Ars longa, vita brevis

Honor

21 de February de 2010

[…] “daño a honor” es la forma en que la gente con dinero llama a la censura.

Mi mesa cojea.

Concierto de Hollywoodca

20 de February de 2010

Hollywoodca!

Os comenté hace unas semanas que celebramos un concierto, junto con otros dos grupos, para recaudar fondos para Haití. Con todas las tribulaciones de mi vida, se me había olvidado publicar nada sobre ello. Bueno, pues fue muy bien, recaudamos 500 euros que fueron donados a Cruz Roja, hubo mucha gente y acabamos bastante satisfechos con el resultado. Os dejo el enlace a las fotos del concierto, para que aprendáis por dónde se va marcando la moda en cuestión de grupos musicales viejunos. Que disfrutéis, si podéis.

Estadísticas de 2009

15 de February de 2010

Dan Meyer, un profesor estadounidense, ha estado guardando estadísticas de sus principales actividades de ocio durante el año 2009 (beber cerveza, escuchar música, ver cine, enviar SMS, etc.). Después ha hecho un vídeo y lo ha subido a Internet, y el resultado es digno de verse:

Dan Meyer’s 2009 Annual Report from Dan Meyer on Vimeo.

En su blog cuenta con cierto detalle cómo lo llevó a cabo.
Vía Boing Boing.

Derrotados

13 de February de 2010

Una de las consecuencias más destacadas del racionalismo del siglo XVIII, que se extendió por todo el XIX y parte del veinte, con el impulso dado por la Revolución Francesa y las costosas luchas obreras de los proletarios del mil ochocientos, fue la mejora de las condiciones laborales de don Pelanas. El hombre fue poco a poco tomando conciencia de que un trabajo que te permitiera vivir dignamente, como persona, y no como un mulo cuyo horizonte acaba en las lindes del sembrado, era un derecho fundamental, y no una utopía irrealizable o reservada a los privilegiados de la sociedad. Muchas revoluciones, muchas protestas, muchas carreras delante de la policía y mucha sangre costó algo que las últimas generaciones han considerado tan fundamental como la jornada laboral de ocho horas (ocho para trabajar, ocho para descansar y ocho de libre disposición), el derecho a remuneración cuando se falta al trabajo por enfermedad, el derecho a la indemnización por despido, etc.

Los tiempos cambian, y creo que hoy, febrero de 2010, podemos decir que, aunque hemos aguantado un par de cientos de años, hemos perdido la batalla de la Revolución. Un Javier Martín firma un reportaje en El País en el que aboga por la mutilación de los derechos laborales de un sector del empleo en este país: el funcionariado. Podría sorprendernos que precisamente en ese periódico se proponga eliminar los derechos de los trabajadores, dado que El País siempre se ha considerado de izquierdas —en realidad, este periódico ha sido normalmente el vocero del Partido Socialista, pero como este se considera de izquierdas, para el caso es lo mismo—. A mí, desde luego, no me sorprende.

El reportaje tira de insinuaciones equívocas, como donde dice que España aumenta los funcionarios mientras el resto de la UE los va eliminando. No se dice, sin embargo, que nuestro país no está ni siquiera cerca de los puestos de cabeza en número de funcionarios por habitante, sino muy alejada (datos, no palabras). No se habla, tampoco, puesto que es un tema intocable en nuestro plurinacional Estado, de cuánto de ese funcionariado ha surgido de la costumbre autonómica de redoblar las administraciones ad infinitum, reservando, además, los puestos mejor remunerados para los amiguetes y correligionarios.

En realidad, el artículo es una muestra de lo más típico del carácter español: un español no quiere mejorar su condición; quiere que el vecino empeore la suya. Los trabajadores patrios no desean consolidar sus puestos de trabajo, ni acudir a su puesto sin tener la espada de Damocles del despido libre y gratuito sobre la cabeza, sino que el funcionario sienta también la espada colgando arriba.

Martín alude a la consabida idea de que el joven universitario español tiene sus miras puestas en aprobar unas oposiciones públicas, y no en desarrollar proyectos emprendedores. Y resulta que, en su opinión, lo que habría que hacer no es mejorar las condiciones y la seguridad laborales en el sector privado, sino empeorar aún más las del sector público. Ese es el país que quieren: no uno donde la estabilidad laboral se vaya extendiendo cada vez a un número mayor de trabajadores, sino precisamente lo contrario: que nadie se sienta seguro en su puesto de trabajo. Y eso se defiende desde las páginas de El País.

