Ars longa, vita brevis

Váyase, señor Marshall

28 de July de 2010

Desde que España entró en la UE en enero de 1986, hemos seguido fielmente las directrices económicas de la Unión. Directrices que, invariablemente, se dirigían hacia un destino que en Europa conocemos como liberal, adjetivo que se refiere no a las libertades individuales, sino a la libertad de los mercados para hacer y deshacer sin que haya demasiadas trabas legales por medio (como la obligatoriedad de pagar, al menos, un salario mínimo legalmente establecido, de pagar unos impuestos suficientes para mantener el estado del bienestar, de indemnizar a un trabajador al que se despide, etc.). Llevan años diciéndonos que esto es lo mejor para la sociedad, e, incluso, hace unas pocas semanas, se han aprobado en el Parlamento español unas cuantas medidas destinadas a la liberalización de la economía nacional (reducción del déficit mediante, oh, bajada de salarios de los trabajadores de la Administración, congelación de pensiones, reducción de las indemnizaciones por despido, etc.).

Mientras yo miro el mapa de la Vía Láctea para ver si encuentro algún planeta donde aún merezca la pena vivir, donde uno pueda trabajar pensando en su vida y su futuro, y no en si mañana me echarán de mi trabajo para reducir costes, me doy cuenta de que, en la práctica, no hay en España un solo partido con posibilidades de gobernar que no esté de acuerdo con estas medidas liberales. Ya sea el PP por convicción, o el PSOE por cobardía (y un poco de convicción también, supongo), todos nuestros sucesivos gobiernos han ido aplicando reformas en esa dirección.

La Unión Europea se ha fijado en el modelo económico estadounidense, que es más (agárrense, que vienen eufemismos) flexible, dinámico, con más oportunidades y mayor movilidad. Llevamos años intentando convertir la UE en los Estados Unidos, empezando por una educación pública que prima el que los estudiantes sepan hacer, y no el que sepan, como si fuera posible aprender algún oficio, en realidad, antes de ejercerlo; yo, al menos, tras cinco años de universidad y uno de CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica), donde aprendí todo lo que sé sobre ser profesor ha sido sentado en mi mesa delante de treinta alumnos. Imagino, por otra parte, que donde un ingeniero aprende a resolver los problemas de su empresa es en su empresa, y no en aulas ni laboratorios. Pero sigamos. El mercado laboral, por su parte, también se ha ido acercando al modelo norteamericano: mayor precariedad, competitividad que se escapa de lo razonable, hijos que se preparan la comida y se saben los horarios de los autobuses porque sus padres deben echar más horas de las cobradas en sus puestos de trabajo. En fin, esas cosas.

A casi nadie le parece mal, ya que los dos grandes partidos ultraliberales españoles siguen acaparando un porcentaje cercano al 100% de los votos en nuestro país. Digo yo: o no les parece mal, o son estúpidos, ya que les votan.

Me encuentro hoy (vía digg.com) con un interesante artículo en el blog Manhattan Diary que explica, con números y estadísticas, y no con reflexiones marxistas de un anarquista enloquecido, por qué es cierto que somos estúpidos. El título del artículo es esclarecedor, transparente: La clase media estadounidense está muriendo y las estadísticas lo demuestran. A continuación, os traduzco la parte de los fríos, despiadados, objetivos números. Os aviso de que ponen los pelos de punta (no estoy especializado en inglés financiero, si alguien detecta alguno de los muchos errores que habrá, le agradecería que avisara en los comentarios):

