Ars longa, vita brevis

Es Chinatown

27 de June de 2010

Este es el tercer artículo que he publicado en El Telegrama de Melilla. Va por ustedes.

Es Chinatown

Pues estamos metidos de cabeza en una crisis de espanto, algo que todos temíamos y veíamos venir. Y parece que va a costar sacarnos de aquí, teniendo en cuenta, además, que nosotros —los ciudadanos— no nos hemos metido en ninguna crisis, sino que han sido otros los que nos han hundido la cara en el barro. Si bien es cierto que hemos ayudado a crear esta situación, comprando unos cuantos ladrillos apilados a precio de oro, no lo es menos que no podríamos haberlo hecho si unos bancos ávidos de nuestras nóminas no nos hubiesen concedido unos créditos que no podríamos pagar. Pero aun así, me preocupa que el asunto se mire únicamente desde el punto de vista económico y financiero, cuando va mucho más allá.

Da miedo ver que todos los gobiernos del mundo, incluyendo al español y al europeo, estén haciendo todos los esfuerzos posibles (es un decir: los estamos haciendo los ciudadanos) por salvar este sistema a toda costa; este sistema que es el que ha causado que ahora media Europa esté arruinada, que la clase media sea cada vez más una especie en peligro, y que, como en todo, la simplificación de las cosas tienda a la dualidad. Al igual que, políticamente, hemos convertido España en un partido de fútbol donde se baten dos contendientes indiferenciables si no fuera por el color de su camiseta, estamos también convirtiendo España y Europa en un espacio social radicalmente desigual: dentro de poco, habrá exclusivamente ricos y pobres, y la clase media quedará reducida a dos palabras desemantizadas.

Uno esperaría esto de un gobierno conservador, que después de todo se preocupa principalmente del capital. No sé bien si por ignorancia o mala fe, o simple egoísmo, que es uno de los sentimientos primarios de todo ser vivo, lo que se suele encontrar en la llamada derecha política es una preocupación por el bienestar de los mercados. En cierto modo se puede defender esta visión. Si a los mercados les va bien —si se vende y se compra mucho—, será necesario aumentar la producción, lo que se logra aumentando el número de contrataciones. Esto hará que haya más gente trabajando y cobrando, y por ende que haya más gente comprando, y se produce una reacción en cadena que no puede sino devenir en más contrataciones. Lo malo de esta ecuación es que se ha demostrado suficientemente que no funciona así, y que, en primer lugar, cada ciertos años hay una crisis que pone en la calle a millones de trabajadores, cada uno de ellos con su pequeña o mediana tragedia sobre sus espaldas. Y, además, cuando se explica esto del libre mercado se suele pasar por alto una cuestión evidente: lo que es bueno para el mercado, no tiene por qué serlo para la sociedad. La producción puede aumentarse de otras maneras: bajando salarios, o aumentando el número de horas trabajadas por el mismo sueldo, que es lo mismo. Sí, es posible que permita que cada obrero ostente en su salón un televisor TFT. Pero eso está lejos de lo que yo entiendo por bienestar. Especialmente si el precio que pagamos por la tele plana no son solo los 500 euros que indica la factura, sino también el recorte de derechos y subsidios y la espada de Damocles del despido colgando sobre las cabezas.

Decía que, de todas maneras, la defensa del mercado libre podría entenderse si viniera solamente del ala política conservadora, que últimamente basa su esencia más en la libertad de mercado —es indignante que hayan adoptado el adjetivo liberal como propio, como si la libertad tuviese algo que ver con lo que no sea la libertad de las personas, como si un mercado o una empresa pudiesen ser libres— que en la defensa de unos valores sociales tradicionales, identificados en España, anteriormente, con una sociedad católica y mojigata heredada del nacionalcatolicismo franquista, y con las tradiciones de tiempos pretéritos. Lo que no se entiende es que un Gobierno que alardea de izquierdismo comulgue con ideas y medidas más propias de los defensores del mercado que de los representantes de los ciudadanos.

