Ars longa, vita brevis

Un mundo feliz

20 de July de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 18 de julio de 2010.

Un mundo feliz

Hace unos minutos que he apagado el televisor, por el que me he enterado de que un hombre, desaparecido desde hace cinco días, ha sido encontrado en el fondo de una fosa a la que había caído. Nada más salir, sus palabras han sido: «¿Ha ganado España el Mundial?»

No tenía pensado escribir nada sobre —contra— el fútbol, que es un espectáculo que no me mueve en absoluto en un sentido ni en otro y sobre el que tengo escasa opinión. Sin embargo, voy a hacerlo hoy porque considero que el acoso al que estamos siendo sometidos está llegando a la categoría de agresión, y la postura más razonable ante una agresión es la defensa.

Vamos a ser objetivos: el fútbol es un deporte de equipo en que se enfrentan dos grupos de once jugadores, con unas reglas más o menos claras que, sin embargo, no tienen por qué ser observadas (lo que lo hace típicamente español, ya que aquí creemos que las leyes solo deben cumplirse si nos benefician personalmente), y donde puede ganar cualquier equipo que se enfrente, sin importar la calidad objetiva o el dinero que hayan costado sus jugadores (aunque lo normal es que gane el F. C. Barcelona).

Lo de que las reglas no tienen por qué ser observadas es algo que sabe cualquiera, ya que para ganar un partido es válida cualquier artimaña: golpear al contrario, hacer trampas, provocar faltas o echarse al suelo y llorar como un niño de teta para que el árbitro crea que un rival nos ha agredido y le aplique una sanción injusta. De hecho, hay una única regla inamovible: lo que dice el árbitro va a misa. Si el juez máximo del partido ha tomado una decisión, no importa que le demuestren en el acto que se ha equivocado, esa decisión se respetará. Esta curiosa aplicación de las reglas del fútbol lo convierte en un deporte tramposo, donde lo que importa, en realidad, es que el resultado final sea favorable a nuestro equipo, y no importa en absoluto la manera en que se ha llegado a ese resultado. El fútbol es Maquiavelo en estado puro. Me resulta, pues, enormemente tediosa una afirmación que se repite hasta el infinito, y más en estos días pasados de Mundial: aquella que habla de la deportividad del fútbol, de su nobleza, de sus valores. No. En el fútbol no hay deportividad ni nobleza. Hay un objetivo que conseguir, y cualquier medio empleado para conseguirlo es bienvenido, incluyendo fingir lesiones o causar en el adversario otras que puede que tarden meses en curar —o incluso que no curen nunca y provoquen el fin de su carrera deportiva—.

Aun así, no suelo criticar las aficiones de la gente, siempre que no hagan daño a nadie. No me importa si es ver fútbol, pasear sobre las hojas caídas del otoño o frotarse la lengua con piedra pómez; siempre que no me afecte, me alegro de que la gente encuentre cosas que la apasionen. Pero es que durante esta competición la cosa ha pasado de castaño a oscuro. No puede uno mirar a ningún sitio sin ver a algún paisano con la camiseta de la Selección; no se puede levantar la cabeza sin ver alguna bandera rojigualda colgando de una ventana; es imposible abrirse de orejas sin oír la eterna nana de las vuvuzelas. Todo el que abre la boca la tiene llena de fútbol. Políticos y periodistas emplean símiles futbolísticos para hablar de cosas importantes. Si se mirara a la Tierra desde el espacio, se vería el clásico diseño de polígonos blancos y negros impreso sobre su superficie.

