Ars longa, vita brevis

Más New Gear

28 de April de 2009

Hace unos meses os comenté que estaba pensando en comprarme otro amplificador, ¿os acordáis? Pues bien… lo he hecho. Sólo que al final no me he decidido por el modesto pero resultón Harley Benton, sino por uno con más solera que a muchos amantes de la música les sonará:

Vox AC30 Custom Classic
Haz clic sobre la imagen para verla a tamaño completo.

Sí. Es un Vox AC30. El modelo Custom Classic 2, con 30 vatios de potencia atronadora completamente a válvulas (lleva ocho, ni más ni menos) y un sonido cristalino y rugiente, según los requerimientos del guitarrista. Al final he optado por este porque he montado un grupo con unos amigos (ya os hablaré más adelante) y necesitaba algo más de potencia que los 5 vatios que me daba el pequeñín. No os engañéis, poca gente sabe lo que son 30 vatios reales. Aunque os vendan altavoces para ordenador baratos que presuman de dar 100 vatios, casi nadie sabe lo que son tantos vatios en realidad. Con deciros que no he podido subir el volumen general a más de 3, porque si no no sonaba ni la batería, os podéis hacer una idea. Este modelo está equipado con dos altavoces custom de Vox de 12 pulgadas.

El Vox AC30 es uno de los amplificadores más legendarios de toda la historia del rock. The Beatles, The Rolling Stones, Brian May (guitarrista de Queen), son algunos de los artistas que se han mantenido fieles al sonido del viejo AC30, un amplificador con cincuenta años de historia a sus espaldas. El modelo CC2 te da los sonidos clásicos de los viejos vinilos de rock y pop, y además tiene un canal llamado Top Boost para los momentos más rockeros. También viene equipado con efectos de reverberación y trémolo, que hay que oír en persona para creerlos. Por lo demás, es una preciosidad de amplificador, y ninguna de las fotos que he encontrado por Internet le hace justicia. Esto hay que verlo y oírlo. Y cogerlo, que pesa 34,5 kilogramos. De todas formas, si os interesa el tema, aquí tenéis un vídeo grabado por un trabajador de Vox donde explica algunos de los secretos de su sonido. Subid el volumen de los altavoces y… ¡a rocanrolear! Intentaré escribir otro post más detallado cuando le haya hecho el rodaje a la bestia.

(En el mismo pedido me ha llegado un micrófono Shure SM58, el mejor micrófono para cantar en directo. No en vano lo utiliza en las giras gente tan dispar como Julio Iglesias y James Hetfield (de Metallica). Pero la ilusión que me ha hecho, que no es poca, palidece al lado de mi gran maleta vintage. Qué le vamos a hacer, uno tiene más apego a las cuerdas no vocales que a las otras.)

Chico de 18

27 de April de 2009

¡Vaya! El fin de semana hubo movimiento en el blog. Hubo dos entradas de La Lengua en la portada de Menéame de forma casi simultánea, hubo unas 7.500 visitas en un solo día, el viernes —récord en este blog, que yo recuerde— y el artículo más relevante, El (verdadero) problema de la educación en España, lleva por el momento 66 comentarios, lo que también creo recordar que es un récord. Hablando de comentarios, los asiduos al blog no os olvidéis de pasaros a saludar.

Casi todas las aportaciones al artículo citado han sido bastante valiosas, y muchas de ellas están de acuerdo en lo fundamental: que el progresivo deterioro del éxito en la educación de los escolares españoles se debe, sobre todo, a cierta dejación de los padres de muchos alumnos de las funciones que les son propias. Que son: ser los principales responsables de la educación —sí, ellos, no los profesores—, realizar un seguimiento continuo de la marcha de la enseñanza de sus hijos y, en definitiva, interesarse por el futuro de las personas de cuya existencia son autores.

