Ars longa, vita brevis

Blogger in need

18 de February de 2009

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Necesito vuestra ayuda. Y si alguien sabe cómo hacer lo que necesito, estoy seguro de que muchos de vosotros también lo encontraréis útil.

Este es el caso: como muchos jóvenes adultos más o menos recientemente emancipados, de vez en cuando –en mi caso, una vez al menos por semana– visito la casa de mis padres con dos objetivos fundamentales. Primero, que me den de comer, y segundo, realizar las típicas tareas de mantenimiento necesarias en un ordenador manejado por personas nacidas en la era pre informática, cuando paradójicamente todo era bastante más fácil y rápido de hacer.

Cuando llego, recuerdo que he visto algún enlace en Menéame, o en Digg, o en Boing Boing que pienso que les haría ilusión ver. Normalmente suele ser algún vídeo de un gato que es amigo de un perro o de una rata, o unos patitos que siguen a su madre como en los dibujos animados, o cosas por el estilo. Y entonces lo busco, y si lo encuentro, se lo muestro, para regocijo general y para mi ego de buen hijo.

Pero últimamente hay cada vez más vídeos y fotografías graciosas por la red (sobre todo desde que he descubierto la web Lolcats), y es frecuente que el siguiente domingo no logre recordar todas las cosas graciosas que uno quiere enseñar a sus amados progenitores.

Ya, podría ir recopilando las direcciones web y enviándoselas por correo electrónico, pero mi madre no tiene, y creo que mi padre no lo consulta casi nunca.

Mi idea es que, cuando abran el navegador, se encuentren como página de inicio una especie de portada de periódico con todos los enlaces que, desde mi casa, yo he seleccionado para ellos. Entonces, cada vez que mi padre abra el Firefox para consultar la web de El País, o mi madre haga lo propio para jugar a Mahjong, les aparezca una página con las últimas chorradas entrañables que he encontrado, puedan avisarse y se alegren de ver que no todo en la vida son amarguras y de que tienen un hijo que es un pedazo de pan. Quién sabe, igual hasta acaban regalándome otra guitarra.

La idea es usar un suscriptor de noticias, al estilo de Bloglines. No quiero que sea un software aparte, sino que se vea en el mismo navegador, porque se olvidarían de abrir el programa. Pero utilizar Bloglines entrañaría un problema: yo tengo mi propia cuenta, con un montón de enlaces que a ellos no les interesan (aquí está la lista de mis suscripciones, por si alguien se siente curioso). Si quisiera añadir algún elemento a su cuenta, debería salir de la mía e ingresar en la suya cada vez que quiera hacerlo, y sería un fastidio. Además, no sé si los lectores de feeds permiten añadir un solo post de algún blog, o una página que no publica feeds.

Estoy casi seguro de que existe algún plugin para Firefox que permite, pulsando un simple botón, enviar la página que se está viendo a una lista que luego les aparezca a ellos cuando abran una página en su navegador. Sí, estoy casi seguro, pero no conozco ningún servicio semejante. ¿Alguien puede ayudarme, y de paso ayudar a otros lectores que se encuentren en una situación parecida? Estoy seguro de que serán muchos. Las respuestas, apreciadísimas, en los comentarios.

Metáforas (II, o algo parecido)

17 de February de 2009

Leído este interesante artículo de Eduard Punset. Al parecer, hace ya 50.000 años que los seres humanos aprendimos a utilizar la analogía para entender y expresar algo mejor la realidad, aunque el ejemplo utilizado por Punset, «¡Mi hijo es más fuerte que el hierro!», no sea estrictamente una metáfora sino un símil, literariamente hablando. No obstante, los mecanismos son parecidos: advertimos una semejanza entre aquello de lo que hablamos (R) y algo de lo que no estamos hablando en realidad (I) y establecemos una relación lingüística con determinada fuerza expresiva.

Si decimos «Estás fuerte como un roble», entonces estamos empleando un símil. Si, «Mi hijo está hecho un roble», una metáfora. En el primer caso, comparamos; en el segundo, identificamos; pero estoy convencido de que el mecanismo neurológico es el mismo. Doctores y psicolingüistas tiene la Iglesia para aclararnos las ideas.