Y, personalmente, lo que me cabrea sobremanera es el uso de eufemismos para ocultar la realidad que va a aplastarnos de un momento a otro. Y el eufemismo que más éxito ha tenido en los últimos años es flexibilidad, algo que el diccionario de la RAE define como «cualidad de flexible», y que nos obliga a buscar en sus páginas el adjetivo correspondiente, que en su primera acepción reza: «que tiene disposición para doblarse fácilmente». Pero, si avanzamos a la tercera definición, encontramos que flexible es algo «que no se sujeta a normas estrictas, a dogmas o a trabas». Y esta es la que seguramente entienden nuestros políticos y agentes sociales cuando dicen flexibilidad laboral. Me aterra pensar que el mercado pueda no verse sujeto a normas estrictas ni trabas, y que campe como un animal salvaje por nuestras calles. Si no está sujeto a normas, ¿qué hará cuando necesite regular (otro eufemismo) a cien mil trabajadores? ¿Y cuando necesite ajustar (otro más) los salarios? ¿Quién pondrá las trabas?

Lo peor de todo esto es que nuestro gobierno socialista ni siquiera actúa con libertad, mandado, como debería ser, por la autoridad de los ciudadanos que le han dado el poder con sus votos. Están todos los tertulianos en las radios —tanto en las afectas al Gobierno como en las simpatizantes del Partido Popular— diciendo, con cierta sorna, que Rodríguez Zapatero se ha visto obligado a tomar las medidas neoliberales que está aplicando presionado por Barack Obama, por Angela Merkel, por el Fondo Monetario Internacional, por el Banco Central Europeo, por los mercados. Y que esta obligación le viene, entre otras cosas, por su populista política de derroche de dinero público, con la que ha ido regalando dinero a quien no lo necesitaba (como, por ejemplo, los 2.500 euros a las madres adineradas, o los 400 que me devolvió de la declaración de la renta, que ya daba por bien empleados) para poder ganar las elecciones con facilidad. Y la pregunta que debemos hacernos es: ¿quiénes son esas personas y entidades para obligar a nuestro Gobierno a cambiar su política? No es posible, si nos queremos seguir considerando un país democrático, que aceptemos que unas entidades que no hemos votado —ni se nos ha concedido la posibilidad de hacerlo— decidan sobre la política patria. Angela Merkel, como es lógico, piensa en el bienestar de Angela Merkel, y por extensión en el de Alemania. Investiguen qué país tiene mayores inversiones en Grecia, país que la UE ha salvado in extremis de la bancarrota, y tal vez se lleven una sorpresa: la de que Merkel no es tan buena samaritana. ¿Y Obama? No creo que sus simpatías por España le llevaran a preocuparse por nuestro país si el suyo no tuviera unos intereses sólidos aquí y en el resto de la UE. Pero otra vez: ¿qué derecho tienen unas entidades externas, algunas democráticas y otras no, que desde luego no hemos votado nosotros, a forzar a nuestros gobernantes a tomar decisiones ajenas a nuestra voluntad? Prefiero al Zapatero manirroto que al que obedece otras órdenes que las de los españoles. Cuando me equivoque, quiero hacerlo con todas las consecuencias. Así podré, dentro de dos años, echar a Zapatero del poder, si lo deseo. Ni a Obama ni al FMI puedo cambiarlos, pero a mi presidente sí.

Sin embargo, el español sigue teniendo una mentalidad franquista. Y no me refiero a que sea simpatizante, en general, de estados confesionales, dictaduras orgánicas, pantanos y cosas así. Me refiero a que tenemos la inercia de obedecer a los políticos, en lugar de a que nos obedezcan a nosotros. No en vano aún los llamamos mandatarios. ¿Mandatarios? Ellos deberían obedecer, nosotros mandar. En caso contrario, esto no es una democracia y hay que cambiarle el nombre.

Pero saquen este tema a cualquier hijo de vecino y le empezará a hablar de la inevitabilidad de estas medidas, de que hay que ser responsables, de que no hay más remedio que congelar pensiones y bajar sueldos si queremos que el sistema siga en pie.

En otras palabras, que vivimos en una Plutocracia. Sí, votamos cada cuatro años, elegimos, supuestamente, a los que van a mandar, pero aquí no se hace lo que dicen los ciudadanos, sino lo que deciden los mercados. Y oiremos por todos lados que es inevitable, que debemos aceptar que no gobierna una mayoría democrática, sino el puro y despiadado dinero que no se sabe a ciencia cierta a quién pertenece. Teníamos sueños de democracia, pero han quedado en eso: en sueños. Es mejor olvidarlos. Es Chinatown.

