Ars longa, vita brevis

Perdidos y encontrados

30 de March de 2010


Imagen: todoseries.com y Fox TV, supongo.

Bueno, pues el último episodio de Perdidos (debería llamar Lost a la serie; la estoy viendo en inglés, una prueba más de que las compañías de distribución de contenidos están al menos una semana por detrás de los que los consumimos) por fin da algunas respuestas claras y satisfactorias, que, aunque a algunos nos decepcionan un poco —a mí personalmente me habría gustado que la cosa hubiese ido más por el terreno de la ciencia-ficción que por el de la fantasía mágico-religiosa— no puede negarse que esclarecen bastante todo el lío de la isla. Por lo demás, el capítulo 6×09 me ha parecido sensacional: bien interpretado, con el encanto de una serie de época bastante bien rodada, gran parte de la acción transcurre en España, concretamente en Tenerife en la primera mitad del siglo XIX… muy logrado todo.

Es curioso que, en varias críticas que he visto del capítulo, mucha gente decía que le había parecido un episodio flojo. Lo más curioso es que son precisamente los fanáticos de la serie los que más lo critican. Sí, esos que son capaces de verse los 200 capítulos anteriores para demostrarte que un personaje fútil de alguna escena irrelevante del último capítulo lleva un reloj parecido al que llevaba otro personaje inane de otra escena sin importancia de otro episodio de hace cuatro años (caso verídico)… esos son los que te dicen ahora que un capítulo donde por fin se sabe qué demonios es la maldita isla, cómo uno de los personajes más misteriosos se hizo inmortal, qué tipo de batalla se lucha en el paraíso oceánico de la maldad, no aporta nada a la trama. Así, como os lo cuento.

El episodio me ha parecido muy bien ambientado, ha mostrado bien las supersticiones que han controlado y controlan al español medio desde hace siglos (¿alguien dijo Semana Santa?), la tiranía del cacique —o profesional liberal, que tanto da— hacia su hermano pobre, la influencia de la Iglesia más en la vida terrena que en la ultraterrena…

Y luego tenemos el asunto de la dialectología. Calculo que al menos el 50% del capítulo se habla en español en su versión original. Ha sido un gustazo entenderlo con menor esfuerzo del que exige un capítulo normal completo en inglés. Pero entonces todo el mundo entiende de dialectología y se pregunta cómo un español de Canarias habla con acento cubano. Otra vez, los que más se quejan son los adictos a la serie.

Pues bien, resulta que, desde el descubrimiento hasta hace bien poco, las Islas Afortunadas eran paso obligado en los viajes entre España y América, dado que los antiguos viajes a vela eran largos y no venía nada mal una parada antes de continuar viaje para repostar, curar enfermos y cosas así. Eso explica que el dialecto canario, en gran parte, sea más parecido a los dialectos iberoamericanos (especialmente los del Caribe) que a muchos de los dialectos peninsulares. No solamente en la pronunciación, sino también en léxico. Véase el caso de la guagua, que es un autobús en Canarias y en las Antillas. Y como ese hay muchos más. En Melilla, por cierto, al autobús le decimos la coa. Si a alguien le interesa, que pregunte —o responda— en los comentarios.

Pero vamos, por supuesto que, ni contando con los ciento setenta y pico años transcurridos ni con el hecho de que en Tenerife nunca se ha hablado vallisoletano, lo que me llama la atención es que la gente no sea capaz abstraerse durante unos minutos de la realidad, suspender la exigencia de verosimilitud y disfrutar de una de las mejores series producidas para la televisión. ¿Os tragáis que un humo negro persigue a la gente y os indignáis porque un canario habla como Fidel Castro?

Me pregunto por qué en la era de Internet todo el mundo se ha vuelto crítico de todo, especialista en cualquier cosa (¿para qué servirá un «especialista en series de televisión»?) y la gente no sea capaz de sentarse algo más de una maldita media hora y ver algo de ficción sin estar atento para ver si le pilla un fallo a lo que salga en pantalla. ¿Dónde quedó aquello de mirar la tele un rato para olvidarse del trabajo? ¿Es que han dejado de llamarla «caja tonta» y se ha convertido en algo diferente? Válgame Dios, si sois tan quisquillosos, apagad la tele y buscad un libro. Por cierto, te recomiendo no seguir leyendo si aún no has visto el último capítulo, o si piensas empezar a ver la serie y disfrutar.

