Ars longa, vita brevis

La izquierda en este país

18 de January de 2009

O más bien debería decir «la izquierda en El País».

Siempre se ha dicho que «no hay cosa más tonta que un pobre de derechas». Más allá de ser otra de tantas frases estúpidas que se oyen cada día por la calle, en teoría debería tener su poso de verdad. La izquierda, nominalmente, aboga por un reparto algo más equitativo de la riqueza, para lo cual en tiempos pretéritos de los que nadie se acuerda, subía los impuestos a los ricos, mejoraba las prestaciones sociales para los que no tienen nada, hacía, en fin, este tipo de cosas. Lo lógico es que los que estaban abajo del todo en la escala social se sintiesen de izquierdas y así votasen. Y así ha solido ser en España, hasta que después de tres o cuatro legislaturas machacándote la izquierda nominal desde el gobierno, a los pobres no les ha quedado otra que votar al otro partido mayoritario, aunque sólo sea por probar. Por supuesto, nos ha ido más o menos igual de mal con unos que con otros. Siempre para abajo. Y, claro, los ricos siempre para arriba.

¿Qué le pasa a la izquierda en este país? Muchas cosas, pero yo sólo os diré dos, ilustradas con sendos textos provenientes del diario de cabecera de los que, con mayor o menor tino, se autoproclaman de izquierdas en este, nuestro país.

La primera cosa que le pasa es que es muy previsible. Para lo bueno y para lo malo. Para lo bueno: las religiones, y tomo el concepto «religión» en su significado más extendido (Cristianismo, Islam y algo de Judaísmo), no se han solido destacar nunca por su búsqueda de la igualdad entre sexos, o géneros, como dicen ahora los cursis. Al menos en la práctica, que sobre el libro casi todas las religiones ofrecen el Paraíso, o lo prometen. Hoy El País entrevista, en su suplemento dominical, a Inés Alberdi, alta ejecutiva española en las Naciones Unidas, mujer comprometida con la lucha de las mujeres y los hombres (porque el feminismo, como el machismo, no es cosa de un solo sexo) por la igualdad real. Cuando preguntan a Alberdi por unos ataques verbales sufridos tras publicar un artículo en que atacaba a la Iglesia católica española, responde:

[…] Pero las religiones no han evolucionado lo suficiente, y a mí me importa la católica porque es la cultura en la que vive la mayoría de los españoles, siguen en la idea de que las mujeres son inferiores, y eso es una de las semillas de la violencia. Sí, montaron un pollo. Pero yo pregunto a los responsables de la Iglesia qué declaraciones han hecho contra la violencia contra las mujeres o a favor de la igualdad.

Chapeau. Incontestable: la Iglesia católica no parece encontrar en la violencia machista un problema tan grande como el que presuntamente suponen los matrimonios entre homosexuales, al menos en público, ya que no se empeñan tanto en las manifestaciones anti violencia contra las mujeres como en las anti matrimonios entre personas del mismo sexo. Parece lógico pensar que la jerarquía católica piensa que lo segundo es más preocupante que lo primero. Y eso, aunque uno estuviera en contra de los susodichos matrimonios, chirría.

En fin, respuesta previsible, como era de esperar. Ahora lo malo. Uno sigue leyendo la entrevista, y entonces le preguntan a Alberdi sobre Irán. Lo lógico sería una crítica devastadora ante un régimen que atenta gravemente contra los derechos humanos, y especialmente contra los derechos de las mujeres. Eso sería lo lógico, como he dicho… pero ¿qué es lo previsible, conocida parte de la «izquierda española»? Paños calientes. Claro:

Hay algunos aspectos de cómo se organiza ese país que deberían cambiarse si queremos hacer efectivos los derechos de las mujeres.

La negrita es mía. Previsible, ya se ha dicho. Irán, os lo recuerdo, es el país donde se condena a muerte por lapidación a las mujeres que cometen adulterio, y pongo «cometen» en cursiva porque sí, en Irán el adulterio es un delito. Recordemos que muchos de estos «adulterios» son en realidad violaciones. También es el país donde el gobierno detiene a activistas feministas por recoger firmas en la calle.

