Ars longa, vita brevis

El olor de la guayaba

24 de May de 2010

Este artículo trata sobre el episodio final de Lost. Si no quieres que te lo chafe, ya sabes.


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The Swinger

23 de May de 2010

En música, se llama ritmo swing o shuffle a la técnica de convertir cuatro notas en un tresillo, pero no de tres notas con la misma duración, sino de dos notas, la primera el doble de larga que la segunda. Servidor de ustedes no ha pisado nunca un conservatorio ni para resguardarse de la lluvia, así que es posible que haya metido la pata en varias ocasiones en la breve frase anterior. Pero si alguien entiende un poquito de solfeo, sabrá que de lo que hablo se anota musicalmente así:


Imagen: cnx.org.

Fue un ritmo bastante popular en el primer y bailón tercio del siglo XX, aunque ahora mismo los primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza son el Satch Boogie de Joe Satriani y el Why Don’t You Do Right de Jessica Rabbit.

En el blog Music Machinery leo que han creado un hack en el lenguaje de programación Python que convierte cualquier canción no swing que quieras en un ritmo swing. Los resultados son espectaculares. Si alguien no conoce alguna de las canciones, le resultaría difícil decir que no han sido compuestas y grabadas originalmente en swing. Dos ejemplos seguramente muy conocidos: el Every Breath You Take de The Police:

Every Breath You Take (swing version) by TeeJay

Y Enter Sandman, de Metallica. ¡Disfrutad! Vía Neatorama.

Enter Sandman- the Swing Version by plamere

Esto es lo que hay

19 de May de 2010


Imagen vía weburbanist vía Boing Boing.

Estaba hablando esta mañana con un votante del Partido Socialista —y a pesar de ello persona muy inteligente— sobre la crisis, el recorte de salarios, el más que improbable aumento de impuestos para los que más tienen (aunque probable para los que tienen un sueldo medianamente decente, lo cual, Sr. Presidente, no es lo mismo). Nos reunimos tres o cuatro durante el desayuno para darle caña, amistosamente, porque lo apreciamos, y porque, como él mismo nos confesó el día que se supo que el Gobierno iba a castigar a funcionarios y pensionistas por el desmadre económico causado por los poderosos, cito: «Podéis decir lo que queráis y no voy a responder. Me he quedado sin un solo argumento para defender a este Gobierno y a este Presidente». Inteligente el hombre, como os he dicho.

El caso es que esta mañana seguíamos con el tema, y la conversación iba sobre la seguridad que teníamos todos, incluido él, de que este Gobierno —ninguno, en realidad— no iba a hacer que las enormes fortunas españolas pagaran a la sociedad lo que le deben. Cuando hablo de enormes fortunas no hablo de un asalariado que cobre 25.000 euros mensuales, que los hay, ni de familias que poseen seis o siete viviendas que ponen en alquiler, ni siquiera de los constructores ni del afortunado José Bono. Hablo de gente que posee una cantidad absolutamente indecente de dinero, hablo de gente que se enciende los cigarros de cocaína con billetes de 500, gente que sabe que ni él ni las cuatro generaciones que le seguirán en su familia pasarán necesidades nunca, ni les faltará el dinero, aunque se la pasen viviendo a todo tren.

Comprendíamos todos por qué ningún gobierno iba a hacer eso, sólo que él lo veía como algo inevitable, y por tanto no criticable, y yo no. Sin embargo, comprendemos los dos que esas inmensísimas fortunas son las que crean trabajo en este y en cualquier país. Tienen empresas monstruosas que dan trabajo a cientos de miles de personas. Subirles los impuestos, o exigirles que devuelvan algo de riqueza a la sociedad, dado que si han amasado esas fortunas ha sido gracias al duro trabajo de millones de mal pagados trabajadores, sería como abrir la puerta del mundo y obligarlos a que se fuesen a establecer sus empresas en otros países donde paguen menos impuestos.

Y así es: si obligamos a las grandes fortunas a que paguen lo que deberían pagar por su nivel de ingresos, y de paso las obligamos a que paguen unos sueldos dignos a los trabajadores (no considero digno 2.000 euros mensuales por diez horas de trabajo, y soy consciente de que el 75% de la población ni tan siquiera sueña con cobrar eso ni trabajar solamente esas horas) todas estas corporaciones no tienen más que mover sus centros de producción a Marruecos, a Rusia, a La India, y explotar a los trabajadores allí en lugar de hacerlo aquí, y además, seguramente, con mejores resultados y menores sueldos. Si obligamos a las fortunas cienmillonarias de este país a que paguen no ya más, sino los mismos impuestos que tú y que yo, es probable que todas tomen las de Villadiego y se nos planten trescientos mil nuevos parados en un día.

Es por eso que ningún gobierno de occidente se atreve contra los ricos, no hay otra razón. Por eso ni siquiera un gobierno socialista, que de vez en cuando se despierta a media noche bañado en sudor después de haber tenido una pesadilla en que era de izquierdas de verdad, se atreve a tocar a las grandes fortunas. Tanto mi amigo como yo, y supongo que vosotros también, entendíamos la sencilla y bella lógica del argumento.