– El 83% de los valores [económicos] de los EEUU están en poder del 1% de la población.
– El 1% de las familias que más poseen en los EEUU tienen casi el doble de la riqueza empresarial que tenían hace diez años.
– El 66% del crecimiento de la renta entre 2001 y 2007 fue a parar al 1% de los estadounidenses más ricos.
– En 1950, el sueldo medio de un ejecutivo en relación con el de un trabajador medio estaba en relación de 30 a 1. Desde el año 2000, esa proporción se ha disparado hasta entre 300 y 500 a 1.
– El 10% de los norteamericanos más ricos ganan hoy el 50% de los ingresos nacionales.
– El 61% de los estadounidenses «siempre» o «normalmente» vive de paga en paga, lo que sucedía al 49% en 2008 y al 43% en 2007.
– Un preocupante 43% de norteamericanos tienen ahorrados menos de 10.000 dólares para su jubilación.
– Solamente el 5% de los estadounidenses han visto sus ingresos aumentados lo suficiente como para no sentir la subida de precios de la vivienda desde 1975.
– Por primera vez en la historia de los Estados Unidos, los bancos norteamericanos poseen más valor económico en viviendas que el total de la población.
– En 2007, el 80% de las familias estadounidenses menos ricas tenían aproximadamente el 7% de los valores financieros líquidos.
– El 50% de personas con salarios más bajos en los EEUU, entre todos, poseen menos del 1% de la riqueza del país (Nota del blogger: ¡eso quiere decir, grosso modo, que la mitad de la gente solamente posee el 1% del dinero!).
– Las bonificaciones (o gratificaciones) medias de Wall Street para 2009 crecieron un 17% respecto al año anterior.
– Más del 40% de los estadounidenses empleados están trabajando actualmente en el sector servicios, que está, normalmente, mal pagado.
– En los EEUU, el empleado federal medio cobra ahora un 60% más que el empleado privado medio.
– En los EEUU, hoy, el tiempo medio para encontrar un trabajo ha aumentado hasta un récord de 35,2 semanas.
– Por primera vez en la historia de los EEUU, más de 40 millones de norteamericanos viven de vales de comida del Gobierno, y el Departamento de Agricultura prevé que el número aumentará hasta los 43 millones en 2011.
– Con esto es con lo que tiene que competir hoy un estadounidense: en China, un trabajador de la industria textil cobra aproximadamente 86 centavos por hora, y, en Camboya, unos 22 centavos (N. del b.: ¡Hurra por la globalización!).
– Aproximadamente el 21% de todos los niños de los Estados Unidos se encuentran actualmente por debajo del índice de pobreza. Es el porcentaje más alto en 20 años.

Resumiendo:

1. Los ricos estadounidenses son hoy muchísimo más ricos que antes.
2. La clase media, en gran parte, se ha convertido en clase baja.
3. Un número casi igual al total de la población española vive de vales de comida en el país más rico de la Tierra.
4. En ese mismo país, uno de cada cinco niños vive en la pobreza. Uno de cada cinco.
5. Los bancos poseen más riqueza inmobiliaria que sus 310 millones de habitantes.

Ese es nuestro modelo, allá vamos, eso es la UE y la España de González, Aznar, Rodríguez Zapatero, y muy probablemente de Rajoy y/ o el que venga tras él. Lo que os pido es que leáis detenidamente, siquiera, solo esos cinco puntos, y os hagáis una pregunta: ¿Es eso lo que quiero? Cuando vaya a votar, cuando esté depositando mi voto en la urna, ¿es eso lo que estoy pidiendo a los políticos? Una vez que os respondáis, echad el voto. Y que se cumpla vuestra voluntad.

Dormidos

25 de July de 2010

Artículo publicado en El Telegrama de Melilla el domingo 25 de julio de 2010.

Dormidos

La clave para que esta sociedad funcione es mantener a la masa adormecida. Como declara el lingüista estadounidense Noam Chomsky en el documental Manufacturing Consent: Noam Chomsky and the Media (1992), y estoy, por supuesto, parafraseando sus afirmaciones, lo que en las sociedades predemocráticas se conseguía mediante el uso de la fuerza pura, hoy tiende a conseguirse mediante la desinformación.

Pero, antes, algunos datos borrosos. El común de la gente acepta que los políticos de las democracias actuales no representan a su electorado, y que sus actuaciones políticas están guiadas por el afán de lucro personal, o bien por el del lucro de sus amigos. La gente, sin embargo, sigue votando. En las últimas elecciones generales acudió a las urnas un 73,85% del electorado, según datos del Ministerio del Interior. Teniendo en cuenta el descrédito que padece la clase política, no es un mal dato que tres de cada cuatro ciudadanos con derecho a voto se haya tomado la molestia de perder parte de un día libre para ir a votar. No obstante, hay un hecho triste conocido por todos, y es el de que la mayoría de la gente que vota lo hace contra un partido y no por un partido: se vota para evitar que gobierne un partido peor, o, como suele decirse, para elegir al menor de dos males.

