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La Lengua » Al Museo Británico

Ars longa, vita brevis

Al Museo Británico

14 de August de 2009

Uno de los motivos por los que tardé bastante en decidir hacerme profesor era porque sentía un terror insoportable a que se me pusiera aspecto de profe. Me temo que es demasiado tarde para seguir temiéndolo, ya que está claro que es un hecho consumado:

En el British Museum

Sin embargo, creo que lo voy a soportar bastante bien, porque lo que no quería era que se me pusiera la típica facha del profe progre del siglo XXI: gafas de pasta, pantalones vaqueros rotos, zapatillas deportivas, bolsa hippie, camisetas de Led Zeppelin, pelito largo y barba de tres días. No, no, por supuesto que no tengo nada en contra ni de esos profesores ni de esa forma de vestir; solo que cada cual tiene sus preferencias, y yo soy más de chaqueta y camisa, lo que ahora, no entiendo muy bien por qué, se identifica con la derecha política, la cerradura de mente, Hitler, el tabaco y, en definitiva, todas las cosas malas de este mundo tan moderno. En cualquier caso, no me diréis que no parezco el típico profesor que arriesga su vida y su carrera llevando a un montón de alumnos a que vean en el museo piedras muertas.

Pero a lo que vamos. Este tercer día en Londres lo hemos aprovechado para ir al Museo Británico, una de las colecciones de arte y cultura más impresionantes del mundo (si no la que más) y al mismo tiempo un monumento al expolio que las naciones civilizadas realizaron sobre los pueblos conquistados durante siglos.

El British Museum es algo demasiado grande para describirlo con palabras, con fotografías, para ir solamente una o dos veces. Esta mañana hemos estado unas tres horas y media y nos hemos ido porque estábamos desfallecidos de cansancio y muertos de hambre, pero es muy probable que en los días que quedan volvamos al menos una vez más.

En sus salas pueden verse algunas de las reliquias más importantes del arte egipcio, de Oriente Medio, romano, griego, medieval, de la América precolombina, de la prehistoria del Reino Unido y continental, de Extremo Oriente, indio, prácticamente de cualquier rincón de la tierra. Esculturas, columnas, frisos, relieves, escritura en piedra, joyas, armas, ropa, calzado, máscaras funerarias, sarcófagos… Hay tantísimo por ver que uno no sabe por dónde empezar ni por dónde acabar. Vas caminando por las salas y, aunque estás derrotado y los pies amenazan con matarte, sigues caminando como hipnotizado.

Yo no sé vosotros, pero cuando entro en un museo donde las obras expuestas merecen la pena, me quedo sobrecogido. Por una parte, está la misma belleza de las obras de arte, y no solo la belleza, sino el increíble artificio que desempeñaban los artistas de hace milenios, cuando por desgracia para ellos —y por suerte para nosotros, visitadores de museos— aún no existía el sintagma «derechos laborales», y lo importante no era el trabajador, sino el trabajo. En el Museo Británico se encuentran algunas piezas que tienen un detalle y una manufactura tales que parece increíble que se hayan realizado hace mil, dos mil o tres mil años, cuando prácticamente nadie tenía una simple regla para trazar líneas rectas, cuando podías pasarte meses esperando que llegase la tinta que necesitabas para acabar un dibujo, cuando a pesar de que se vivía en un mundo donde cualquiera podía morir en cualquier momento hubo unos artistas que dedicaron gran parte de su vida a crear obras inmortales.

Por otro lado, está la insuperable sensación de viajar en el tiempo. En el Museo hay momias egipcias de adultos y niños, e incluso de animales como cocodrilos, gatos y halcones. Alguna de las momias está tan bien conservada que es posible apreciar el pelo pegado al cuero cabelludo. Y ese cadáver acartonado que casi puedes tocar era hace cuatro mil años una persona que probablemente no tuviera tus mismas inquietudes, pero para la que a fin de cuentas los problemas importantes de la vida eran los mismos que para ti: ¿cuánto viviré? ¿Encontraré una buena pareja? ¿Crecerán sanos mis hijos? ¿Siempre tendré sustento para ellos y para mí? Seguro que se hizo esas preguntas, como tú, y ahora está en una urna de cristal y puedes ir a verlo. Y seguro que no he sido el primero, pero al ver las momias me he preguntado si mi cadáver o el de cualquiera de los visitantes estará expuesto en algún lado dentro de cinco o diez mil años. ¿Quién sabe?

