Ars longa, vita brevis

Sed lex

3 de May de 2010

Garzón, Falange, el Estatut de Cataluña, las leyes de Educación.

Lo he dicho ya varias veces en este blog: en este país las leyes no están para cumplirlas, o, mejor dicho: cada ciudadano de este rincón de Eurasia piensa que una ley es acatable en un momento dado, siempre que en ese momento concreto no le perjudique cumplirla. Por ejemplo: nadie ve mal tirar la basura antes de la hora permitida, siempre que no lo pillen; aparcamos donde nos viene en gana, y si viene un guardia de la porra a multarnos, encima le decimos que «ha sido solo un momento»; todo el que tiene asesor fiscal, no lo hace para cumplir a rajatabla con la legislación sobre los impuestos, sino para ver de qué manera se puede hacer el chanchullo para pagar menos. Tenemos a Lázaro de Tormes y a toda la picaresca metida en los genes y en la columna vertebral, y no hay quien nos lo saque. Los españoles somos eternos adolescentes. Todos somos como niños de cinco años que niegan haber roto el jarrón, simplemente porque no queremos sufrir el castigo merecido, sin plantearnos siquiera si es justo: el hideputa que te da un golpe aparcando y se escapa para que no le suba el seguro; el seguro que con el eufemismo de bonificación a los buenos conductores ampara y promueve una conducta, al menos, ilícita; el futbolista de 28 años que, ante el jugador del otro equipo que se desgañita en el suelo con la rótula hecha cisco, pone cara de niño Jesús; y otro futbolista que sin haber sido siquiera rozado se revuelve en el suelo haciendo teatro, para ver si fingiendo consigue lo que no se merece. Creo que eso, y no el turismo barato en calidad y caro en precios ni la burbuja inmobiliaria, es lo que nos hace un país que no se respeta a sí mismo, y que, por tanto, ni merece respeto ni lo recibirá: un país ridículo.

Y no, no creáis que en esto somos los ciudadanos de a pie los mayores tramposos. No es solamente su vecino el del quinto, que aparca todos los días con la tarjeta de discapacidad que le ha prestado su abuelo, ni el propietario de la empresa donde trabajas, que defrauda al Fisco. No. Desde el de arriba del todo hacia abajo, todos somos básicamente iguales.

A menudo saco a colación una anécdota que, por ser increíble, podéis estar seguros de que es cierta (en realidad son un par de anécdotas mezcladas en una, pero la literatura es así). Estaba de copas con un amigo un fin de semana cualquiera por la noche. Aún había pesetas, imaginaos si hace lustros. Estaba, como decía, tomando copas por ahí, y pagué con un billete de dos mil pesetas. Cuando el camarero vino con el cambio, que me entregó sin mirarme a la cara, me di cuenta de que me había dado el cambio de cinco mil. Se lo hice ver a mi amigo, y le dije que iba a devolver lo que no me correspondía (soy muchas cosas despreciables, pero no un ladrón). Mi amigo, buen español, me dijo: «¿Eres idiota? Cállate y quédate con el regalo.» Lo pensé durante una décima de segundo (después de todo, yo también soy español, o eso dice mi DNI), y después de esa décima decidí que esa noche concreta no iba a convertirme en un ladrón, así que llamé al camarero, y cuando le expliqué su descuido y le puse delante de las narices las tres mil pesetas que me había dado de más, me dijo: «Eres idiota. Te podrías haber callado y haberte quedado con el regalo.»

Así somos: a la honradez la llamamos idiotez, así que no es de extrañar tampoco que a los ladrones los llamemos «listos».

Mucha gente no entendió el fondo del artículo del otro día sobre el hiyab y la polémica causada porque un instituto decidió cumplir las normas (y no por «prohibir» el pañuelo, cosa que el instituto no hizo: lo que hizo fue decidir que no iban a cambiar una norma por la presión de una sola persona basándose en prejuicios religiosos). Entendieron que yo estaba hablando en contra del pañuelo, y que quería que lo prohibiesen, y cosas así, como deduzco por algunos de los comentarios. Mi post no iba sobre eso. Por supuesto, estoy en contra del pañuelo, como lo estoy de todas las formas de discriminación de la mujer, vengan de la religión o de cualquier otro cuento. Sin embargo, como dejé claro, me parece bien que una mujer decida autodiscriminarse de la forma que le parezca más bonita, que un tipo se la machaque con dos piedras pómez, e incluso soy un ferviente defensor del suicidio. Cada cual, con su vida, lo que le plazca. Lo que pretendía defender, en el post citado, era que si hay una norma, la norma debe cumplirse, y si se modifica, debe hacerse basándose en criterios objetivos, racionales, y, si es posible, laicos, que es la única forma de pensar que respeta a todo el mundo por igual.