Esto convierte nuestra democracia en una suerte de Halloween en que unos monstruos acuden a nuestra casa para que elijamos cómo queremos ser atracados: o les damos los caramelos, o nos asustan y nos bombardean con huevos podridos. Cómo todo el mundo sigue aceptando esta situación sin aparentes molestias constituye un pequeño misterio para mí. ¿Cómo nos permitimos ser arrastrados por esta inercia malévola? ¿Por qué los seguimos votando?

El que los gobernantes actúan siguiendo sus intereses particulares y no los de los ciudadanos es un hecho difícilmente contestable. Pondré algunos ejemplos de los dos únicos partidos que de hecho tenemos en España: el Partido Socialista y el Partido Popular. Con el paso de los años, la influencia y la intención de voto para otros partidos ha ido descendiendo, incluso en regiones con tradición nacionalista (acordémonos del triunfo de populares y socialistas en las últimas elecciones al Parlamento vasco, o del declive de Esquerra Republicana de Catalunya). El resultado ha sido una americanización de la política española, la deriva hacia un sistema bipartidista en que, a menudo, para saber qué partido está gobernando en un momento concreto, hace falta pararse a pensar un minuto: tantas son las similitudes entre uno y otro. Vamos con los ejemplos: la infame segunda legislatura del Partido Popular en el Congreso, con mayoría absoluta, nos dejó la desvergüenza del decretazo laboral y la ignominia de apoyar, en contra de la práctica totalidad de la población, una guerra injustificada que, a estas alturas, ha provocado alrededor de 100.000 muertes de civiles (según datos de julio de la web independiente iraqbodycount.org, que cuenta exclusivamente las muertes violentas documentadas de civiles, con lo que el número, con toda probabilidad, es mucho mayor). El Partido Socialista tampoco sale ileso de la contemplación fría de los datos. Si bien sus dos últimos gobiernos han sido, comparativamente, más dialogantes que el último gobierno popular (probablemente ayudado por la circunstancia de que no ha gozado de mayoría absoluta), los oídos sordos del partido liderado por el presidente Rodríguez Zapatero nos han dejado no pocos ejemplos de una forma de gobernar para unos pocos lobbies económicamente poderosos, y no para los ciudadanos: podemos citar, por ejemplo, la congelación de las pensiones, instigada por grupos económicos ajenos a las normas democráticas, o la Ley del canon digital, mediante el que los ciudadanos pagan una especie de impuesto revolucionario a las entidades de gestión de derechos de autor, que no está sujeto a inspección por parte de los poderes públicos, y que ha sido pedido y conseguido por la Sociedad General de Autores y Editores y otras entidades privadas.

¿Qué es necesario para que una sociedad de cuarenta y cinco millones de habitantes acepte estos atracos diariamente? Pues, precisamente, la desinformación. Y no se trata simplemente de ocultar algunos hechos en el telediario. Es preciso un plan maestro establecido desde varios frentes para asegurarse de que la gente acepta con sumisión el pisoteo de sus derechos.

Se comienza por la educación. El hecho de que sea pública, obligatoria y en parte gratuita (no nos engañemos: los libros que los padres deben comprar a sus hijos a precio de oro son publicados por grandes editoriales que, oh, sorpresa, suelen ser bastante amigas de los grandes partidos políticos) no es algo que se haya hecho por bonhomía. En primer lugar, la educación no es una necesidad de la sociedad, sino de la empresa: es necesario, primero, que la gente sepa accionar máquinas y ordenadores para los que se necesita un entrenamiento, aunque sea en los rudimentos de la alfabetización elemental. Segundo, se precisa acostumbrar a la generación más joven de homo sapiens a mantenerse sentada durante seis u ocho horas en una silla realizando tareas repetitivas; enseñarla a obedecer, a recibir y acatar un castigo cuando no hace caso, a no destacar, sino responder haciendo un truco cuando se le presenta un estímulo, como un mono de feria. En 2010 tenemos más estudios pedagógicos, más herramientas y más dinero que en ningún otro momento de la historia de la Humanidad, y, sin embargo, la educación cada vez es de peor calidad. Hay que ser demasiado cándido para pensar que todo esto se debe a la casualidad o a la mala suerte. No: el descenso en los niveles de exigencia académica responde a un plan organizado. Las corporaciones que acumulan el capital no necesitan una enorme masa de gente educada, responsable y culta que pueda cuestionar el orden mundial. Necesitan una enorme masa de gente embrutecida, que sepa aceptar recortes salariales y de derechos sin rechistar, que no se rebele ante nada, que solo quiera un exiguo sueldo a fin de mes que le permita abonarse a algún canal de televisión donde adormecerse viendo fútbol y bebiendo cerveza, y tal vez una escapada al Caribe cada par de años.

