Ars longa, vita brevis

Praga, día 2

31 de August de 2010

Plaza de Wenceslao, Museo Nacional, Reloj Astronómico, puentes y más

Autorretrato
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Praganorámica

Praga desde Petrin Park, en todo lo alto de la ciudad. Haced clic en la foto y, una vez en la página, le dais a la lupa. En la página a la que os lleve dadle a “View all sizes” para verla a una resolución de 15000 x 1959 píxeles. Espero que os guste.

Panorámica de Praga desde Petrin Park

Praga, día 1: algunos consejos

30 de August de 2010

Habitación 1606
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Llegamos sobre la una de la tarde, y lo cierto es que ese día hicimos poco: algo de descanso tras dos aviones y tres países, reconocimiento del hotel y check in, un paseo por los alrededores, comer y poco más. Hay pocas fotos de ese día. Utilizaré este post para dar algunos consejos para quien esté pensando acercarse por la capital de la República Checa. Haz clic para seguir leyendo.
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Praga, agosto de 2010

29 de August de 2010

Bandera checa

Lo prometido es deuda: vuelvo de las vacaciones con las pilas totalmente descargadas —Praga es una ciudad que parece hecha para pasear— pero con la firme intención, tras un año de bastante sequía en lo que se refiere a las letras que os he lanzado, de iniciar otra vez una publicación regular de artículos en La Lengua. Después de un año muchas cosas han cambiado. Algunas son muy personales y no os conciernen (ni creo que os divirtieran), y de otras uno no sabe qué pensar. Parece que Facebook es el nuevo Internet, del mismo modo que antes lo era Google. ¿Se siguen realmente publicando blogs interesantes? Yo, de momento, ya que tengo el dominio pagado, seguiré publicando aquí, aunque también en Facebook pegaré enlaces a los artículos que escriba.

La ciudad elegida este año para olvidar cosas ha sido Praga, capital de la República Checa y de Bohemia, la ciudad de las cien torres, la madre con garras de Franz Kafka, la gran capital adoquinada, con permiso de París, y la hermosa ciudad medieval y renacentista, con permiso de Venecia. Hay muchas cosas que ver y muchas cosas que contar del viaje. Iré publicando posts con fotografías intentando explicar aquello que sea digno de explicación. De momento, si no queréis esperar ni aguantar las palabras que vaya insertando entre las fotografías —1.299 he llegado a disparar, ahí queda eso—, aquí tenéis un enlace a las fotos que voy a ir subiendo. Supongo que tardaré uno o dos días en subirlas todas. Que las disfrutéis el 25% de lo que las he disfrutado yo: para hacerlo plenamente, deberíais ir allí. Os lo aconsejo con toda mi voluntad. Gracias por haber esperado y por seguir escribiendo lalengua.info de cuando en cuando en la barra de direcciones del navegador. A partir de ahora, posts frecuentes. Bien hallados.

I. P. Pavlova

En Praga

22 de August de 2010

Escribo esto desde la habitación de un hotel en Praga, la ciudad de las cien torres, o mil, que creo que Internet no se pone de acuerdo en esto. Decir que es una ciudad preciosa es quedarse corto, así que, si sois pacientes, dentro de unos días habrá numerosos posts con fotografías, que alguna que otra bonita nos ha salido. Y, después de un año medio tonto, tengo la intención de volver a publicar con asiduidad. Si queda algún lector de los de siempre, gracias por seguir ahí. Os escribo pronto. Besos,

Elías.

Hollywoodca Live! +

4 de August de 2010

El sábado pasado mi grupo, Hollywoodca, dio otro concierto en un local nocturno de Melilla.

Al igual que la vez anterior, Javi López, estupendo fotógrafo —y hermano de nuestro bajista, Quino— nos hizo unas fotografías dignas de la revista Rolling Stone (lástima que el grupo no esté a la altura). En este set de Flickr podéis ver algunas de ellas.

El horror

Este artículo fue publicado en el diario El Telegrama de Melilla el día 1 de agosto de 2010.