Alguno que otro de los comentarios ha estado en el límite del tono aceptable en mi blog, tanto de los que me apoyaban como de los que me criticaban, y he estado dudando sobre si borrarlos o no. Al final los he publicado todos, porque en la mayoría de ellos había cierta crítica escondida en los insultos, y, sobre todo, porque tengo la convicción de que a quien degrada un insulto es al que lo pronuncia, así que en el pecado va la penitencia. Otros comentarios han sido de ese género tan fecundo en Internet de los que, sin entrar al meollo, intentan demostrarte —con un manual de lógica de 3.º de Bachillerato al lado— por qué no sabes opinar. Los paso por alto, no tengo tiempo para eso.

Los que me han parecido más interesantes han sido aquellos que, dándome la razón, han matizado mis observaciones, apuntando la complejidad del problema (que yo mismo confesaba al principio del artículo). Ahí he notado que hay mucha gente preocupada y observadora, que tiene la valiosísima capacidad de mostrarte puntos de vista en los que a veces no has caído.

Y entonces ha entrado este comentario, firmado por un Chico de 18:

Mira, tienes toda la razón… así de claro. Tengo 18 años y he repetido segundo de bachiller. El año pasado no hice absolutamente nada salvo mirar para mi novia y beber como un animal los fines de semana, fumar y demás cosas que prefiero no recordar. Pero aún así he salido adelante, ¿Por qué? Porque mi madre tuvo los santos huevos, con perdón, de ponerme en mi lugar y parar esa situación.

NO, y recalco esto, NO podéis consentir los padres dejarnos hacer lo que nos salga de las narices porque entonces no vamos a hacer nada. Esto lo he vivido yo en mis propias carnes y es una realidad.

En mi instituto… el fracaso escolar, asoma por las ventanas. Los cursos más poblados 3º y 4º de ESO donde los profesores son agredidos tanto verbalmente como, en algunos casos, físicamente. En las aulas el acoso por parte del alumnado es cada vez mayor, aquellos que no estudian, ni pretenden hacerlo porque en casa les dejan rascarse el miembro tranquilamente, agreden tanto al profesorado como al resto de alumnos a los cuales los padres sí les obliga a estudiar. Así están las cosas… ¿la causa del fracaso escolar? ¡Es esta! ¡Daos cuenta ya padres! Si no dejáis a vuestros hijos hacer lo que le de la gana y les exigís resultados, en clase se verán forzados a atender y no tendrán tiempo de molestar a los compañeros ni de faltar a clase.

He llegado hace unas horas de clase particular y la verdad es increíble… un chico al que le debo sacar 2-3 años… pasando ampliamente de estudiar… diciendo abiertamente… ¡pero si yo hago lo que me da la gana!, ¡en casa no me dicen nada! Y enseñando con una sonrisa un examen suspenso de Matemáticas… ¿a donde vamos a parar?

Salen hasta la hora que les da la gana, gastan el dinero que les da la gana, tienen ropa, calzado, videojuegos, consolas… ¡de todo! ¡Y no hacen nada de provecho!

Que me cuelguen, pero yo tengo 18 años, vuelvo a una hora razonable cuando salgo, y las cosas que me compran es porque me las merezco, no por capricho, y siempre dando algo a cambio, como es simplemente APROBAR.

Este año apruebo con buenas notas, tengo novia, salgo, me divierto, estoy sacando el carnet de conducir y me llevo mejor con mi madre gracias a una simple cosa…que me pararon los pies y me pusieron límites y estoy MUY FELIZ por ello. Me siento mejor con migo mismo y con más seguridad de que puedo aspirar a un mejor futuro.

Y por cierto, aunque te dejen hacer lo que te de la gana, no eres feliz; lo sé por experiencia. Eres inseguro, apático e irascible.

También dirigido a los padres: ojo con sen demasiado restrictivo. Hay que mantener una armonía… tengo un amigo que durante toda su adolescencia los padres lo oprimieron y ahora en la universidad, libre, viviendo fuera y con coche vive la vida loca y esta tirando su futuro por la borda.