Una vez estamos todos convertidos en máquinas de producir cachivaches de todo a un euro y consumir fútbol y telenovelas, la máquina lubricada con sangre humana sigue rodando sin esfuerzo. Tal vez sea la única manera que tiene de funcionar. En toda la historia de nuestra especie, lo normal ha sido que un individuo o unos pocos manejaran los medios de producción y que el resto de la población, la mayoría, se mantuviese simplemente obedeciendo y padeciendo. Los experimentos democráticos, siempre imperfectos, han sido la anécdota. Y, cuando han durado lo suficiente, han terminado convirtiéndose en una pantomima en que la situación en realidad es la de siempre. Véanse los casos de Estados Unidos y España: gobiernos tomando decisiones en contra de su población para favorecer intereses perversos.

Quizás es posible que esto cambie, pero con una población adormecida no va a poder ser. La pregunta es: ¿qué hace falta para que un número suficiente de gente despierte? Y, si alguien lo descubre, ¿nos lo permitirán? Quién sabe. Todo indica que no, pero deberíamos probar a intentar desperezarnos, para empezar. Ya lo dijo el sabio chino: un camino de cien kilómetros siempre empieza con un simple y solitario paso.

Anteriormente, en La Lengua:

Un mundo feliz

20 de July de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 18 de julio de 2010.

Un mundo feliz

Hace unos minutos que he apagado el televisor, por el que me he enterado de que un hombre, desaparecido desde hace cinco días, ha sido encontrado en el fondo de una fosa a la que había caído. Nada más salir, sus palabras han sido: «¿Ha ganado España el Mundial?»

No tenía pensado escribir nada sobre —contra— el fútbol, que es un espectáculo que no me mueve en absoluto en un sentido ni en otro y sobre el que tengo escasa opinión. Sin embargo, voy a hacerlo hoy porque considero que el acoso al que estamos siendo sometidos está llegando a la categoría de agresión, y la postura más razonable ante una agresión es la defensa.

Vamos a ser objetivos: el fútbol es un deporte de equipo en que se enfrentan dos grupos de once jugadores, con unas reglas más o menos claras que, sin embargo, no tienen por qué ser observadas (lo que lo hace típicamente español, ya que aquí creemos que las leyes solo deben cumplirse si nos benefician personalmente), y donde puede ganar cualquier equipo que se enfrente, sin importar la calidad objetiva o el dinero que hayan costado sus jugadores (aunque lo normal es que gane el F. C. Barcelona).

Lo de que las reglas no tienen por qué ser observadas es algo que sabe cualquiera, ya que para ganar un partido es válida cualquier artimaña: golpear al contrario, hacer trampas, provocar faltas o echarse al suelo y llorar como un niño de teta para que el árbitro crea que un rival nos ha agredido y le aplique una sanción injusta. De hecho, hay una única regla inamovible: lo que dice el árbitro va a misa. Si el juez máximo del partido ha tomado una decisión, no importa que le demuestren en el acto que se ha equivocado, esa decisión se respetará. Esta curiosa aplicación de las reglas del fútbol lo convierte en un deporte tramposo, donde lo que importa, en realidad, es que el resultado final sea favorable a nuestro equipo, y no importa en absoluto la manera en que se ha llegado a ese resultado. El fútbol es Maquiavelo en estado puro. Me resulta, pues, enormemente tediosa una afirmación que se repite hasta el infinito, y más en estos días pasados de Mundial: aquella que habla de la deportividad del fútbol, de su nobleza, de sus valores. No. En el fútbol no hay deportividad ni nobleza. Hay un objetivo que conseguir, y cualquier medio empleado para conseguirlo es bienvenido, incluyendo fingir lesiones o causar en el adversario otras que puede que tarden meses en curar —o incluso que no curen nunca y provoquen el fin de su carrera deportiva—.