El horror

La vejez, en la naturaleza, es rarísima. Sí, hay seres muy longevos en el planeta: tenemos, en el reino vegetal, a las milenarias secoyas de Norteamérica, y más cerca, en las Canarias, a los multicentenarios dragos; en el caso de los animales, la longevidad de los reptiles es proverbial: en 2006 murió, a los 176 años, Harriet, una tortuga que se piensa que fue examinada por el mismísimo Charles Darwin en la visita a las Galápagos que le inspiró para publicar su teoría de la evolución. Se han descubierto bacterias que se piensa que pueden tener miles de años de edad, e incluso se especula con que alguna especie de estas sea, virtualmente, inmortal. Sin embargo, hablamos, en realidad, de longevidad y no de senectud. Una secoya de mil años puede estar en perfectas condiciones, tan lozana como en sus primeros años de vida. Un reptil de ciento veinte, también. De hecho, lo que explica los numerosos casos de gigantismo en los reptiles (sirvan de ejemplo las citadas tortugas de Darwin, o los casos conocidos de cocodrilos y serpientes que alcanzan casi los diez metros de longitud) es que no dejan de crecer durante toda su vida, al contrario que mamíferos y aves. Una tortuga de cien años puede estar tan fresca como usted o yo con treinta.

Si nos vamos a casos más cercanos a nuestra especie, como los mamíferos, cualquier biólogo les podrá confirmar que las edades avanzadas son muy raras. En la naturaleza impera la ley del más apto, y en cuanto a un león o un ciervo comienzan a aparecerle los achaques, lo más probable es que su supervivencia sea cada vez más precaria, hasta acabar en la aniquilación. El león es relegado a comer las sobras que dejan los felinos más jóvenes, y acaba por perecer; el ciervo es cada vez más lento, y su lentitud, que lo hace presa fácil de los depredadores, hace que contribuya, con su muerte, al bien de su especie. Parafraseando a los clásicos, dura natura, sed natura.

El caso de la especie humana es bien distinto. Los vínculos sociales y emocionales que hemos creado han sido cruciales para el desarrollo de nuestra cultura. Y esto ha propiciado que, desde antiguo, en todas las civilizaciones se haya tenido veneración por los ancianos. La gran creación humana, lo que nos ha hecho lo que somos y nos ha permitido llegar adonde hemos llegado, es el símbolo, la palabra. Esto hacía a nuestros ancianos un recurso valiosísimo. Antes de la invención de la escritura (probablemente en el IV milenio antes de nuestra era), la experiencia de los ancianos era vital para la supervivencia del clan: sabían las consecuencias probables de hechos que le sucedían al grupo y que este, por su juventud, desconocía, mientras que ellos habían vivido situaciones análogas. Incluso después de la aparición de la palabra escrita —que, de todas maneras, estaba vetada al común de los mortales— los viejos eran unos maestros formidables (sabido es que el maestro no es un mero transmisor de significados, sino sobre todo un ejemplo de experiencia). Además, la tendencia de nuestra especie a proteger al más débil, ya sea un niño, un enfermo o un anciano, ha hecho que en todos los sitios de la Tierra que ha poblado nuestra especie se haya venerado a las personas de más edad.

A esto se le une un dato importante: la inteligencia del ser humano le ha permitido burlar la temprana muerte a la que están condenados casi todos los animales cercanos a nosotros. Tenemos ingenio para superar peligros y dificultades. Audacia para buscar mejores condiciones de vida. Y ciencia para curar enfermedades. Por todo esto, el número de ancianos hoy en día sufre un espectacular crecimiento continuado. Hace tan solo mil años, podía considerarse un anciano una persona de cuarenta y cinco años, dado que poquísimas personas alcanzaban esa edad, y además quienes lo hacían no estaban en unas condiciones envidiables, a falta de una verdadera ciencia médica (¡y de dentistas!). Hoy, morirse antes de los ochenta años se considera en casi todos los países de nuestro entorno una desgracia (se considera, en general, una desgracia morirse, y es curioso: considerar mala fortuna un hecho inevitable de la vida que permite su flujo). Casi todas las muertes prematuras en nuestro país se deben a enfermedades imprevisibles o incurables, cada vez menos, o a conductas estúpidas, como fumar —ay—, conducir borracho o a altas velocidades o entregarse desenfrenadamente a los deportes de riesgo.