Un poco más adelante, en la entrevista, le preguntan qué opina sobre las niñas que son obligadas a ir a la escuela con un pañuelo en la cabeza. Respuesta:

Eso tiene una importancia menor. Me parece mucho más grave la poligamia, y no digamos el matrimonio con niñas.

¿A que os esperabais una respuesta así? Que se obligue a las menores a adoptar una indumentaria basada en una discriminación machista religiosa tiene una importancia menor. Comparada con los matrimonios de niñas con ancianos. Claro, y comparada con la masacre en Gaza, con el Holocausto Nazi y con las descargas de películas en Internet, ¡todo se puede relativizar! Pero sigo leyendo, y me sigue asaltando esa sensación de déjà vu:

Claro que yo me he educado en un colegio donde las mujeres, que eran monjas, se tapaban el pelo. Iban tapadas igualito que las de Irán, se parecen como una gota a otra.

Esta una de las tonterías más repetidas últimamente. El que se obligue, en 2009, a las mujeres –y a las niñas– a ir tapadas, es comparable con que hace cincuenta años (y recalco lo de los cincuenta años, medio siglazo) unas mujeres adultas (y recalco lo de adultas) eligiesen libremente (y recalco lo de libremente) dedicarse a una ocupación que tiene un uniforme regulado. Uniforme machista, ocupación machista si queréis, religión machista, por supuesto. Pero ¿son situaciones comparables?

Salto a la última página del periódico, donde me espera todos los domingos la columna de Manuel Vicent, a quien suelo leer con no poco disfrute. La columna se titula «Los jueces». Bien. En España hay muchos motivos para criticar a los jueces, y más con la que está cayendo últimamente. Suelen ser otros mandados del poder económico, y si no tienes dinero, más te vale no verte enfrente de muchos de ellos (a ver si entre este «muchos de ellos» y el escaso tráfico del blog me libro de una demanda, ya que estoy más cerca de pobre que de rico). También se los suele criticar por la incompetencia y dejadez con la que algunos ejercen su cargo. Pero la crítica de Vicent no va por ahí. Se critica a los jueces por ser funcionarios, gente que, no viendo otra salida profesional, se ha pasado un par de años, o dos pares, empollándose sus cuatrocientos temas –que se dice pronto– para superar la oposición. Aparte de que los temas le parecen pocos –y eso que otras oposiciones del grupo A, como las de profesor de Secundaria, suelen rondar los setenta temas–, critica que los jueces no tengan «la vocación sagrada de enderezar los torcidos senderos del mundo a través de la justicia». Es decir, no son jueces vocacionales. Bueno, ¿y los policías suelen tener la «vocación sagrada» de proteger al ciudadano, o también se están buscando las habichuelas, como todo quisque? ¿Y los políticos, del signo que sean, tienen la «vocación sagrada» de trabajar por el bien de la mayoría, o al menos de quienes les han votado, o más bien son los que reparten los impuestos de los pobres entre los ricos? ¿Los representantes de los autores sienten una vocación de proteger y propagar la cultura, o sus bolsillos? ¿Y los profesores? ¿Somos docentes vocacionales o lo que queremos es ganarnos la vida? ¿Y los columnistas o escritores de todo pelaje? ¿Por qué es necesario sentir una vocación? Pero seguimos leyendo la columna:

Nadie del tribunal le preguntó a aquel lejano opositor, que hoy por simple escalafón habrá llegado a lo más alto de la magistratura, si era demócrata, beato, conservador o autoritario […]

La negrita es mía otra vez. Al parecer, hay algún artículo en la Constitución que obliga a ser «progresista», ya que el ser conservador te invalida para acceder a la Judicatura. Y he ahí el segundo problema del que os hablaba: parte de la izquierda considera una obligación ser de su cuerda. Si quieres ser juez, has de ser «progresista». ¿Es eso? El conservadurismo es algo que no profeso, ya que soy uno de esos raros tipos «de izquierdas sin carné». Pero no se puede defender que para ser juez uno deba ser simpatizante de una idea política concreta, siempre que esté dentro de la protección a las ideas contemplada en la Constitución. Probablemente una persona de ideología nazi no deba ser juez, y estoy seguro de que hay mecanismos para que nunca llegue a serlo. Pero ¿por qué no un conservador? Una vez más, ¿un juez debe ser «progresista»? ¿Debe pensar lo mismo que tú? En ese caso, ¿para qué necesitamos jueces? ¿Por qué no nos juzga directamente el gobierno?

