Ars longa, vita brevis

Por qué voy a la huelga

16 de May de 2010

Algunos de los sindicatos españoles mayoritarios han decidido convocar una huelga del sector público para el día dos de junio. El motivo, al parecer, es el tremendo recorte en salarios de los empleados públicos y en pensiones que se va a llevar a cabo precisamente desde ese mes. Yo voy a acudir a la huelga, aunque no por ese motivo.

En primer lugar, debo decir que estoy de acuerdo con que me rebajen el sueldo un 5%. Incluso más, lo que según creo sucederá, ya que la rebaja es proporcional, y, siendo funcionario, soy un afortunado, y mi salario no es de los más bajos. Es posible, según he leído por ahí, que el recorte en el caso particular de mi nómina alcance el 8%. Como acabo de decir, sigue pareciéndome muy bien.

Sin embargo, otra vez, no es por las razones que muchos podrían pensar. En primer lugar, hay mucha gente indocumentada por ahí que piensa que mi sueldo pertenece al Estado, o más aún, que les pertenece a ellos. «Yo pago de mi sueldo a los funcionarios». Bueno, esa estupidez es verdad solo en el caso en que quien lo diga acepte que los funcionarios le pagamos el suyo. Si trabaja para el sector privado, los funcionarios también consumimos. Claro, no le pago su sueldo directamente a todo el mundo, pero también dudo que los que dicen que me pagan el sueldo paguen al año a la Seguridad Social lo suficiente para pagarme tan siquiera dos meses de mi sueldo. Además, a mí no «me pagan», no soy mantenido por nadie, yo me levanto muy temprano por las mañanas para ir a trabajar, no he faltado a mi puesto de trabajo nunca y desempeño mi labor de la mejor manera que sé. Podéis pensar que quizás la mejor manera que sé no es suficiente para lo que cobro y para tener un puesto de trabajo permanente hasta que me jubile, y en eso no os doy la razón: en unas duras oposiciones, enfrentándome a muchos candidatos a mi puesto, demostré que era el mejor para él. Quizás muchos de los que critican a los funcionarios lo harían mejor que yo o que el de más allá. En cualquier caso, entré a pelearme en un sistema libre de oposiciones donde cualquiera que tuviese la formación exigida podía entrar en lid y ganarse uno de esos puestos que parecen ser tan envidiables. ¿Por qué, entonces, estoy a favor del recorte de salarios para los funcionarios públicos? Bien: veo que mi clase (la clase trabajadora) está haciendo enormes sacrificios para salvar a las SICAV, a los bancos, a la gran empresa, al mercado libre en general. No es justo que yo no aporte mi granito de arena para rescatar a todas esas entidades que tanto bien devuelven, en tiempos de bonanza económica, a la sociedad (especialmente a los funcionarios, a los que nos subieron espectacularmente los salarios cuando la economía tuvo unos años espectaculares). Y si necesitas que añada una aclaración sobre la ironía de la frase anterior, puedes dejar de leer ahora mismo, porque dudo que te estés enterando de nada. Decía: todos los trabajadores han visto mermados sus ingresos y sus derechos en los últimos tiempos, y eso los afortunados que han podido mantener su puesto. Es justo que mi esfuerzo esté al lado del de ellos. Pero. Pero. Pero no mantengo esta postura porque mi sueldo pertenezca al Estado, a los contribuyentes ni a nadie: mi sueldo me pertenece a mí, me lo gano trabajando más de lo que se me exige, y si me lo recortan, que me lo recorten, pero me están recortando mi sueldo, el Estado no está recuperando nada que sea suyo, simplemente me está quitando lo mío. Y con gusto, digo de nuevo, lo sacrifico.

Leo en El País que la mayoría de la población apoya que se me rebaje el sueldo. No me extraña, ya que yo mismo —y muchos otros funcionarios con los que he hablado— también lo apoyamos. Pienso, sin embargo, y con tristeza, que las razones de la mayoría no serán las mías.