Vuelvo a menudo en este blog sobre la idea de que el gran triunfo de la dictadura del capital es la democracia. Millones de borregos que hacen lo que quiere el gran empresariado no porque tengan una bota en la cara, como ha sido tradicional, sino porque ellos mismos votan y viven para tener la boca metida en el barro sin necesidad de la bota. Y ahora hasta escribimos parrafadas en los periódicos pidiendo que nos hundan la cara más todavía. Hemos sido derrotados después de doscientos años. Queremos que los de arriba sigan manejando el cotarro. No tenemos remedio.

  • La Lengua en dispositivos móviles » He instalado en el servidor la extensión WPtouch, para que el blog se lea mejor en dispositivos móviles (como iPods Touch, iPhones y teléfonos inteligentes). Ya me contaréis qué tal va. Podéis desactivarlo, si queréis, al final de la página. (1)

Más mentiras

11 de February de 2010

Este mediodía, cuando he oído en las noticias que las muertes anuales por tabaquismo se habían reducido en 1.500 desde la entrada en vigor de la última y draconiana ley anti tabaco, lo único que he podido pensar —ya que, como fumador, soy un estúpido— ha sido: «Es una buena noticia, sin duda. Ojalá limiten también el consumo de grasas saturadas, bollería industrial y alcohol, y obliguen a la gente a hacer deporte, las muertes se reducirían aún más». Era irónico, por supuesto. Lo del tabaco no tiene mucho que ver con la salud, sino con el gusto de los políticos por prohibir. De todas maneras, cuando hayan prohibido el tabaco, el alcohol, los filetes y filetazos, la vida sedentaria, las películas pornográficas, los deportes de riesgo y los videojuegos (que, recordad, ¡también matan!), probablemente viviremos todos cien años. Mi pregunta es: ¿y para qué?

Pero el asunto va más allá. El impacto de la famosa ley en el número de muertes por tabaquismo es… inexistente. Cero. Nada. Nihil. Lo cuenta Josu en Malaprensa y lo explica, con datos, Wonka.

Recordad: si queréis noticias, información, la verdad, acudid a los gurúes, a Dios, a la vecina del tercero, al verdulero. Las noticias os dicen lo que queréis oír. O bien lo que les gustaría que fuera la realidad. Que, habitualmente, dista mucho de la realidad.

Dos inquietudes

Una, sobre el rencor:

Es muy triste que el rencor de las personas alcance hasta los muertos; pero, ¿quién no tiene algo de podrido en el alma?

Y dos, sobre los prejuicios maritales racistas y clasistas:

[…] le recomiendo que tenga usted cuidado con sus hijos y con sus hijas: no les permita usted que se casen con individuos de cabeza redonda.
Verdaderamente sería el colmo de lo cómico impedir a un hijo que se casara con una buena muchacha por tener la cabeza redonda; pero no sería menos cómico oponerse a un matrimonio porque el abuelo del novio o de la novia hubiese sido en su tiempo zapatero o quincallero. En estas cuestiones, los jóvenes suelen tener mejor sentido que los viejos, porque no atienden más que a sus sentimientos.
Contaba una criada de mi casa, la Iñure, que un indiano rico de su pueblo, ex negrero, que estaba muy incomodado porque su hijo quería casarse con una muchacha pobre, hizo a la chica esta advertencia:
—Yo, como tú, no me casaría con mi hijo. Ten en cuenta que yo he sido negrero y que en mi familia ha habido dos personas que fueron ahorcadas.
—Eso no importa —contestó la muchacha—. Gracias a Dios, en mi familia ha habido también muchos ahorcados.
Realmente, esta muchacha discurría muy bien.

Pío Baroja, Las inquietudes de Shanti Andía. Leyéndolo que estoy en la estupenda aplicación Stanza para iPhone y iPod Touch.

Ya he leído unos cuantos cientos —o miles— de páginas de Baroja, y aún no he lamentado una sola. Este sí era un tipo inteligente.

Educación universal

9 de February de 2010

La educación en masa fue diseñada para convertir a granjeros independientes en herramientas de producción dóciles y pasivas.

Noam Chomsky, vía. No hay que extrañarse de que ya no la llamen enseñanza, sino educación. No quieren enseñarnos, quieren educarnos… quieren que seamos personas ¿educadas? Eso depende de lo que opines que es una persona educada. ¿Un jornalero analfabeto de principios de siglo que cede su asiento del tranvía a una mujer embarazada, o un broker de bolsa que hace millones con la construcción robando a familias después de sacar un sobre en Ciudadanía?

