Ars longa, vita brevis

¿Cómo hay que tratar a los profesores?

7 de February de 2009

Ya hemos hablado aquí sobre cómo pienso que hay que tratar a los alumnos en un instituto de Secundaria, para propiciar un clima de convivencia beneficioso para su educación. El artículo tuvo un número nada despreciable de visitas y generó además unos buenos comentarios que os recomiendo leer.

Esa era mi humilde opinión sobre cómo se debe tratar a los alumnos, pero ¿cómo hay que tratar a los profesores? ¡Nosotros también somos personas! Tenemos nuestros corazoncitos, nuestros sentimientos y nuestras inquietudes, y para los alumnos casi siempre es fácil olvidar que somos personas y asumir que somos unos simples instrumentos de represión –lo que a veces no es una idea equivocada del todo–, y parecen pensar que nos han parido nuestras madres así, unos extraños individuos de entre metro sesenta y metro noventa con ropa ligeramente pasada de moda (o absurdamente «moderna», en los profesores que se empeñan en acudir a las clases vestidos de estrellas del hip hop, lo que no censuro, claro).

Muchas veces uno mira a los alumnos y se da cuenta de que piensan que nosotros no tuvimos una época en la vida en la que, por supuesto, el instituto, las notas y el futuro no sólo no eran lo más importante en nuestra vida, sino que ni siquiera estaba dentro de una escala de valores ocupada por las chicas –o chicos–, el deporte, la música, las emociones fuertes y la más o menos irresponsable experimentación con situaciones límite, acompañadas o no del uso y abuso de drogas. ¿Qué os pasa, profesores? ¿Es que de jóvenes erais unos adolescentes responsables que con quince años estaban pensando en convertirse en unos exitosos abogados de veinticinco (quien dice abogados dice profesores o ingenieros de caminos, canales y puertos)? En caso de que fuera así, os digo una cosa: dabais pena. Pero estoy seguro de que no erais así. Estoy seguro de que con quince años nadie quiere ser abogado ni profesor, sino echar unas risas con los amigos, llevarse al huerto a la compañera de la clase de al lado y probar esas copas que el amigo un año mayor que nosotros dice que le hacen sentir tan bien.

No, no es bueno que a un chico de quince años se le deje a su libre albedrío experimentar con las drogas o el sexo sin información ni responsabilidad. Pero así es como han sido, son y seguirán siendo los adolescentes.

Tengo bastante claro que nuestra tarea –la de los adultos, profesores o no– no es convertir a los jóvenes en adultos antes de tiempo. No es hacer que los jóvenes se comporten como adultos: nuestra tarea es comportarnos como adultos. Nosotros. No podemos evitar la curiosidad que a esa edad crítica despiertan en una persona las drogas, el sexo y la pseudolibertad, sino hacer cuanto esté en nuestra mano para que esa experimentación, cuando se realice –y podremos hacer muchas cosas por retrasarlo, pero nada por evitarlo– se lleve a cabo con el menor daño posible para ellos.

Me gustaría que todos los profesores, cuando tengan que reprender a algún alumno por algo malo que haya hecho, dediquen antes cinco segundos a recordar que hubo un momento en que todo aquello tenía mucho sentido. Y que piensen en cómo les habría gustado que hubiese reaccionado un adulto, qué es lo mejor que el adulto podría haber hecho para garantizar un desarrollo normal y sano en el niño. Que para eso estamos.

No sé… el otro día estaba departiendo con mis jefes en la Jefatura de estudios de mi instituto, y se presentó un chico de 1.º de la ESO a presentar una queja. Al parecer un compañero le había pegado con un pegamento extra fuerte su libro a la mesa.

No pude evitar echar los pulmones al suelo de la risa, intentando que el pobre chico no me viera. Pero recordad por un momento cuando teníais esa edad. ¿No os parece tronchante?

Bueno, a lo que vamos. Mi método puede que no sea el mejor, o mejor dicho, es totalmente seguro que no es el mejor, pero lo sigo intentando. Mi objetivo no es que en la clase reine la armonía, mi objetivo es enseñar. Pero creo que el objetivo de enseñar es inalcanzable si antes no se consigue un ambiente armónico. Creo que ya he conseguido lo primero: ahora puedo perseguir el objetivo final sin preocuparme demasiado por las molestias colaterales.

Cuatro de mis alumnas de 2.º de la ESO se han enterado de que en breve será mi cumpleaños, y hoy, cuando he llegado a clase, me han hecho entrega de un regalo.