En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez estructura la historia de la estirpe de los Buendía como si se tratase de una rueda que va girando, pasando cada cierto tiempo por el mismo sitio, y sufriendo un desgaste en su eje que hace que cada vuelta difiera un poco de la anterior. Cuando el mismo narrador lo explica, casi al final, la belleza que contemplamos se acerca al absoluto. Estoy convencido de que también somos capaces de advertir esa beldad merced a la selección natural.

También las analogías, supongo, permitieron a Newton comparar la caída de un fruto de un árbol con la inercia de los gigantescos astros. La diferencia entre la ciencia y la literatura creo que es nimia: simplemente, la ciencia es verdad, y la literatura es mentira, pero una mentira preciosa.

Nabokov dijo: «La literatura no nació el día en que un chico gritó que venía el lobo cuando era cierto. La literatura nació el día en que el chico gritó que venía el lobo, y se lo estaba inventando para divertirse». La cita no es literal.

Ciencia y literatura: me resulta inconcebible una humanidad sin alguna de las dos. Al menos, una que merezca un poco la pena.

En La Lengua:

Más violencia machista, tristemente

16 de February de 2009

En las últimas semanas vengo oyendo en la radio un anuncio, de gafas, si no recuerdo mal, en que una niña le pregunta a su madre por qué Blancanieves no se casa con el príncipe, a lo que su madre contesta –literalmente–: «Ay, hija, porque ha visto lo que es bueno… ¡menudo pirata!» Pues eso. Es el oficio del pirata: matar y violar. Y si es lo que os gusta, chicas, seguiréis apareciendo en los informativos. Tristemente. El anuncio lo oigo en la cadena COPE, podéis llamarme facha en los comentarios.

Hace algo más de tres años escribí esto:

Y aquí la incorrección política: la culpa es sobre todo de algunas mujeres. A menudo lo discuto con mi novia, una feminista militante, y por supuesto se enfada conmigo. Pero creo que así es. Porque una mujer no se casa con un hombre delicado, inofensivo y sensible que un día se levanta transformado en una mala bestia. No, no; el caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde puede servir como tópico literario, pero raramente se produce en el mundo real. La mujer maltratada, en un número importante de casos, se casa con un gorila sin dos dedos de frente, que responde a casi todas las situaciones de forma irreflexiva y violenta. Casi siempre la futura maltratada se muestra encantada con este comportamiento; no en vano, hace años -y aún hoy en algunos ambientes- se considera que eso es un hombre de verdad. Y un día al hombre de verdad le sirves la sopa fría, o no le has puesto suficiente suavizante a sus calzoncillos, o le respondes de mala manera, y te calza una hostia que te vuelve la cara del revés. El hombre no ha cambiado, lo que ha pasado es que ahora la hombría mal entendida se descarga contra la mujer, en lugar de contra el empleado de banca que no lo atiende como quiere o el árbitro de fútbol.

Lamento muchísimo decir esto, pero algún resorte psicológico o educativo en el cerebro de muchas mujeres hace que la violencia les sea tremendamente atractiva. Podemos ir al canon de belleza por excelencia: la mujer ha de tener grandes pechos y caderas, para demostrar que puede criar muchos hijos; el hombre ha de ser alto y tener fuertes músculos, para defender de forma agresiva (¿o para qué sirven los músculos?) a cualquier ataque, o para ir a cazar como un perfecto y sano australopithecus. Este argumento, de todas maneras, es un poco enclenque, puesto que debería primar el instinto de conservación sobre el instinto de elegir una pareja con potencial violento, pero es que no sé de qué otro modo enfocar el problema.

Todos sabemos que la mayor parte de las mujeres que mueren a manos de sus parejas han denunciado antes muchas veces su situación, y es verdad que a menudo la ley no funciona: eso es culpa de todos, de los políticos y de quienes les votamos, y hemos de aceptar nuestra responsabilidad. Pero un importantísimo porcentaje de mujeres asesinadas son aquellas que han retirado la denuncia contra sus asesinos, con la esperanza de que algún día tiene que cambiar. Y ese día nunca llega, y el australopithecus se carga a la mujer, y en la cárcel vamos a entrevistarlo y dice “una y mil veces que naciera otra vez, volvería a hacerlo”. Como en la famosa fábula, es muy difícil que el escorpión deje de ser escorpión.