Muse – Resistance

5 de February de 2010


Enlace al vídeo en YouTube

Si pasamos nuestra vida asustados
esperaría mil años
sólo para verte sonreír de nuevo.

Detén tus oraciones de amor y paz,
despertarás a la policía del pensamiento.
No se puede ocultar la verdad interior.

Pasad un buen fin de semana. Y dejadme arrancar poco a poco.

A trabajar

2 de February de 2010


Fuente de la imagen: Wikipedia.

Bueno, ya os habréis enterado todos de que no podréis jubilaros hasta los 67 años. En el ámbito político, lo de siempre: el Gobierno hecho una piña, la oposición oponiéndose a la medida, más que nada por la inercia del no-a-todo, ya que imagino que los populares se habrán alegrado de que nos joroben la vejez más incluso que los socialistas (la cursiva es intencionada en ambos casos). Los sindicatos, por lo que se ve, han montado una campaña informativa (sic) «de rechazo a que la edad de jubilación se incremente en dos años». A veces me da la sensación de que me comporto con los sindicatos como con los vendedores de enciclopedias: me da cosa ir a darme de baja o dar orden al banco de que no les paguen más cuotas, por el interrogatorio indefinido al que me pueden someter, haciéndome sentir culpable de delito contra mi clase… No sé. Solo se me ocurre pensar que sin jubilación hasta los 67, con la mitad de parados y sin inyecciones a los bancos le montaron a Aznar una huelga general. Ya, ya sé que todos estáis pensando lo mismo, pero lo cierto es que la culpa es nuestra: no vamos a darnos de baja, y siguen haciendo de las suyas. Como me repiten mucho últimamente por cuestiones que no vienen al caso, más vale una vez colorado que ciento amarillo.

Creo que en las próximas elecciones el Partido Popular no presentará candidatura. No, no me he vuelto loco, creo que es lo lógico. Después de todo, la derecha liberal (en un mundo tan hipócrita como este, es necesario usar la cursiva constantemente), ¿qué es lo que pretende? Que el mercado se mueva a su antojo, obteniendo un máximo de beneficios, sin reparar en la situación de la masa trabajadora ni lindezas por el estilo. Eso ya lo está haciendo el Partido Socialista Obrero Español: inyecciones a los bancos, trabajar hasta más tarde, recorte de gasto social, contención de sueldos, rebaja de impuestos —menos para los de abajo, claro—, las SICAV intocables, aprobar EREs por un tubo, la necesaria reforma del mercado laboral, o dicho sin eufemismos: despido más barato y mayor inseguridad en un puesto de trabajo. Si la derecha consigue todo lo que necesita estando en la oposición, ¿para qué van a invertir el dinero y el esfuerzo necesario en unas elecciones? A no ser por cierto narcisismo, del que nunca están libres los políticos, no le veo sentido. Así que creo que avanzamos hacia un sistema democrático de partido único. Sí, el consabido PPSOE.

He insistido varias veces en que el gran triunfo de los poderes no democráticos, esto es, los ajenos a la voluntad de la gente, como grandes empresas, religiones y partidos políticos, es el hacer que la gente crea que decide. Nos han convencido a casi todos de que la democracia consiste en depositar un papel en una urna una vez cada cuatro años y el resto preparar nuestros orificios para que sean profanados, intentando paliar el dolor en medida de lo posible. Eso creemos: ponemos el voto en la urna, aguantamos cuatro años contemplando cómo menguan nuestros derechos, y a los cuatro años volvemos a poner el voto en la urna (normalmente, ¡ja!, al mismo partido, qué miedo, no vayan a salir los otros).

Dicen que el que no vota no tiene derecho a protestar ni opinar. Y yo les digo, con perdón de los palabros: que os den por donde amargan los pepinos. Vosotros, que votáis, y que votáis siempre al mismo partido (sea con unas siglas o con las otras), vosotros que me estáis convirtiendo este país en una dictadura que ríete tú del tío Paco, vosotros sois los que no tenéis derecho a quejaros, yo sí. Vosotros votáis al partido del Gobierno o al principal partido de la oposición, manteniendo la misma situación de siempre, lo hacéis a conciencia y además sabiendo que tanto uno como otro nos va a amargar la existencia, no solo a vosotros, sino también a los que no les hemos votado ni lo haremos, probablemente, nunca. Vosotros, mentecatos, idiotas, palurdos, vosotros sois los que no tenéis derecho a opinar. Yo sí, que yo pago con mi dinero y con mis derechos la imbecilidad que os empuja a colocar en el Congreso siempre a los mismos.