En primer lugar, mucha gente apoyará esa medida porque piensa que vivo demasiado bien. Ven injusto que goce de un puesto de trabajo fijo (cosa que no sé si durará mucho, ya que la economía mundial va en sentido contrario). La mayoría de ellos, no. Así que, ¿qué podemos hacer? Podemos exigir que la situación del resto de los trabajadores de este país avance en el mismo sentido, intentar que la precariedad laboral desaparezca. O podemos pedir que la precariedad entre también en el ámbito del funcionariado. Cada una de estas dos posturas tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Pero el español se queda con la segunda. La primera exige demasiado esfuerzo. No es cuestión de pedírselo al Gobierno. Habría que hacer movilizaciones, huelgas, dejar de votar al Barça o al Madrid, uf… Demasiado para mi cuerpo. La otra es mucho más fácil. Y goza de otra ventaja de la que gusta mucho el compatriota: la oportunidad de joder al vecino. Y la de joder al funcionario.

¿Dónde se encuentra aquí la victoria del capital? En desunirnos. Una democracia verdadera sería capaz de plantar cara a los gargantúas económicos y a los lobbies políticos, podría hacer que el Estado trabajase para sus ciudadanos, y no se limitase a sangrar a sus súbditos. Para eso, con este sistema político, es necesaria una mayoría (así funcionan las democracias, dicen). La partida consiste en impedir que exista esa mayoría. En realidad, la mayoría existe, pero no está unida. Somos muchos millones más los que pagamos que los que cobran: según afirma Cayo Lara, coordinador general de Izquierda Unida, en una entrevista este mismo domingo, hay 1.440 personas en España que controlan el 80% del PIB español. ¿Cómo es posible que en época de superávit hayan ganado sin ganar nosotros, y en época de crisis sigan ganando? Impidiendo una mayoría. Enfrentándonos. Funcionarios contra trabajadores del sector privado, autóctonos contra inmigrantes, catalanes contra andaluces, musulmanes contra católicos, lo que sea.

¿Qué es un funcionario, y por qué se lo odia? ¿Por qué recortarnos salarios y derechos es una medida popular, la tome quien la tome y en cualquier momento? Yo puedo hablar de mi caso. Aprobé unas oposiciones con el primer puesto de entre todos los aspirantes. Jamás he faltado a mi trabajo (una vez me puse enfermo, pero cuando comprobé que ir al médico me causaba molestias mayores que acudir a mis clases, decidí seguir trabajando aun cuando estuviera mal de salud, y así lo he hecho hasta ahora). He llegado un par de veces tarde por razones ajenas a mí, no voy a ir de perfecto por la vida cuando no lo soy. Trabajo un poco más de lo que me obligan mis funciones. Exijo que se me respeten los derechos laborales, por supuesto. No me va mal. Creo riqueza. Tal vez sea mi gremio el mayor creador de riqueza de este país, de cualquier país. No, no vendo nada que se adquiera por dinero. Pero juraría que el 99,5% de la población activa española no tendría su puesto de trabajo si alguien no le hubiese enseñado a leer y escribir en sus años juveniles, si no le hubiesen enseñado Matemáticas y otras cosas. Todos esos que lanzan iracundas soflamas contra los funcionarios, entre los que nos encontramos los profesores, en Internet, sin una Educación pública no serían más, supongo, que el consabido millón de chimpancés escribiendo en un millón de máquinas de escribir durante un millón de años. Australopitecos delante de un monolito negro. Sin una Educación pública, sin un funcionariado público dedicado a esos menesteres, sería totalmente imposible crear riqueza en este país.

¿Los que odian a los funcionarios se refieren, entonces, a los que pasan dos horas desayunando, que los hay? ¿A los cientos de miles de puestos de confianza designados a dedo en ayuntamientos y comunidades autónomas, de funciones desconocidas y salarios astronómicos? Bien, entonces, cuando se quejen, que digan que se quejan de, copio y pego: «los cientos de miles de puestos de confianza designados a dedo en ayuntamientos y comunidades autónomas, de funciones desconocidas y salarios astronómicos». Que no se quejen de los funcionarios, o entonces yo me quejaré de todos los trabajadores del sector privado acordándome del sinvergüenza que me arregló mal el coche y me cobró una millonada. Y si quieren que sus condiciones laborales se acerquen a las mías (excepto en sueldo, ya que un trabajador de la privada con mi nivel de estudios suele cobrar más que yo), me tendrán a su lado, gritando, manifestándome y yendo a la huelga. Pero si lo que quieren es que mi trabajo, también, sea inestable, no me tendrán a su lado, me tendrán enfrente. Primero, porque no soy un estúpido. Y segundo, porque ellos sí lo son, y caminar al lado de un estúpido jamás le ha hecho bien a nadie.