Por eso, Vicent, se elige a los jueces por oposición, y no los elige Pepe Blanco a dedo. Para la historia esa de la separación de poderes. Porque, si no la hubiera, los ciudadanos estaríamos aún más desprotegidos. Por mucho que tú consideres a todos los jueces «opositores pelanas» (RAE: Persona inútil y despreciable), y que te moleste que puedan «sentar en el banquillo al presidente de la nación».

Los jueces son lo que son, y quienes me leen regularmente ya saben más o menos lo que pienso de la justicia española. Pero no, no se sostiene ese aura de santidad de la izquierda española según la cual su pensamiento es no sólo el único razonable, sino el único legítimo. Y, sobre todo, no se puede atacar a los jueces porque puedan acosar al poder político. Esa razón es, en todo caso, la única por la que es necesario defenderlos.

Prohibido

16 de January de 2009

No Turn

Esta es la última foto que he subido a mi galería de Flickr. Podrían utilizarla los partidos mayoritarios españoles como fondo de alguna de sus campañas, ¿no creéis? «Prohibido girar a la izquierda.»

Bromas aparte, es una de las últimas fotos que he disparado con mi cámara nueva, de la que os hablé hace unos días. Primero le ajusté un poco los niveles con el programa iPhoto –que viene con los ordenadores Apple– y luego, jugando con Gimp, le ajusté las curvas sin saber muy bien lo que hacía, y el resultado me gustó. Espero que a vosotros también.

¿Cómo hay que tratar a los alumnos?

Fuente de la imagen

Actualización: Si el artículo te parece interesante, menéalo antes de que caiga en el olvido.

Casi siempre que alguien escribe en un blog lo que sea sobre problemas en las aulas, la noticia suele causar bastante revuelo e inspirar un buen número de comentarios. Por ejemplo, cuando escribí el post Violencia en las aulas, la entrada recibió veintidós interesantes comentarios, y además apareció publicada en Menéame, donde aparecieron otras treinta y dos interesantes opiniones (treinta y una, si restamos la mía).

Yo creo sinceramente que esto sólo tiene una interpretación posible: a la gente le preocupa el asunto. Y veo muy lógico que le preocupe, por varios motivos. El más simple: en España, absolutamente todo el mundo pasa obligatoriamente por la escuela en una etapa muy importante de su vida. Casi todo el mundo recuerda a su seño preferida del colegio, a su novia del instituto y la mayoría de la gente se ve aún con sus amigos de la adolescencia.

Y, aunque ya no nos toque a nosotros, vivimos rodeados de gente que sí: si no nuestros hijos, nuestros sobrinos, o los hijos de nuestros vecinos y amigos, y los jóvenes que ensucian las calles con el botellón, los que queman mendigos en cajeros automáticos y los que serán premios Nobel de la Paz y los ingenieros que diseñarán los puentes por los que pasaremos en el futuro están hoy en la escuela. Lo que pase en los ambientes escolares nos afecta a todos, nos guste más o menos. Por eso, aunque me da la sensación de que la mayor parte de la sociedad aún no entiende la importancia de que los centros de enseñanza funcionen bien, sé que a todo el mundo le preocupa.