Y lo peor es que es difícil defenderse: en cuanto declaras que, después de todo, este espectáculo no es más que la contemplación de unos cuantos multimillonarios intentando que un objeto esférico acabe dentro de una red (o que el árbitro lo crea), y que no comprendes que la gente se emocione más cuando uno de los suyos marca que cuando aprueba unas oposiciones o cuando nace su primer hijo, que todo esto es una locura, te tachan de cultureta o de intelectualoide. ¡Valiente país, donde para insultarte te acusan de utilizar el cerebro! En tiempos pasados, donde a casi todos los varones les gustaba el fútbol, como ahora, nadie se avergonzaba de su afición —ni tenía por qué, por supuesto—, pero hoy parece que tienes que avergonzarte tú por no entenderlo. Pues me niego en redondo. El fútbol no es nada esencialmente especial. El inmenso negocio que mueve, la pasión que desata, no es más que una religión, un nacionalismo (lo mismo da). Se inculca a los niños desde que nacen, como cualquier creencia en dioses o patrias, y cuando crecen parece que darían la vida por ello. Hay gente que ha muerto durante la celebración de la victoria de la Selección española. ¿Es que nadie se da cuenta de que nos estamos pasando?

Hace unos días, cuando España pasó a las semifinales, cosa que, según me informó un amigo mío, no había sucedido nunca, oí a un presentador de televisión decir que nuestro país empezaba a recuperar la esperanza. ¿Qué? España no va a salir de la crisis porque unos niños malcriados logren ganar uno o veinte partidos. Más que la alegría de pensar que nuestro equipo de fútbol es el mejor del mundo —que no lo es, ya que ganar un mundial no demuestra nada—, no va a aportar nada a la nación.

Es archiconocida la expresión panem et circenses, con que los gobernantes de la antigua Roma aludían al hecho de que al pueblo le daba igual si la cosa iba mal o bien, si se despilfarraba dinero o si la economía se iba al garete. Con que tuvieran comida y los juegos del circo, estaban contentos y callados, dóciles como ovejas. Hoy en día ni siquiera necesitamos panem. Con el circo nos basta.

Anteriormente, en La Lengua:

5 comentarios en “Un mundo feliz”

  • # Alina Maadus dice:
    21 de July de 2010 a las 11:33

    Me gustaría agregar a cada uno de tus escritos algún comentario pero, en general, no tengo tiempo.
    Sabe que siempre me causan mucha gracia, que admiro tu manera de escribir (digo, en todo lo que esto implica), y que los hago circular.
    Un saludo afectuoso.

  • # antonio molina dice:
    23 de July de 2010 a las 15:24

    Me dijeron que puedes ver desde donde te visitan. Te doy una pista: primera escala del viaje de vuelta… Un abrazo

  • # John Constantine dice:
    25 de July de 2010 a las 12:18

    Yo, desde hace tiempo, y ya con el asunto del mundial he quedado completamente convencido de una cosa: cuantos más imbéciles haya en este país, mejor. Dando por descontado que el nº de ellos es infinitamente superior y siempre ganarán y eso es imposible de cambiar a efectos prácticos, pues oye, a la hora de repartir la mierda, como siempre estarán ellos delante en la cola, e incluso piden una dosis mayor o incluso repiten, es perfectamente posible que cuando te toque el turno la parte de mierda que te corresponda sea menor o incluso se haya acabado la mierda para repartir. Siempre, claro está, que les cedas tu sitio.

  • # Carlos Martin (Endimion) dice:
    21 de December de 2010 a las 9:56

    El mencionado deporte al cual se hace referencia en este artículo, se lleva inculcando a los varones en la mayoría de los países desde la más tierna infancia y eso se ve cuando nos regalan la primera pelotita y nos motivan para que le demos pataditas.
    A mí, dejó de gustarme en primaria cuando por ser grandote me ponían de portero para ver si mi cuerpo paraba los disparos del balón a la meta (por no llamarlos goles en respeto a nuestra ilustre lengua) siendo víctima de pelotazos en la cara que acaban reventando mi nariz y mi labio o lo que es peor, rompiéndome los cristales de mis gafitas con el notorio riesgo que supone al ojo. Fue cuando a principio de los 80 me regalaron mi primer ordenador personal atrapandome en un pixelado mundo virtual que borró de mi mente la simple idea de darle la patada al esférico otra vez.