Tengo examen, así que no puedo mejorar mi escrita ni puntualizar cosas. Espero que esto sirva de algo, al igual que el texto del propietario del blog.

Un saludo, seguiré este artículo.

¿Qué se puede añadir?

En cualquier caso, y para cerrar este fin de semana de locura, si alguno de los que ha leído el artículo que no era lector habitual está realmente preocupada por estos temas, le recomiendo que visite mis otros artículos sobre la educación en este país. Quizás muchos de ellos descubran que no soy la persona que han fabricado en sus mentes y a las que han dedicado esos insultos.

En cualquier caso, a los que se os ha ido la tecla, tanto visitantes de rebote como usuarios fieles, lavaos la boca con jabón. Dejadme a mí el papel de viejo chiflado. Y sed vosotros quienes me llaméis la atención a mí. Es más divertido. Para mí, al menos.

Cinco más uno son seis

24 de April de 2009

Soy un fiera cumpliendo años. Hace apenas 365 días que La Lengua cumplió cinco años, y ¡ya hemos cumplido un año más! Efectivamente, hoy es el sexto cumpleaños de este, vuestro blog. Y durante todo este tiempo se ha mantenido fiel a su línea: artículos que aburren hasta a las piedras, kilométricas extensiones de letras furibundas que, la mayoría de las veces, no conducen a nada. Pero en fin, llegar a cumplir un año más dicen que es un logro, aunque sea mentira.

Un par de curiosidades: la casualidad ha querido que este aniversario se vea felicitado por dos entradas en Menéame, una ya en la portada y la otra con serias posibilidades de acceder a ella. Podéis menearlas, si las consideráis interesantes, como regalo de cumpleaños. ¿Echará humo el servidor? Si estáis leyendo esto, es que aún funciona. Segunda curiosidad: hace un año dije que había 240 artículos más que el año anterior (un total de 1.335). Este año hay, restando esta, un total de 1.575 entradas. Si restamos 1.575 – 1.335, ¿qué número mágico os da? Efectivamente, 240. No había calculado nada, os lo prometo, pero tras hacer la cuenta la he tenido que repetir, porque no me lo creía. Bonita casualidad.

Y hoy es viernes. Os dejo con los Red Hot Chili Peppers. El post del cumpleaños del año pasado alcanzó 36 comentarios. No os digo nada. Sí, una cosa: disfrutad del fin de semana.


Enlace al vídeo en YouTube

Pégame, no puedes hacerme daño. ¡Chupa mi beso!

Actualización. Ya está aquí mi regalo de cumpleaños. Gracias por menearme, chicos:

capmen

El (verdadero) problema de la educación en España

23 de April de 2009

Como lo prometido es deuda, aquí va mi diagnóstico sobre la gran enferma terminal de nuestra sociedad: la educación pública.

Disclaimer: Por supuesto, lo que viene a continuación es mi opinión exclusivamente personal y subjetiva. Para eso es mi blog. Puedo estar plenamente acertado, como puedo estar plenamente equivocado. Pero si lees el artículo hasta el final, creo que tendrás que admitir que mis opiniones, al menos, están razonadas. Como poco, hay algo incontestable: se basan en la experiencia.

La educación pública española está enferma, muy enferma. Y esta enfermedad es como una pequeña célula cancerígena que al final, por metástasis, acabará por pudrir a todo el país. No debe extrañarnos que la tele sea basura, que los jóvenes se beban los botellones por litros y hasta que alguno queme vivo a un mendigo y lo considere divertido. No debe extrañarnos, tampoco, que las calles se hayan infestado de tontuelos que conducen coches horteras con música hortera a un volumen demencial. Tampoco que los políticos sean cada vez más corruptos y que la gente cada vez los castigue menos con su voto (ahí está el bipartidismo, tan temido durante tantos años y tan aceptado ahora). Después del núcleo familiar, la primera sociedad que experimentamos durante nuestra vida es la escuela. Y la experimentamos durante diez años, al menos, etapa de escolarización obligatoria. Desde los seis hasta los dieciséis, la etapa más importante de nuestra formación como personas («uno es de donde hizo el Bachillerato», decía aquel, y razón no le faltaba). Una vez sales del instituto, ya eres lo que vas a ser toda tu vida. ¿Y qué puede salir de unos institutos como los nuestros? Pues esa gente en esos coches, esos políticos, esos esperpentos de la caja tonta y esos tontos que los ven a diario. Poco más.