El tema de hoy viene dado por el título de este post: ¿cómo hay que tratar a los alumnos? No, no hay una respuesta fácil. ¿Debe atenderse a la política del buen rollo, totalmente democrática, donde la decisión de cada uno de los alumnos debe valer tanto como la del profesor en cuestiones que les afectan –v. gr., las fechas de los exámenes y lo que se debe aprender en cada momento, y cómo–? ¿Debe volverse al modelo autoritario de enseñanza, en que el profesor ostenta un poder cuasi absoluto y el alumno debe limitarse a obedecer y en ocasiones ser castigado, modelo que mucha gente piensa, con más o menos razón, que era más efectivo que el modelo democrático? ¿Existe un término medio?

No, yo no tengo una respuesta, ni creo que nadie tenga una respuesta a esas preguntas. Pero al igual que cualquier profesión, la de docente no se aprende en una escuela ni una universidad, sino en el campo de batalla, y mis pocos años de experiencia me han permitido ir limando, mediante el método de prueba y error, una serie de directrices que actualmente hacen que mis clases se desarrollen con normalidad, casi sin alteraciones, en un clima de respeto, convivencia y escucha mutua que, si no está ni mucho menos cerca de un ideal, sí hacen que ni mis alumnos ni yo salgamos nunca de las clases gritando, llorando, insultando ni lamentándonos de estar ahí, reacciones que sí observo tanto en los mismos alumnos con otros profesores, como en los propios profesores.

Aprovecharé, además, para hacer un breve inventario general de errores –la mayoría propios, algunos observados en colegas míos– que, en mi subjetiva y personalísima opinión, reman en contra del proyecto común de garantizar unas oportunidades de futuro a los alumnos; que, después de todo, es para lo que me pagan. Ahí van; como siempre, se admiten críticas, consejos y enmiendas a la totalidad.
(more…)

Dream a Little Dream of Me

15 de January de 2009

La semana pasada se me escapó el viernes, no preguntéis cómo, y por eso no publiqué la canción semanal. Os pido disculpas. Y, como desagravio, os traigo dos versiones de una canción inolvidable. La primera, de una dulce y encantadora jovencita con gafas. La segunda, del gran Satchmo (Louis Armstrong), en su inmensa versión, con esa voz que me gustaría tener cuando sea viejo y negro. Disfrutad:


Enlace al vídeo en YouTube

Las estrellas brillando por encima de tu cabeza…
La brisa de la noche parece susurrar «te quiero».
Los pájaros cantando en los sicómoros…
Sueña un poquito conmigo.


Enlace al vídeo en YouTube

Di noche-noche (*) y bésame.
Sólo abrázame fuerte y dime que me echarás de menos.
Y mientras esté más solo y triste que nunca
sueña un poquito conmigo.

(*) Juego de palabras intraducible, «nighty-night» en inglés.

De oídas


Enlace al vídeo en Vimeo

Divertidísimo vídeo –la mala noticia es que hay que entender el inglés– donde una joven cuenta la trilogía de La guerra de las galaxias sin haber visto ni una sola de las películas. Solo conoce los conceptos que ya forman parte de la cultura popular, como la fuerza, lo que le han contado y algunas escenas sueltas. Me he reído a carcajadas en algunos momentos. No os lo perdáis. Vía Boing Boing.

Emociones fuertes (y caras)

13 de January de 2009

En la magnífica película El club de la lucha se trata la idea, nada nueva por otra parte, de que el hombre ha perdido la ilusión de vivir debido a que no experimenta situaciones de riesgo. Casi todo en nuestra vida está tan asegurado, con la Seguridad Social, los avances en medicina, la alimentación sana, etc. que que uno llega a perder el impulso vital. No es nada nuevo, como he dicho; sin ir más lejos, en El árbol de la ciencia de Pío Baroja se trata este tema entre otros muchos. Y creo que sí, que es una enfermedad típica de las sociedades modernas desarrolladas. A veces da la sensación de que uno necesita un aparatoso accidente de coche del que salga ileso (situación vivida en carne propia), una pelea fortuita a la salida de un local de copas o una carrerita delante de la policía para, una vez se ha recuperado el aliento, poder gritar: ¡Estoy vivo!

Vamos a hablar de una atracción australiana llamada Crocosaurus Cove, pero primero hablaremos un poco sobre su protagonista, el cocodrilo marino.