Mención aparte merecen dos particularidades de mi visita al museo. Primero, lo interesante que es para un filólogo ver, en persona, algunos de los rodillos donde el ser humano escribió por primera vez en toda su historia unos caracteres cuneiformes con un significado desconocido para nosotros; innumerables jeroglíficos egipcios; cientos de inscripciones romanas talladas en mármol; textos griegos de distintas épocas; poemas chinos y otras inscripciones en porcelana, pergamino o cualquier otro material; etc.

Y segundo, el Partenón, gran parte de cuyo friso se encuentra dentro de los muros del museo británico, y que es capaz de despertar todas las sensaciones de las que he hablado hasta el momento: la fascinación por su belleza, el enmudecimiento por su historia, la sensación de que estás posando los ojos encima de un trozo de piedra hermoso en el cual se han posado otros millones de ojos hablando miles de idiomas desde hace dos milenios y medio.

Lo dicho, podría extenderme durante miles de párrafos y no sería capaz de contaros lo que se vive dentro de este museo. Merece la pena visitar esta ciudad una vez en la vida, aunque solo sea para ir allí y volver al aeropuerto después de pasar cuatro o cinco horas, como mínimo, pateando sus colecciones.

Y aunque no pueden causar ni la milésima parte del efecto que os causaría estar allí viéndolo en persona (los que no hayáis estado aún, claro), os dejo con unas cuantas fotografías que saqué, que no hacen honor al museo ni de lejos, pero que por lo menos ahí están. Espero que las disfrutéis.

Mañana, a la National Gallery, a ver a mi adorada Venus del espejo y a reencontrarme con los amigos Picasso, Leonardo, Monet y a quedarme otra vez embobado como un imbécil. Pero bueno. Para eso viene uno al mundo, para disfrutar de las cosas bonitas. Que lo feo ya viene solo.

(Si os gusta la galería, podéis ir entrando durante los próximos dos o tres días, porque la iré ampliando un poco cuando termine de dar unos pequeños retoques que necesitan algunas fotos, por estar demasiado oscuras, verdes, azules o simplemente descuadradas.)

3 comentarios en “Al Museo Británico”

  • # David Saltares dice:
    15 de August de 2009 a las 2:11

    Increíble, tengo muchas ganas de ir a Londres, debe ser una ciudad muy interesantes y además con toda esa cultura al alcance de la mano. Son museos que quiero ver y espero poder hacerlo el próximo verano, este me ha tocado a Barcelona que no está del todo mal, por cierto.

    ¡Saludos!

  • # Crul dice:
    15 de August de 2009 a las 10:14

    Estuve la semana pasada por allí, con la suerte (buena o mala) de pasar dos días prácticamente solo. Por supuesto aproveché para pasarme mis seis horitas en el British, y alguna menos en la National Gallery.

    Coincido en todo lo que dices; pero me llama la atención que nadie de los que han ido al British (y hayan hablado conmigo) comenta los escudos del pacífico que a mí me llamaron mucho la atención. ¿Cómo puede llegar a gente a asimilar la guerra como algo más del día a día? O eso me dio por pensar…

    Saludos.

  • # Laura dice:
    16 de August de 2009 a las 17:14

    Querido Elías:
    Cuando visité el Museo Británico y el Louvre, no pude menos que tener algo así como una serie de sentimientos encontrados. Si bien , gracias a los cuidados por la preservación de semejantes obras de arte, irreproducibles en su magnificencia,podemos llegar a apreciarlas en la actualidad,de lo que me congratulo, me asalta la sensación de “despojo” que han sufrido las naciones de las cuales son originarias…
    Tengo la sensación de que he visto más de Grecia y Egipto en los museos de Inglaterra y Francia , que en los propios países. De allí es que sienta esa dualidad de sensaciones… es justo que se “despoje” de esa manera a las culturas vernáculas? Un beso, Laura

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