Ars longa, vita brevis

¡Viva la extinción!

31 de January de 2010

De cuando en cuando surge el debate sobre la llamada fiesta nacional, el espectáculo en que un hombre, en superioridad de condiciones (la tabla de resultados está ahí) tortura y finalmente mata a un toro para regocijo del respetable. Hoy hay incluso iniciativas populares que piden la prohibición del espectáculo, la última, según tengo entendido, en Cataluña. Es difícil, desde luego, meter en una cabeza la idea de un país en que se detiene a la gente por organizar peleas de gallos, con circo mediático incluido en las noticias, y se ensalza a los torturadores directos de otros animales, más cercanos a nosotros en el árbol evolutivo, a la categoría de símbolos nacionales, de sex symbols, casi de héroes.

Pero el tema lo he tratado frecuentemente con anterioridad. Hoy me voy a limitar a criticar un argumento concreto de los que defienden esa forma de tortura a los animales: el que dice que es necesario proteger las corridas para proteger la especie del toro de lidia. Si no existiera la fiesta, se extinguiría el toro, dicen. El último, que yo sepa, que ha defendido este argumento (el último cuyas opiniones, por lo general, merecen atención) es Javier Marías, cuya inteligencia, honestidad, valentía con sus opiniones y maestría con la pluma están, a mi parecer, fuera de toda duda. El artículo en cuestión no lo pienso leer.

No lo pienso leer porque, aunque disfruto de la lectura de la buena prosa, estoy cansado de ese argumento, me enerva y además pienso que es fácilmente desmontable.

1. Pero empezaré por negar las intenciones que quienes lo utilizan. El uso de ese argumento siempre me ha parecido de una hipocresía malsana. Al argumentar que el espectáculo debe protegerse para proteger a la especie, se sobreentiende que el argumentador siente una preocupación, casi una simpatía, incluso, por el animal. No es que defiendan la tortura porque les parezca divertida ni les haga disfrutar, ni siquiera porque semejante carnicería les parezca el súmmum de lo artístico, lo bello y lo que culturalmente merece ser protegido —valiente memez—, no; es que les preocupa la suerte de la especie. Les da pena que un animal tan bello se extinga, como si no fueran bellos todos los animales, a su modo, incluso las cucarachas, prodigio de la ingeniería evolutiva orientada a la supervivencia y que matamos a millares sin contemplaciones.

En cierto modo lo entiendo: no debe de ser fácil mirarse al espejo y decirse a uno mismo «disfruto con el sufrimiento y la posterior muerte de un animal como hecho meramente lúdico, disfruto con el baile del capote, con la chulería del torero, pero sobre todo con el sufrimiento en sí, porque no concibo la diversión de la fiesta sin que medien todas las crueles heridas que se le infligen al bicho». Que el sufrimiento es lo que más les pone está fuera de la discusión, porque las iniciativas e ideas que pretenden celebrar las corridas sin banderillas ni estoques (lo que mantendría un espectáculo grotesco, chabacano y mamarracho, pero sin duda mucho menos cruel) son, en el mejor de los casos, ignoradas por los defensores de la tortura animal. Así que en lugar de decirse a uno mismo, y luego a sus lectores y oyentes, si los hay, que disfruta uno con la idea de que un ser vivo sufra, y que está dispuesto a ir al médico para arreglarlo, o qué caray, que no hay nada que arreglar, que estamos en un país libre, cada uno es como es y yo exijo que se torturen animales para mi diversión, se coloca uno, en el colmo del absurdo, como el principal defensor de los vacunos que son torturados y aniquilados en las plazas. Pues no cuela.