Es un bicho malo. El reptil más grande que existe en la actualidad –se piensa que puede llegar hasta los siete metros de largo– puede llegar a pesar una tonelada y media (¡1.500 kilos!) y nadar a 43 kilómetros por hora. En el año 2004 se midió la fuerza de la mordedura de un cocodrilo marino no excesivamente grande –cuatro metros y medio– y el resultado arrojó la terrorífica cifra de 1.770 kilogramos. No se conoce ninguna criatura viva o extinta que haya igualado esta fuerza de mordedura. Sí, hemos tenido en cuenta al Tyrannosaurus Rex. (Actualización: Este dato no es correcto del todo. La mordedura de 1.770 kg. es la más fuerte medida hasta la fecha. La mordedura del tiranosaurio (un dinosaurio carnívoro de hasta 13 metros de longitud, 8 de altura y entre cuatro y ocho toneladas de peso) era probablemente algo más fuerte: unos 1.860 kg. El récord, sin embargo, lo sigue ostentando un cocodrilo: el cocodrilo del Nilo, cuyos dientes pueden ejercer una presión de 3.450 devastadores kilogramos. Fuente.)

Este monstruo prehistórico está tan seguro de sí mismo que no se contenta con retozar en el agua dulce, y a menudo realiza incursiones en el mar, viajando de unas islas a otras. Traga piedras para controlar la flotación. Es una maldita máquina de matar que se sirve de los elementos del entorno para viajar por los mares. ¿Os imagináis? Al menos ya estoy tranquilo por una cosa: si alguna vez llego a practicar el surf en las famosas playas australianas, estaré algo menos preocupado por los grandes tiburones blancos. No es un consuelo, pero vaya…

En 1945, en Birmania, una población de cocodrilos marinos mató y devoró a 1.000 soldados de ocupación japoneses. En una sola noche.

Bien, pues en la Crocosaurus Cove el último grito en emociones fuertes es meterte en una jaula y pasar un rato entre estos enormes asesinos.

Podéis reservar entradas para la Cueva del Cocosaurio desde ya. Vía Cryptomundo.

Brooklyn Follies

12 de January de 2009

Este es el primer, y hasta ahora, único, libro que he leído del famoso y premiado autor de best sellers (y no obstante respetado) Paul Auster. Un par de compañeros del Departamento de Filosofía me lo había recomendado, y a pesar de que desconfío de los escritores vivos –y de los recientemente muertos–, lo vi en la estantería y me hice con él.

A decir verdad, me ha dejado un poco frío. Por eso mismo, voy a empezar por lo bueno. La narrativa es bastante ágil, y es al menos un libro que se lee sin una mueca de desagrado en la cara, lo que, dados los tiempos que corren, no es poco. Los ritmos están bien trabados y la historia corre con agilidad; los personajes son creíbles, simpáticos cuando tienen que serlo y antipáticos cuando toca. No tiene una estructura nada vanguardista, y casi en su totalidad el tiempo de la narración es lineal, con algún que otro flashback metido aquí y allá y alguna breve digresión. Esto del tiempo, por supuesto, no constituye en principio un defecto ni una virtud, pero alegrará a los amigos de los libros que se leen rápido, una especie de consumidores de literatura de McDonald’s, que no es que sean los lectores más críticos del mundo, pero al menos leen. Y eso, me da igual que sea políticamente incorrecto decirlo, la lectura, decía, eleva siempre el nivel intelectual de una persona, o al menos lo ejercita en una práctica sana para la mecánica del cerebro.