«Las normas están para cumplirlas», dirán muchos, y han dicho, con recochineo, irónicamente, intentando expresar lo contrario precisamente: que si para algo están las normas, es para no cumplirlas (¿hay algo más español?). Ignoro si este desprecio por la norma en sí proviene de la maldad, la estupidez o la ignorancia, ya que en un compatriota es difícil separar los tres adjetivos: tan frecuentemente vienen juntos.

Las normas están para cumplirlas, lo digo aquí, con todas sus letras. Ya, es muy romántico, muy cinematográfico, el rollo aquel de «las normas están para saltárselas», «rompe con las reglas», todo eso. Muy bonito, muy adolescente, muy impulsivo. Precioso. Pero, por suerte o desgracia, las normas están para cumplirlas.

En un Estado semidemocrático, como este en el que vivimos, existe una Constitución que dice que todos los ciudadanos somos iguales ante la Ley (para el resto del artículo voy a hacer como si el Jefe del Estado no gozara de privilegios; es una sola persona, y creo que no invalida mi razonamiento). Eso quiere decir que tú, mileurista, vives bajo el yugo de la misma legislación que Amancio Ortega o que José Luis Rodríguez Zapatero. Una ley democrática, en un estado de derecho, es lo que permite la mayor justicia posible: que todos los seres humanos seamos juzgados del mismo modo, ya que nuestra vida vale lo mismo, tengamos más o tengamos menos. Si Amancio Ortega asesinara a alguien, la ley que lo juzgaría sería la misma que juzgaría a un mendigo, si este asesinara a alguien (no pretendo tachar a Ortega de asesino, y mucho menos a ningún mendigo). Cualquier ley del Estado se aplicará de la misma manera a cualquier ciudadano, y ese es uno de sus principales espíritus. Hay leyes injustas, por supuesto, y leyes mejorables. La manera de cambiarlas es que, de arreglo a la Ley, votemos a un representante político que nos prometa realizar ese cambio, y esperar a que cumpla sus promesas, ¡ja!. Para eso todos los ciudadanos mayores de 18 años tenemos derecho al voto. Y aunque no valga lo mismo el voto de todos (yo soy de Melilla, y mi voto vale más que el de la mayoría de vosotros. No obstante, no os preocupéis: soy de la hermandad de playa y montaña), al menos tenemos la libertad de empadronarnos donde nos plazca y ejercer el voto desde allí.

Es normal que los poderosos intenten infringir la ley: ya que esta tiene como uno de sus objetos el garantizar la igualdad entre todos los españoles, causaría un perjuicio evidente su aplicación severa. Si ellos, que parten desde una posición privilegiada, fomentan el respeto a las leyes, perderían cuotas de… lo que sea frente a nosotros. Lo que es del género más estúpido imaginable es que nosotros, vosotros, los currantes, los que no tenemos más que nuestro sueldo, y eso con suerte, no solo comprendamos el desprecio por las leyes, sino que ese desprecio venga de nosotros mismos. Al pedir que no se cumplan las leyes, al fomentar su desprecio, nos estamos disparando en nuestro propio pie. Pero somos estúpidos y no tenemos remedio.

Las leyes de Educación: cuando el PSOE se alzó sorprendentemente —o no tanto— con la victoria en las elecciones del 14 de marzo de 2004, cuando se estaba empezando a aplicar la LOCE (Ley Orgánica de la Calidad de la Educación, del PP), algunos presidentes autonómicos socialistas dijeron que iban a dejar de aplicarla. Total, si, tarde o temprano, el PSOE la derogaría y haría otra, como así fue. Pues eso, todos unos presidentes autonómicos, no solo incumpliendo la Ley, sino saliendo en televisión declarando sus intenciones, enorgulleciéndose de ello. A nadie le espanta, por lo visto.