2. Niego también el hecho de que la especie vaya a desaparecer si las corridas hacen lo propio. Porque también es una idiotez. Porque destinamos millones a la defensa y la protección de cientos o miles de especies animales o vegetales. Incluso llegamos a derribar urbanizaciones enteras y dejamos a familias en la calle porque las obras se han realizado en un paraje de especial belleza natural. ¿No podemos destinar unos cuantos millones a proteger a los toros? Todos los que acuden, angustiados, a las plazas a ver las corridas porque no soportan la idea de que esa bella especie desaparezca de la faz de la tierra, ¿qué tal si donan el dinero de las entradas a programas de protección del todo de lidia? Me incomoda que tengan que ver sufrir a esos animales que tanto les gustan, solo porque no quieren que la especie pase a mejor vida. Estoy incluso dispuesto a que me impongan un impuesto para proteger la especie, igual que de mis impuestos salen los programas destinados a la protección del oso pardo o del águila real. Así podrían proteger a los toros, y además se ahorrarían ver cómo esos animales sufren, lo que debe de ser un trago difícil si los quieren tanto.

Por lo demás, el argumento demuestra su idiocia desde otras perspectivas. Muchas especies de animales, creadas con un fin concreto, siguen existiendo a pesar de que ese fin ya no existe. Los perros chow-chow fueron criados como alimento; muchas otras razas de perros se crearon mediante la selección de ejemplares para la guía de ganados, las carreras de galgos, la caza… actividades hoy en día minoritarias o cuya existencia es testimonial. Y ahí siguen las razas, como perros de compañía o de adorno.

3. Pero, por otra parte… ¿qué pasa si el toro de lidia se extingue? Si le preguntamos a él, estoy seguro de que prefiere una no-existencia a una existencia indigna, destinada a un fin en el que se le inflige un daño insoportable para que un montón de palurdos eructen gritos puestos de vino hasta las orejas (espectáculo en el que, incomprensiblemente, tanta gente ve una belleza abrumadora). Cualquiera con dos dedos de frente prefiere la eutanasia a una vida indigna y llena de dolores. Si pensamos que incluso la vida humana puede sacrificarse en aras de evitar un sufrimiento sin esperanza, un dolor lleno de desesperación, ¿no vale mucho menos, digo yo, la existencia de una especie artificial?

Se habla ahora, e incluso creo que hay países que lo tienen programado, de eliminar —extinguir— las especies de perros llamadas agresivas, modificaciones de canes destinadas exclusivamente a aumentar la fuerza, la agresividad y la violencia de sus ejemplares. Creo que no he leído a nadie llevándose las manos a la cabeza. Muerto el perro, se acabó la rabia. Y el que siga disfrutando viendo cómo un animal destroza a otro a dentelladas, que busque en el eMule que seguro que ha de haber múltiples snuff movies repletas de ese sufrimiento gratuito. Propongo lo mismo a los que gozan con los toros y están preocupados por su extinción. Si el animal ha sido creado artificialmente y no sirve para nada, dejad que se extinga. Quizás no tenga razón de ser en este mundo, como los enormes monstruos antediluvianos no tienen mucho que hacer en un mundo en el que el oxígeno no es tan abundante como cuando ellos vivían. Que se extingan. Y el que disfrute con el sufrimiento, pues eso, tiene dos opciones: que se lo haga mirar; y si no quiere hacérselo mirar, porque se gusta como es —una persona que disfruta con la contemplación del sufrimiento ajeno, humano o animal—, que se compre películas o documentales donde seres vivos sean torturados y matados sin contemplaciones. Pero que no nos tomen el pelo con argumentos pueriles.

iShit

28 de January de 2010

Y poco más tengo que añadir.

David Bowie – Absolute Beginners

18 de January de 2010


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No tengo mucho que ofrecer
no hay mucho que llevarse.
Soy un completo principiante
y estoy totalmente cuerdo.

Mientras nosotros estemos juntos
el resto del mundo puede irse al infierno.
Te quiero de manera absoluta
pero somos unos completos principiantes
con los ojos completamente abiertos
pero al mismo tiempo nerviosos.

El blog se reabre oficialmente hoy. Desde este momento volvemos con el ritmo regular de publicaciones. O eso espero.

Por cierto, si estás —o vas a estar— en Melilla este próximo sábado 23, se celebrará un concierto de tres grupos melillenses, incluido el mío (Hollywoodca), en el pub Mai Tai del Puerto Noray. Las ganancias de los grupos que tocamos serán donadas para ayudar a las víctimas del terremoto de Haití. ¡No faltéis, bandidos!

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