¿Que si tengo una solución? Claro que sí. Aislamiento social, y sobre todo, aislamiento romántico. Es decir: que ninguna mujer se sienta atraída por ese tipo de energúmenos. Cuando ninguna chica moje sus bragas -y perdón por la expresión- al ver a su novio partirle la cara al chaval que le acaba de tirar el cubata encima; cuando el bruto vea que las mujeres miran esa violencia con desprecio, y no con admiración; cuando el violento vea que su actitud antediluviana no es respetada por nadie, sino despreciada por todos, y sobre todo por todas, al animal moribundo sólo le quedarán dos salidas: evolucionar y convertirse en un homo sapiens, o desaparecer, como el australopithecus. Y entonces, se acabó la violencia machista. Muerto el perro, se acabó la rabia.

Lo sigo defendiendo, punto por punto, y por desgracia veo que en tres años pocas cosas cambian. Y no voy a hablar del caso que está en boca de todos, que bastante triste me parece ya. Es mejor dejar que la familia viva su dolor tranquila y los jueces actúen de forma objetiva.

A veces pienso que, si tuviese una hija en edad de merecer, y apareciese en casa con un macarra de medio pelo, de esos por el que el 80% de las mujeres y niñas suspiran, la mataría con mis propias manos. A ella. Así, al menos, me ahorraría uno o dos meses de angustiosa incertidumbre.

Después recuerdo que en este país también han convertido en delito pensar. Así que digo que es broma. Que yo no soy rico y sí puedo ir a la cárcel.

Basura

15 de February de 2009

Parte 1. Cuando Charles Darwin empezó a sospechar que venimos del mono sabía que la idea no iba a gustarle demasiado a la gente. Todas las personas que he conocido, sin excepción, tienen un alto concepto de sí mismas, ya sean premios Nobel de cualquier disciplina o criminales reincidentes (estoy exagerando, no conozco personalmente a ninguna persona que entre en esos dos grupos). Actualmente casi todo el mundo tiene ese del parentesco monil bien aceptado, a pesar del inexplicable auge que el creacionismo está viendo en estos tiempos. Algunos alumnos, incluso, especialmente los creyentes en religiones, me intentan discutir el asunto cuando lo comento en clase, pero las pruebas están ahí, como suele decirse ahora, y son tan aplastantes que casi no merece la pena discutir. Además, estos no lo niegan porque les parezca mal venir de unos simpáticos cuadrúpedos peludos, sino porque algún talibán les ha comido la cabeza en su barrio. Nada demasiado grave; es solo una demostración de que no hay nada en el mundo, ni la educación, ni Internet ni Brain Training que garantice que no vayamos a volvernos un poco más tontos cada vez.

El caso es que Darwin dio, con las mejores intenciones, una patada en los bajos de nuestro orgullo. Ni somos una copia de un dios, ni los pobladores de Atlantis, ni marcianos abandonados a nuestra suerte en este sucio planeta: somos algo que está cambiando continuamente, fuimos unas despreciables amebas, unos peces apestosos y quién sabe lo que seremos algún día. Es desagradable, sí. La verdad a veces lo es. Y a veces, cuando es tan desagradable, es difícil de aceptar.

Una de las verdades que más duelen a la gente es la de que nos pirramos por la basura. Nos encanta, nos sentimos atraídos hacia ella de forma irresistible, nos gusta revolcarnos en ella, metérnosla por la boca y bañarnos en la inmundicia. Quizás esto se pueda cambiar –ya que no lo de los monos–, pero hoy en día es lo que tenemos. En todos los aspectos.

No sé si es bueno o malo, pero lo que le gusta a la gente es la música que emiten en Los 40 Principales, las películas de alto presupuesto y mala calidad, los programas en que la gente se insulta, los libros esos que bien sabéis.