Libertades y prisiones religiosas

20 de June de 2010

(Otro artículo de opinión en El telegrama de Melilla, publicado hoy, domingo 20 de junio. Esta vez doy las gracias, aparte de a Virginia, a mi querida Cristina Hernández, a quien torpemente olvidé mencionar hace una semana, que fue la que me sugirió escribir para el periódico.

Los lectores habituales de La Lengua verán que no digo mucho nuevo, pero eso es porque intento hacer un compendio de las ideas que normalmente estallan en el blog, resumiendo esas ideas para esos lectores no habituales. Leo el artículo y no veo muy bien adónde quiero llegar, pero, como dice mi amiga Nuria A., es un texto que —al parecer— anima al debate. Está después de la imagen. Que lo disfrutéis, o padezcáis, según el caso.)

Libertades y prisiones religiosas

En el persistente debate sobre el velo islámico, igual que en el del aborto o los derechos de los homosexuales, pienso que, de forma demasiadas veces pueril, se aleja el asunto del ámbito que le corresponde.

Lo hemos convertido en una cuestión fundamentalmente religiosa, cuando no debería serlo. Es evidente que el matiz religioso no se puede soslayar, puesto que a parte (no toda) la fuente del asunto es aplicable ese adjetivo, y sin embargo es igual de obvio que en un estado aconfesional las leyes no pueden emanar de ninguna creencia, y tampoco de una compilación de credos. Por ello es necesario que apartemos el debate de cualquier sentimiento, religioso o de cualquier otro tipo, porque un estado de derecho no puede construirse sobre algo tan subjetivo como las emociones. Y digo esto sabiendo que es difícil que los poderes legislativos se mantengan al margen del misticismo, dada la vergonzosa simpatía que el Estado siente hacia las religiones, hacia el Cristianismo de forma secular, y en tiempos recientes hacia el Islam y otras, tenga el Gobierno de turno un color anaranjado o uno rojo, lavado con un detergente neoliberal.

En varias localidades de nuestro país, ya lo sabrán, se están creando normas para la prohibición del burka en espacios públicos, medida que es apoyada por la mayoría de personas y asociaciones de que tengo noticia, incluidas asociaciones musulmanas. Aunque no me gusta hacer distinciones entre grupos de ciudadanos según sus creencias, recalco lo de estas asociaciones, ya que creo que es importante desterrar esta idea promovida por algunos grupos de opinión de que los musulmanes, en general, son un grupo étnico que se siente cómodo con el fundamentalismo (los principales perjudicados por el islamismo son, precisamente, la mayoría de los musulmanes), y además no respetan el ordenamiento legal que se basa en nuestra Constitución. Aclarado esto, debo decir que el burka no me parece una aberración demasiado mayor que el hiyab o el niqab, y he querido poner en cursiva ese demasiado para tener la oportunidad de explicarme a continuación.

Aquí, en Melilla, siempre se ha visto a mujeres con la cabeza tapada, y ello nunca ha sido motivo de altercados. Tal vez la costumbre ha impedido que nos llevemos las manos a la cabeza, si se me permite la expresión. Recuerdo, siendo un niño, que muchas mujeres mayores vestían el niqab con toda normalidad, y esta es una prenda de las que ahora se consideran inaceptables. No era frecuente, sin embargo, como ahora, que las mujeres jóvenes —niñas en algunos casos— se cubriesen con el hiyab, pero, al menos yo, lo he vivido también con normalidad. El mundo se ha vuelto más religioso en las dos últimas décadas (incomprensiblemente, la humanidad siempre demuestra su asombrosa capacidad de ir hacia atrás en lugar de adelante), y mi impresión es que tanto el Islam como el Judaísmo y el Cristianismo llevan un par de décadas dulces, con mucha gente joven reafirmándose en su fe, y de paso haciendo el mundo algo menos habitable para los que no creemos en verdades sobrenaturales (esto da para otro artículo y no voy a tratarlo aquí). El hiyab, como el niqab y el burka, y otras denominaciones para otras prendas que me interesan tanto o tan poco como las nombradas, son, vistas de manera totalmente objetiva, simples pedazos de tela con los que algunos seres humanos deciden cubrir parte de su cuerpo. El hecho de que el burka cubra la totalidad es, creo, un dato cuantitativo y no cualitativo. Pero lo que debería aceptar todo el mundo es que el cuerpo de la mujer adulta le pertenece exclusivamente a ella, y nadie, ni un hombre de su familia ni una mayoría democrática expresada en una norma legal, debería decidir sobre qué parte enseña o cuál deja libre a la vista. Es por esto que no considero que el burka sea más o menos ignominioso que cualquiera de las otras prendas, religiosas o no, con las que los humanos nos cubrimos el cuerpo y la cara. Pero ¿es el burka una imposición del hombre sobre la mujer? Es difícil saberlo, y habría que preguntar a cada mujer de las que lo visten. En ese caso, por supuesto, sería una actitud inaceptable —nótese que hablo de la actitud, y no de la prenda— y perseguible. Pero lo mismo deberíamos decir de la mujer que se cubre con el hiyab por el mismo motivo, o ya puestos, de la que se pone falda y no pantalones, porque su padre, profese la religión que profese, no considera decoroso que la forma de las piernas de su hija se defina y sea pública.