Acabo de enterarme, por Menéame, que un chaval ha sobrevivido hasta los 17 años sin saber leer ni escribir. En España, con todos estos controles que nos agobian a los profesores y que nos hacen redactar interminables informes para explicar por qué ha suspendido el 60% de la clase (cuando la respuesta, con medio dedo de frente que tenga uno, es obvia: porque no han alcanzado los objetivos previstos).

Puede pensarse que un problema tan grave exige una explicación compleja, pero yo creo que no. Hay miles de cosas que uno puede cambiar, y que están en boca de todos: que se exige muy poco a los alumnos, que no se respeta a los profesores, que es una locura obligar a los chicos a estar estudiando hasta los dieciséis años, que es una locura aún mayor que pasen de curso automáticamente, aunque suspendan todas, etc. Puedo estar de acuerdo con todos estos factores —de hecho, lo estoy—, pero creo que la verdadera explicación al problema de la educación es una y solo una.
(more…)

Un ordenador por niño. ¿Y qué más?

Leo en radiocable.com que el Gobierno dará un ordenador a cada niño de Primaria. Y me pregunto si va a dar algo más, porque dar, lo que es dar, se les pueden dar muchas cosas a los niños: PSPs, cachorritos de enormes ojos, ropa de marca. Hasta podemos teñirlos a todos de rubio, y tal vez así vayamos acercando nuestros niveles a los de Finlandia. ¿Quién sabe?

No. El problema no es que los niños no tengan ordenadores. Primero, porque calculo que el 80% de los alumnos que he tenido —y no doy clases precisamente en la autonomía española con mayor nivel de renta— ya tenían un ordenador en su casa. Y segundo, porque hay un extraño hecho que vengo comprobando desde hace un par de años, y que hasta el momento no me ha fallado: los niños que tienen un ordenador personal en su habitación siempre bajan su rendimiento respecto a los demás. Siempre.

Se me podría echar en cara que cometo la estupidez de pensar que un ordenador por sí solo es suficiente para disminuir el rendimiento de los alumnos. Y eso no es cierto. Pero tampoco voy a defender —porque creo que es una estupidez igual de grande— que un ordenador por sí solo es suficiente para mejorar el rendimiento de los alumnos. Un ordenador, per se, es un simple objeto, como una tiza, un libro o un cuaderno. Sí, tiene millones de posibilidades: como una tiza, un libro o un cuaderno. Y no solo sirve para el ocio, sino también para cosas creativas y educativas: una vez más, exactamente igual que los otros tres objetos.

Este Gobierno, como todos, pretende resolver los grandes problemas tomando un atajo, que en la mayor parte de los casos suele ser dinero. Igual que con el desastre inmobiliario español: podría emprender unas medidas legales y sociales de fondo para que, a medio y largo plazo, no nos vuelva a pasar lo que nos está pasando, con tantas empresas quebradas, familias en la ruina y pisos vacíos; sin embargo, se ha decidido por inyectar una cantidad lujuriosa de dinero para salvarles hoy el culo a los bancos y los especuladores urbanísticos. Y mañana ya tendremos otra estafa para tirar un par de lustros más, que en esto de la jeta de cemento no hay quien nos gane.

Si hay problemas en la educación, se le compra un ordenador a cada alumno y asunto arreglado. Ya veréis cómo suben las estadísticas de aprobados.