Que recuerden que los derechos de los funcionarios, ya que dependemos del Estado, son el máximo práctico a que se puede aspirar en este país. Que no esperen que mermen mis derechos laborales sin que los suyos mermen más aún.

¿Por qué voy a la huelga, si está claro que no tengo abuela? Tampoco es por apoyar a los sindicatos. Soy afiliado a uno, y me limito a pagar las cuotas, sé que no me representan. Sé que se mueven por interés pecuniario y político. La motivación de cada cual es suya y no me pienso meter. Pero no me cuadra mucho que le organizaran una huelga general a José María Aznar en uno de los momentos con más trabajadores de la historia democrática española, y aún se lo estén pensando cuando tenemos más parados que en la historia completa de esta península. No puedo compartir sus razones.

Voy a la huelga por otros motivos. Por los cinco millones de parados. Ese es el primero. Segundo, por el recorte en las pensiones (me fastidian los eufemismos: una congelación, con una inflación positiva segura, es una bajada, no una congelación. Congelación es que tu sueldo suba solamente lo que suben los precios). Tercero, porque no les van a apretar las tuercas a los poderosos, sino que nos las van a apretar a nosotros para que los saquemos del embrollo en que nos han metido ellos. Más: porque no les suben los impuestos a las SICAV ni a los futbolistas. Porque tenemos un gasto monstruoso en gestión autonómica, cuando se ha demostrado después de treinta años que, un estado autonómico, como el que tenemos, no ha servido en absoluto para eliminar desigualdades entre los españoles, sino más bien para lo contrario. Porque no se dejan de subvencionar las estupideces más escandalosas. Porque se va a gastar un millón de euros en contratar traductores para un Senado que está en Madrid, donde la única lengua oficial es el castellano, idioma que todas sus señorías hablan. Porque ese millón de euros, unido a otros tantos millones ahorrados en eliminar otras tantas soplapolleces, podría, tal vez, conseguir que no tengamos que bajar las pensiones a los ancianos.

Porque este país es tan estúpido que adora a unos futbolistas que ahorran dinero porque aquí pagan menos, sabiendo que nunca en su vida van a pasar dificultades económicas, y nos parece bien, porque, aunque nos quiten el pan, seguimos teniendo circo. Porque una lumbrera dijo el otro día en televisión que no se les podían subir los impuestos a las SICAV (sociedades cienmillonarias que tributan al 1%, mientras que yo pago como entre doce y catorce veces más) porque todas huirían a Suiza. Porque no veo por qué ha de parecerme mal que se vayan a otro país, o ya puestos, a otro maldito planeta.

Porque esta UE, al final, es otro EEUU: un macroestado de economía ultraliberal, donde cada vez que alguien dice «reforma del mercado laboral» yo entiendo «recortar derechos a los trabajadores», y lo peor es que entiendo perfectamente. Porque, visto que todo esto no ha servido más que para que durante unos cuantos años las grandes empresas obtengan beneficios históricos mientras los salarios de la clase trabajadora bajan, siguen empecinados en el error y pensando cómo, por todos los medios, van a poder salvar el mismo sistema ruinoso. Porque tengo millones de compatriotas estúpidos a los que les da igual tener cada vez menos tiempo libre y menos ingresos, mientras los precios de las teles planas sigan bajando y se puedan comprar cuatro.

Porque, quizás, es verdad que una huelga en condiciones, en el estado en que se encuentra la economía nacional, lo mande todo a tomar por saco y este sistema económico reviente. Y porque tal vez no solo no lo vea mal, sino que lo veo necesario. Por eso voy a la huelga.

