Ars longa, vita brevis

Aborto. Dudas y certezas

11 de July de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 11 de julio de 2010.

Aborto. Dudas y certezas

Partamos de la certeza de que un aborto provocado no es un caso alegre para nadie. No lo es para la mujer que aborta, que somete su cuerpo a una intervención quirúrgica agresiva y que, posiblemente, albergue sus dudas sobre si lo que hace está bien o mal. No lo es tampoco para el legislador, que sabe que, al menos en algunos casos, el aborto es un derecho de la mujer —como en el caso en que el desarrollo del embarazo ponga en peligro su vida— y que, aun así, es consciente de que cualquier postura que adopte frente a la cuestión va a ser polémica y va a tener detractores. Y por último, tampoco puede ser motivo de regocijo para la sociedad, ya que la interrupción artificial de este proceso natural es siempre la consecuencia de un fracaso: un fracaso social, educativo, ético o médico. Si la sociedad, la educación, la ética y la medicina funcionasen como deberían hacerlo en Utopía, no habría nadie que quisiese abortar. Desgraciadamente, no vivimos en aquella isla, sino en esta península.

Otra certeza es que nuestra Constitución reconoce el derecho inalienable a la vida. Este derecho no puede ser arrebatado temporal (como es lógico) ni definitivamente por el Estado, como sí pueden serlo otros, verbigracia, los derechos a la libertad de movimientos o al voto. Durante la mayor parte de su vigencia, la Constitución española permitía la pena de muerte dictada por tribunales militares en tiempo de guerra, pero esa aberración fue eliminada hace ya algunos años. Por lo tanto, en nuestro país no se le puede quitar a nadie fríamente la vida de forma legal. Ni siquiera a un asesino condenado con todas las garantías en uno o varios tribunales, y mucho menos, claro está, a un inocente.

Y prácticamente ahí acaban las certezas. Todo debate ulterior sobre este asunto conduce a incomodidades, tiranteces, polémicas y batallas dialécticas que no pueden tener nunca un desenlace pactado, ya que los argumentos a partir de aquí se basan en dogmas, que son supersticiones disfrazadas de certezas, pero que no lo son.

Dos extremos del mismo dogma son, por ejemplo, los que se enfrentan al intentar decidir en qué momento hay una nueva persona en el mundo. Uno de ellos, que suele tener sus bases en creencias religiosas —especialmente en la creencia en alguna de las tres religiones mayoritarias en nuestra ciudad— defiende que el ser humano es creado en el momento de la concepción, cuando dos células microscópicas se unen en el interior de una mujer (¿también en una probeta?) con la intención inintencionada de duplicarse y convertirse, meses después, en un bebé. La otra, que suele adscribirse al feminismo radical, dice que el ser humano existe desde el momento en que no se encuentra en el interior de la madre, lo cual nos llevaría a situaciones paradójicas, como que se considerase humano a un bebé nacido prematuramente pero no a un feto gestado durante nueve meses.

Ninguna de las personas con las que he discutido acerca del aborto, representantes de estas dos posturas y de toda la gama de intermedias, ha sabido defenderme con argumentos sólidos una u otra. Y, al final —dado que suelo discutir con personas inteligentes—, se han visto obligados a concederme una victoria: que sus creencias personales, en tanto en cuanto no se basan en criterios objetivos, no pueden servir de pretexto para publicar una ley que obligue a todos los españoles. Un amigo mío católico, por ejemplo, estaba convencido de que desde el segundo en que el espermatozoide penetra en el óvulo, ahí hay un ser humano; asumía, sin embargo, que eso era una creencia personal propia —y de mucha gente— y que su creencia personal no podía condicionar la vida de todas las personas, aun cuando él consideraba que malograr un embrión compuesto por unas decenas de células constituía un asesinato.

Sobre esto yo también tengo unas certezas, basadas, por supuesto, en creencias indemostrables, o demasiado metafísicas para las páginas de un periódico. Tengo claro que un embrión de dos semanas no es un ser humano, como tengo claro que un feto de nueve meses sí lo es. Pero, como digo, son dogmas disfrazados de certezas, y no puedo defenderlos vehementemente sin caer en la hipocresía.

Hay más dudas: ¿estamos hablando aquí exclusivamente de un derecho de la mujer? Si asentimos, tenemos nuevas paradojas. Por ejemplo, si se permite la interrupción del embarazo libremente, podemos encontrarnos con una situación en que una mujer decida abortar, pero el hombre que ha participado del embarazo quiera que nazca el bebé. Dejamos toda la decisión en manos de la mujer, dado que sería inconcebible que un hombre decidiese sobre algo que afecta al cuerpo de una mujer adulta. Sin embargo, puede darse el caso de que la mujer quiera seguir adelante con el embarazo, y el hombre no desee que nazca el hijo. En ese caso, dejando, por supuesto, la decisión a la mujer, se produce la asimetría de que tendría en sus manos la decisión de condicionar la vida del hombre, ya que este se vería obligado por la ley a contribuir a la manutención de un hijo que no deseaba. Soy consciente de que suena como una locura, pero si nos libramos de prejuicios tanto machistas como hembristas debemos aceptar que lo que es una locura es la asimetría en sí.

