Ars longa, vita brevis

Libertades y prisiones religiosas

20 de June de 2010

(Otro artículo de opinión en El telegrama de Melilla, publicado hoy, domingo 20 de junio. Esta vez doy las gracias, aparte de a Virginia, a mi querida Cristina Hernández, a quien torpemente olvidé mencionar hace una semana, que fue la que me sugirió escribir para el periódico.

Los lectores habituales de La Lengua verán que no digo mucho nuevo, pero eso es porque intento hacer un compendio de las ideas que normalmente estallan en el blog, resumiendo esas ideas para esos lectores no habituales. Leo el artículo y no veo muy bien adónde quiero llegar, pero, como dice mi amiga Nuria A., es un texto que —al parecer— anima al debate. Está después de la imagen. Que lo disfrutéis, o padezcáis, según el caso.)

Libertades y prisiones religiosas

En el persistente debate sobre el velo islámico, igual que en el del aborto o los derechos de los homosexuales, pienso que, de forma demasiadas veces pueril, se aleja el asunto del ámbito que le corresponde.

Lo hemos convertido en una cuestión fundamentalmente religiosa, cuando no debería serlo. Es evidente que el matiz religioso no se puede soslayar, puesto que a parte (no toda) la fuente del asunto es aplicable ese adjetivo, y sin embargo es igual de obvio que en un estado aconfesional las leyes no pueden emanar de ninguna creencia, y tampoco de una compilación de credos. Por ello es necesario que apartemos el debate de cualquier sentimiento, religioso o de cualquier otro tipo, porque un estado de derecho no puede construirse sobre algo tan subjetivo como las emociones. Y digo esto sabiendo que es difícil que los poderes legislativos se mantengan al margen del misticismo, dada la vergonzosa simpatía que el Estado siente hacia las religiones, hacia el Cristianismo de forma secular, y en tiempos recientes hacia el Islam y otras, tenga el Gobierno de turno un color anaranjado o uno rojo, lavado con un detergente neoliberal.

En varias localidades de nuestro país, ya lo sabrán, se están creando normas para la prohibición del burka en espacios públicos, medida que es apoyada por la mayoría de personas y asociaciones de que tengo noticia, incluidas asociaciones musulmanas. Aunque no me gusta hacer distinciones entre grupos de ciudadanos según sus creencias, recalco lo de estas asociaciones, ya que creo que es importante desterrar esta idea promovida por algunos grupos de opinión de que los musulmanes, en general, son un grupo étnico que se siente cómodo con el fundamentalismo (los principales perjudicados por el islamismo son, precisamente, la mayoría de los musulmanes), y además no respetan el ordenamiento legal que se basa en nuestra Constitución. Aclarado esto, debo decir que el burka no me parece una aberración demasiado mayor que el hiyab o el niqab, y he querido poner en cursiva ese demasiado para tener la oportunidad de explicarme a continuación.

Aquí, en Melilla, siempre se ha visto a mujeres con la cabeza tapada, y ello nunca ha sido motivo de altercados. Tal vez la costumbre ha impedido que nos llevemos las manos a la cabeza, si se me permite la expresión. Recuerdo, siendo un niño, que muchas mujeres mayores vestían el niqab con toda normalidad, y esta es una prenda de las que ahora se consideran inaceptables. No era frecuente, sin embargo, como ahora, que las mujeres jóvenes —niñas en algunos casos— se cubriesen con el hiyab, pero, al menos yo, lo he vivido también con normalidad. El mundo se ha vuelto más religioso en las dos últimas décadas (incomprensiblemente, la humanidad siempre demuestra su asombrosa capacidad de ir hacia atrás en lugar de adelante), y mi impresión es que tanto el Islam como el Judaísmo y el Cristianismo llevan un par de décadas dulces, con mucha gente joven reafirmándose en su fe, y de paso haciendo el mundo algo menos habitable para los que no creemos en verdades sobrenaturales (esto da para otro artículo y no voy a tratarlo aquí). El hiyab, como el niqab y el burka, y otras denominaciones para otras prendas que me interesan tanto o tan poco como las nombradas, son, vistas de manera totalmente objetiva, simples pedazos de tela con los que algunos seres humanos deciden cubrir parte de su cuerpo. El hecho de que el burka cubra la totalidad es, creo, un dato cuantitativo y no cualitativo. Pero lo que debería aceptar todo el mundo es que el cuerpo de la mujer adulta le pertenece exclusivamente a ella, y nadie, ni un hombre de su familia ni una mayoría democrática expresada en una norma legal, debería decidir sobre qué parte enseña o cuál deja libre a la vista. Es por esto que no considero que el burka sea más o menos ignominioso que cualquiera de las otras prendas, religiosas o no, con las que los humanos nos cubrimos el cuerpo y la cara. Pero ¿es el burka una imposición del hombre sobre la mujer? Es difícil saberlo, y habría que preguntar a cada mujer de las que lo visten. En ese caso, por supuesto, sería una actitud inaceptable —nótese que hablo de la actitud, y no de la prenda— y perseguible. Pero lo mismo deberíamos decir de la mujer que se cubre con el hiyab por el mismo motivo, o ya puestos, de la que se pone falda y no pantalones, porque su padre, profese la religión que profese, no considera decoroso que la forma de las piernas de su hija se defina y sea pública.