En España hubo, en vida de este blogger, un político inteligente, honesto, sincero y decente, que dijo un día por la radio: «Ya sé que la gente no quiere lo que quiere mi partido. Pero yo no voy por eso a cambiar mis convicciones ni mi programa; lo que intentaré será educar, convencer a la gente de que lo que yo propongo es lo mejor». Vino a decir, en resumidas cuentas, que la política no debe ser un restaurante donde a la gente le pongan lo que le pida, ya sea kobe o mierda, sino otro donde solo se sirva kobe y donde se enseñe a la gente a comer.

El ex político se llama Julio Anguita, y tuvo mi voto la única vez que he votado en mi vida, cuando cumplí dieciocho años. Hoy, con treinta y cuatro (y un día) volvería a hacerlo, pero mis paisanos no lo hicieron, porque no quieren un presidente del gobierno inteligente, honesto, sincero y decente; quieren González, Aznar, Zapatero o Rajoy, o cosas peores. A la gente le gusta la basura. Les gusta un político que se menee al viento, cual Bruce Lee, sondeando las opiniones de la gente, y ofreciéndole no lo que necesita, sino lo que va a apetecerle en ese momento concreto. No os preocupéis, ya haremos otras cosas cuando nos hayamos ganado el voto y no haya quien nos eche del sillón en cuatro años.

Parte 2. Dicen que Telecinco se hunde en las audiencias, y hay gente que lo achaca a su obsesión con los programas llamados del corazón (con perdón, yo creo que deberían llamarse del coño y de los cojones, porque cuando alguna vez uno de esos programas me ha atacado, indefenso yo, he visto a comentaristas y tertulianos más preocupados por esos órganos que por aquel). No, tal vez sea porque, simplemente, baja la calidad general de la sociedad en todos sus niveles; cuando solo se consume basura solo se produce basura. Es posible comer solomillo y producir heces, pero comiendo heces no se produce solomillo.

Me explico. La televisión ha sido una mierda toda la vida, es un instrumento que sirve para dejar de pensar, y así lo asumen productores y consumidores. A nadie le da ya vergüenza admitir que es un producto «de entretenimiento» y que esa es su finalidad y no otra. Pero hasta para esto, pueden hacerse las cosas mejor y peor. La tele de cuando yo era niño no valía un pimiento, pero el programa estrella se llamaba «Un, dos, tres». Era un espacio que duraba varias horas (si no recuerdo mal, al menos dos o tres), que se estaba produciendo durante una semana entera, donde aparecía un batallón de artistas, buenos o malos, de todas las disciplinas; donde cada semana había un tema, que podía ser la antigua Grecia o las novelas de misterio, y todo se trabajaba alrededor de ese tema: un decorado, un vestuario, unas actuaciones, unas canciones, unas preguntas. El programa podía no gustarte. Mis padres lo odiaban con todas sus fuerzas, aunque lo aguantaban estoicamente porque mi hermano y yo lo adorábamos. Pero, te gustase o no, era un producto desarrollado durante varios días con cientos de profesionales implicados y con una voluntad de hacer las cosas bien.

Hoy, quizás un 98% de los productos de las televisiones, excluyendo las películas y series, consisten en meter a veinte retrasados mentales en una casa a desarrollar las más variopintas habilidades (habilidades para las que, en la mayoría de los casos, no tienen ningún talento, y por eso no han podido dedicarse a ello), como cantar, bailar, convertirse en aventureros, o simplemente dejarlos a su albedrío hasta que empiecen a masturbarse mutuamente o a insultarse (como en Gran Hermano). Sé que la gente se ha tragado esos programas y han tenido audiencias millonarias –a la gente le encanta el sabor de la mierda–, pero el punto que quiero destacar es este: esos programas no cuestan un duro. A cuatro imbéciles que no tienen donde caerse muertos no es necesario pagarles para que salgan por televisión; de hecho, como son imbéciles, pagarían por salir. Después se construye una casa o una especie de escuela, y se coloca un par de cámaras, y a rodar. Es un formato muy barato.

