Ars longa, vita brevis

Dormidos

25 de July de 2010

Artículo publicado en El Telegrama de Melilla el domingo 25 de julio de 2010.

Dormidos

La clave para que esta sociedad funcione es mantener a la masa adormecida. Como declara el lingüista estadounidense Noam Chomsky en el documental Manufacturing Consent: Noam Chomsky and the Media (1992), y estoy, por supuesto, parafraseando sus afirmaciones, lo que en las sociedades predemocráticas se conseguía mediante el uso de la fuerza pura, hoy tiende a conseguirse mediante la desinformación.

Pero, antes, algunos datos borrosos. El común de la gente acepta que los políticos de las democracias actuales no representan a su electorado, y que sus actuaciones políticas están guiadas por el afán de lucro personal, o bien por el del lucro de sus amigos. La gente, sin embargo, sigue votando. En las últimas elecciones generales acudió a las urnas un 73,85% del electorado, según datos del Ministerio del Interior. Teniendo en cuenta el descrédito que padece la clase política, no es un mal dato que tres de cada cuatro ciudadanos con derecho a voto se haya tomado la molestia de perder parte de un día libre para ir a votar. No obstante, hay un hecho triste conocido por todos, y es el de que la mayoría de la gente que vota lo hace contra un partido y no por un partido: se vota para evitar que gobierne un partido peor, o, como suele decirse, para elegir al menor de dos males.

Esto convierte nuestra democracia en una suerte de Halloween en que unos monstruos acuden a nuestra casa para que elijamos cómo queremos ser atracados: o les damos los caramelos, o nos asustan y nos bombardean con huevos podridos. Cómo todo el mundo sigue aceptando esta situación sin aparentes molestias constituye un pequeño misterio para mí. ¿Cómo nos permitimos ser arrastrados por esta inercia malévola? ¿Por qué los seguimos votando?

El que los gobernantes actúan siguiendo sus intereses particulares y no los de los ciudadanos es un hecho difícilmente contestable. Pondré algunos ejemplos de los dos únicos partidos que de hecho tenemos en España: el Partido Socialista y el Partido Popular. Con el paso de los años, la influencia y la intención de voto para otros partidos ha ido descendiendo, incluso en regiones con tradición nacionalista (acordémonos del triunfo de populares y socialistas en las últimas elecciones al Parlamento vasco, o del declive de Esquerra Republicana de Catalunya). El resultado ha sido una americanización de la política española, la deriva hacia un sistema bipartidista en que, a menudo, para saber qué partido está gobernando en un momento concreto, hace falta pararse a pensar un minuto: tantas son las similitudes entre uno y otro. Vamos con los ejemplos: la infame segunda legislatura del Partido Popular en el Congreso, con mayoría absoluta, nos dejó la desvergüenza del decretazo laboral y la ignominia de apoyar, en contra de la práctica totalidad de la población, una guerra injustificada que, a estas alturas, ha provocado alrededor de 100.000 muertes de civiles (según datos de julio de la web independiente iraqbodycount.org, que cuenta exclusivamente las muertes violentas documentadas de civiles, con lo que el número, con toda probabilidad, es mucho mayor). El Partido Socialista tampoco sale ileso de la contemplación fría de los datos. Si bien sus dos últimos gobiernos han sido, comparativamente, más dialogantes que el último gobierno popular (probablemente ayudado por la circunstancia de que no ha gozado de mayoría absoluta), los oídos sordos del partido liderado por el presidente Rodríguez Zapatero nos han dejado no pocos ejemplos de una forma de gobernar para unos pocos lobbies económicamente poderosos, y no para los ciudadanos: podemos citar, por ejemplo, la congelación de las pensiones, instigada por grupos económicos ajenos a las normas democráticas, o la Ley del canon digital, mediante el que los ciudadanos pagan una especie de impuesto revolucionario a las entidades de gestión de derechos de autor, que no está sujeto a inspección por parte de los poderes públicos, y que ha sido pedido y conseguido por la Sociedad General de Autores y Editores y otras entidades privadas.