Aun así, no suelo criticar las aficiones de la gente, siempre que no hagan daño a nadie. No me importa si es ver fútbol, pasear sobre las hojas caídas del otoño o frotarse la lengua con piedra pómez; siempre que no me afecte, me alegro de que la gente encuentre cosas que la apasionen. Pero es que durante esta competición la cosa ha pasado de castaño a oscuro. No puede uno mirar a ningún sitio sin ver a algún paisano con la camiseta de la Selección; no se puede levantar la cabeza sin ver alguna bandera rojigualda colgando de una ventana; es imposible abrirse de orejas sin oír la eterna nana de las vuvuzelas. Todo el que abre la boca la tiene llena de fútbol. Políticos y periodistas emplean símiles futbolísticos para hablar de cosas importantes. Si se mirara a la Tierra desde el espacio, se vería el clásico diseño de polígonos blancos y negros impreso sobre su superficie.

Y lo peor es que es difícil defenderse: en cuanto declaras que, después de todo, este espectáculo no es más que la contemplación de unos cuantos multimillonarios intentando que un objeto esférico acabe dentro de una red (o que el árbitro lo crea), y que no comprendes que la gente se emocione más cuando uno de los suyos marca que cuando aprueba unas oposiciones o cuando nace su primer hijo, que todo esto es una locura, te tachan de cultureta o de intelectualoide. ¡Valiente país, donde para insultarte te acusan de utilizar el cerebro! En tiempos pasados, donde a casi todos los varones les gustaba el fútbol, como ahora, nadie se avergonzaba de su afición —ni tenía por qué, por supuesto—, pero hoy parece que tienes que avergonzarte tú por no entenderlo. Pues me niego en redondo. El fútbol no es nada esencialmente especial. El inmenso negocio que mueve, la pasión que desata, no es más que una religión, un nacionalismo (lo mismo da). Se inculca a los niños desde que nacen, como cualquier creencia en dioses o patrias, y cuando crecen parece que darían la vida por ello. Hay gente que ha muerto durante la celebración de la victoria de la Selección española. ¿Es que nadie se da cuenta de que nos estamos pasando?

Hace unos días, cuando España pasó a las semifinales, cosa que, según me informó un amigo mío, no había sucedido nunca, oí a un presentador de televisión decir que nuestro país empezaba a recuperar la esperanza. ¿Qué? España no va a salir de la crisis porque unos niños malcriados logren ganar uno o veinte partidos. Más que la alegría de pensar que nuestro equipo de fútbol es el mejor del mundo —que no lo es, ya que ganar un mundial no demuestra nada—, no va a aportar nada a la nación.

Es archiconocida la expresión panem et circenses, con que los gobernantes de la antigua Roma aludían al hecho de que al pueblo le daba igual si la cosa iba mal o bien, si se despilfarraba dinero o si la economía se iba al garete. Con que tuvieran comida y los juegos del circo, estaban contentos y callados, dóciles como ovejas. Hoy en día ni siquiera necesitamos panem. Con el circo nos basta.

Anteriormente, en La Lengua:

Directo

El concierto fue bien, como os dije. Aquí tenéis uno de los temas que grabó la cadena de televisión local Cablemel (gracias, Enrique). El buque insignia de Hollywoodca: I Know I Know. Si quieres leer la letra, haz clic en «more».


Enlace al vídeo en YouTube
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Hollywoodca Live!

11 de July de 2010

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Bueno, pues el concierto del que os hablaba el otro día resultó ser un éxito, de público y crítica, según creo, y además el señor Javi López nos hizo unas fotos magistrales. Haz clic en el siguiente enlace para seguir leyendo.
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Aborto. Dudas y certezas

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 11 de julio de 2010.

Aborto. Dudas y certezas

Partamos de la certeza de que un aborto provocado no es un caso alegre para nadie. No lo es para la mujer que aborta, que somete su cuerpo a una intervención quirúrgica agresiva y que, posiblemente, albergue sus dudas sobre si lo que hace está bien o mal. No lo es tampoco para el legislador, que sabe que, al menos en algunos casos, el aborto es un derecho de la mujer —como en el caso en que el desarrollo del embarazo ponga en peligro su vida— y que, aun así, es consciente de que cualquier postura que adopte frente a la cuestión va a ser polémica y va a tener detractores. Y por último, tampoco puede ser motivo de regocijo para la sociedad, ya que la interrupción artificial de este proceso natural es siempre la consecuencia de un fracaso: un fracaso social, educativo, ético o médico. Si la sociedad, la educación, la ética y la medicina funcionasen como deberían hacerlo en Utopía, no habría nadie que quisiese abortar. Desgraciadamente, no vivimos en aquella isla, sino en esta península.