El Estatut: dicen los defensores de esta Norma que no hay que hacer caso al Tribunal Constitucional. ¿La razón real? Que es probable que digan algo que no me convenga. Hasta el momento, a nadie parecía molestarle. Hay que disolver el Constitucional, cambiar a sus miembros, o, en última instancia, desoír su sentencia. Sigue sin haber nadie espantado.

Falange: opinan por ahí que un tribunal no debería admitir a trámite una querella presentada por este partido. Me pregunto: ¿por qué no? A mí me cae tan mal como a aquellos que lo piden. Mejor: a mí me cae peor aún, pues me cae mal por sus principios y además por ser un partido político, que ya de por sí me dan grima (al contrario que a la mayoría de los que quieren que no se atiendan sus querellas). Pero si ha presentado una querella es porque legalmente pueden hacerlo. ¿Debe ser ilegalizado mediante la Ley de Partidos? Lo ignoro, pues soy un ignorante en leyes. Pero si ha de serlo, que lo sea. Claro que, para eso, habría que cumplir una Ley, y en este país tenemos grima a eso del cumplimiento de las leyes. Pero si no es ilegalizable (curiosamente, algunos de los que defienden que habría que ilegalizarlos son algunos de los que salen por ahí diciendo que «no se pueden ilegalizar las ideas». ¿En qué quedamos?), entonces tiene derecho a imponer una querella, por mucho que nos repugne. Incluso, si tienen razón en su querella, tienen derecho a que se le reconozca. Un asesinato, un robo, una violación, son delitos, y deberían ser perseguibles por la Ley, sean denunciados por Agamenón o por su porquero.

Garzón: mucha gente opina que el juez no debe ser procesado. Hoy —aunque no viene muy a cuento— me he encontrado, viniendo del trabajo, con una pintada que reza: «Garzón Presidente». Por suerte, no todos sus hagiógrafos son tan fervorosos. El caso: Garzón está investigando el paradero de las víctimas de la represión franquista, cosa que a nadie bien nacido le parecerá mal, supongo. Eso debería haberse hecho hace mucho tiempo, en los primeros tiempos del PSOE, cuando este partido no necesitaba tanta propaganda para ganar elecciones y no se hablaba una palabra en ningún sitio, y menos en los discursos socialistas, sobre los cadáveres de las cunetas. Cuando todos estos que sufren, por lo visto, los crímenes franquistas en sus propias carnes, no habían nacido o eran poco más de niños de teta. Los de mi generación.

En cualquier caso, es justo, por humano y qué diablos, simplemente por justicia, que los muertos sean enterrados en los sitios apropiados y dignos de nuestra condición. Es posible que los señores de Falange, por llamarlos de algún modo, y los del sindicato (?) Manos Limpias (?) tengan razones espurias para hacerlo. Pero también es posible que en las acciones de Garzón haya algún motivo para su inhabilitación. No lo sé, pues, como dije antes, no entiendo de leyes. Pero, si las hay, Garzón debe ser procesado por el Tribunal Supremo. Porque a nosotros nos pueden juzgar, y por eso deben poder juzgar también a un juez. Es más: yo querría que lo juzgase un jurado popular. Ellos nos juzgan a nosotros, no estaría mal que nosotros pudiéramos juzgarlos a ellos. Pero en fin: la ley es la ley, y dice que a un juez debe juzgarlo el Supremo. Si sale absuelto, pues muy bien; si sale condenado, pues muy bien también. Creo que los crímenes franquistas deben investigarse y repararse en medida de lo posible (como dije antes, debería haberse hecho mucho tiempo atrás, pero en ese momento todos, socialistas, populares y comunistas decidieron que no se haría). Y creo que las leyes deben cumplirse, y que es necesario para que exista justicia, equidad y democracia.

Y, si Garzón acaba condenado e inhabilitado por juzgar lo que no le compete, que se ponga a trabajar el juez al que sí le competa, que ya es hora. Yo apoyo las leyes y la inocencia de las personas mientras no haya pruebas de su culpabilidad, pero no apoyo a nadie por llamarse Fulano.