¿Qué es necesario para que una sociedad de cuarenta y cinco millones de habitantes acepte estos atracos diariamente? Pues, precisamente, la desinformación. Y no se trata simplemente de ocultar algunos hechos en el telediario. Es preciso un plan maestro establecido desde varios frentes para asegurarse de que la gente acepta con sumisión el pisoteo de sus derechos.

Se comienza por la educación. El hecho de que sea pública, obligatoria y en parte gratuita (no nos engañemos: los libros que los padres deben comprar a sus hijos a precio de oro son publicados por grandes editoriales que, oh, sorpresa, suelen ser bastante amigas de los grandes partidos políticos) no es algo que se haya hecho por bonhomía. En primer lugar, la educación no es una necesidad de la sociedad, sino de la empresa: es necesario, primero, que la gente sepa accionar máquinas y ordenadores para los que se necesita un entrenamiento, aunque sea en los rudimentos de la alfabetización elemental. Segundo, se precisa acostumbrar a la generación más joven de homo sapiens a mantenerse sentada durante seis u ocho horas en una silla realizando tareas repetitivas; enseñarla a obedecer, a recibir y acatar un castigo cuando no hace caso, a no destacar, sino responder haciendo un truco cuando se le presenta un estímulo, como un mono de feria. En 2010 tenemos más estudios pedagógicos, más herramientas y más dinero que en ningún otro momento de la historia de la Humanidad, y, sin embargo, la educación cada vez es de peor calidad. Hay que ser demasiado cándido para pensar que todo esto se debe a la casualidad o a la mala suerte. No: el descenso en los niveles de exigencia académica responde a un plan organizado. Las corporaciones que acumulan el capital no necesitan una enorme masa de gente educada, responsable y culta que pueda cuestionar el orden mundial. Necesitan una enorme masa de gente embrutecida, que sepa aceptar recortes salariales y de derechos sin rechistar, que no se rebele ante nada, que solo quiera un exiguo sueldo a fin de mes que le permita abonarse a algún canal de televisión donde adormecerse viendo fútbol y bebiendo cerveza, y tal vez una escapada al Caribe cada par de años.

Una vez estamos todos convertidos en máquinas de producir cachivaches de todo a un euro y consumir fútbol y telenovelas, la máquina lubricada con sangre humana sigue rodando sin esfuerzo. Tal vez sea la única manera que tiene de funcionar. En toda la historia de nuestra especie, lo normal ha sido que un individuo o unos pocos manejaran los medios de producción y que el resto de la población, la mayoría, se mantuviese simplemente obedeciendo y padeciendo. Los experimentos democráticos, siempre imperfectos, han sido la anécdota. Y, cuando han durado lo suficiente, han terminado convirtiéndose en una pantomima en que la situación en realidad es la de siempre. Véanse los casos de Estados Unidos y España: gobiernos tomando decisiones en contra de su población para favorecer intereses perversos.

Quizás es posible que esto cambie, pero con una población adormecida no va a poder ser. La pregunta es: ¿qué hace falta para que un número suficiente de gente despierte? Y, si alguien lo descubre, ¿nos lo permitirán? Quién sabe. Todo indica que no, pero deberíamos probar a intentar desperezarnos, para empezar. Ya lo dijo el sabio chino: un camino de cien kilómetros siempre empieza con un simple y solitario paso.

Anteriormente, en La Lengua:

2 comentarios en “Dormidos”

  • # Irene dice:
    25 de July de 2010 a las 17:01

    Deberíamos reemplazar “educación” por “domesticación”.
    Sólo quisiera agregar que la educación pública no es gratuita: se paga con los impuestos.
    Y que tal vez mucha gente no desea ser despertada, aun teniendo la opción.
    Un saludo.

  • # antonio molina dice:
    1 de August de 2010 a las 9:20

    No se me ocurre ninguna manera de arreglar esto, me temo que nos tendremos que conformar con salir a la superficie de vez en cuando y coger aire para seguir buceando en este mar de mierda. No puedo evitar acordarme de “Matrix”. ¿Quién dijo que era ciencia ficción?

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