Pues tampoco. Voy a pasar por alto el tiempo de arranque y de apagado de los ordenadores actuales, y los problemas que suelen dar (en una clase de treinta alumnos, ¿cuántas posibilidades hay, estadísticamente hablando, de que el profesor tenga que pasar diez minutos intentando hacer que el ordenador de un alumno funcione? Suponiendo que solo falle uno entre treinta, claro). Voy a omitir, también, mi certeza de que este Gobierno socialista dará un montón de nuestros millones a Microsoft, la empresa del tipo más rico del planeta, para comprarle licencias de Windows y de MS Office. Supongamos que funcionan todos con Ubuntu y con OpenOffice y que nunca fallaran (que conste que adoro tanto esa distro como esa suite ofimática, pero lo que es fallar, también fallan cuando les da por ahí). Supongamos, digo, que desde el minuto 1 hasta el minuto 50 tengo treinta alumnos con 30 ordenadores plenamente operativos.

Que alguien me explique, por favor, por qué razón tengo que creer que eso va a mejorar necesariamente la calidad de la educación española. Porque dudo mucho que el problema de la educación en este país sea la falta de dinero ni la falta de ordenadores. Jamás ha habido en España tantos ordenadores en las aulas, ni tanto dinero, y jamás los resultados académicos han sido más bajos. ¿Por qué habrían de subir mágicamente los resultados en cuanto demos un ordenador a cada niño, teniendo en cuenta, además, que el 100% de los alumnos tienen acceso a ordenadores siempre que quieran, si no es en sus casas, en bibliotecas públicas o en los propios centros escolares?

No os equivoquéis conmigo. Cualquiera que me conozca personalmente sabe que soy literalmente incapaz de pasar 24 horas separado de mi ordenador (en mis frecuentes visitas por razones personales a Málaga, que suelen durar entre 24 y 48 horas, mi portátil viene conmigo). Adoro los ordenadores, adoro su funcionalidad, su utilidad, la puerta que constituyen a este increíble mundo del conocimiento y la maravilla que es Internet. Pero seguimos rehuyendo el problema auténtico: los alumnos no es que no estudien porque no les gusten los libros. Lo que no les gusta es lo que hay en los libros. En los libros hay complicados teoremas, rebuscados mecanismos sintácticos, vidas de gente que ni les va ni les viene y otros miles de datos que, no saben por qué —lo sabrán cuando crezcan y tal vez, ay, sea demasiado tarde— los obligamos a aprender porque los adultos lo consideramos de vital importancia para su futuro y el de la sociedad. Y en los ordenadores que les regalemos va a haber lo mismo, pero en colorines. No va a haber messenger ni tuenti ni fotolog. Y lo que vamos a conseguir, si nos ponemos pesimistas, es que odien los ordenadores tanto como odian los libros.

Oye, me diréis, pero es que un ordenador no es un libro. Un ordenador es un artilugio divertido con miles de posibilidades.

¿Y qué es un libro, sino eso mismo? ¿Y cómo hemos conseguido que todo el mundo los odie?

Que quede este humilde post como mi homenaje a este día de las páginas amarillentas e inolvidables.

El verdadero problema de la educación, en el post que viene. Estad atentos a vuestras pantallas. Mientras, echad unas páginas a mi salud.

Inmorales

20 de April de 2009

Se ha sabido hoy, o se sospecha al menos, que el padre de una niña que actúa en la película Slumdog Millionaire —fantástica película, por cierto, a ver si tengo tiempo de dedicarle un post— estuvo a punto de venderla por una cantidad escandalosa de dinero. El padre lo niega todo, y dice que le tendieron una trampa. Supongo que nunca se sabrá la verdad de todo esto, pero lo que sí parece confirmado es que unos periodistas del diario británico News Of The World se hicieron pasar por compradores para tener su suculento reportaje basura y hartarse de vender ejemplares.

Y yo me pregunto: ¿qué es más inmoral? Intentar vender a un ser humano, aunque no fuera tu propia hija, es un acto tan depravado que se nos ocurren pocas villanías comparables. Pero ¿qué hay de la actuación de los periodistas? Han provocado una situación desagradable con el único fin del lucro, ya que su negocio, y más si trabajan en ese periódico, es obtener noticias morbosas para recaudar dinero a la gentuza ávida de incestos, parricidios y bebés de dos cabezas. El padre, desde luego, también actuaba movido por el afán de riquezas fáciles.