Cuando haya acabado el concurso, se les lleva a hablar de penes y vaginas en los programas de las tardes, y van cobrando su dinero, pero siguen costando mucho menos que un Julio Iglesias o que cualquier otro profesional. Julio Iglesias también puede gustarte o no –a mí no me gusta–, pero es un «profesional», una persona que tiene una profesión, que la desarrolla con calidad y que por eso cobra su dinero. Los otros no son profesionales, ni siquiera del insulto, aunque vivan de ello. Para ser un profesional no basta con cobrar por hacer algo, sino que es preciso hacerlo bien, y muchos de mis alumnos insultan bastante mejor que los basuras televisivos (y lo hacen gratis, además).

¿Es eso? Antes, los programas del corazón se dedicaban a hablar de príncipes, actores y cantantes. Hoy, de una cualquiera de un extrarradio que ha dejado a algún idiota penetrar en su templo sagrado, y va a explicar los detalles. Muchas veces, ni siquiera el eterno requisito televisivo del atractivo físico es necesario, siempre que hayas intercambiado algún fluido con alguien que a su vez lo haya hecho con otra persona que en su momento salió por la tele con alguna peregrina excusa. Quizás es eso lo que pasa: la gente se ha dado cuenta de que la basura que consume hoy ni siquiera contiene gente guapa, sino los mismos anodinos vecinos que nos encontramos en la escalera todos los días. Y tal vez para eso no queramos ya encender el aparato, con esto de la crisis y las subidas en las tarifas de la luz.

Dad a la gente basura de calidad, y quizás vuelvan al redil. A mí dejadme con mis videojuegos.

Treinta y cuatro y contando

14 de February de 2009

cumple2009

¡Temblad, Buda y Mahoma! Ya estoy en la semifinal, hecho un berserker y voy a por todas.

Hoy cumplo 34 añazos. Es el quinto cumpleaños que celebro en el blog, y me gustaría contar con vosotros, así que este post debe servir además de censo. Según Feedburner tengo 372 lectores habituales (y, según las estadísticas de Statcounter, una media de unos 1.500 visitantes diarios, pero esos no me interesan tanto porque vienen aquí buscando sexo). Me gustaría que todos los que seguís el blog habitualmente dejarais un comentario. No es necesario que sea de felicitación, aunque tampoco molestaría, a decir verdad. Así que a comentar, bandidos, ¡no me obliguéis a ser polémico!

Estoy tan contento, que si esta noche veis al tipo de la izquierda por los lugares menos recomendables de Melilla, podéis acercaros y darle algún billete. No me molestará, en serio, no tengo miedo a la fama.

Si veis al de la derecha, será hora de dejar de beber y regresar a casa. Esta noche brindaré por vosotros. Mi primer regalo, por cierto, empieza por PS y acaba por 3. Pero no os diré lo que es.

What She’s Doing Now – Garth Brooks

13 de February de 2009


Enlace al vídeo en YouTube

Solo para reírnos un rato, marqué su antiguo número,
pero nadie la conocía.
Colgué el teléfono, y me senté
preguntándome si ella habría hecho lo mismo alguna vez.

Salí a dar un paseo en esa tarde de viento,
para aclarar mi cabeza de algún modo.
Pero esta noche estoy aquí tumbado,
y me pregunto qué estará ella haciendo ahora.

Porque lo que está haciendo ahora
es romperme en pedazos,
llenando mi mente
y vaciando mi corazón.
Puedo oír su llamada
cada vez que sopla un viento frío.
Y me pregunto si ella misma sabe
qué está haciendo ahora.

Buen country de uno de los primeros y mejores discos de Garth Brooks. Y de paso, una caramelo para los seguidores de Lost, con la bonita historia de amor entre Desmond y Penny. Mañana… algo pasará. Hoy portaos bien.

Pedigüeños

11 de February de 2009

Pedigüeños
Haz clic sobre la imagen para verla a tamaño completo.

Misión imposible: comer tranquilo cuando hay dos canes rondando. Los modelos son, de izquierda a derecha: Bosco, Inca y Luna.

Magia

9 de February de 2009

magia
Imagen: Wikipedia.

Resulta bastante fácil olvidarse de un hecho que me inquieta: vivimos rodeados de gente tan simple que está dispuesta a creerse cualquier cosa.