Pero retomemos el tema del principio, que uno empieza a insultar y no acaba. Ya he leído a varios blogueros sembrando el sentido común, apartándonos a nosotros, pobres mortales, de la demagogia y haciéndonos ver que no hay remedio, que tendremos que trabajar hasta los 67 años y que si no el mundo se derrumba. Sus argumentos no parecen rebatibles: cada vez vivimos más y en mejores condiciones (es decir, nuestro período de cobro de pensiones es mayor y además estamos más años en condiciones de trabajar), y además un grupo de iluminados chiripitifláuticos ha dicho que dentro de veinte o treinta años habrá no sé cuántos viejos y no sé cuántos niños a los que será necesario mantener. Hechas las matemáticas, la cosa está muy clara: o trabajamos hasta caer muertos, como en Auschwitz, o moriremos todos de hambre, enfermedades y tsunamis.

Nadie recuerda ya, o se hacen los olvidadizos, de que hace unos veinte años nos salieron con la misma historia: para 2000, ó 2010, ó 2015, no habría gente trabajando en España, esto sería un inmenso y desolado páramo geriátrico donde el único sonido en los parques iba a ser el de los bastones y no el de los balones. Temblad, decían, poneos a procrear como conejos o caerá un meteorito sobre vuestras cabezas.

¿Sabéis qué? Se equivocaron. De repente la inmigración se convirtió en el principal fenómeno social del mundo. Los hambrientos vinieron por millones, literalmente, no hubo más remedio que dar papeles a casi todos ellos en toda Europa, y ocuparon un montón de puestos de trabajo que nadie quería, y se pusieron a cotizar a la Seguridad Social. Este hecho, con el que nadie contaba, hizo que las predicciones de los iluminados tuviesen el mismo valor que las de Aramís Fuster. ¿Quién sabe qué pasará dentro de veinte años? ¿Hace veinte años pensábamos que más del 10% de la población española tendría origen extranjero, y que todos los colegios estarían colmados de sus hijos? Claro que no. ¿Qué pasará dentro de veinte años? ¿Quizá el mundo será un modelo matemático fijo y calmado, donde no hay más que hacer tres o cuatro sumas y ya sabemos qué pirámide de población vamos a tener? ¿O pasará algo inesperado? Tal vez el cambio climático nos convierta a todos los europeos en emigrantes, quién sabe. Tal vez se empiece a arreglar y a democratizar el tercer mundo, ya que el primero avanza con paso firme hacia la pérdida de libertades y derechos. Tal vez Arabia Saudí compre Europa y nos pague la jubilación a todos a cambio de no sé qué. ¿Quién puede saberlo?

Tal vez el Gobierno de España, sea el que sea, y si no dejáis de hacer el tonto cada cuatro años seguirá siendo el mismo (PPSOE), decida articular un estado algo más racional, donde los gastos administrativos no se vean duplicados o triplicados por las ansias de poder y de figurar de cuatro gerifaltes autonómicos; tal vez despidan a los chorrocientos altos cargos que nos cuestan tantos millones y no parecen hacer nada; tal vez las SICAV comiencen a cotizar a, digamos el 50% que les corresponde, y no al 1% actual, y tengamos superávit en las cuentas del Estado; tal vez se decida actuar firmemente contra el fraude fiscal y entre dinero a espuertas en Hacienda, en lugar de destinar tantos recursos a inspeccionar mi declaración (yo, funcionario, que soy de sota, caballo y rey) del derecho y del revés; tal vez implementen un sistema impositivo más razonable y todo el mundo pague lo que debe; tal vez… tal vez dejen de decirnos de una puñetera vez que nos hagamos a la idea de que cada vez iremos perdiendo más derechos, y nos cuenten que la idea es otra, que la idea que tenemos de que el mundo progrese es que nuestra calidad de vida y de trabajo vayan avanzando en lugar de retroceder. Tal vez abandonemos la idea de que estamos en el mundo para entregar nuestros mejores años a Zara, BBVA, General Motors, Telepizza, y nos hagamos a la idea de que son ellos los que nos tienen que pedir permiso para dar un paso, y que la política, la economía y las vidas de la gente no tienen que moverse al albur de sus capitales, no, que son ellos los que tienen que adaptarse a la vida de la gente, y no la vida de la gente a sus necesidades depredadoras.

No, yo tampoco creo que ocurra el párrafo anterior.

Hay que comer

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