Resumiendo lo dicho hasta el momento: en estos tiempos la longevidad media de las personas en los países occidentales es considerable —en torno a los ochenta años—, y esto se ha conseguido burlando, o al menos trucando, a la naturaleza. Entonces, ¿a qué viene el título de este texto? ¿Por qué el horror?

El horror es la ignominiosa manera que tenemos, en occidente, de tratar a los ancianos. Manera en que demostramos, además, uno de nuestros peores defectos: el gusto por lo efímero, lo poco formado, lo inmediato, el desprecio por las cosas que duran. La sociedad de consumo nos ha desquiciado tanto que solo queremos cosas nuevas. Estamos locos por que se nos estropee el televisor TFT para comprarnos otro: ya no se llevan a reparar, como antaño. Están hechos de circuitos tan pequeños y modernos que, si se estropean, no se pueden arreglar, y tampoco reemplazar, porque han quedado obsoletos y ya no se fabrican. A un coche que tiene veinte años y sigue andando como si nada no lo llamamos un coche bueno, sino un coche viejo. No nos gusta la canción del verano pasado. Las películas en blanco y negro nos dan repelús. Intentamos evitar a los ancianos en las películas, en las televisiones, en las calles y en nuestras propias casas, mientras vestimos a adolescentes de quince años de femmes fatales en los anunciones de perfumes: las modelos, a los veintiséis años, son ya viejas para el negocio.

Además, lo queremos todo deprisa. La pizza, para dentro de veinte minutos; el crédito, instantáneo, como el Paladín a la taza; el dinero, rápido —cáncer de nuestra economía—, el sexo, a los catorce años. No tengo nada contra la pizza ni contra el sexo (aunque sí reservas hacia el dinero y los créditos), pero está claro que nuestra sociedad ha dejado de comprender que hay cosas que requieren su tiempo de cocción.

¿Dónde quedan los ancianos, los viejos, en este desquiciado mundo? Apartados. Relegados a las esquinas, porque los viejos no se suelen callar las cosas, dado lo poco que les queda en el convento, y nos escupen a la cara nuestra hipocresía. En un mundo definido por sus eufemismos, evitamos llamar viejos a los miembros más experimentados de nuestra sociedad, nombrándolos como los más mayores —terrible atentado, además, contra la gramática—, y, sin llamarlos lo que son, que es una palabra fea, los arrojamos al rincón más apartado de la mesa, al carril para vehículos lentos, al asilo. Sus opiniones no son escuchadas. Sus creencias nos provocan la risa. Sus consejos no los queremos ni para reírnos de ellos. Aceptamos con una sonrisa falsa el colgante que nos regalan, recibido, a su vez, de sus abuelos, y seguidamente lo escondemos en el rincón más recóndito de nuestro joyero. En el ejercicio más despreciable de nuestra crueldad con los ancianos, tenemos la desfachatez de culparles de las reformas laborales: deberemos trabajar hasta los 67 años porque hay demasiados ancianos, y sus exiguas pensiones son demasiado para nuestros impuestos (que son intocables, especialmente para los que pueden permitirse pagarlos).

Aquí está el horror, amigo lector. Usted, algún día, será probablemente un anciano. No solo eso. Usted desea ser un anciano, ver a sus nietos crecer y obtener un título en la universidad, contemplar las maravillas que nos esperan en el futuro. En ese momento deseará que el mundo no hubiera sido tan loco, comprenderá que sigue siendo una persona, no un mueble viejo y estorbador, querrá que se le escuche, se le acepte y se le quiera. Y, en ese momento, se dará cuenta de que ya es demasiado tarde, de que debería haber hecho lo que fuera por cambiar el mundo cuando su opinión aún contaba.

Anteriormente, en La Lengua:

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