11 comentarios en “Por qué voy a la huelga”

  • # el salmantino dice:
    16 de May de 2010 a las 17:21

    Completamente de acuerdo con el artículo, menos la última frase. En este mundo globalizado dudo mucho que nada que pase en España pueda cambiar el sistema; una huelga larga y organizada podría destrozar nuestra economía y acabar con el gobierno, pero no con el capitalismo. Dicen que una imagen vale más de mil palabras, conque ahí va un pequeño ensayo sobre por qué esta huelga me da tanto miedo: http://bit.ly/cwb1Y3

  • # Manuel dice:
    16 de May de 2010 a las 21:11

    Es de lo poquito coherente que he escuchado argumentar por parte de un funcionario sobre este tema.

    A la mayoría tan solo les preocupa que les quiten un 5% y tener n € menos para gastar a final de mes, argumentando que son los únicos con poder adquisitivo y que si no es por ellos este país no funcionaría.

    Una pena que la mayoría de funcionarios no piensen como tú, porque seguramente hoy la Administración funcionaría mucho mejor y no harían falta recortes para salir de esta crisis. Tan solo espero que haya otras medidas de ahorro y de recaudación que incluyan a los sinvergüenzas de las SICAV, o a esas 1440 personas que controlan el 80% del PIB español.

  • # Andrias Scheuchzeri dice:
    17 de May de 2010 a las 12:48

    Hoy estaba leyendo precisamente ese artículo de El País, y ese otro que habla del porque de este recorte.

    Lo primero que he hecho ha sido contrastar la información por la dada con otros periódicos, aunque lamento lo amarillista que se ha vuelto, y todos van por la misma tendencia.
    Ahora, lamento mucho más ver cómo la gente a mi alrededor es capaz de razonar sus apuestas futboleras y se comportan como catedráticos en materia de deportes, cuando a la hora de opinar sobre política y economía demuestran que no se han molestado en mirar cifras o en entender la realidad al margen de sus intereses personales.

    Da gusto leer de vez en cuando a alguien que da una opinión razonada.

  • # Milagros dice:
    17 de May de 2010 a las 14:25

    Mucho mejor expresado que lo que yo pudiera decir.Estoy de acuerdo en todo. Yo no soy funcionaria, pero sí trabajo para la administración y sí que pienso ir a la huelga, por los mismos motivos que expones y porque igual iría( y ya he ido) si fuese general. Para decir ¡ basta ya! a la mentira y a la manera de tratarnos que tienen los políticos como si fuésemos de una casta inferior. No señores,los de mi edad, llevamos 30 y 40 años trabajando, cotizando, aportando a este país, tanto en épocas malas como en las buenas. Me descuentan un buen pellizco para la S.S. y me alegro,aunque por mi enfermedad tenga que tener un seguro privado y echar mano de la medicina alternativa, ya que si dependiera sólo del seguro, estaría día sí y día no en casa.
    A mí personalmente, me ha tocado la bajada inmobiliaria y me he visto con una hipoteca, sólo porque he vendido mi anterior piso muy por debajo del que he comprado y a pocos años de una posible pre-jubilación, anuncian que tendremos que seguir trabajando más años. Pues, muy bonito… y mientras vamos gastando alegremente el dinero en fastos y eventos mil, para beneficio de unos pocos, en ayudas al exterior y en ayudas a los que vienen de fuera, sean del Sur o del Norte y todo para mantener una imagen de país moderno y progresista. Crean la necesidad para poder justificar luego el gasto y eso ,si lo justifican.
    ¡ Basta ya de corruptelas, corrupciones y corruptos! Que pague el que la haga, que para eso está la justicia, pero los trabajadores de a pie, los que tenemos una nómina y que no podemos gastar en “b”, tendremos que acatar lo que los “amos” dicten, pero con la cabeza bien alta también podremos exigir y decir “No en mi nombre”.