¿Cómo podría quejarme de mis alumnos? Cada vez que, en la sala de profesores, me deshago en elogios para mis pequeños pupilos, muchos profesores me miran como si estuviera chiflado. El sentimiento es mutuo.

En La Lengua:

10 comentarios en “¿Cómo hay que tratar a los profesores?”

  • # Elías dice:
    7 de February de 2009 a las 0:36

    Y al que critique el libro le rompo las pelotas.

  • # DrPanic dice:
    7 de February de 2009 a las 12:22

    Os voy a hacer una confesión en bajito para que no me oiga nadie:

    ODIO LOS ALUMNOS PERFECTOS

    Como dice Elías los profesores somos humanos y lógicamente unos alumnos nos caen mejor que otros aunque tratemos de que no se nos note. Y en estos años de clases me he dado cuenta de que siempre desarollo una especial afinidad por el tipo de alumno que otros profesores detestan. Me gustan los alumnos algo guerreros, inquietos, inteligentes pero no empollones, que son capaces de protestar cuando no tenemos razón y que son capaces de valorar nuestro trabajo tanto para agradecer cuando lo hacemos bien como para criticarnos cuando lo hacemos mal.

    Quizá la razón es hace ya algunos años, cada vez más, no fuí un alumno modelo. Ojo, no era un hijoputa, no soy mala persona, pero me ponía negro la autoridad “por-que-si” o la desidia de algunos profesores o la falta de humanidad de otros… Llegué a entablar cierta amistad con algunos profesores de mi Insituto y algunas materias me llenaron y me engancharon a esto de aprender, pero no era ni un alumno modelo ni un hueso facil de roer para los profesores que no me gustaban y eso me hizo ganarme una cierta mala fama como alumno que me acompañó hasta que salí del centro. Por cierto estudíe en el IES Zorrilla de Valladolid, que recuerdo con mucho cariño y por el que algún día me encantaría volver como profesor.

    A lo que íbamos, muchas veces me dan ganas de coger a los cuatro empollones pavisosos que hay en cada clase y soltarles una arenga para que no estudien tanto, para que salgan a la calle a hacer trastadas, a dormir fuera de casa, a emborracharse o a echar un polvo en la playa con alguien que aprecien. Yo lo hice (excepto lo de la playa por desgracia) y creo que soy una persona más o menos respetable hecha y derecha sin demasiados traumas excepto el no haber exprimido un poco más esa estupenda edad que es la adolescencia. Porque aunque nos empeñemos en negarlo ES UNA EDAD ESTUPENDA, con sus pros y sus contras pero una época que todos deberíamos recordar con cariño.

    Quizá deberíamos olvidanos de intentar volver maduros a lo alumnos e intentar hacerlos consecuentes, cosa que es más importante que la madurez y totalmente compatible, bajo mi opinión, con la alocada adolescencia.

    En fin, que prefiero alumnos inquietos alocados a sosos viejunos en cuerpos de chavales.

  • # David Saltares dice:
    7 de February de 2009 a las 14:56

    ¡Pues no me gusta el libro!

    Bromas aparte, es cierto eso que dices, hay que ponerse en el lugar de los alumnos. Yo soy uno de ellos, de universidad, pero uno de ellos al fin y al cabo.

    En más de una ocasión me hubiera gustado que me trataran de otra forma.

    De todos modos he tenido la suerte de que me tocaran buenísimos profesores en secundaria. Los que considero mejores eran bastante estrictos, pero usaran el método que usaran me enseñaron muchísimas cosas que es lo que cuenta.

    Saludos, buen atículo.

  • # ri dice:
    7 de February de 2009 a las 18:15

    Me alegro Elias que te traten tan bien 🙂 El que siembra, recoge. Pero me pregunto, cómo hay que tratar a los profesores?
    También me pregunto, si en el caso de no poseer las hermosas aptitudes o las cualidades o el trabajo o la experiencia para lograr unas buenas clases, cuál es la solución: dejar la docencia?
    O es posible “aprender a dar clase”, con todo lo qeu ello implica; cuánto tiempo has de probar en la docencia para saber si realmente algún día lo conseguirás o nunca, razón por la cual has de dejarlo?
    Alguien enseña a dar clase? Cómo se puede aprender?
    Cómo se aprende cualquier profesión? Se sigue la regla de “a tortazos” o hay una formación o debe haberla…?

  • # julifos dice:
    7 de February de 2009 a las 22:23

    En mi cole, tontear con el profesor era paliza asegurada (aunque en mi cole no había chicas…), excepto si el que tonteaba podía darte una paliza a ti.