He declarado más arriba que el hecho religioso no debe ser determinante en esta cuestión, y también que, no obstante, no debe ignorarse. Hay quien, tratando este asunto, alude al machismo de la religión islámica, pero eso no deja de ser una anécdota, o una obviedad. Las tres religiones del Libro son machistas. Muchos intentan argumentar en contra de esto, sobre todo desde el Cristianismo o desde el Islam. Este punto no lo voy a rebatir, puesto que es tan transparente el machismo que destila cada una de las páginas de los textos sagrados de estas religiones, que es imposible discutir sin descender a niveles subterráneos. Nuestra sociedad toda es machista, aunque, por suerte, la ciudadanía va haciendo sus esfuerzos por acabar con esta lacra que dura ya demasiados milenios. No puede decirse lo mismo de las religiones, aunque diré en defensa irónica de ellas que cuentan con el handicap de tener un manual de instrucciones de la vida y el universo que no ha sido actualizado ni revisado, en el mejor de los casos, desde hace alrededor de un milenio y medio.

El hecho de que muchas profesiones aún tengan uniformes distintos para hombres y mujeres —y cuya distinción se basa no tanto en diferencias biológicas objetivas como en roles sociales trasnochados— es la prueba más facilona de que nuestra sociedad inspira y espira machismo, aunque no la única. En el ámbito de la religión mayoritaria de nuestros compatriotas, tenemos el claro ejemplo de la imposibilidad de que las mujeres sean sacerdotisas, o el asunto del velo de las monjas, aunque quizás sea necesario aclarar que este uniforme tiene poco que ver, en cuestiones dialécticas, con cualquiera de los velos islámicos (una vez más, las razones son demasiado evidentes como para malgastar tinta en ellas).

Y después de tantas consideraciones, en definitiva, ¿qué hacemos con esto, cómo lo legislamos? Partiendo de la tesis de este artículo, la respuesta es bastante clara. En la legislación de nuestro país, que, no lo olvidemos, debe ser igual para todos los ciudadanos, sin tener en cuenta sus creencias, no se debería ser especialmente sensible con ninguna fe concreta, sea mayoritaria o no. No debe legislarse atendiendo al hecho de que tal o cual religión prohíbe u ordena esto o lo otro: las religiones no han tenido en cuenta los derechos de los ciudadanos para constituirse, ni para adaptarse; el Estado tampoco tiene la obligación, o el derecho, como ustedes quieran, de inmiscuirse en sus asuntos. El reino de la política debe ser el mundo visible, como el de la religión es el de lo invisible. Si se hace una norma contra que las mujeres vayan tapadas, debe hacerse independientemente del Islam o de cualquier otra creencia. Si se hace para impedir el dominio del varón sobre la mujer adulta, bienvenida sea; pero, entonces, la norma ha de ser universal, y no anti Islam. Debería ir contra la imposición del burka, pero también contra la imposición del hiyab, la de la falda o contra los hombres que prohíben a sus mujeres maquillarse (prohibir, como si la mujer fuese un bebé al que hay que enseñar, y parece mentira que a estas alturas tengamos que estar hablando de esto). Pero los poderes públicos deberían ignorar a las religiones para tratar los asuntos legales. Porque, si seguimos dándoles la importancia que en el mundo físico no deberían tener, seguirán pensando que todos tenemos la obligación de tenerlas en cuenta para regir nuestras vidas. Y, moleste a quien moleste, no la tenemos.