  • # Milagros dice:
    17 de May de 2010 a las 14:52

    Aunque largo,este artículo deja “sin palabras”…

    LA PARADOJA DE LA CORRUPCIÓN.
    Tres historias diferentes en tres países muy distintos (Haití, Afganistán y Grecia) han atraído gran parte de la atención internacional en el último año. En Haití, la interpretación dominante es que la pobreza extrema del país hizo que un terremoto terrible se convirtiera en una tragedia humana sin precedentes; en Afganistán, que una ocupación extranjera en aumento es incapaz de frenar la violencia y traer estabilidad; y en Grecia, que la conjunción de una mala política fiscal junto a la imposibilidad de recurrir a una política monetaria propia le está llevando al borde del colapso económico. Sin embargo, si preguntamos a expertos, miembros de los Gobiernos y ciudadanos de esos países qué causa señalarían como la principal responsable de sus problemas, la respuesta sería sorprendentemente bastante similar.

    En documentos anteriores al terremoto, como Por qué la ayuda internacional a Haití ha fallado, tanto observadores externos como funcionarios implicados durante décadas en la ayuda a Haití admiten que si el problema hubiera sido la pobreza lo habrían podido afrontar. Pero con lo que sistemáticamente se estrellaban sus esfuerzos era con una corrupción endémica creciente. En Afganistán, el estudio de opinión pública más exhaustivo, llevado a cabo recientemente por Naciones Unidas, señala que la corrupción es considerada como el principal problema del país, por encima de la violencia. Por su parte, el primer ministro griego, Papandreu, ha reconocido en una cumbre europea, provocando el estupor entre sus homólogos, que la corrupción es la principal causa de los problemas económicos.

    Haití, Afganistán y Grecia son casos extremos de lo que expertos, como Simon Kurer, llaman la “paradoja de la corrupción”. Por una parte, la corrupción es una actividad impopular en todo el mundo, pero, por otra, los políticos corruptos resultan populares en muchos sistemas políticos y sobreviven en sus cargos, ganando en numerosas ocasiones elecciones democráticas. Otros ejemplos vienen de países como Italia, India, Tailandia o México, donde, en determinadas elecciones, estar procesado por corrupción no daña o incluso aumenta las probabilidades de reelección de un político. Otros estudios -como algunos en EE UU o en Brasil- muestran que estar involucrado en actividades corruptas reduce, modesta, pero significativamente, tus probabilidades de reelección. Por supuesto, en los países menos corruptos del mundo estos estudios no se pueden llevar a cabo porque no hay un número suficiente de casos como para extraer conclusiones.

    En España, mientras vamos cayendo año a año en las comparativas internacionales de “buen gobierno” y los ciudadanos están crecientemente preocupados por la corrupción, nuestras instituciones parecen tener problemas para eliminar a los políticos corruptos. Por un lado, más del 70% de los alcaldes envueltos en escándalos de corrupción mantuvieron la alcaldía tras las últimas municipales. Por el otro, las encuestas muestran cómo partidos con numerosos dirigentes procesados en algunas autonomías mantienen (o aumentan) su ventaja electoral sobre la oposición.

    La causa de que nos encontremos cada vez más hundidos en la paradoja de la corrupción hay que buscarla en la ausencia de tres mecanismos que, en otros países de nuestro entorno, facilitan que los políticos corruptos sean castigados en las urnas.

    El primero, y que he mencionado ya en otras ocasiones aquí, es la adopción de una burocracia meritocrática impermeable al clientelismo. Los políticos corruptos sobreviven en sus cargos gracias a que ofrecen bienes particularizados a miembros de redes clientelares, ya sean legales, como puestos en la Administración pública, o ilegales, como tratos de favor en contratos públicos. Los países donde los políticos corruptos se consolidan a perpetuidad en el cargo suelen tener términos específicos -padrino, cacique, o jao pho (en Tailandia)- reservados para designar a los cabecillas de las redes clientelares que distribuyen trabajos en la Administración, accesos preferenciales a servicios públicos, contratos públicos o licencias de negocios. Los políticos corruptos exitosos electoralmente son aquellos que, cuando llegan al poder, no llegan solos sino que son capaces de colonizar la Administración pública con los miembros de una red clientelar. Y en España es bastante sencillo. Por el contrario, la fortaleza de los cuerpos de la Administración central del Estado impiden que ésta pueda ser politizada. Esto explicaría el misterioso caso de la trama Gürtel, que se gesta al comienzo de la era Aznar y que extiende sus tentáculos en numerosos municipios y comunidades autónomas, pero que no logra contaminar una sola institución de la Administración central del Estado. Las diferencias entre la relativamente incorruptible Administración central española y la relativamente corruptible italiana, tradicionalmente mucho más politizada, podrían explicarse también por la ausencia en esta última de una burocracia central resistente al clientelismo político.