No estoy hablando del sentimiento religioso, que yo mismo he sentido en el pasado y que me parece algo más comprensible: es una especie de sensación interior que no necesita de comprobación externa, y que además, según la mayoría de las religiones actuales, es difícilmente refutable. Si pasa algo malo, es porque Dios lo quiere: seguramente, en su plan maestro esta maldad es necesaria para una bondad posterior y mayor. Si pasa algo bueno, por supuesto, es obra de Su gracia. O bien, nos deja a los mortales que nos equivoquemos para… vete a saber para qué. Usando ejemplos sencillos y cotidianos: si un niño se salva, es gracias a Dios; si muere, es por culpa nuestra. Así es muy difícil perder, ¿no?

Sin embargo, pasé hace tiempo el sarampión que afecta a casi todos los ex creyentes, y que hace que uno odie todo lo relacionado con las religiones, y tenga por palurdos imbéciles a todo creyente en la doctrina religiosa que sea. Con el tiempo, como digo, he perdido esa actitud. Las religiones nos han traído cosas muy malas, como el fanatismo, varias guerras, y el desprecio de los derechos humanos en casi todas partes y casi todas las épocas. También, no obstante, nos ha legado una herencia artística –pienso en el Islam y, sobre todo, en el Cristianismo– absolutamente prodigiosa, y muchas veces veo a personas realizar actos nobles que excusan en su fe (en este mundo apestoso, hacer daño al prójimo es algo tan corriente, que es cuando uno se porta bien cuando hay que justificarse). Hay, a partes casi iguales, gente que dedica su vida a ayudar a los demás (como algunos monjes y monjas que arriesgan su vida a diario en África para ayudar a los que no tienen nada) y gente que dedica su vida a hacer sufrir a los demás (los islamistas-bomba suicidas). Todos buscan lo mismo: una eternidad llena de placeres, ya consistan estos placeres en estar sentado en un sitio preferente del cielo o pasar años incontables desflorando vírgenes. No está mal.

Aparte de estos extremos, casi todas las personas religiosas con las que me relaciono –esto es: casi todas las personas con las que me relaciono– son inofensivas, y su religiosidad suele ser inocua. Toda actividad o sentimiento humano tiene esta dualidad. La ciencia nos ha traído la longevidad y las bombas nucleares. No comparo ciencia con religión, simplemente digo que es posible que los sentimientos religiosos traigan cosas buenas al mundo, por mucho que me parezcan irracionales e incomprensibles.

Bien, pues hoy, en un telediario (si no me equivoco, el de Antena 3), han emitido un reportaje con cámara oculta sobre magos, así, como suena. Unos reporteros, haciéndose pasar por gente afectada del mal de ojo, han visitado a un ciudadano negro, que con su exótico acento les ha convencido de que haciendo no sé qué gaitas y carajos es posible no solo librarse de una maldición, sino contratar otra para nuestro provecho. Después han entrevistado a una señora –con la voz distorsionada, para evitar su reconocimiento– que ha confesado haber gastado unos 10.000 euros en contratar a un mago para que le ayudase a encontrar el amor. ¿Os lo creéis?

A veces estás hablando con una persona, y ahora estoy citando casos que me han ocurrido personalmente, y entonces esa persona te sale con las típicas opiniones de «yo creo que algo hay», «yo sí creo en esas cosas», «no sé quién fue a una bruja y le arregló no sé qué problema». En esta parte de España, hay mucha gente que cree en la magia rifeña. Ancianas bereberes que, cuando vas a decirles que tu marido te ha dejado, te convencen de que alguien te ha hecho una brujería. Entonces le han pedido a la mujer que busque en su casa a ver si encuentra algún trapo atado de determinada manera, o unas semillas de alguna planta mágica por algún rincón. ¡Y a menudo lo encuentra! Así que aquí tenemos a dos tontas: la que creía que otra mujer la había embrujado para robarle el marido, y la que efectivamente había contratado a una bruja para seducir a un hombre casado. Estos casos me los encuentro no todos los días (porque cada vez evito con más frecuencia hablar con gente que no pertenezca a mi entorno), pero sí bastante a menudo.