La diferencia es que a él le parece bien (a pesar de ser inteligente, no deja de ser socialista por ello) y a mí no. A él, porque no quiere que en España haya de repente más desempleados. ¿Y yo? ¿Es lo que yo quiero? Por supuesto que no. No quiero que a nadie le falte el trabajo. De hecho, como os dije en el anterior post, voy a acudir a la huelga light no por el recorte de mi salario, sino por otros grupos sociales más desfavorecidos.

Yo no tengo una solución para la crisis económica. Es probable que la solución más rápida, y tal vez incluso duradera, consista en lo que todos los gobiernos de Europa y América están haciendo: permitir que se despida más fácilmente a los empleados (a. k. a. flexibilidad del mercado de trabajo), bajar salarios y pensiones (a. k. a. un esfuerzo necesario), entregar lo que se ahorre con esos recortes sociales a la banca (a. k. a. inyección de capital crediticio, o algo por el estilo), aumentar la presión fiscal que pesa sobre los más pobres (a. k. a. desfavorecidos) y seguir permitiendo que botines, ortegas y demás sigan pagando un 1% de impuestos.

Es probable, digo, que para mantener este sistema económico, con sus subidas y bajadas, sea necesario, en definitiva, que aportemos más al Estado los que menos tenemos, mediante el IRPF e impuestos indirectos como el IVA. Es muy probable.

La pregunta que me hago es si realmente queremos mantener este modelo neoliberal. Es un modelo que, qué duda cabe, permite —en temporadas buenas— una tasa de ocupación altísima, sin prácticamente parados (recuérdese la época buena de Aznar), y que cada Juan Lanas tenga una tele LCD en su dormitorio, no porque haya ganado tanto para comprarse una, sino porque el progresivo descenso del salario de los que fabrican esas teles permite venderlas a bajo precio. Y que, para ello, haya debido renunciar a un salario digno de verdad, a sus derechos laborales, a parte de sus ocho horas de descanso y de sus ocho horas de ocio después de las ocho de trabajo. Y es probable que a mi amigo, a vosotros y a muchas otras personas les parezca bien, pero a mí no.

Sin embargo, si seguimos esforzándonos para salvar este sistema a toda costa, metidos en la UE y en todos esos grandes organismos que van en esa dirección, es lo que vamos a tener. Si se deja al mercado a sus anchas, el mercado hará lo que es mejor para él. Y lo que es mejor para él no será normalmente mejor para ti. Nunca va a ser mejor para él que trabajes menos horas, que cobres más o que sea más difícil pegarte una patada en la cara y ponerte de patitas en la calle.

Nadie se atreve a dar un paso en contra del mercado y España, desde luego, que ya no es el país valiente que fue, no va a dar el primero. Todos tenemos mucho miedo, miedo de quedarnos sin comer, como si los filetes se fabricasen con el papel moneda que tienen los bancos en sus cajas fuertes o los bits informáticos que dicen que tienen billones de euros.

Y mientras nadie dé ese paso, ese paso difícil y valiente, esto es lo que hay. En la imagen, sois la chica.

Por qué voy a la huelga

16 de May de 2010

Algunos de los sindicatos españoles mayoritarios han decidido convocar una huelga del sector público para el día dos de junio. El motivo, al parecer, es el tremendo recorte en salarios de los empleados públicos y en pensiones que se va a llevar a cabo precisamente desde ese mes. Yo voy a acudir a la huelga, aunque no por ese motivo.
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La Ley del Talión

13 de May de 2010

Sed lex

3 de May de 2010

Garzón, Falange, el Estatut de Cataluña, las leyes de Educación.

Lo he dicho ya varias veces en este blog: en este país las leyes no están para cumplirlas, o, mejor dicho: cada ciudadano de este rincón de Eurasia piensa que una ley es acatable en un momento dado, siempre que en ese momento concreto no le perjudique cumplirla. Por ejemplo: nadie ve mal tirar la basura antes de la hora permitida, siempre que no lo pillen; aparcamos donde nos viene en gana, y si viene un guardia de la porra a multarnos, encima le decimos que «ha sido solo un momento»; todo el que tiene asesor fiscal, no lo hace para cumplir a rajatabla con la legislación sobre los impuestos, sino para ver de qué manera se puede hacer el chanchullo para pagar menos. Tenemos a Lázaro de Tormes y a toda la picaresca metida en los genes y en la columna vertebral, y no hay quien nos lo saque. Los españoles somos eternos adolescentes. Todos somos como niños de cinco años que niegan haber roto el jarrón, simplemente porque no queremos sufrir el castigo merecido, sin plantearnos siquiera si es justo: el hideputa que te da un golpe aparcando y se escapa para que no le suba el seguro; el seguro que con el eufemismo de bonificación a los buenos conductores ampara y promueve una conducta, al menos, ilícita; el futbolista de 28 años que, ante el jugador del otro equipo que se desgañita en el suelo con la rótula hecha cisco, pone cara de niño Jesús; y otro futbolista que sin haber sido siquiera rozado se revuelve en el suelo haciendo teatro, para ver si fingiendo consigue lo que no se merece. Creo que eso, y no el turismo barato en calidad y caro en precios ni la burbuja inmobiliaria, es lo que nos hace un país que no se respeta a sí mismo, y que, por tanto, ni merece respeto ni lo recibirá: un país ridículo.
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Los jóvenes, cada día peor

Menos mal que hay programas como Collejeros que nos alertan de adónde estamos llegando:

Gracias, María Jesús.

Hay que comer

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