Ars longa, vita brevis

Es Chinatown

27 de June de 2010

Este es el tercer artículo que he publicado en El Telegrama de Melilla. Va por ustedes.

Es Chinatown

Pues estamos metidos de cabeza en una crisis de espanto, algo que todos temíamos y veíamos venir. Y parece que va a costar sacarnos de aquí, teniendo en cuenta, además, que nosotros —los ciudadanos— no nos hemos metido en ninguna crisis, sino que han sido otros los que nos han hundido la cara en el barro. Si bien es cierto que hemos ayudado a crear esta situación, comprando unos cuantos ladrillos apilados a precio de oro, no lo es menos que no podríamos haberlo hecho si unos bancos ávidos de nuestras nóminas no nos hubiesen concedido unos créditos que no podríamos pagar. Pero aun así, me preocupa que el asunto se mire únicamente desde el punto de vista económico y financiero, cuando va mucho más allá.

Da miedo ver que todos los gobiernos del mundo, incluyendo al español y al europeo, estén haciendo todos los esfuerzos posibles (es un decir: los estamos haciendo los ciudadanos) por salvar este sistema a toda costa; este sistema que es el que ha causado que ahora media Europa esté arruinada, que la clase media sea cada vez más una especie en peligro, y que, como en todo, la simplificación de las cosas tienda a la dualidad. Al igual que, políticamente, hemos convertido España en un partido de fútbol donde se baten dos contendientes indiferenciables si no fuera por el color de su camiseta, estamos también convirtiendo España y Europa en un espacio social radicalmente desigual: dentro de poco, habrá exclusivamente ricos y pobres, y la clase media quedará reducida a dos palabras desemantizadas.

Uno esperaría esto de un gobierno conservador, que después de todo se preocupa principalmente del capital. No sé bien si por ignorancia o mala fe, o simple egoísmo, que es uno de los sentimientos primarios de todo ser vivo, lo que se suele encontrar en la llamada derecha política es una preocupación por el bienestar de los mercados. En cierto modo se puede defender esta visión. Si a los mercados les va bien —si se vende y se compra mucho—, será necesario aumentar la producción, lo que se logra aumentando el número de contrataciones. Esto hará que haya más gente trabajando y cobrando, y por ende que haya más gente comprando, y se produce una reacción en cadena que no puede sino devenir en más contrataciones. Lo malo de esta ecuación es que se ha demostrado suficientemente que no funciona así, y que, en primer lugar, cada ciertos años hay una crisis que pone en la calle a millones de trabajadores, cada uno de ellos con su pequeña o mediana tragedia sobre sus espaldas. Y, además, cuando se explica esto del libre mercado se suele pasar por alto una cuestión evidente: lo que es bueno para el mercado, no tiene por qué serlo para la sociedad. La producción puede aumentarse de otras maneras: bajando salarios, o aumentando el número de horas trabajadas por el mismo sueldo, que es lo mismo. Sí, es posible que permita que cada obrero ostente en su salón un televisor TFT. Pero eso está lejos de lo que yo entiendo por bienestar. Especialmente si el precio que pagamos por la tele plana no son solo los 500 euros que indica la factura, sino también el recorte de derechos y subsidios y la espada de Damocles del despido colgando sobre las cabezas.

Decía que, de todas maneras, la defensa del mercado libre podría entenderse si viniera solamente del ala política conservadora, que últimamente basa su esencia más en la libertad de mercado —es indignante que hayan adoptado el adjetivo liberal como propio, como si la libertad tuviese algo que ver con lo que no sea la libertad de las personas, como si un mercado o una empresa pudiesen ser libres— que en la defensa de unos valores sociales tradicionales, identificados en España, anteriormente, con una sociedad católica y mojigata heredada del nacionalcatolicismo franquista, y con las tradiciones de tiempos pretéritos. Lo que no se entiende es que un Gobierno que alardea de izquierdismo comulgue con ideas y medidas más propias de los defensores del mercado que de los representantes de los ciudadanos.

Y, personalmente, lo que me cabrea sobremanera es el uso de eufemismos para ocultar la realidad que va a aplastarnos de un momento a otro. Y el eufemismo que más éxito ha tenido en los últimos años es flexibilidad, algo que el diccionario de la RAE define como «cualidad de flexible», y que nos obliga a buscar en sus páginas el adjetivo correspondiente, que en su primera acepción reza: «que tiene disposición para doblarse fácilmente». Pero, si avanzamos a la tercera definición, encontramos que flexible es algo «que no se sujeta a normas estrictas, a dogmas o a trabas». Y esta es la que seguramente entienden nuestros políticos y agentes sociales cuando dicen flexibilidad laboral. Me aterra pensar que el mercado pueda no verse sujeto a normas estrictas ni trabas, y que campe como un animal salvaje por nuestras calles. Si no está sujeto a normas, ¿qué hará cuando necesite regular (otro eufemismo) a cien mil trabajadores? ¿Y cuando necesite ajustar (otro más) los salarios? ¿Quién pondrá las trabas?