La trama: un corredor de seguros, recientemente jubilado por un cáncer del que parece haber salido de rositas, decide alquilar un apartamento en el neoyorquino barrio de Brooklyn para esperar la muerte, y mientras tanto entregarse a una gran obra personal: el Libro del desvarío humano. En él piensa contar las estupideces que recuerda haber oído, presenciado o protagonizado. Prácticamente desde que pone los pies en su nuevo hogar, una serie de casualidades hace que su plan de espera de la parca sea totalmente distinto de lo que había imaginado, y descubre que morir suele ser mucho más complicado y divertido de lo que cabría esperar. Durante el tiempo que vive en Brooklyn conoce a interesantes personas y personajes, y se reencuentra y desencuentra inesperadamente con familiares a los que había perdido la pista. Vuelve a ver a su sobrino Tom, un brillante universitario, experto en literatura norteamericana, convertido en un fofo taxista sin mayores pretensiones que producir filosofía barata; conoce a Harry, un homosexual dueño de una librería de ejemplares únicos que esconde un oscuro y sorprendente pasado; su sobrina-nieta, Lucy, aparece un buen día de no se sabe dónde y se niega a pronunciar palabra; descubre a la Bella y Perfecta Madre, una joven mujer del barrio por la que su sobrino Tom siente una devoción casi religiosa. Estos y otro puñado de personajes se entrelazan en una historia de múltiples ramificaciones que conducen a un final el fatídico día 11 de septiembre de 2001, más propio del cine que de la literatura. No en vano, Auster es, además de escritor, guionista de cine, e incluso ha dirigido alguna que otra película.

Lo malo: me ha decepcionado, dadas las expectativas. Es lo que sucede cuando te ensalzan demasiado algún producto. La historia no me ha parecido imaginativa en exceso, y el final es tan previsible que, de lo previsible que es, casi no te lo esperas: te quedas con una cara como de «releches, al final todo sale como parecía que iba a salir». No me ha parecido un autor de un verbo demasiado original ni personal, sino que explota el típico estilo novelístico estadounidense del no-estilo, es decir, huyendo de retorcer el lenguaje, de explorarlo y explotarlo, de exprimirlo y deformarlo para transformarlo en una materia prima única. Esto, como ya he apuntado más arriba, aunque haga que el estilo carezca de originalidad, sin embargo hace que su lectura sea bastante facilona. No, esto último, repito, no es un defecto en sí. Pero no puede evitar que la novela parezca uno de tantos superventas que se aplastan unos sobre otros en las estanterías de cualquier tienda de un aeropuerto.

De todas maneras, y dado que he pasado unos buenos ratos con este libro, le daré otra oportunidad a Paul Auster, empezando su famosa trilogía de Nueva York, que creo que es la obra que más fama le ha reportado. Ya veremos si, en opinión de un indocumentado servidor, la fama es merecida o no. Resumiendo: ¿Lo recomiendo? Sí, para casi todo el mundo. ¿Debéis esperar encontraros con una novela única? Decididamente, no.

Propaganda

8 de January de 2009

1. G. M. Gilbert fue un psicólogo alemán que entrevistó a algunos acusados en el famoso proceso de Núremberg, que juzgó los crímenes cometidos por la cúpula nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Hermann Göring (o Goering), por su parte, fue el lugarteniente de Adolf Hitler y comandante supremo de la Luftwaffe (fuerzas aéreas alemanas).

Gilbert– Hay una diferencia. En una democracia, la gente tiene algo que decir al respecto mediante sus representantes electos, y en los Estados Unidos sólo el Congreso puede declarar guerras.
Göring– Oh, eso está todo muy bien, pero, con voz o no, el pueblo siempre puede ser arrastrado a los deseos de los líderes. Es fácil. Todo lo que tienes que decirles es que están siendo atacados, denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y poner al país en peligro. Funciona igual para todos los países.

Es curioso cuánta razón puede tener un nazi en ciertos momentos. ¿Os recuerda a algo? ¿A la invasión de Iraq bajo la hipnosis colectiva de que Sadam Husein, prácticamente en persona, había derribado el World Trade Center? Así se ha arrastrado a la guerra a la nación más poderosa de la Tierra.