    El segundo mecanismo sería el sistema electoral. Por una parte, votar a candidatos individuales es mejor que a listas de partido cerradas, porque aumentan los incentivos a comportarse honestamente. Si los votantes te pueden echar a ti directamente, intentarás mantener tu reputación intacta. Esta es una característica buena de los sistemas electorales denominados “mayoritarios” (como los anglosajones) y que nosotros no tenemos, pues votamos a una tribu entera. Por otra parte, la falta de responsabilidad individual se compensa en muchos países europeos -que, como nosotros, tienen sistemas electorales denominados “proporcionales”- con un instrumento para limpiar la política de partidos corruptos: diseñar circunscripciones electorales que elijan simultáneamente a muchos representantes. En otras palabras, en esos países hay pocas “barreras de entrada” para que una opción política nueva pueda entrar en la vida política, pues incluso un modesto porcentaje de voto te garantiza representación. Esa característica está muy limitada en España, donde abundan las circunscripciones electorales minúsculas y los incentivos para favorecer el bipartidismo. En resumen, a la hora de limpiar las instituciones de políticos corruptos tenemos lo peor de cada sistema electoral: ni candidatos a los que podemos castigar individualmente (como sucede en los sistemas mayoritarios) ni la opción de dirigir el voto hacia alternativas nuevas o minoritarias (como sucede en los sistemas verdaderamente proporcionales).

    En tercer lugar, disponer de medios de comunicación independientes juega un papel clave para que la corrupción tenga efectos electorales. En España tenemos una gran pluralidad externa (entre medios de comunicación), pero la pluralidad interna (dentro de cada medio) es limitada. El extremo opuesto sería el mundo anglosajón, donde la pluralidad externa es mucho menor, pero a costa de una mayor pluralidad interna. Así, nosotros podemos elegir entre un mayor número de medios, pero estos medios ofrecen un mensaje más monolítico. El mayor paralelismo entre medios de comunicación y partidos políticos que existe en España hace que, al contrario que en otros países, las noticias de corrupción se perciban como el resultado de intereses políticos encubiertos. Podemos discutir cuáles son las causas -aunque, la alta discrecionalidad política que tienen los Gobiernos, sobre todo autónomos, para moldear a su imagen y semejanza canales públicos regionales y para asignar subvenciones, licencias de radio y televisión u otras vías de subsistencia a grupos privados de comunicación es una seria candidata-.

    Por tanto, si los dirigentes políticos españoles estuvieran realmente interesados en eliminar la corrupción, deberían proponer tres acciones opuestas a las que han estado implementando en los últimos años y que, en un ejercicio de ignorancia o de cinismo, siguen postulando hoy día como solución. En lugar de “prestigiar la política”, deberían aspirar a prestigiar la Administración. Y enfatizo que eso no nos acercaría al franquismo, sino a las democracias más avanzadas. En lugar de dar más fuerza a los partidos, deberían dar más peso a los políticos individuales. Y en lugar de fomentar una pluralidad externa y sectaria de los medios de comunicación, deberían mimar la pluralidad interna. O esto o, sin ánimo de ser Casandra, nos deberíamos ir preparando para una tragedia griega.

    (Artículo de Víctor Lapuente, publicado en “El País” el 4 de mayo de 2010)

  • # EVG dice:
    18 de May de 2010 a las 7:39

    Muy de acuerdo, no me gustan los funcionarios de los mil cafés, de los horarios megaflexibles… Sin embargo puedo decir que he trabajado con funcionarios que trabajaban las horas por cientos.

    Una cosa que sí que no me gusta, el tema de las prejubilaciones, ya que, a mi parecer, no son trabajos con tantos desgaste como otros. Pero claro, es mi opinión.