Lo peor de todo esto es que nuestro gobierno socialista ni siquiera actúa con libertad, mandado, como debería ser, por la autoridad de los ciudadanos que le han dado el poder con sus votos. Están todos los tertulianos en las radios —tanto en las afectas al Gobierno como en las simpatizantes del Partido Popular— diciendo, con cierta sorna, que Rodríguez Zapatero se ha visto obligado a tomar las medidas neoliberales que está aplicando presionado por Barack Obama, por Angela Merkel, por el Fondo Monetario Internacional, por el Banco Central Europeo, por los mercados. Y que esta obligación le viene, entre otras cosas, por su populista política de derroche de dinero público, con la que ha ido regalando dinero a quien no lo necesitaba (como, por ejemplo, los 2.500 euros a las madres adineradas, o los 400 que me devolvió de la declaración de la renta, que ya daba por bien empleados) para poder ganar las elecciones con facilidad. Y la pregunta que debemos hacernos es: ¿quiénes son esas personas y entidades para obligar a nuestro Gobierno a cambiar su política? No es posible, si nos queremos seguir considerando un país democrático, que aceptemos que unas entidades que no hemos votado —ni se nos ha concedido la posibilidad de hacerlo— decidan sobre la política patria. Angela Merkel, como es lógico, piensa en el bienestar de Angela Merkel, y por extensión en el de Alemania. Investiguen qué país tiene mayores inversiones en Grecia, país que la UE ha salvado in extremis de la bancarrota, y tal vez se lleven una sorpresa: la de que Merkel no es tan buena samaritana. ¿Y Obama? No creo que sus simpatías por España le llevaran a preocuparse por nuestro país si el suyo no tuviera unos intereses sólidos aquí y en el resto de la UE. Pero otra vez: ¿qué derecho tienen unas entidades externas, algunas democráticas y otras no, que desde luego no hemos votado nosotros, a forzar a nuestros gobernantes a tomar decisiones ajenas a nuestra voluntad? Prefiero al Zapatero manirroto que al que obedece otras órdenes que las de los españoles. Cuando me equivoque, quiero hacerlo con todas las consecuencias. Así podré, dentro de dos años, echar a Zapatero del poder, si lo deseo. Ni a Obama ni al FMI puedo cambiarlos, pero a mi presidente sí.

Sin embargo, el español sigue teniendo una mentalidad franquista. Y no me refiero a que sea simpatizante, en general, de estados confesionales, dictaduras orgánicas, pantanos y cosas así. Me refiero a que tenemos la inercia de obedecer a los políticos, en lugar de a que nos obedezcan a nosotros. No en vano aún los llamamos mandatarios. ¿Mandatarios? Ellos deberían obedecer, nosotros mandar. En caso contrario, esto no es una democracia y hay que cambiarle el nombre.

Pero saquen este tema a cualquier hijo de vecino y le empezará a hablar de la inevitabilidad de estas medidas, de que hay que ser responsables, de que no hay más remedio que congelar pensiones y bajar sueldos si queremos que el sistema siga en pie.

En otras palabras, que vivimos en una Plutocracia. Sí, votamos cada cuatro años, elegimos, supuestamente, a los que van a mandar, pero aquí no se hace lo que dicen los ciudadanos, sino lo que deciden los mercados. Y oiremos por todos lados que es inevitable, que debemos aceptar que no gobierna una mayoría democrática, sino el puro y despiadado dinero que no se sabe a ciencia cierta a quién pertenece. Teníamos sueños de democracia, pero han quedado en eso: en sueños. Es mejor olvidarlos. Es Chinatown.

4 comentarios en “Es Chinatown”

  • # antonio molina dice:
    28 de June de 2010 a las 16:49

    Ya lo decía el gurú de toda una generación:

    http://www.youtube.com/watch?v=U26SjK523_k

    Muy bueno, como siempre.

  • # larry dice:
    29 de June de 2010 a las 22:17

    En la misma linea,me gustaria destacar a los que mandan y son los señores del Club Bilderberg,ansiados brokers,empresarios,politicos,artistas,eclesiasticos,intelectos y personas pertenecientes a coronas reales europeas.
    Personalmente para mi esa es la gente que controla el cotarro,asi que no sirve de nada ni votar,ni creer,ni ahorrar,ni tan si quiera hacer planes de futuro,haremos los que nos dicten desde ese selecto club de elite adinerada.

    Muy bueno elias.

  • # Ikima dice:
    1 de July de 2010 a las 15:58

    Creo que este artículo es, de los tres que has escrito para el diario, el que más se acerca a tus habituales artículos del blog. Tiene ese toque ácido y esa cualidad de aportar visiones novedosas sobre los asuntos manidos frase tras frase. Yo siempre me sorprendo. He recordado una viñeta a la que llegué a través de menéame (no recuerdo el autor ni he logrado encontrarla en la red) en la que una profesora reprendía a un niño de guarderíao, diciendo algo así como (lo parafraseo): “Fulanito, ¿es verdad que has destripado deliberadamente los peluches de tus compañeros de clase, para alquilarles después el tuyo a la hora de la siesta?”, y el niño respondía: “¿Puedo decir en mi defensa que es así como funciona el FMI?”.

  • # Manuel dice:
    4 de July de 2010 a las 17:32

    Muy bueno.

    Pero ni siquiera Merkel u Obama son los que mandan, como apunta larry.

    Siempre hay alguien más alto, en las sombras, que maneja los hilos.

    Y aquí está claro, que hay mucho dinero que vino de Alemania y de Francia en forma de dinero prestado para hipotecas a españoles medios en pleno auge burbujil y que ahora corre el riesgo de ‘desaparecer’ y ser un problema en los países de origen.

    Lo peor de esta ‘Crisis’ es que los mismos que la inflaron, para especular, son los que la han desencadenado y la mantienen viva.
    Si pudiésemos contar el dinero que ha ido a parar a Paraísos Fiscales en estos últimos años de ‘bonanza’, nos daríamos cuenta de que salir de la crisis sería tan sencillo como ir a esos países a atracar a los que nos robaron antes.

    Pero para plantar cara a quienes en verdad manejan el cotarro y poner orden en los mercados, hace falta mucho valor del que adolecen los políticos de hoy.

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