No obstante, considero un gran avance la sustitución de la antigua ley que regulaba la interrupción de los embarazos por la nueva. El asunto de los tres supuestos —violación, peligro para la vida de la madre o malformaciones en el feto— era demasiado maquiavélico. Si el Estado no permite quitar la vida a un ser humano, esto no puede hacerse bajo ningún supuesto. Ni en el de la violación: ¿matamos al hijo del violador y dejamos con vida al violador?; ni en el de las malformaciones, cosa que nos acercaría peligrosamente al ideal de sociedad nacionalsocialista con su eliminación de personas defectuosas. Una ley del aborto nunca va a ser del gusto de todos, pero al menos con una ley de plazos y no de supuestos nos libramos de una paradoja hipócrita: la de defender que no puede matarse a un violador pero sí a su hijo. La ley de plazos asume, lo diga explícitamente o no, que un embrión de unas cuantas semanas no es un ser humano, y que por tanto no tiene derechos. A algunos les parecerá un crimen, a otros mucho, y a otros poco, pero dice, al menos, las cosas sin ambigüedad.

En Utopía no habría leyes sobre el aborto, porque no habría embarazos problemáticos o no deseados. ¿Podemos llegar allí? Es posible, pero como en casi todo, el camino que conduce hasta la isla tiene un único nombre: educación. Es necesario hacer un esfuerzo muchísimo mayor que el que de momento estamos dispuestos a dedicar para explicar bien a los adolescentes en qué consiste su derecho a la sexualidad, qué características y qué riesgos tiene. Mientras ni unos —los religiosos fervientes— ni otros —los feministas fervorosos— se den cuenta de que la educación es un asunto que hay que arreglar para antes de ayer, y que no hay absolutamente ninguna otra cosa en España que corra más urgencia, tendrán, todos, que aguantarse con leyes que siempre les van a resultar incómodas.

Anteriormente, en La Lengua:

6 comentarios en “Aborto. Dudas y certezas”

  • # franci dice:
    11 de July de 2010 a las 18:58

    Nunca se me habían ocurrido los razonamientos del penúltimo párrafo. Magnifico artículo!!!

  • # Elisa dice:
    11 de July de 2010 a las 19:48

    Si todo el mundo hiciera ejercicios de razonamiento como este y analizase las posturas ajenas con el mismo respeto y distanciamiento, seguramente estaríamos bastante más cerca de Utopía.

  • # Ikima dice:
    12 de July de 2010 a las 13:09

    En verdad todos los temas que envuelven a la vida son tan complejos… Yo no paro de dar vueltas sobre este asunto y jamás logro posicionarme con firmeza. Comentas que tienes claro que un embrión de un par de semanas no es un ser humano y que un feto de nueve meses sí que lo es… ¿En qué momento ocurre la transición? ¿Cuándo se pasa entonces de ser un cúmulo de células (vida, al fin y al cabo, aunque más primitiva) a ser un ser vivo? ¿Cuándo se convierte en persona, cuando se le forma el corazón? ¿Cuando empieza a desarrollar el sentido del oído y siente nuestra voz? ¿Cuando llora por primera vez? Y, aún en el caso de que consideremos que las células no son un ser humano, la certeza de saber que si no se interrumpe el proceso al final acabará siéndolo es lo que me produce más quebraderos de cabeza.

    Y luego, por otra parte, piensas en la persona que se encuentra de bruces con un embarazo no deseado y en la asimetría que también comentas… ¿Cómo se le puede imponer a alguien la mayor responsabilidad que existe en el mundo, que es la de querer, cuidar y educar a un hijo? ¿Es justo que haya niños en el mundo que viven sin ser deseados?

    Yo no acabo de aclararme. No sé si la vida en sí misma es un fin justificable, o si sólo merece la pena si alguien va a luchar por que sea una vida plena. Por querernos, cuidarnos y educarnos, y no por traernos al mundo como si fuéramos pelotas de fútbol.

    De modo que no puedo estar más de acuerdo con tu último párrafo: educación. ¿Nos incomoda la decisión que hay que tomar ante un embarazo no deseado? Luchemos porque no se produzca.

  • # Pedro dice:
    18 de July de 2010 a las 16:58

    Otro aspecto sobre el que se podría enfocar el tema es: ¿Por qué hay que legislar sobre el aborto?
    Será porque el problema existe, no podemos mirar a otro lado, habrá que regularlo.

  • # Gonzalo dice:
    21 de July de 2010 a las 23:11

    El problema aun es mas complejo….existe el alma inmortal? tiene alma un agregado de celulas, una republica de atomos en expansion? ¿Hasta que punto son comparables los nueve meses de VIDA gestantes a los últimos 9 meses de una persona antes de morir? Pero la filosofía no sirve para nada, es una comida de olla INUTIL.

  • # Gonzalo dice:
    21 de July de 2010 a las 23:15

    Y si los violadores tuvieran penas más duras, nunca violarían y habría menos fetos en los contenedores de basura de los hospitales.

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