    De alumno (me gustan estas entradas porque puede uno hablar de su experiencia sin sentirse egótico ni que te llamen “puto niñato” o, lo que es peor, “abuelo cebolletas”)… Creo que las cosas era un poco diferentes. Había varios tipos de profesores:
    -Los “carcas”, que eran señores de otras épocas pasadas.
    -Los “jóvenes”, que eran señores casi jóvenes, pero que habían crecido (hacia la profesoritud) en una época confusa. En mi opinión, contaban en su haber con los defectos de la vieja escuela y de la nueva. Enseñanza blanda, trato duro.
    -Los recién llegados, entre los veintitrés y los treinta. Podrían llamarse “contemporáneos” o “nuevos”. O, mejor, “novatos”. Todos tenían en común que estaban aprendiendo a enseñar o… A lo que fuera. En ese sentido, a veces me identifico mucho con ellos respecto de mis hijos. De repente acabas unos estudios y pasas de ser un puto crío comedor de hamburguesas a ser educador de unos putos críos comedores de hamburguesas, sólo que tú tienes más pelos en el pecho. Para el caso de niños pequeños es distinto, creo. Con los más mayores es harina de otro costal. Cuando eres alumno, les ves más cerca. Casi puedes tocarlos si te pones de puntillas… Y eso que en mi cole se llamaba de “vd” a los profesores y se rezaba un avemaría al entrar y el ángelus a las doce…

    Los “carcas” intentaban adaptarse a los nuevos tiempos. Venían de épocas remotas en las que reinaban los reglazos y los tortazos, básicamente. Estaban obligadamente llamados a la extinción, así que uno se reía de ellos pero sin hacer excesiva leña del árbol caído (ya que no era uno el que había sufrido las vejaciones físicas en concreto).

    Dentro de los “jóvenes”… Lo cierto es que había algunos que intentaban los “nuevos métodos”, pero pocos, y otros que mezclaban lo viejo con lo moderno (son los que la cagaban). En el fondo creo que era cuestión de carácter. Los había dulzones y dulzona era su manera de enseñar. Los había severos y severos se quedaban. Graves, más que severos. Etc.

    Y ahora vienen los “contemporáneos” que son, quizá, los que más interesan, porque me da la sensación de que la cosa sigue parecida. En el colegio de mi hijo siguen enseñando algunas de las viejas glorias (esas que siempre parece que están a punto de jubilarse, pero nunca se jubilan, como John Wayne) y el resto de la plantilla ya está renovada (es el colegio de mi mujer, no el mío, pero la situación es como la describo).

    Esos que enseñan ahora (dejando de lado a los que están a punto de jubilarse), son mis compañeros de clase, mis contemporáneos, los de mi quinta, más o menos (que ya va uno alejándose de la edad-fin-de-carrera).

    En mi época, como ya digo, parece que cada uno buscaba o labraba su camino. Los había que no valían ni pa cagar. Y, nosotros, alumnos, hacíamos todo lo que podíamos por hacerlo notar. Hubo alguno que no nos duró ni el año completo…

    Estaban también los que parecía que habían sido profesores durante toda su vida… Se parecían a los de la vieja escuela. Te podían infundir respeto o podías pensar que estaban chocheando o “gagá”, pero en su clase cerrabas el pico y: a) atendías; b) dormías.

    Por último, los que intentaban adaptarse y buscaban la manera de afianzarse, la manera de ser respetados. Dentro de esos, encontré pocos que fuesen buenos profesores (enseñadores). Recuerdo especialmente al que nos daba latín, recién salido de clásicas. Era famoso porque se ponía pendiente fuera del colegio (eso, en la época y en mi cole, era un dato gracioso, y aún hoy es gracioso que uno se ponga y quite cosas para entrar y salir de un aula). Era buen profesor, pero no sabía hacerse respetar. Es decir: hubiese sido buen profesor en la facultad. Pero nosotros éramos una panda de hijoputas esteroideizados. Sabía mucho, tenía un buen método y te contaba cosas distintas de la basura del programa académico. Pero era especialmente vulnerable a las “bromitas” y a la “camaradería”. Si le hacías una “bromita” (tipo te tiro una tiza a la cabeza pero doy en la pizarra; o sea, el clásico tiro de “vacile” para ver por dónde iba el tipo), no sabía resolver. Se ponía nervioso, decía bla-bla-bla, pero no “resolvía”. Los de la vieja escuela hubiesen hecho salir al culpable y, de no haber salido éste, habrían suspendido el trimestre a toda la clase, sin más ni más. Y lo de la camaradería, también malo. No es que fuese nuestro “coleguita”, sino que descendía hasta nuestro nivel con demasiada facilidad. En alguna ocasión llegó incluso a retarnos al clásico “si tienes huevos te espero a la salida”. Colectivamente. Recuerdo una vez que le “chivé” parte del examen a un colega. Fue fácil. Me levanté y le chivé un par de preguntas. El tipo vino a increparme. Le expliqué que simplemente intentaba concertar una cita para después, que no estaba diciéndole nada del examen, que haría falta ser idiota para chivarle nada a nadie delante del profesor. Y no es que se lo creyese, porque no era idiota… Pero cada uno sacamos nuestra nota superior a 5 y nos fuimos para casa. Requiescat in pace. Es una pena, pero en esa época es mucho más importante “ser guay” que “aprender”, al menos en el ambiente donde yo estaba. Y aún hoy pienso algo parecido. Para mí el colegio, el “programa oficial” es caca de la vaca. Aprender lo es todo, casi lo único. Pero llegar a un sitio, rezar un avemaría, abrir el libro por la página 7 y dejar correr el tiempo hasta la hora de salir… Caca.

