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Ayer, durante un desayuno clandestino —uno de mis amigos es un no creyente de familia musulmana, y esta ciudad es tan intolerante que mucha gente se cree con derecho a opinar sobre si uno practica el ayuno de Ramadán o no— estuvimos hablando sobre una de las teorías del impresionante documental Zeitgeist, aquella que dice que los atentados del World Trade Center fueron preparados y ejecutados por el gobierno de los Estados Unidos. Mi amigo me preguntaba con incredulidad: «¿Pero tú crees que de verdad los Estados Unidos le harían eso a su gente?»
Yo me acordé entonces de alguna de las clases de mi antiguo profesor de Historia don José Luis Alcalá, que no sé dónde anda, por cierto, cuando nos contaba que el imperio hundió el acorazado Maine para echar la culpa a España e iniciar una guerra para acabar con la situación colonial de la isla caribeña y de paso convertirla en un inmenso prostíbulo.
Pero ¿de verdad un gobierno haría eso a su gente? ¿Y por qué? La respuesta, en mi opinión, depende de nuestra percepción de las cosas. Nuestra percepción del mundo, por ejemplo, es que se mantiene en un delicado equilibrio entre quizás un par de cientos de naciones.
Sin embargo, el equilibrio mundial no es un malabarismo de naciones, ni de religiones, ni nada de eso, sino de otras cosas. Las naciones, las banderas, los credos, son una especie de entretenimiento que nos han buscado a los que mantenemos la situación de predominio de las verdaderas fuerzas motrices. Cuando es necesario, nos convencen en televisión de que tenemos que ser muy amigos de tal o cual país, o muy enemigos de tal o cual otro. Marear la perdiz. Mientras tanto, la familia Bush hace negocios con la familia Bin Laden. El equilibrio no se reparte entre naciones, sino entre concentraciones de capital y fuerzas económicas tan complicadas y tan pantagruélicas que es difícil realmente hacerse una idea de lo que significan.
Puede ser que sea difícil de creer que un gobierno asesine a casi 3.000 de sus ciudadanos, pero también lo sería que la especie humana deje de morir a cientos de miles de personas diariamente de hambre en varios continentes. Y eso también pasa. ¿Y por qué pasa? Porque es necesario mantener un statu quo. Es necesario mantener a una gran parte de la población mundial en la hambruna para que en esta parte del mundo sigamos disfrutando de la sobreabundancia. No sé si os habéis preguntado alguna vez de dónde proceden todos esos tesoros que hacen funcionar la economía mundial, como el coltán, el petróleo, los diamantes o el oro. Efectivamente, de países donde por una u otra razón la gente muere de hambre o se ve obligada a desplazarse en masa por las guerras; de países donde existe la esclavitud, sea religiosa o puramente económica. Son países donde, si vendieran a occidente la materia prima a un precio algo más justo que el que pagamos por ella, podría vivir la población con un nivel de desahogo considerable. Sin embargo, si hicieran eso, deberíamos pagar más cara la gasolina y los anillos de compromiso, por lo que es necesario que en esos países existan guerras, dictaduras teocráticas, «democracias» como la iraquí o la afgana, etc.