O tal vez estábais pensando en algún sitio más cercano. En el típico discurso que hacen los políticos españoles: los catalanes nos hacen esto o aquello. Los vascos o los gallegos nos hacen lo otro. Y no, no se detiene ahí la cosa: en las tres comunidades autónomas citadas, los españoles nos odian o nos hacen lo de más allá. Por suerte, el país no es demasiado belicista, tal vez porque la última guerra que hemos vivido en carne propia nos ha empachado para siglos (aunque no a todo el mundo, habida cuenta de la cantidad de gente a la que no se le cae la Guerra Civil de la boca). Pero aun así sigue habiendo gente que se pega la gran vida a costa de vender a la gente ese discurso. La estulticia general nunca ha sido tan lucrativa como en este momento y en este lugar. Si alguien aún se está preguntando a qué partido político me estoy refiriendo, la respuesta, dicho en griego, espanta. Quiero decir, es panta.

La negrita es mía. La cita la he visto en este comentario en Menéame, y de paso os recomiendo seguir el enlace del meneo. Por cierto, navegando un poco para documentarme para este post me encuentro con este enlace: una página revisionista sobre el Holocausto, de estas que dicen que todo es un mar de patrañas. Dicen que todo está inventado y que en los procesos de Núremberg no hubo garantías para los acusados. A ver si me entendéis, yo no creo que deba ilegalizarse una forma de pensar o la simple emisión de estupideces por la boca y por el teclado; por otra parte, creo que hay pruebas del genocidio nazi sobre los judíos, gitanos y otras etnias como para cubrir el Everest. Pero me sorprende la candidez de estos chicos malos. ¿Juicio «con garantías»? En los juicios, se celebren donde se celebren, solo hay garantías para a) los que tienen dinero, o b) para los vencedores (caso del citado proceso).

2. Ha empezado el proceso contra el lehendakari Juan José Ibarretxe y contra el líder del Partido Socialista del País Vasco, Patxi López, por reunirse con una formación política ilegal. En varias tertulias políticas dicen muchas cosas, como que una condena a Ibarretxe y a López sería muy mala para la convivencia pacífica en este país (estoy de acuerdo). También se sugiere que la Ley de Partidos puede ser anticonstitucional (creo que es posible, no estaré de acuerdo ni en desacuerdo hasta informarme más sobre el tema). También cosas como que el diálogo con quien sea siempre es bueno, y que la simple fuerza policial no basta para acabar con una organización de criminales (me parece una estupidez; ETA ha dejado muy claro en demasiadas ocasiones que no está dispuesta a respetar un diálogo que incluya otra sílaba que «sí», y además hay muchas organizaciones criminales que han sido borradas del mapa simplemente con la represión policial, como los GRAPO).

Nadie parece acordarse de lo que en realidad sería bueno para la convivencia pacífica; de lo que de verdad sería un canto supremo de respeto a la Constitución; de lo que me podría hacer creer en el diálogo. Esto es: que la Ley debería ser la misma para todos, y que, nos guste o no, la forma más justa de echar a andar a una sociedad es la aplicación inflexible e igualitaria para todos los ciudadanos: los que siempre llevan traje y corbata y se sientan en los parlamentos y los que vamos en autobús.

Pero no: a todos los periodistas se les olvida eso. Que, ya se juzgue al presidente de una comunidad autónoma o al frutero, ya sea más o menos apropiada la Ley, ya se haya cometido el –presunto– delito con buenas o malas intenciones, si alguien ha incumplido una ley, ha de ser condenado. Así es como se nos juzga a los pobres. Cuando se empiece a hacer lo mismo con los ricos y los poderosos, cuando los periodistas, estos que van de izquierdistas, empiecen a pedirlo, yo me pondré una fecha límite para empezar a creer en esto de la democracia. De momento, para mí sigue siendo un cuento que les narro a mis alumnos por imperativo legal. Que yo no soy rico y más me vale hacer todo lo que la ley me ordene. Ale, los que quieran pelear, suyos son los comentarios.

Las fotos del año

7 de January de 2009

Una mujer llora, en el día de su boda, a su marido muerto en un terremoto en China.

El diario alemán Spiegel ha recopilado las fotos del año. No dejéis de mirarlas: descubriréis que 2008 ha dado de sí mucho más de lo que parece.

