sacado otro que hace no sé qué cosa que usaremos durante dos días y luego olvidaremos, y que para fabricarlo ha costado unas cuantas muertes en la parte más negra de África (en realidad, esas unas cuantas son, según algunas estimaciones, más de cuatro millones y medio desde 1998 en el Congo, amén de violaciones, mutilaciones y éxodos masivos de personas que acaban padeciendo penurias; busquen información sobre el coltán). Supongo que ese 20% de tamaño y peso menor y la capacidad de enviar, pongamos, mensajes con vídeo, bien valen la vida de cuatro o cinco millones de negros que, total, son muchos, muy parecidos, y además no los vamos a ver en nuestra vida. Y hablo de la ropa que necesitarían muchos otros seres humanos que se mueren de frío, y que metemos en una bolsa y tiramos, y acaba quemada, porque esta temporada no se lleva.

Pensar dos veces sobre si lo que estamos a punto de tirar es en realidad basura o es algo útil no es solo un ejercicio de buena economía doméstica, sino también de dignidad humana. Todo lo que vemos a nuestro alrededor ha costado mucho. La huella ecológica de la que ahora se habla tanto es algo real. Y la huella social, de la que no queremos hablar, también. El bolígrafo o la botella de agua que están viendo ustedes ahora mismo ha llegado ahí, seguro, después de la tala de algún bosque o de la quema de unos cuantos litros de combustible obtenido a costa de guerras y violaciones de derechos humanos. El hombre no puede renunciar a la comodidad alcanzada con el progreso de la técnica, pero debemos asumir la responsabilidad de desarrollar un progreso ético y social parejo. No vale la excusa de que, si no tiramos cosas a la basura, nuestros vecinos pobres no tendrían qué comer; si de verdad lo hacemos por eso —excusa tan enclenque como falsa—, hay otras maneras más dignas y efectivas de ejercer nuestra responsabilidad hacia nuestros congéneres.

Soy consciente de que Repsol, Inditex, General Motors, el Grupo Santander y los políticos cuyos hilos mueven estas corporaciones necesitan que sigamos arrojando a la basura cosas que aún sirven para comprarles las cosas nuevas que quieren vendernos para hacerse más ricos y aumentar las desigualdades sociales en nuestro país y en el resto del mundo. Si actuásemos con algo más de raciocinio en el momento de abrir el cubo de la basura, quizás podríamos ponerlos en un aprieto. No se me ocurre manera más hermosa de matar, esta vez sí, metafóricamente, dos pájaros de un solo tiro.

Triste

16 de September de 2010

Esta tarde, viendo las noticias después de almorzar, me he quedado dormido. Cuando me he despertado he visto que estaban poniendo no sé qué programa en que unos cuantos periodistas comentaban asuntos sobre la vida de la folclórica por excelencia.

De repente me ha venido a la cabeza el pensamiento de que todos esos profesionales llevan diez, quizá quince años, ganando mucho dinero, dinero a espuertas, haciendo eso mismo. Sentándose y comentando que una señora que canta o que un tipo que salió hace siete años en un programa ha cambiado de pareja. Ganan, seguro, más que un bombero, que un profesor, que un juez, que un ministro, que el Presidente. Como dirían mis amigos de allende el Atlántico, ¿qué tan triste es eso? Y como decimos por aquí, ¿en qué país vivimos, por Dios santísimo?

Mr. Snuffles

9 de September de 2010

Uno de los juguetes que compré en Praga, en una tienda que vendía este tipo de productos tradicionales, hechos a mano. No recuerdo el nombre, aunque debo de tener por ahí el recibo.

DSC04436

Aunque no esté de moda

8 de September de 2010

Cuatro jóvenes borrachos dan una paliza a discapacitados que cuidan las termas de Ourense (sic, lo de Ourense, digo). Vía Menéame.

Mientras tanto, sigue la absurda cruzada en contra de los fumadores. En el País Vasco, ya lo habréis leído por ahí, van a prohibir que se fume al volante si dentro del vehículo viajan menores. Esto avanza. A todo el mundo le parece bien, en cualquier sitio donde un don Pelanas tenga delante un teclado, veréis gente diciendo que ya era hora, que es poco, que solo se debería permitir fumar en casa de cada uno, y a veces ni eso (entiendo que el interior de un vehículo es un espacio privado, no sé por qué no va a tener potestad el Gobierno para impedirnos fumar en nuestro domicilio). Hay quien se queja —lo he leído, lo juro— de que un profesor pueda fumar en la calle, cerca de un instituto, «a la vista de los alumnos». Lo juro también. Alumnos de esos mismos que los viernes emprenden una carrera cuya meta es el coma etílico, y que nadie pide que vaya la policía a controlarlos, aunque solo sea por su propia salud. Yo debo de vivir rodeado de gente hipercivilizada, pues jamás he visto que un adulto se ponga a fumar en un sitio cerrado delante de un niño. Pero la gente no quiere sentido común: quiere normas, prohibiciones, un manual de la vida donde otro (elegido no se sabe muy bien por quién) te diga qué te está permitido hacer y qué no.

Mientras, creo que en mi vida he oído a nadie que haya que endurecer las leyes sobre el consumo de bebidas alcohólicas. Mientras, hoy, que es fiesta, un par de millones de menores tienen resaca, y sus padres ni tan siquiera les preguntan qué hicieron anoche. Mientras, cuatro borrachos malnacidos la emprenden a golpes contra unos discapacitados, o como se diga ahora.

Quizás alguien debería, también, levantar la voz contra el consumo descerebrado de alcohol. Aunque no esté de moda.

Praga, día 3

5 de September de 2010

Paseo en barco por el Moldava

Lo primero que hicimos ese día, dado que la tarjeta de mi cámara de fotos estaba casi llena, fue buscar un tienda de Apple para ver si podía encontrar el iPad Camera Connection Kit. Al igual que en España, fue misión imposible. Espero encontrarlo antes del próximo viaje; para salir del paso, compré una nueva tarjeta de cuatro gigabytes, que no llegué a llenar. Y para recuperarme del disgusto, ¿qué mejor que esa extraña bebida que fabrican en la República Checa a base de cebada fermentada, y que llaman pivo? Después de unos traguitos y de comer algo, ya estaba de mejor humor.
(more…)

Hay que comer

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