    Y, como he leído hoy, se ahorraría más dinero si controlaran todo el fraude, pero claro, para eso habría que aunar muchas administraciones rompiendo nuestro actual sistema de “comunidades”…

  • # Ikima dice:
    18 de May de 2010 a las 20:35

    Yo también iré a la huelga, más por lo de los ancianos que por lo del funcionariado (entre el que me incluyo), porque llamar socialista a este gobierno no es más que una pantomima. Y porque desde dentro, trabajando en la Administración, te das cuenta de la cantidad de dinero que se derrocha en tonterías, y te quedas con dos palmos de narices cuando te dicen que “no llegamos a fin de mes”, por decirlo de algún modo. Y voy a la huelga porque, como has dicho, yo me gano mi sueldo. No soy de las que meriendan dos horas ni me río del personal restregándole que gano mucho y me rasco la barriga, y el concepto que se ha extendido me resulta muy doloroso. Disfruto con mi trabajo e intento hacerlo lo mejor que puedo. Y creo que la mayoría de funcionarios(o al menos los que yo conozco, los de mi departamento) el sueldo que ganamos y las ventajas del horario, porque el 90% de la gente que se queja y que nos trata como si fuésemos escoria en verdad es una combinación de envidia + “no estoy dispuesto a pasar el calvario de estudiar día y noche para unas oposiciones y de renunciar a mis horas de ocio”. Nos lo hemos ganado y, la mayoría, nos lo seguimos ganando día a día. Se confunde mucho en este país funcionariado con clase política. Los que sobran son los asesores a dedo(esta semana se han nombrado más que unos cuantos por aquí… en pleno revuelo por los recortes). Pero de esos nadie habla. A nadie le importa que un tío gane 10 veces más que él por ser amigo de fulano. Le importa que un hijo de vecino cualquiera, otro como él, le restriegue por la cara que tiene menos fuerza de voluntad. Eso, y otras muchas cosas, entre las que se incluye cada frase de tu artículo, es lo que pienso. Por eso yo también voy a la huelga.

  • # Ikima dice:
    18 de May de 2010 a las 20:39

    EVG, lo que dices del desgaste yo creo que siempre depende… Obviamente en mi trabajo no tengo el desgaste de un albañil. Prolongar trabajos de semejante esfuerzo físico hasta los 67 años me parece aberrante. Pero yo creo que hay otras clases de desgaste, y, al menos en el caso del profesorado, yo no sé si una persona de según qué edad está ya preparada para soportar lo que supone dar clases. Por otra parte no todos los funcionarios trabajan sentaditos ante un ordenador (imagen típica que le viene a todo el mundo al pensar en un funcionario, creo yo: ordenador y ventanilla). En mi caso, por ejemplo, trabajo en un laboratorio. Particularmente me parece un trabajo precioso, pero te puedo asegurar que con según qué edad no sé si voy a estar para desarrollarlo y para pelearme todos los días con unas sustancias que no todo el mundo está dispuesto a manipular.

  • # La Lengua » Esto es lo que hay dice:
    19 de May de 2010 a las 20:48

    […] yo quiero? Por supuesto que no. No quiero que a nadie le falte el trabajo. De hecho, como os dije en el anterior post, voy a acudir a la huelga light no por el recorte de mi salario, sino por otros grupos sociales […]

  • # JuanSinMiedo dice:
    26 de May de 2010 a las 19:19

    GRECIA 5 Huelgas Generales+3 muertos = Las medidas de ajuste continuan adelante.
    ESPAÑA 1 día de huelga de 2.500.000 funcionarios un ahorro para el gobierno de alrededor de 125 millones de euros. Los sindicatos se han aliado con el gobierno para ayudarle a quitarnos mas dinero. Soy funcionario, y no voy a la huelga.Sindicatos subvencionados multiplicaos por 0. El día 8 es el principio de vuestro fin.El fracaso será rotundo.Funcionarios a trabajar por España. Nunca por ZP.

  • # La Lengua » ¿Negociación? dice:
    3 de June de 2010 a las 11:02

    […] deseada por algunos «haya o no haya acuerdo». Ya sabéis que yo, cuando oigo «reforma laboral», entiendo «recorte en los derechos de los trabajadores», ya que, que alguien me corrija si me equivoco, […]

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