    Por lo demás, y ha apuntando directo al “corazoncito” de los profesores… Lo tenéis muy fácil. Lo tienes muy fácil, Elías. Con la cantidad de gilipollas que hay (no sólo en educación, sino en todas partes), es relativamente sencillo destacar por encima del resto. Y, en ese sentido, quizá sea para ti más fácil que para otros profesionales… Mientras seas íntegro, puedes impresionar a un adolescente más sencillamente que a un adulto. Y tienes la potestad de grabar en su cabeza un mínimo de uno o dos mensajes, aunque luego no recuerden las palabras exactas, para toda la vida. Y el deber. Así que no tiembles y ten preparados un par de panegíricos para cada uno que te pregunte… Ahora con los blog está más fácil: que no te acordabas… Vas al blog y te refrescas la memoria.

    Yo le regalé a mi profe de autoescuela (tenía veinticinco tacos en aquella época) una botella de coñac (a él le va el Terry con Cocacola) y unos vídeos de Led Zeppelin (y otros de la época). Recuerdo que su tema preferido era el “Rock and roll”, pero es que él utilizaba a los Led (en sus años jóvenes) para bailar, a diferencia de mí.

    Así que los profesores se parecen mucho a los médicos. Uno agasaja a los buenos médicos y a los buenos profesores. Pero a los buenos vendedores de peras… ¿O me confundo?

    Salud.

  • # Pris dice:
    8 de February de 2009 a las 11:25

    Unas chicas de 2º de ESO llegaron a la Jefatura horrorizadas con un estuche en la mano presentando la queja de que un compañero se había cortado “los pelos de ahí abajo” y se los había metido dentro.

    Eso, en principio, no me hizo mucha gracia. Pero ver a mi compañera y amiga, la jefa de estudios, abriendo lentamente el estuche con cara de “no sé lo que me voy a encontrar, pero me muero del asco”… eso sí que me hizo gracia. Lo mejor fue el acusado jurando “que no son míos”. Esto lo he contado en casa y no me creen.

    Lo del libro de texto pegado a la mesa es buenísimo, pero me río ahora que te lo leo. En tal contexto no sé lo que hubiera hecho.

    Un saludo.

  • # John Constantine dice:
    9 de February de 2009 a las 10:45

    Lo del libro es un detallazo, por que supongo que ha ellas les habrá encantado y esperan que a Elías le produzca la misma sensación.

  • # Pachamama » Blog Archive » Interesante sobre educación. dice:
    7 de May de 2009 a las 15:31

    […] ¿Cómo hay que tratar a los profesores?, […]

  • # Vestidos de 15 Años dice:
    4 de June de 2010 a las 1:51

    No se lo que haria en la misma situacion

  • # mariana dice:
    10 de June de 2010 a las 22:49

    buenisimo!! esperoq muxos profes lean esto!
    para q aprenda ….no siempre el modelo perfecto de enseñanzas es el mejor .el mejor modelo es aquel que nos ayuda a ser personas no tan solo maquinas sabelotodos ..

Escribe un comentario

Hay que comer

Archivos

Búsqueda

La Lengua en tu mail

Tu dirección de email:

FeedBlitz

Video

Más vídeos aquí

Fotos

www.flickr.com
Elementos de Elias.gomez Ir a la galería de Elias.gomez

Estadisticas


Ver estadísticas

La Lengua se publica con Wordpress | RSS de las entradas y de los comentarios | Diseño web: Dodepecho