Sin embargo, y puede que esto os resulte incómodo de leer, no sabemos a quién venderíamos si viviéramos en un suburbio de Bombay, si nos levantáramos muy de mañana para buscar algo de basura entre toneladas de excrementos para poder comer algo. Quién sabe si no ofreceríamos a uno de nuestros hijos en venta a una pareja adinerada, asegurando a ese hijo un porvenir mejor, y de paso pudiendo ofrecer mayores oportunidades a los otros con el dinero cobrado.

Ya lo sé, la venta de un ser humano es un acto ilegal y despreciable, y no tiene justificación, se mire como se mire. Pero yo no digo que tenga justificación, solo digo que probablemente muchos de vosotros, y yo, habríamos dudado, como quizás hizo el padre de la pequeña, si estuviéramos en una chabola infestada de ratas en el país con más pobres del mundo, y no leyendo (o escribiendo) este post en un monitor plano que cuesta el presupuesto para comida de una familia paupérrima de la India durante tres años.

De todas maneras, pensad en algo. Los que idearon la farsa, los periodistas cuya intención era vender un millón de ejemplares más, probablemente cuando aún se encontraran en su hotel de cinco estrellas, son quienes han destruido esa infancia. O al menos son mucho más responsables del destrozo que el inculto y hambriento padre.

Si pudiera – Los Suaves

18 de April de 2009


Enlace al vídeo en YouTube

Si pudiera
desde aquel momento volver a empezar,
ilusiones, castillos de arena en el fondo del mar.
Esperanzas…
¿así que eso es todo? ¿Se me marchó el tiempo?
Y es ya tarde,
tengo miedo de irme a la sombra del cielo.
Me queda tan poco y tanto que arreglar.

¿Quién no hizo alguna vez
locuras por una mujer?
¿Quién no quiso alguna vez
algo que no quiso tener?
¿Quién no hizo alguna vez
promesas a una mujer?
¿Quién no quiso alguna vez?

Ah, perdonad, pero tuve un viernes algo liado y se me olvidó poneros música.

Los Suaves, el mejor y más monumental grupo de rock que ha parido este país, con un directo que te tira de espaldas y un cantante, Yosi, que ya tiene sesenta años —cuando lo he leído me ha entrado una tristeza infinita, a veces uno se da cuenta de la edad que tiene cuando descubre la edad de sus ídolos— y que sigue siendo lo más marchoso de España sobre dos patas. Es, además, probablemente el mejor letrista de este país, a la altura de Sabina, y después de treinta años en la carretera sigue teniendo mecha. Para muchos años, espero. Disfrutad.

¿Puedo irme ya?

Aquí tenéis un vídeo, vía digg.com, en que un hombre que pretende traspasar algún tipo de frontera estatal en los Estados Unidos se ve retenido durante una media hora por agentes de Inmigración del país. Durante este tiempo, asistimos a un diálogo de besugos entre el viajero y los agentes, que parecen obcecados en no se sabe qué. El automovilista les pregunta una y otra vez: «¿Puedo irme ya?» «¿Estoy detenido? ¿No? ¿Por qué no puedo irme entonces?» Y la cosa va así durante unos 27 minutos (es necesario entender el inglés a nivel medio para enterarse de todo):