Otra certeza es que nuestra Constitución reconoce el derecho inalienable a la vida. Este derecho no puede ser arrebatado temporal (como es lógico) ni definitivamente por el Estado, como sí pueden serlo otros, verbigracia, los derechos a la libertad de movimientos o al voto. Durante la mayor parte de su vigencia, la Constitución española permitía la pena de muerte dictada por tribunales militares en tiempo de guerra, pero esa aberración fue eliminada hace ya algunos años. Por lo tanto, en nuestro país no se le puede quitar a nadie fríamente la vida de forma legal. Ni siquiera a un asesino condenado con todas las garantías en uno o varios tribunales, y mucho menos, claro está, a un inocente.

Y prácticamente ahí acaban las certezas. Todo debate ulterior sobre este asunto conduce a incomodidades, tiranteces, polémicas y batallas dialécticas que no pueden tener nunca un desenlace pactado, ya que los argumentos a partir de aquí se basan en dogmas, que son supersticiones disfrazadas de certezas, pero que no lo son.

Dos extremos del mismo dogma son, por ejemplo, los que se enfrentan al intentar decidir en qué momento hay una nueva persona en el mundo. Uno de ellos, que suele tener sus bases en creencias religiosas —especialmente en la creencia en alguna de las tres religiones mayoritarias en nuestra ciudad— defiende que el ser humano es creado en el momento de la concepción, cuando dos células microscópicas se unen en el interior de una mujer (¿también en una probeta?) con la intención inintencionada de duplicarse y convertirse, meses después, en un bebé. La otra, que suele adscribirse al feminismo radical, dice que el ser humano existe desde el momento en que no se encuentra en el interior de la madre, lo cual nos llevaría a situaciones paradójicas, como que se considerase humano a un bebé nacido prematuramente pero no a un feto gestado durante nueve meses.

Ninguna de las personas con las que he discutido acerca del aborto, representantes de estas dos posturas y de toda la gama de intermedias, ha sabido defenderme con argumentos sólidos una u otra. Y, al final —dado que suelo discutir con personas inteligentes—, se han visto obligados a concederme una victoria: que sus creencias personales, en tanto en cuanto no se basan en criterios objetivos, no pueden servir de pretexto para publicar una ley que obligue a todos los españoles. Un amigo mío católico, por ejemplo, estaba convencido de que desde el segundo en que el espermatozoide penetra en el óvulo, ahí hay un ser humano; asumía, sin embargo, que eso era una creencia personal propia —y de mucha gente— y que su creencia personal no podía condicionar la vida de todas las personas, aun cuando él consideraba que malograr un embrión compuesto por unas decenas de células constituía un asesinato.

Sobre esto yo también tengo unas certezas, basadas, por supuesto, en creencias indemostrables, o demasiado metafísicas para las páginas de un periódico. Tengo claro que un embrión de dos semanas no es un ser humano, como tengo claro que un feto de nueve meses sí lo es. Pero, como digo, son dogmas disfrazados de certezas, y no puedo defenderlos vehementemente sin caer en la hipocresía.

Hay más dudas: ¿estamos hablando aquí exclusivamente de un derecho de la mujer? Si asentimos, tenemos nuevas paradojas. Por ejemplo, si se permite la interrupción del embarazo libremente, podemos encontrarnos con una situación en que una mujer decida abortar, pero el hombre que ha participado del embarazo quiera que nazca el bebé. Dejamos toda la decisión en manos de la mujer, dado que sería inconcebible que un hombre decidiese sobre algo que afecta al cuerpo de una mujer adulta. Sin embargo, puede darse el caso de que la mujer quiera seguir adelante con el embarazo, y el hombre no desee que nazca el hijo. En ese caso, dejando, por supuesto, la decisión a la mujer, se produce la asimetría de que tendría en sus manos la decisión de condicionar la vida del hombre, ya que este se vería obligado por la ley a contribuir a la manutención de un hijo que no deseaba. Soy consciente de que suena como una locura, pero si nos libramos de prejuicios tanto machistas como hembristas debemos aceptar que lo que es una locura es la asimetría en sí.