Es indudable que hay mucha gente que cree en estas patrañas, porque si no nadie se anunciaría por ahí como mago. Hay demasiadas personas que piensan que hay unas fuerzas esotéricas que dominan nuestro mundo físico, y lo creen de verdad. Tanto, que son capaces de acudir a curanderos, magos, brujas y demás engañabobos, e incluso, muchas veces, dejar de lado una búsqueda realista de solución a los problemas: médicos, razones lógicas, poner los pies en el suelo. Da miedo, de verdad, creer que pasan a tu lado todos los días un montón de paisanos cuya idea de la realidad es aproximadamente la misma que tenía la gente hace unos mil años. Pero este es el país donde vivís, lectores.

Hachiko y el perro de Fry

8 de February de 2009

Si sois incondicionales de la extinta serie Futurama, como yo, recordaréis un capítulo en que en la Nueva Nueva York del año 3000 y algo encuentran el fósil de Seymour, el perro callejero que Fry adoptó después de compartir con él un trozo de pizza:

El final de ese episodio es uno de los más tiernos y tristes que he visto, y muestra el final del pobre Seymour, años después de que Fry quedara atrapado en la cámara criogénica, con la melodía de fondo «If it takes forever, I will wait for you» (Aunque me lleve la vida entera, te seguiré esperando), interpretada por Connie Francis. No os cuento nada, mejor lo veis vosotros mismos:

Pues bien, este final, y casi todo el capítulo, están basados en la historia real del perro Hachiko, compañero inseparable de un profesor de Agricultura en la Universidad de Tokio. Hachiko siempre acompañaba a su dueño hasta la estación de tren por la mañana, regresaba a casa, y luego, a la hora de la tarde en que regresaba en tren, iba de nuevo a esperarlo.

Un día de 1925 el profesor sufrió un paro cardíaco en la universidad, y murió allí. Por la tarde, el perro, tras comprobar que su dueño no se encontraba entre los viajeros que bajaban de los vagones, regresó a casa. Pero al día siguiente volvió, primero a la hora de salida del tren por la mañana, y luego por la tarde, cuando su amo solía llegar desde Tokio.

Años después, los usuarios habituales de esa estación, conmovidos por la historia de Hachiko, hicieron una colecta para erigir una estatua que honrara su fidelidad. El propio perro estuvo presente durante la inauguración.

Un año más tarde, Hachiko murió, después de haber ido diariamente dos veces a la estación durante diez años para buscar a su amo. Durante la Segunda Guerra Mundial la estatua fue fundida por las necesidades bélicas, pero en la posguerra los habitantes del distrito de Shibuya se empeñaron en que se restituyese el recuerdo de Hachiko, y se encargó al hijo del autor de la primera estatua –que había fallecido– una segunda estatua, que hoy día se puede ver en la estación.

Lamentablemente, los seres humanos a veces no sabemos dónde termina el recuerdo de un ser extraordinario y dónde comienza el mal gusto, y el cadáver disecado del perro puede verse en un museo (buscad si queréis el nombre de Hachiko en Youtube).

En 1987 se dirigió Hachiko monogatari, película basada en esta historia real que supera a la ficción. Actualmente se encuentra en producción otra película sobre este perro de raza Akita, producida y protagonizada por Richard Gere. Pero algo me dice que no superará a la original (y eso que no he visto ninguna de las dos). He aquí unos fragmentos de la película original, con emocionante música de fondo. Advertencia: el visionado del siguiente vídeo puede provocar que hombres hechos y derechos se pongan a llorar como nenazas, así que usadlo con precaución.

¿Cómo hay que tratar a los profesores?

7 de February de 2009

Ya hemos hablado aquí sobre cómo pienso que hay que tratar a los alumnos en un instituto de Secundaria, para propiciar un clima de convivencia beneficioso para su educación. El artículo tuvo un número nada despreciable de visitas y generó además unos buenos comentarios que os recomiendo leer.