Enlace al vídeo en YouTube

Es fácil pensar que el ciudadano es un poco cabezón, y que si los agentes quieren que abra el maletero, baje la ventanilla o cualquier otra cosa, debería haber obedecido y la cosa habría acabado mucho antes. La segunda parte de la última oración es cierta. Pero a veces la cuestión no es acabar antes, sino que la obediencia no se debe a un representante de la Ley, sino a la Ley. El conductor no deja de preguntar si ha infringido alguna ley, si está arrestado, si tienen algún tipo de sospecha sobre él, y los cinco o seis agentes que están dedicados a hacer que cambie de opinión no saben darle una respuesta coherente. El ciudadano simplemente les recuerda algún que otro artículo y enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, por los cuales un agente no puede registrar las propiedades privadas —incluidos los vehículos— sin una orden o al menos una sospecha basada en hechos, y entonces la rueda reemprende su vuelta y todo vuelve a comenzar. Finalmente, y tras varias llamadas telefónicas por parte de los agentes y algún que otro momento de tensión —como cuando uno de los agentes desenfunda su revólver, o cuando uno de ellos le suelta, sin despeinarse, «en este momento, señor, tengo la certeza de que es usted un terrorista»—, los guardias le informan de que puede continuar su viaje.

Estaría bien que este reflejo primario de defensa de los derechos propios estuviese más extendido entre las personas de todos los países. Sobre todo desde el 11 de septiembre, con el Patriot Act y todos los abusos subsiguientes, nos hemos acostumbrado a obedecer como reses en el matadero. El ejemplo más claro lo tenemos en los aeropuertos, donde hasta hace un par de días (casi literalmente) la Policía podía retenernos o prohibirnos llevar en nuestro equipaje cualquier cosa, sin darnos ninguna explicación.

Tenemos una veneración irracional a la autoridad que no es merecida. La autoridad no es el mando de una jerarquía superior, o no debería serlo, en las democracias. La autoridad, cuando la ejerce una persona, es un traspaso de poder que el pueblo democráticamente hace en un Gobierno, que lo administra mediante el Ministerio de Justicia, y este a su vez en las diversas jefaturas de policía. Pero el poder de un policía no es de ese policía, es, teóricamente, el poder del pueblo expresado a través de las leyes, leyes a las que está sujeto, por lo menos tanto, si no más, ese policía que cualquier ciudadano.

Creo que cuando un agente de la Ley nos pide cualquier cosa, como que detengamos el motor, que nos quitemos el cinturón o que abramos el maletero, todos deberíamos preguntar automáticamente «por qué» y exigir una respuesta convincente y rápida. Nadie tiene el derecho de darme órdenes sin explicaciones, ni siquiera la mayoría de los votantes, ni su voluntad expresada en urnas, leyes y ministerios. Pero aquí aún nos queda el reflejo del franquismo, por el que todos seguimos pensando que mano dura es lo que hace falta, que todo para el pueblo, pero sin el pueblo, y que el Gobierno debe tener unos fondos reservados para gastar nuestro dinero alegremente sin rendirnos cuentas. El Gobierno y la SGAE, claro.

El comentario que más me ha gustado del meneo de digg.com:

Agente del Gobierno: dice que ha desenfundado su arma por «el modo en que está usted actuando»
Patriota estadounidense: «Estoy actuando como alguien que cree que este es un país libre, y no aprecia el agobiante estado policial, donde tengo que ser detenido en mitad de la carretera para darle la respuesta a una pregunta. Simplemente quiero continuar mi camino.»

Pierde peso fácilmente

16 de April de 2009

botero

Acabo de ver en las noticias en Antena 3 que va a aparecer en el mercado farmacéutico español un nuevo producto, una especie de pastillita que permitirá a las personas adelgazar hasta un 50% más que con los regímenes que están siguiendo actualmente. Al parecer, el tratamiento costará unos 55 euros por mes. Yo lo tengo claro: si tuviera pocos escrúpulos, me dedicaría a vender a la gente pastillitas para adelgazar. La gente no deja de comprarlas, y claro, con las pastillitas no se adelgaza, con lo que los angustiados cerebros de las personas obesas que quieren dejar de serlo piensan dos cosas: o bien «eso es que no tomo suficientes pastillas»; o bien «eso es que estas pastillas son malas, voy a comprar otras a ver si son buenas».