Y si alguien quiere que se apruebe una ley que diga que no puede juzgarse a un ciudadano si se apellida Garzón, puede votar a los políticos que propongan eso, para que redacten y aprueben dicha ley. Habría que cambiar la Constitución, para declarar inviolable a los garzones, aparte de a su Majestad; pero, hacerse, se puede hacer. Conmigo que no cuenten, desde luego.

7 comentarios en “Sed lex”

  • # Zascandil dice:
    3 de May de 2010 a las 18:27

    Hace unos meses escribí en mi blog una entrada que viene a ser justo lo contrario a lo que tú comentas por aquí (aunque sin hablar de Garzón ni directa ni indirectamente):

    http://sobrevivirenmediodeunaguerranuclear.blogspot.com/2009/12/cosas-que-no-soporto.html

    La idea que expones es ‘muy bonita’, pero el problema viene de raíz, del que hace las reglas. Si el que tiene el poder lo utiliza para crear una ley de partidos para ilegalizar partidos que no le gustan… ¿es lícito?

    Si para prohibir los burkas se aprueba una ley que prohíba ir con el rostro tapado por la calle y un policía me multa por ir disfrazado en Carnaval… ¿no tengo que mandar a tomar por culo todo el estado de derecho?

    Si soy gilipollas y quiero ir en la moto sin casco, ¿por qué me tiene que multar un agente si no hago daño a nadie más que a mi (ya dañado) cerebro?

    Reclamar cuando te dan las vueltas por devolverte de más, es lo correcto porque es un dinero que no te corresponde. Es éticamente correcto. Pero si hubiera una ley que dijese que si te dan mal las vueltas estás en tu derecho de quedarte con ellas, ¿te las hubieras quedado? ¿o hubiera imperado tu criterio ético?

  • # Elías dice:
    3 de May de 2010 a las 20:05

    Zascandil, creo que mi idea de ‘bonita’, como dices, no tiene nada.

    No creo que pueda hacerse una ley para prohibir expresamente el burka por la calle. La podría haber para prohibir las prendas que oculten totalmente el rostro. Y, si la hubiese, debería respetarse. Por supuesto, yo estaría en contra de dicha ley.

    También estoy en contra de la obligatoriedad de llevar casco en moto, pero al mismo tiempo, si existe la norma, ha de cumplirse.

    Respecto a tu última pregunta: no es lo mismo una ley que me permita quedarme con las vueltas, que otra que me obligue a hacerlo. En el primer caso, devolvería lo que no es mío. En el segundo —y muy improbable— supuesto, haría lo que me pide la ley, y viendo que es una ley inmoral, haría lo que pudiera por cambiarla.

    Si no estás de acuerdo con alguna ley, tienes mecanismos para intentar cambiarla, pero no tienes derecho a no obedecerla aludiendo a tus criterios morales. ¿Por qué? Porque cada uno tiene unos criterios morales distintos, dictados en parte por su norma, en parte por la costumbre, en parte heredados de sus padres, en parte de la religión… Como no hay unas normas morales totalmente objetivas (excepto en algunos casos muy claros, como en lo de que matar está mal, pero ni aún en eso: mucha gente apoya la pena de muerte, por ejemplo), es necesario consensuar entre todos, a través de nuestros representantes, unas normas lo suficientemente permisivas pero al mismo tiempo clarísimas y de obligado cumplimiento. Si para mí es aceptable pegar a mi mujer, e incluso si es aceptable para ella, ¿debe pasarse por alto la Ley que prohíbe el maltrato entre cónyuges?

    En una democracia, todo el mundo debe ceder. Yo estoy en contra —por ejemplo— de que se impartan clases de religión en los colegios, pero hay dos partidos a los que les parece bien, y consiguen en las elecciones el 80 o el 90% de los votos. ¿Qué hago? Pues fastidiarme, y desde mis humildes posibilidades (hablando y debatiendo con la gente, metiéndome en un partido político, votando, escribiendo un blog o cartas al director…) intentar cambiarlo poco a poco, intentar convencer a la mayoría de que tengo razón (que no tiene por qué ser así, es necesario admitir la posibilidad de la propia equivocación, si no se hace el razonamiento es nulo).