Pero volvamos al tema de los gobiernos atacando a su propia población. ¿Es lógico que un gobierno como el de los EEUU mate a 3.000 personas para gastar dinero en una guerra, más dinero del que teóricamente va a obtener en beneficios comerciales? Aquí es donde entran el equilibrio real y el imaginario. En la situación imaginaria, en que el mundo se divide en países y esta división conforma la política, no, no es lógico. Pero en la situación real sí. El déficit económico de los Estados Unidos, agravado de forma espectacular por los gastos militares, ha rendido beneficios ingentes en otras parcelas. Por ejemplo, en los billonarios contratos de reconstrucción de Iraq; en la investigación, desarrollo y venta de material bélico; en el abaratamiento del petróleo para las grandes compañías, con efecto mínimo o nulo para los consumidores —nosotros—; etc. Tal vez los gobiernos no necesitaban un atentado, pero a muchos consorcios empresariales (que están metidos en todo: energía, armas, farmacia, por citar solo tres lucrativos ejemplos) les venía bien un petardazo que acabase con 3.000 vidas si eso les permitía controlar unos cuantos pozos petrolíferos y monopolizar el gas de Afganistán. Conviene incluso que nunca se encuentre a Bin Laden, ni con esos satélites que son capaces de encontrar a un jilguero en un área de 10.000 kilómetros cuadrados. Nunca se sabe cuándo vamos a necesitar que se caiga otro rascacielos. Y pensar que la policía española encontró a Roldán en una isla a tomar por viento. ¿No es capaz la CIA de encontrar a un fanático enfermo? Quizás sea porque ellos mismos lo han escondido demasiado bien. Es vox populi que el AK-47 que luce Osama en sus éxitos de YouTube fue comprado seguramente con dinero yanqui.
¿Puede un gobierno doblegarse realmente a unos intereses económicos? Pues es suficiente con que los intereses sean lo suficientemente grandes y que la población esté lo suficientemente idiotizada. Tomemos el ejemplo de la gripe A, que tiene una tasa de mortalidad unos cuantos miles de veces menor que la gripe estacional —esa que has padecido este invierno, o el pasado— y que os tiene a todos muertos de miedo. Vamos a comprar unos cuantos millones de vacunas a alguna farmacéutica, para vacunaros y que estéis tranquilos. Estas vacunas, por supuesto, procederán de algún laboratorio privado y serán pagadas con dinero público. Quizás sería más fácil simplemente emitir en Informe Semanal un documental explicando qué es de verdad esta gripe, el escaso riesgo que tiene para la población en comparación con la gripe común —a pesar de que se contagia con mayor facilidad— y transmitir un mensaje de tranquilidad. Pero esto acarrearía dos consecuencias nefastas para todo gobierno que se precie. La primera, que la gente estaría más informada, sabría más. Y eso, en un votante, es algo desastroso. Desastroso para el que manda, claro. La segunda consecuencia es que la gente no tendría miedo. Y sin miedo es muy difícil controlarte, amigo.
¿Y si un gobierno tiene un arranque de decencia y decide informar bien a la gente y no comprar las vacunas? No, eso no pasará. Si vamos ascendiendo en la pirámide económica, veremos cuatro o cinco grandes fuerzas que en realidad controlan todo el cotarro económico internacional. ¿Te has fijado en que cada vez hay menos tiendas originales y más franquicias? Parece que hoy en día no puedes montar una tiendecita de ropa, sino que es más fácil abrir una franquicia de Zara, Pull&Bear, Bershka, Stradivarius o Kiddy’s Class. ¿Adivinas qué? Todas estas franquicias, y alguna más… pertenecen a una sola persona. Imagina que un gobierno decente decide no comprar vacunas. En primer lugar, todas las televisiones se harían una sola voz y te intentarían hacer ver la irresponsabilidad del gobierno. En segundo lugar, el presidente de alguna farmacéutica llamaría por teléfono al presidente del Gobierno y le preguntaría si le apetece tener cada día 10.000 parados nuevos en la calle. Todo el dinero viene del mismo sitio, así que hacer esto es fácil. Con una medida como esta se cambia un gobierno en tres meses. Y a ver si se aplica el cuento el otro que entre, porque recuerda que esto no es una democracia donde se te pide que decidas: es un sistema donde se te da una monedita para que la tires, a ver si sale cara o cruz, mientras para ti el resultado es el mismo: te quedas sin la moneda.
No, tal vez un gobierno no mate a su propia población para obtener un beneficio económico. Pero es que los países del mundo no están controlados por los gobiernos, sino por otros entes. Y para que todo siga así es necesario que todo siga igual: que la educación esté cada vez peor, que haya países que se mueran de hambre, que veamos la realidad estancada en banderitas y símbolos religiosos y que no te pierdas en la tele Gran Hermano y la liga de fútbol, que me han dicho que empieza hoy.