Ars longa, vita brevis

Derrotados

13 de February de 2010

Una de las consecuencias más destacadas del racionalismo del siglo XVIII, que se extendió por todo el XIX y parte del veinte, con el impulso dado por la Revolución Francesa y las costosas luchas obreras de los proletarios del mil ochocientos, fue la mejora de las condiciones laborales de don Pelanas. El hombre fue poco a poco tomando conciencia de que un trabajo que te permitiera vivir dignamente, como persona, y no como un mulo cuyo horizonte acaba en las lindes del sembrado, era un derecho fundamental, y no una utopía irrealizable o reservada a los privilegiados de la sociedad. Muchas revoluciones, muchas protestas, muchas carreras delante de la policía y mucha sangre costó algo que las últimas generaciones han considerado tan fundamental como la jornada laboral de ocho horas (ocho para trabajar, ocho para descansar y ocho de libre disposición), el derecho a remuneración cuando se falta al trabajo por enfermedad, el derecho a la indemnización por despido, etc.

Los tiempos cambian, y creo que hoy, febrero de 2010, podemos decir que, aunque hemos aguantado un par de cientos de años, hemos perdido la batalla de la Revolución. Un Javier Martín firma un reportaje en El País en el que aboga por la mutilación de los derechos laborales de un sector del empleo en este país: el funcionariado. Podría sorprendernos que precisamente en ese periódico se proponga eliminar los derechos de los trabajadores, dado que El País siempre se ha considerado de izquierdas —en realidad, este periódico ha sido normalmente el vocero del Partido Socialista, pero como este se considera de izquierdas, para el caso es lo mismo—. A mí, desde luego, no me sorprende.

El reportaje tira de insinuaciones equívocas, como donde dice que España aumenta los funcionarios mientras el resto de la UE los va eliminando. No se dice, sin embargo, que nuestro país no está ni siquiera cerca de los puestos de cabeza en número de funcionarios por habitante, sino muy alejada (datos, no palabras). No se habla, tampoco, puesto que es un tema intocable en nuestro plurinacional Estado, de cuánto de ese funcionariado ha surgido de la costumbre autonómica de redoblar las administraciones ad infinitum, reservando, además, los puestos mejor remunerados para los amiguetes y correligionarios.

En realidad, el artículo es una muestra de lo más típico del carácter español: un español no quiere mejorar su condición; quiere que el vecino empeore la suya. Los trabajadores patrios no desean consolidar sus puestos de trabajo, ni acudir a su puesto sin tener la espada de Damocles del despido libre y gratuito sobre la cabeza, sino que el funcionario sienta también la espada colgando arriba.

Martín alude a la consabida idea de que el joven universitario español tiene sus miras puestas en aprobar unas oposiciones públicas, y no en desarrollar proyectos emprendedores. Y resulta que, en su opinión, lo que habría que hacer no es mejorar las condiciones y la seguridad laborales en el sector privado, sino empeorar aún más las del sector público. Ese es el país que quieren: no uno donde la estabilidad laboral se vaya extendiendo cada vez a un número mayor de trabajadores, sino precisamente lo contrario: que nadie se sienta seguro en su puesto de trabajo. Y eso se defiende desde las páginas de El País.

Vuelvo a menudo en este blog sobre la idea de que el gran triunfo de la dictadura del capital es la democracia. Millones de borregos que hacen lo que quiere el gran empresariado no porque tengan una bota en la cara, como ha sido tradicional, sino porque ellos mismos votan y viven para tener la boca metida en el barro sin necesidad de la bota. Y ahora hasta escribimos parrafadas en los periódicos pidiendo que nos hundan la cara más todavía. Hemos sido derrotados después de doscientos años. Queremos que los de arriba sigan manejando el cotarro. No tenemos remedio.

5 comentarios en “Derrotados”

  • # Ikima dice:
    15 de February de 2010 a las 14:14

    Supongo que eso forma parte de la naturaleza del ser humano, de su faceta más mezquina. Basta verlo, en el colegio ya ocurre. Hay muchos alumnos a los que les satisface más ver cómo un compañero de dieces saca un seis, que sacar ellos un cinco cuando habitualmente suspenden. Es ese extraño deleite del “yo me jodo pero tú también”, o “consolarme porque mi vida es un asco, pero la del vecino no es mejor que la mía”. Cochina envidia. Yo estoy en proceso de funcionarización, por así decirlo, y los comentarios jocosos son un no parar.

  • # Dave dice:
    16 de February de 2010 a las 22:31

    Antes la gente era mejor, mejores ciudadanos y mejores personas, hay un mundo entre ellos y la generación ni-ni.

    Más del 50% de los emprendedores de España sobrepasan la media de los 55 años – era un dato, no recuerdo la fuente – y eso dice mucho del país, y de la ya conocida mentalidad española de mosca cojonera de un solo ojo.

    Lo mismo opino del patético sistema de becas, que más que igualar hace que el pobre suba tanto que el “NORMAL” se convierta en pobre, a base de impuestos, por supuesto, para que luego el chaval se gaste los 3,000€ en un coche de segunda mano. Olé!

  • # antonio molina dice:
    20 de February de 2010 a las 0:55

    Soy funcionario… ¿Y qué? ¿Tengo que pedir perdón? No tengo coche oficial, el móvil me lo pago yo, las multas también, Iberia me clava lo que quiere, no me han elegido a dedo, estoy hipotecado como cualquiera, no me bastan 7 años trabajados para cobrar la pensión y cuando nos tengan que congelar los sueldos estaré de acuerdo si es por el bien del país (de España, se entiende). Creo que el problema no somos nosotros. Saludos.

  • # Cristina H.G. dice:
    2 de March de 2010 a las 20:14

    “Un español no quiere mejorar su situación; quiere que el vecino empeore la suya” resume la cuestión con bastante claridad. Nada podemos hacer hasta que se erradique la ENVIDIA y el MENOSPRECIO como ethos cultural.

  • # Aquiles dice:
    19 de March de 2010 a las 13:37

    Sí y no.
    Está claro que los funcionarios y otros empleados públicos lo son por esfuerzo y oposición. Cuando las cosas van bien nadie se acuerda de ellos, porque ni ganan más ni trabajan menos que nadie.
    Respecto a gansadas como “el gran triunfo de la dictadura del capital es la democracia” no hay mucho que decir, son eso, chorradas fruto de pensar poco y seguir la corriente maniquea del progresismo izquierdista. El capital no es ninguna dictadura, más bien es el liberalismo económico real (no el dirigido desde un estado socialdemócrata ruinoso) el que crea la riqueza y la posibilidad de su reparto. Evidentemente el reparto no puede ser igualitario, porque no todos merecen lo mismo, porque ni aportan ni quieren o pueden aportar lo mismo. El igualitariosmo en una sociedad liberal se refiere a igualdad ante la ley no a igualdad material, que no solo es imposible sino indeseable, porque el ejemplo ya lo tuvimos y ya fracasó sonoramente (URSS, Cuba…) y dar a alguien no lo que merece sino lo que le toca en el reparto solo lleva a que nadie se esfuerce y nada progrese.
    En fín, uno se cansa de semejantes idioteces.

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