He declarado más arriba que el hecho religioso no debe ser determinante en esta cuestión, y también que, no obstante, no debe ignorarse. Hay quien, tratando este asunto, alude al machismo de la religión islámica, pero eso no deja de ser una anécdota, o una obviedad. Las tres religiones del Libro son machistas. Muchos intentan argumentar en contra de esto, sobre todo desde el Cristianismo o desde el Islam. Este punto no lo voy a rebatir, puesto que es tan transparente el machismo que destila cada una de las páginas de los textos sagrados de estas religiones, que es imposible discutir sin descender a niveles subterráneos. Nuestra sociedad toda es machista, aunque, por suerte, la ciudadanía va haciendo sus esfuerzos por acabar con esta lacra que dura ya demasiados milenios. No puede decirse lo mismo de las religiones, aunque diré en defensa irónica de ellas que cuentan con el handicap de tener un manual de instrucciones de la vida y el universo que no ha sido actualizado ni revisado, en el mejor de los casos, desde hace alrededor de un milenio y medio.

El hecho de que muchas profesiones aún tengan uniformes distintos para hombres y mujeres —y cuya distinción se basa no tanto en diferencias biológicas objetivas como en roles sociales trasnochados— es la prueba más facilona de que nuestra sociedad inspira y espira machismo, aunque no la única. En el ámbito de la religión mayoritaria de nuestros compatriotas, tenemos el claro ejemplo de la imposibilidad de que las mujeres sean sacerdotisas, o el asunto del velo de las monjas, aunque quizás sea necesario aclarar que este uniforme tiene poco que ver, en cuestiones dialécticas, con cualquiera de los velos islámicos (una vez más, las razones son demasiado evidentes como para malgastar tinta en ellas).

Y después de tantas consideraciones, en definitiva, ¿qué hacemos con esto, cómo lo legislamos? Partiendo de la tesis de este artículo, la respuesta es bastante clara. En la legislación de nuestro país, que, no lo olvidemos, debe ser igual para todos los ciudadanos, sin tener en cuenta sus creencias, no se debería ser especialmente sensible con ninguna fe concreta, sea mayoritaria o no. No debe legislarse atendiendo al hecho de que tal o cual religión prohíbe u ordena esto o lo otro: las religiones no han tenido en cuenta los derechos de los ciudadanos para constituirse, ni para adaptarse; el Estado tampoco tiene la obligación, o el derecho, como ustedes quieran, de inmiscuirse en sus asuntos. El reino de la política debe ser el mundo visible, como el de la religión es el de lo invisible. Si se hace una norma contra que las mujeres vayan tapadas, debe hacerse independientemente del Islam o de cualquier otra creencia. Si se hace para impedir el dominio del varón sobre la mujer adulta, bienvenida sea; pero, entonces, la norma ha de ser universal, y no anti Islam. Debería ir contra la imposición del burka, pero también contra la imposición del hiyab, la de la falda o contra los hombres que prohíben a sus mujeres maquillarse (prohibir, como si la mujer fuese un bebé al que hay que enseñar, y parece mentira que a estas alturas tengamos que estar hablando de esto). Pero los poderes públicos deberían ignorar a las religiones para tratar los asuntos legales. Porque, si seguimos dándoles la importancia que en el mundo físico no deberían tener, seguirán pensando que todos tenemos la obligación de tenerlas en cuenta para regir nuestras vidas. Y, moleste a quien moleste, no la tenemos.

3 comentarios en “Libertades y prisiones religiosas”

  • # Elías dice:
    20 de June de 2010 a las 17:39

    Por cierto, en el primer párrafo (entre paréntesis), cuando hablo de “mi querida Cristina”, debe entenderse “querida” como adjetivo, y no como sustantivo, que no quiero que mi queridísimo Juan Ángel se me enfade.

  • # La Lengua » Fumar, prohibir dice:
    4 de July de 2010 a las 14:44

    […] Libertades y prisiones religiosas […]

  • # La Lengua » Aborto. Dudas y certezas dice:
    11 de July de 2010 a las 15:04

    […] Libertades y prisiones religiosas […]

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