Yo nunca he sufrido problemas de sobrepeso, de hecho —y no quiero que nadie me odie por esto— normalmente tengo que vigilar mucho mi dieta para no bajar de peso, porque casi siempre me mantengo en el límite de la delgadez excesiva. Imaginaos cómo es mi caso, que cuando quiero engordar me pongo a hacer deporte. Cualquiera, natación, pesas, ciclismo, incluso footing. Como carezco casi completamente de grasa corporal (debe ser que mis malos pensamientos gastan muchos lípidos), en cuanto realizo cualquier ejercicio no pierdo peso, sino que gano por el aumento de masa muscular. No lo veáis como una cosa frívola: es también triste querer subir unos kilos, estar completamente saciado y obligarte a comer más. Mis amigos con tendencia al sobrepeso me ridiculizan, porque ellos parecen no saciarse nunca: acaban de comer su segundo plato y podrían comer dos segundos platos más; sin embargo, aunque yo tengo un saque bastante bueno, no soy un monstruo pantagruélico y mi capacidad devoradora se mantiene dentro de unos límites humanos.

Pero he conocido a muchas personas que han intentado quitarse unos cuantos kilos que les sobraban, y de hecho he visto a algunas de esas personas conseguirlo, a veces con resultados realmente espectaculares. A otros los he visto con la vida amargada durante años, años oscuros y depresivos tomando medicamentos, pagando cantidades a veces escandalosas de dinero a gente con las más variopintas titulaciones que les decían que podían comer alimentos del grupo A siempre que no los mezclaran con los del grupo C1 ni con los del D3, a no ser que el día de la semana contuviese la letra n, en cuyo caso debían consumir alimentos de los grupos B y Alt+F4 colgados boca abajo mientras rezaban un avemaría.

Tengo malas noticias. Según la experiencia que se deriva de mi observación —y cuando se trata de cosas que ni me van ni me vienen, suelo ser extremadamente científico en mis observaciones—, existe un único método para adelgazar, solo uno, no hay otra cosa más que funcione, ni pastillas, ni combinaciones de alimentos, ni libros escritos por famosos, ni promesas a la virgen de Calatrava. Pero, a pesar de ser un único método, según lo que he visto, el método es infalible en un 100% de los casos, y no es solo una, ni dos, ni tres ni cuatro personas a las que he visto que este método funcionaba milagrosamente. Pulsa en «leer más» para conocer este secretísimo e infalible régimen que te permitirá perder peso de manera totalmente fiable: (more…)

Mentiras (y críticas)

15 de April de 2009

Os copio y pego, porque no tiene desperdicio, la crítica que un usuario de la web filmaffinity.com ha publicado sobre la última película en cuyo guión ha participado la flamante Ministra de Cultura, Mentiras y gordas:

—¡He tenido una grandísima idea para la peli que hablamos de rodar el otro día!
—¿Cuál?
—Vamos a currarnos un guión digno de elogio. Con giros argumentales que dejen traspuesto al espectador. Vamos a coger grandes actores, aunque no sean caras conocidas, para que hagan el papel de sus vidas. Si a todo esto le sumamos un buen montaje y una buena fotografía, haremos historia en el cine español.
—Ninguna productora va a querer comprarnos una idea así, seguro que es un fracaso en taquilla. No lo veo, tío, no lo veo.
—Vaya…
—Tengo una idea mejor: vamos a coger los actores adolescentes de un par de series de Antena 3 y Telecinco. Haremos un trailer que deje ver que las tías se van a desnudar para que vayan tíos al cine, y que los tíos buenos de las series también van a enseñar carne para que vayan tías la cine. Vamos a mezclar alcohol, sexo y drogas para que mole mogollón. Eso fijo que nos da mucha pasta. Y para que no se nos echen encima las madres, que la moraleja final sea que las drogas y el alchol son malas.
—Vale, ¿quién se encarga del guión?
—¿Guión? ¿Qué guión?

Sinceramente, creo probable, o al menos muy creíble, que esta conversación haya tenido lugar en la realidad.

Hay que comer

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