No obstante, considero un gran avance la sustitución de la antigua ley que regulaba la interrupción de los embarazos por la nueva. El asunto de los tres supuestos —violación, peligro para la vida de la madre o malformaciones en el feto— era demasiado maquiavélico. Si el Estado no permite quitar la vida a un ser humano, esto no puede hacerse bajo ningún supuesto. Ni en el de la violación: ¿matamos al hijo del violador y dejamos con vida al violador?; ni en el de las malformaciones, cosa que nos acercaría peligrosamente al ideal de sociedad nacionalsocialista con su eliminación de personas defectuosas. Una ley del aborto nunca va a ser del gusto de todos, pero al menos con una ley de plazos y no de supuestos nos libramos de una paradoja hipócrita: la de defender que no puede matarse a un violador pero sí a su hijo. La ley de plazos asume, lo diga explícitamente o no, que un embrión de unas cuantas semanas no es un ser humano, y que por tanto no tiene derechos. A algunos les parecerá un crimen, a otros mucho, y a otros poco, pero dice, al menos, las cosas sin ambigüedad.

En Utopía no habría leyes sobre el aborto, porque no habría embarazos problemáticos o no deseados. ¿Podemos llegar allí? Es posible, pero como en casi todo, el camino que conduce hasta la isla tiene un único nombre: educación. Es necesario hacer un esfuerzo muchísimo mayor que el que de momento estamos dispuestos a dedicar para explicar bien a los adolescentes en qué consiste su derecho a la sexualidad, qué características y qué riesgos tiene. Mientras ni unos —los religiosos fervientes— ni otros —los feministas fervorosos— se den cuenta de que la educación es un asunto que hay que arreglar para antes de ayer, y que no hay absolutamente ninguna otra cosa en España que corra más urgencia, tendrán, todos, que aguantarse con leyes que siempre les van a resultar incómodas.

Anteriormente, en La Lengua:

HOLLYWOODCA + WTF

5 de July de 2010

Este viernes, 9 de julio, en el pub All American Bar del Puerto Noray de Melilla, daremos a las 23.30 por fin nuestro primer concierto (el primero fue, en realidad, medio, ya que solo tocamos cinco canciones). Toca también What the Fuck?!, un grupo de jóvenes que para mi gusto tienen una calidad digna de ser más viejunos. A los que os pille en Melilla, no tenéis excusa para no ir (y a los demás tampoco cuesta tanto un billete de avión, digo yo). Os espero allí. Aquí tenéis el enlace al evento en Facebook.

Fumar, prohibir

4 de July de 2010

Este es el cuarto artículo que he publicado en El telegrama de Melilla. Siento que me ha quedado menos redondo que otros, pero en fin, es lo que hay. Allá va.

Fumar, prohibir

Un amigo me contó que, estando de vacaciones en un país ex comunista de la Europa del Este, al ver en un vagón de tren a varios ciudadanos fumando como si nada, pensó: «En España, por suerte, ya hemos superado esto». El uso de esta palabra, que implica el significado de avanzar, indica hasta qué punto nos sentimos cómodos con la restricción de las libertades. Consideramos un triunfo las prohibiciones, cuando, entiendo yo, una sociedad moderna debería conformarse mediante la educación, y no con reglas impuestas a adultos, como si fuésemos niños todos.

Mientras escribo estas líneas tengo delante de mí un informe del Ministerio de Sanidad, del que algunos datos ponen los pelos de punta. Según una encuesta realizada en 1996, el 66% de los adolescentes de entre 14 y 18 años había consumido alcohol en los treinta días anteriores a dicha encuesta. Es curioso comprobar como nadie siente la necesidad de superar este problema, que, tanto individual como socialmente, es, creo, mucho más grave que el del tabaquismo en los adultos. El consumo de drogas —y me refiero a todas, independientemente de su legalidad— en individuos en fase de crecimiento puede ocasionarles toda clase de problemas de salud. Eso, por no hablar de que a nadie, después de fumarse un cigarrillo, o veinte, le da por ponerse a dar alaridos por la calle, meterse en peleas, orinar en la puerta de un domicilio particular; o de que después de fumar un paquete de tabaco nadie se convierte en un arma mortífera si decide conducir. Sin embargo, como digo, la mayoría de la población aplaude la inminente prohibición de fumar en lugares públicos, pero nadie ve apremiante que nos pongamos en serio a erradicar el alcoholismo en nuestras calles, aunque solo sea el que se produce en los menores.