Un par de cosas

13 de June de 2010

Primera, sobre los comentarios: Los que llevan años siguiendo el blog saben que lo normal aquí es que dé via libre a los comentarios según van entrando. Para evitar comentarios de publicidad no deseada, el correo con el que el comentarista envíe su aportación —que siempre, sin excepciones, queda oculto— debe tener un comentario aprobado por mí manualmente. El resto de ellos entra automáticamente.

Esto ha cambiado desde hace unas semanas, y pienso que debíais saberlo. Estoy impidiendo la publicación de algunos comentarios que no son de publicidad. El motivo es siempre el mismo: insultos y faltas de respeto hacia mí, hacia otros comentaristas o hacia personas que nada tienen que ver con el blog. El motivo es puramente un capricho personal. No pienso tolerar que se insulte aquí a nadie. Sí, es posible que yo me pase de vez en cuando, pero si alguna vez descargo el teclado contra algo o alguien, siempre lo hago por motivos razonados, al menos para mí. Se puede pensar que es injusto, pero después de todo este es mi blog, abrir uno es fácil y gratis y si alguien piensa que me merezco alguna colleja, es libre de abrir su propio espacio de insultos.

Segunda: Hoy, domingo 13 de junio, aparece una nueva sección en el periódico local El Telegrama de Melilla. Se llama Palabras necias, y el que la escribe es un servidor de ustedes. Si a alguno de mis lectores melillenses les interesa, podrán pedir el periódico en alguna cafetería. Ignoro si también se podrá leer la sección en Internet. Aparecerá en el suplemento dominical. Tengo pensado escribir y que me publiquen unos diez artículos, en semanas consecutivas. Virginia, que ha sido la que ha hecho posible esto, y a la que doy las gracias desde aquí, me pasó hace unos días la estupenda maquetación que ha preparado para el primer artículo, que os pongo a continuación:

Hoy he comprado el periódico, y al ver el artículo impreso, me he dado cuenta de algún que otro error de estilo, fruto de mi caótica forma de trabajar, pero aun así da gusto ver negro sobre blanco algo que ha salido de la mente enferma de uno. El artículo os lo pego a continuación, con sus errores originales.
(more…)

¿Negociación?

3 de June de 2010

Dice el presidente Rodríguez Zapatero que el día 16 de junio aprobará la reforma laboral tan deseada por algunos «haya o no haya acuerdo». Ya sabéis que yo, cuando oigo «reforma laboral», entiendo «recorte en los derechos de los trabajadores», ya que, que alguien me corrija si me equivoco, pero creo que en vida del que suscribe estas líneas —35 años—, no recuerdo ninguna reforma laboral encaminada a subir sueldos, mejorar convenios, recortar algo de beneficio empresarial para remunerar mejor a los trabajadores, reducir jornadas laborales, controlar las horas extras que los obreros regalan al capital —el auténtico cáncer de nuestro país— ni nada que se le parezca. Así que ya sabéis, haya o no haya acuerdo, a partir del 16 de junio vuestros derechos se verán recortados una vez más (felicito a todos los que celebran cada vez que se maltrata a los funcionarios: recordad, como también dije, que los funcionarios gozan en este país de más derechos laborales que nadie; es lógico, pues, que a una rebaja en los derechos de los funcionarios siga inmediatamente una rebaja en los derechos de todos los trabajadores).

Lo que me hace gracia, maldita sea de paso, en todo este asunto, es que desde muchos sectores, como la Patronal o el mismo Gobierno, se reproche a los sindicatos falta de flexibilidad y voluntad de negociar. Es decir, una de las poquísimas cosas buenas que los sindicatos están haciendo bien es lo que critica todo el mundo.

Les afean, por ejemplo, el hecho de que se nieguen a que se rebaje aún más el número de días de indemnización por año trabajado que una empresa ha de pagar a un trabajador que pone de patitas en la calle. Dicen que eso va en contra de la creación de empleo. Es curioso: yo pensaba que para favorecer el empleo lo que había que hacer era facilitar la contratación, no facilitar el despido. Si se facilita la contratación, se crea contratación y empleo; si se facilita el despido, se crea despido y desempleo. Para mí que esto es de primero de Parvulario, aunque tal vez explicaron lo contrario el día en que yo falté a clase por un violento ataque de varicela. Who knows.