Esa era mi humilde opinión sobre cómo se debe tratar a los alumnos, pero ¿cómo hay que tratar a los profesores? ¡Nosotros también somos personas! Tenemos nuestros corazoncitos, nuestros sentimientos y nuestras inquietudes, y para los alumnos casi siempre es fácil olvidar que somos personas y asumir que somos unos simples instrumentos de represión –lo que a veces no es una idea equivocada del todo–, y parecen pensar que nos han parido nuestras madres así, unos extraños individuos de entre metro sesenta y metro noventa con ropa ligeramente pasada de moda (o absurdamente «moderna», en los profesores que se empeñan en acudir a las clases vestidos de estrellas del hip hop, lo que no censuro, claro).

Muchas veces uno mira a los alumnos y se da cuenta de que piensan que nosotros no tuvimos una época en la vida en la que, por supuesto, el instituto, las notas y el futuro no sólo no eran lo más importante en nuestra vida, sino que ni siquiera estaba dentro de una escala de valores ocupada por las chicas –o chicos–, el deporte, la música, las emociones fuertes y la más o menos irresponsable experimentación con situaciones límite, acompañadas o no del uso y abuso de drogas. ¿Qué os pasa, profesores? ¿Es que de jóvenes erais unos adolescentes responsables que con quince años estaban pensando en convertirse en unos exitosos abogados de veinticinco (quien dice abogados dice profesores o ingenieros de caminos, canales y puertos)? En caso de que fuera así, os digo una cosa: dabais pena. Pero estoy seguro de que no erais así. Estoy seguro de que con quince años nadie quiere ser abogado ni profesor, sino echar unas risas con los amigos, llevarse al huerto a la compañera de la clase de al lado y probar esas copas que el amigo un año mayor que nosotros dice que le hacen sentir tan bien.

No, no es bueno que a un chico de quince años se le deje a su libre albedrío experimentar con las drogas o el sexo sin información ni responsabilidad. Pero así es como han sido, son y seguirán siendo los adolescentes.

Tengo bastante claro que nuestra tarea –la de los adultos, profesores o no– no es convertir a los jóvenes en adultos antes de tiempo. No es hacer que los jóvenes se comporten como adultos: nuestra tarea es comportarnos como adultos. Nosotros. No podemos evitar la curiosidad que a esa edad crítica despiertan en una persona las drogas, el sexo y la pseudolibertad, sino hacer cuanto esté en nuestra mano para que esa experimentación, cuando se realice –y podremos hacer muchas cosas por retrasarlo, pero nada por evitarlo– se lleve a cabo con el menor daño posible para ellos.

Me gustaría que todos los profesores, cuando tengan que reprender a algún alumno por algo malo que haya hecho, dediquen antes cinco segundos a recordar que hubo un momento en que todo aquello tenía mucho sentido. Y que piensen en cómo les habría gustado que hubiese reaccionado un adulto, qué es lo mejor que el adulto podría haber hecho para garantizar un desarrollo normal y sano en el niño. Que para eso estamos.

No sé… el otro día estaba departiendo con mis jefes en la Jefatura de estudios de mi instituto, y se presentó un chico de 1.º de la ESO a presentar una queja. Al parecer un compañero le había pegado con un pegamento extra fuerte su libro a la mesa.

No pude evitar echar los pulmones al suelo de la risa, intentando que el pobre chico no me viera. Pero recordad por un momento cuando teníais esa edad. ¿No os parece tronchante?

Bueno, a lo que vamos. Mi método puede que no sea el mejor, o mejor dicho, es totalmente seguro que no es el mejor, pero lo sigo intentando. Mi objetivo no es que en la clase reine la armonía, mi objetivo es enseñar. Pero creo que el objetivo de enseñar es inalcanzable si antes no se consigue un ambiente armónico. Creo que ya he conseguido lo primero: ahora puedo perseguir el objetivo final sin preocuparme demasiado por las molestias colaterales.

Cuatro de mis alumnas de 2.º de la ESO se han enterado de que en breve será mi cumpleaños, y hoy, cuando he llegado a clase, me han hecho entrega de un regalo.

¿Cómo podría quejarme de mis alumnos? Cada vez que, en la sala de profesores, me deshago en elogios para mis pequeños pupilos, muchos profesores me miran como si estuviera chiflado. El sentimiento es mutuo.

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