Le doy vueltas y vueltas al asunto y no encuentro un porqué. En este país siempre se ha considerado de buen gusto molestar al vecino. Gritar, beber en público causando ruido y suciedad, comprar petardos a tus hijos para que celebren no sé qué cosa con ruidos atronadores, informar a toda la ciudad de la victoria de tu equipo de fútbol (absurda actitud: a los que les interesa, probablemente ya lo saben; a los que no, nos trae sin cuidado). En general, el español desconfía del que es educado, o al menos poco ruidoso. No encontramos mejor forma de demostrar nuestra felicidad que bramando al oído del vecino. No me dirán que esto no contrasta con la extrema intolerancia hacia los que sufrimos de tabaquismo, que no es un capricho, un vicio ni un hábito, sino una enfermedad reconocida por la Organización Mundial de la Salud. Como lo son, por otra parte, las enfermedades nerviosas provocadas por la exposición continuada al ruido, con el que tan a gusto nos sentimos. ¿Por qué es precisamente el tabaco el demonio de las instituciones y de la sociedad?

Puede que venga de la tendencia a imitar a los Estados Unidos, en que un fumador es visto prácticamente como un nazi. No lo sé. Me parece una explicación plausible. Sin embargo, en muchos de los estados de la superpotencia es ilegal beber hasta los 21 años, y siguen la norma a rajatabla. Aquí, sin embargo, todo el mundo acepta el consumo de alcohol entre menores, con el consabido argumento de que «tú también lo hacías a su edad». Para mí, sigue siendo un misterio.

Tengo clarísima, sin embargo, la sensación de vivir en un país en que, como persona, tengo cada vez menos derechos. No pido que se me permita fumar libremente donde se me antoje, ya que no es razonable. Pido, no obstante, poder realizar un vuelo internacional sin tener que mentalizarme para estar un mínimo de diez horas sin poder echar un cigarrillo (echen cuentas desde que entran en un aeropuerto hasta que salen del otro, y acuérdense de que, en los vuelos internacionales, hay que estar en el sitio dos horas antes del embarque). Pido poder ir a un bar de fumadores, donde todo el que entre sepa que va a aspirar humo, y donde irá quien le apetezca. Pido no tener que irme a la calle a fumar en cualquier situación, con una mirada que parece pedir disculpas por sufrir una enfermedad. Soy fumador. No fumo para molestar al de al lado, fumo porque padezco tabaquismo. Intentaré que mi enfermedad cause las mínimas molestias a los paisanos, pero exijo que no se me castigue por estar enfermo. Lo único que estoy pidiendo es no tener que encerrarme en mi casa o salirme a la calle, como un animal, para realizar una actividad que en este país sigue siendo legal.

La kafkiana obsesión por castigar a los fumadores produce otras situaciones que, miradas objetivamente, deberían producir espanto. Contaba el escritor Javier Marías hace unas semanas en El País que ya le resultaba imposible encontrar una habitación para fumadores en un hotel cualquiera de la UE o los Estados Unidos. No es que te cobren el doble por fumar: es que, pagues lo que pagues, es obligatorio, si sufres tabaquismo, que salgas a la calle a la hora que sea, haga el tiempo que haga, para inyectarte tu dosis en el pulmón. Esta situación la viví yo mismo, hace un año, en un hotel de Londres. Un amenazador cartelito te avisaba de que pagarías una multa si se daban cuenta de que habías fumado en la habitación. Nada decía, sin embargo, sobre el consumo de alcohol.

No me malinterpreten, con este artículo no pretendo defender la idea de que mis conciudadanos tengan la obligación de tragarse el humo de mis cigarrillos cuando van a un bar. Claro, que tampoco yo debería estar forzado a aguantar los berridos de los parroquianos que no saben beber con moderación, la música de calidad cuestionable a elevado volumen o el ridículo juego de fútbol a cien decibelios en el televisor. Pues si no te gusta eso —parece que los oigo decir— no vayas a un bar. Bien, pues lo mismo digo yo de mi humo.

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