Todos sabemos que a un trabajador que se vaya aproximando al cuarenteno —no digamos a la cincuentena— le es prácticamente imposible encontrar un trabajo si queda desempleado. Las empresas quieren contratar a jóvenes, llenos de energía y de vigor, esos a los que llevamos treinta años diciéndoles que hay que trabajar por lo que sea, de becarios por 300 euros, haciendo todas las horas extras que puedan, porque este es un país muy poco productivo y eso hay que mejorarlo (trabajando más, que no cobrando más, por supuesto). Nos piden que nos fijemos en EEUU, el país productivo por excelencia, ese país que, siendo la primera economía mundial, tiene un porcentaje de gente sin empleo, vivienda, dinero ni derechos sanitarios vergonzoso comparado con países mucho menos poderosos pero con mayor tradición social, como casi todos los de la UE. Bien, si ese es el modelo hacia el que queremos ir, desde luego que lo estamos haciendo muy bien. Estamos haciendo «los deberes que nos pone Europa», en una expresión de lo más cursi que se repite hasta el vómito en estos días. Además, a un trabajador madurito le es más difícil aguantar los caprichos de un jefe draconiano, renunciar a derechos, aceptar un sueldo mediocre. Contratarlos es un coñazo, vaya.

Esa es la razón principal de la indemnización por despido, como yo la veo: que se despida antes al trabajador más joven, que tiene más posibilidades de encontrar otro trabajo y además no tendrá cargas familiares ni hipotecarias, o serán menores que las del trabajador mayor. Cuando lleguemos a la anulación de la indemnización por desempleo, que, no os preocupéis, llegaremos, un trabajador cuarentón no tendrá difícil encontrar un trabajo: lo tendrá imposible. Tendremos las calles llenas de pedigüeños de la edad de vuestros padres. Ese es también nuestro futuro. El que esté de acuerdo, que no haga nada.

Pero sigamos con los sindicatos. Se supone que queremos un país social: si os pregunto a vosotros, si le pregunto al Gobierno, incluso si se lo pregunto al principal partido de la oposición, dirá que sí. La función de los sindicatos es luchar por la consecución de los derechos de los trabajadores. Estos derechos aún no están garantizados plenamente en nuestro país. No tenemos estabilidad laboral, ni un buen subsidio por desempleo, ni un Ministerio de Trabajo que vele por que nadie trabaje una hora más que las que le han pagado, ni una buena conciliación de la vida familiar con la laboral, ni otras muchas cosas. Aún queda muchísimo camino por recorrer a los sindicatos hasta acercarse siquiera a una situación de plenos derechos laborales, que supongo que, en un estado social, es lo que todos queremos.

Aceptando que no hemos llegado al punto de destino, que aún quedan derechos por conseguir: ¿cómo es posible que se pida a los sindicatos que negocien? La única negociación posible es la contraria a la que pide el Gobierno. Lo único que deben decir los sindicatos si quieren que negocien es: «Sí, vamos a negociar. Vamos a hacer más fácil la contratación y más difícil el despido. Vamos a aumentar salarios, aunque los botines y ortegas vayan a ganar un par de millones menos. Vamos a garantizar que los trabajadores tienen tiempo para pasar con sus hijos. Vamos a mejorar las condiciones en los lugares de trabajo, los subsidios y ayudas, la formación. Vamos a garantizar que se paguen todas las horas que los trabajadores empeñen en sus trabajos. Hagamos todo esto: negociemos. La única negociación posible es cuándo y en qué plazos nos vais a dar esos derechos que nos pertenecen. No vamos a negociar cuánto menos os va a costar despedir a un padre de familia ni cuánta flexibilidad (a. k. a. facilidad de despido) vais a lograr. Hablemos.»

Esto es lo que deben hacer los sindicatos, y esto es, aunque sea por omisión, lo que están haciendo. ¿Es que se les ha pedido a las empresas que arrimen el hombro? El Presidente dice que quiere crear más contratos indefinidos. Mire vuesa merced: un contrato indefinido que garantiza el despido gratuito no es indefinido, es simplemente un contrato hasta que me dé la vena. ¿A qué estamos jugando?

Por eso los sindicatos lo están haciendo bien. Que negocien, sí, pero de rendirse nada, porque me representan a mí y os representan a vosotros. Y, señor Presidente, después, en las elecciones, nos veremos las caras.

Hay que comer

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