Mad as hell

5 de January de 2009

Hoy he pagado a Hacienda una multa de 150 euros, una vez aplicada la reducción por ingreso en período voluntario; el importe original era 200. El plazo voluntario finalizaba hoy. Pero aún tenía tiempo de interponer un recurso, creo que el plazo para ello era un mes. Sin embargo, si crees que los de arriba no llevan razón y recurres –lo que de ningún modo quiere decir que no estés dispuesto a pagar, si procede– y el recurso queda denegado, no se te aplica la bonificación. Hablando en plata: si osas pensar que tal vez te estén cobrando algo que no deben, y luego resulta que sí deben cobrarlo (o simplemente que te desestiman el recurso sin razones fundadas), te castigan. Moraleja: si te pedimos que pagues, paga. Si pides explicaciones pagarás más, así que lo mejor que puedes hacer es pagar y callar. Beeeee. Seguimos siendo el viejo estado del antiguo régimen, más antiguo que el régimen franquista, más que la Historia, donde unos están para mandar y otros estamos para obedecer y pagar. ¿Estado del bienestar? ¿Democracia? ¿Poder para el pueblo?

(La multa, por cierto, se me aplica por un defecto de forma. Resulta que durante un tiempo estuve escribiendo para Gizmodo como blogger contratado. Para ello tuve que darme de alta como autónomo y pagar los correspondientes impuestos, cosa que hice sin rechistar y muy contento, porque los hospitales no se construyen solos. Cuando dejé de escribir para ellos, pedí a mi asesor financiero que me diera de baja, cosa que hizo. Pero resulta que después de darte de baja en la Agencia Tributaria, tienes que hacerlo en no sé qué otro sitio, cosa que yo desconocía y que a él se le olvidó. Por lo visto, hasta hace nada nunca te multaban por ello, pero ahora con la dichosa crisis no se les escapa uno. Así que debo pagar veinticinco mil pesetas de mi trabajo por no haber entregado un papel, un papel que les dijera lo que ya les había dicho yo en otro papel, y cuya información por lo visto no puede volar de un ordenador a otro, porque aún no existe un sistema para compartir información entre varios centros informáticos, creo. A no ser que esa información sirva para sacarte los cuartos; en ese caso, la información sí vuela libremente.)

Mientras tanto se baraja la posibilidad de que el Gobierno decrete una amnistía y una rebaja fiscal para todos los sinvergüenzas que han estado evadiendo impuestos, al esconder sus capitales en Liechestein. No, que no os extrañe, ya el anterior gobierno socialista –socialistalo hizo, así que no sería la primera vez.

Y como toda esta gente ha eludido su obligación de mejorar, mediante los impuestos, la sociedad que los ha hecho ricos comprando sus productos de mierda, a los de clase media no nos dejan pasar ni una. Debe haber muchísimos asalariados pagando multas de 150 euros por ahí, porque de algún sitio hay que sacar todo el dinero que estos artistas, banqueros y empresarios les deben a la Seguridad Social, al Ministerio de Sanidad, al Ministerio del Interior, a nosotros, todos nosotros.

Está la ventaja, que al mismo tiempo es un inconveniente, del número. Los de clase media y los pobres (que somos los únicos que pagamos impuestos y multas y que ocupamos las cárceles) somos muchos, muchísimos más, somos legión comparados con las doscientas o trescientas basuras humanas a los que se pilla evadiendo impuestos. Así que, por un lado, arrebatándonos a todos sólo un poco de lo que ganamos levantándonos a las seis de la madrugada, pueden compensar los euros sustraídos que los otros cuentan en sus mansiones en Miami. Eso es una gran ventaja tanto para el Estado como para los ricos. Pero podría ser un inconveniente, ya que, como he dicho, somos millones. Con que fuéramos un poco más inteligentes que un mono de feria, de los que visten de legionario y tocan la trompeta, no les permitiríamos hacernos esto.

Pero para eso hace falta ser más inteligente que un mono de feria, de esos que visten de legionario y tocan la trompeta. Sigamos viendo OT y Física o Química. I’m as mad as hell.

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