    Tú insinúas, o eso he creído entender, que tu criterio ético (que, repito, es «tu» criterio, no «el» criterio ético, pues el criterio es de cada cual) está para ti por encima de la ley. Ahora pongamos un caso: trabajas en una empresa desde hace veinte años, y el jefe decide despedirte. La ley dice que el despido debe ser procedente, y que además debe pagarte una indemnización por los años trabajados. Bien, tal vez el criterio ético de tu jefe le dicte que no tiene que pagarte nada ni justificar tu despido, que debe simplemente echarte a la calle para que te busques la vida. Es un caso muy claro de para qué serviría que la ley se respetase a rajatabla en todos los casos: no tendrías las de perder simplemente por ser el pobre, porque la ley afectaría a todos por igual, y tu jefe se vería obligado a cumplirla.

    Tu jefe puede intentar que cada vez se pueda despedir más fácilmente al trabajador (y a fe mía que lo consiguen, vistas las sucesivas «reformas» laborales de populares y socialistas), pero para ello no puede saltarse la ley: debe seguir los conductos legales. Y si la gente es inteligente, no lo dejará.

    Por supuesto, la gente no lo es, sigue votando a los mismos partidos de siempre, y el trabajador tiene cada vez menos derechos. Pero ese es otro tema.

  • # Manuel dice:
    4 de May de 2010 a las 9:21

    Pues apunta, que aquí tienes a otro idiota.

    Yo también soy de los que cumplen las leyes y creo que todos tenemos que cumplirlas, nos llamemos como nos llamemos, o sea cual sea nuestro estatus social.

    Y me da mucha rabia cuando veo que las leyes se usan solo cuando conviene a alguien, y no se aplican con rigor a todos por igual.

    No he seguido de cerca el tema de Garzón, pero si ha hecho algo mal que se le juzgue respetando sus derechos, como se haría con cualquier otro ciudadano.

    Como bien dices, en este país de pandereta parece que cumplir con las leyes es de idiotas, y con esa excusa hasta se permite que los políticos se rían en nuestra p… cara todos los días.

  • # Pedro dice:
    4 de May de 2010 a las 23:09

    Estoy de acuerdo contigo. Las sociedades más avanzadas comprenden la importancia de las normas, expresión del acuerdo y base de la convivencia.

  • # Ikima dice:
    5 de May de 2010 a las 17:24

    Sin embargo, si no recuerdo mal (no he tenido tiempo de releerlo, de modo que si me equivoco, discúlpame) no hace tanto escribías un post en el que te quejabas amargamente de la prohibición de fumar, no por el tabaco en sí, sino por la obsesión por prohibir que había en España. En general, la imposición de normas no es más, de hecho, que una forma de prohibición, por lo que en apariencia te contradices. Digo apariencia porque puedes cuestionar la norma y atacarla con argumentos y, sin embargo, cumplirla a rajatabla mientras esté vigente.

  • # Hachi dice:
    6 de May de 2010 a las 15:27

    Aquí el problema no es cumplir las leyes (que lo es), ni que los Españoles en su mayoría no lleguen a un coeficiente intelectual de 3 años.

    El problema es que un señor juez, llamado Varela, está prevaricando por rencillas ideológicas y personales contra Garzón. Y porque se salta a la torera el derecho procesal beneficiando a la Falange.

    Y porque su “Majestad”, las rémoras falangistas y el silencio e impunidad de los crímenes franquistas no son más que el fruto de la coerción, el miedo y el uso de la conciencia (tal y como la entendía Marx) sobre el pueblo español desde el 36 hasta la muerte de Paquito el Chocolatero (F.Franco); no de la democracia.

  • # Josep dice:
    11 de May de 2010 a las 16:07

    Hachi, si no recuerdo mal, el juez Valera, tan denostado últimamente, es de la corriente progresista y fue uno de los fundadores de Jueces para la Democracia. Por eso, imagino que le sentará tremendamente mal que mucha gente suelte a la ligera que es un ultraderechista.
    Por otra parte, si no hubiese sido él, hubiese sido otro quien lo hubiera encausado, pues fuel el Tribunal Supremo al completo (al completo) el que decidió ir adelante con la causa contra el juez Garzón.

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