    Nunca he sido fan del Deporte Rey al cual me gusta llamar balompié debido a que no soy partidario de los anglicismos que poco a poco van acabando con la esencia de nuestra lengua castellana.
    Me gusta defender la insigne lengua de Cervantes base de la comunicación de aquel ilustre imperio en el que nunca se ponía el sol (El Español)
    No tengo nada en contra de la lengua de Shakespeare de hecho vivo en el Reino Unido y mis hijos piensan en inglés. Pero confieso en que no puedo evitar el detestar como la mayoría de los hispanoparlantes, tras una larga estancia en un país anglosajón, terminan mezclando los idiomas hasta el punto de terminar hablando el Spanglish característico de Puerto Rico.
    Que dicho país posea el peor español del mundo no es de extrañar, pues al fin y al cabo, ahora son parte de los EE.UU (y no digo USA para evitar otro anglicismo)y tienen excusa.
    Pero que los demás hispanoparlantes pierdan sus raíces es el colmo. Yo no sé si se deberá a una trascendental iliquidez retentiva o a una considerable carestía de presteza mental que te evite el cambiar precipitadamente de una lengua a otra.
    Como me molesta que cuando le pregunte a un español el cómo está, me conteste con un COOL MAN!
    Casi que prefiero que me conteste con un DE PUTA MADRE (rudo pero con denominación de origen).

    Llevo una década viviendo en el Reino Unido, mi mujer e hijos son ciudadanos británicos y el español es una lengua que solo hablo en casa tanto en familia como cuando juego online para no perder práctica en las expresiones propias de nuestro país. En cambio en la calle y en el trabajo trato de hablar mi mejor inglés que viene a ser el 75% del día.
    Pese a vivir en el extranjero, pongo mi granito de arena para mantener mis raíces por eso cada vez que me refiero al deporte rey en mi propia lengua me gusta llamarlo balompié.

    Sinceramente nunca entenderé el fanatismo por este deporte como la gente puede alegrarse tanto tras una victoria hasta el punto que parezca que les ha tocado el premio gordo de la lotería. O deprimirse hasta lo más profundo por la pérdida de tu equipo o lo que es peor llegar incluso a pelearse con golpes reales y todo para defenderlo.

    Lo entendería si jugase dentro del equipo por el beneficio que obtendría con ello o si he apostado dinero. Pero volverse loco perdiendo la compostura como pueda ser desnudándose bajo el chorro de una invadida fuente pública por pura satisfacción personal. ESTAMOS LOCOS O QUE?
    A mí me encanta por ejemplo jugar a los videojuegos online y me pongo contento cuando gano pero tampoco me pongo a tirar cohetes ni a deprimirme cuando pierdo ya que juego para divertirme no para ganar.
    A fin de cuentas el balompié es un juego y lo importante en cada juego es participar, disfrutar del emocionante momento y de sus beneficios físicos y sobre todo pasarlo bien y no todo lo contrario, y que al final gane el mejor sin resentimiento alguno.
    Eso es deportividad, saber ganar pero también saber perder.

  • # V dice:
    28 de December de 2010 a las 19:24

    Que no te guste el futbol,querido Elías,es respetable.A mí no me gusta el vino,ni la cerveza,ni las tapitas,ni el olor a tabaco de los bares.No me gusta que no me guste nada de lo anterior,me hace menos inteligente porque me impide “disfrutar” de todo ello.Me gustaría que me gustase todo lo nombrado,aún sabiendo que perjudica mi salud(sí,las tapitas son malas para la salud,se vea como se vea y se coman como se coman),pero no me gusta,por eso soy menos inteligente que al que le hace feliz TODO,por muy básico que nos pueda parecer a los demás.La felicidad es un concepto no mensurable directamente,no sabremos jamás si es más feliz un individuo bajo una ventana,en un atardecer de Abril,con una antología de JR Jiménez,o un abotargado teutón semidesnudo en el cuarto anfiteatro del Bernabeu animando al Bayern de Munich en pleno mes de Febrero.
    Nunca lo sabremos.
    Elías,feliz Navidad y gracias por hacerme pensar.

    V.

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