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¡La educación debería ser privada!

23 de March de 2010


Imagen: Vaguely Artistic, con licencia Creative Commons.

Nota a pie de imagen para los que sientan la tentación de ir directamente a la caja de comentarios para ponerme verde: el título es irónico.

No es ningún secreto, y ya ni siquiera tiene sentido callarlo para parecer políticamente correcto, que nuestro país se está llenando de chusma. Y quiero que se me entienda: no me estoy refiriendo a la inmigración, contra la que no tengo nada, y tampoco a favor, dicho sea de paso¹: me refiero a que todos los que vivimos aquí nos estamos embruteciendo. No os lo creéis. Encended la tele un segundo o asomaos a la ventana. Y prosigamos.

Al principio todo esto hacía gracia. Desde la transición hemos intentado convertirnos en un país que no odia a los malos, sino que intenta redimirlos². Empezaron dándonos pena el Vaquilla y el Torete, hicimos películas sobre ellos: eran malos porque habían crecido en un entorno hostil donde casi la única salida era la delincuencia. Hasta ahí, todo bien. Lo malo es que lo hemos entendido todo al revés. La idea, digo yo, era recuperar a los malos para la sociedad. Convertir a gente ineducada en gente cívica, a los malos en los buenos; hoy, sin embargo, yo ya he aceptado que lo que estamos haciendo es permitir a los malos que campen a sus anchas, con el temor de ser calificados de fachas si abrimos la boca. En tiempos del franquismo, supongo (yo contaba sólo meses de edad cuando el General estiró la pata), la actitud normal al encontrarnos un cabestro escupiendo por la calle o gritando como un animal habría sido recriminarle su actitud, intentando corregirla, quizás demasiado autoritariamente. Ahora, agachamos la cabeza y nos resignamos: «tiene derecho». ¿Cómo se ha llegado a esto? ¿Cómo hemos convertido este país, en unos brevísimos treinta y cinco años, en un establo lleno de motos con tubarros, coches tuneados, bakalas violentos, quinceañeros alcohólicos, menores maltratadores de sus padres, jennies peleonas, becerros aulladores, morlacos escupientes, en definitiva, en potenciales protagonistas de El Diario? Creo que, después de pensar, todo el mundo llega a la misma conclusión: es un problema de educación.
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En defensa de un tal Toledo

8 de March de 2010

Hace días que quería escribir algo sobre el affair Zapata-Toledo, pero no descubro nada si os digo que me encuentro en mitad de una sequía, si no de inspiración, sí de motivación para seguir escribiendo en un sitio en el que, a pesar de tenerle un cariño tremendo, no ocupa ni de lejos ninguno de los puestos de cabeza de mis preocupaciones vitales actuales. Me pregunto si sabréis disculparme.

Por suerte, Daniel Tercero parece haber leído mis pensamientos, añadido otros de razonamiento más fino y haberlos expresado de una manera clara y directa:

No entiendo dos cosas muy españolas y muy cainitas (lamentable sinonimia) como son el linchamiento mediático y el esconderse del eco de las propias palabras. Lo primero lo ha sufrido Toledo y, curiosamente, más por parte de la prensa socialdemócrata que de la derecha; y de lo segundo, cabe destacar que el actor ha dado la cara. Sí. Sorprende, además, en un país donde la opinión de un actor tiene tanta importancia. Es como cuando nos felicitamos por el correcto funcionamiento de un servicio. No es lo habitual. Toledo no se ha escondido.

Si queréis opinar en lugares de trabajo, cafeterías y cualquier otro sitio con conocimiento de causa y la fría razón (que si es razón no puede ser más que fría), es imprescindible que acudáis al artículo completo.

Hay que comer

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