Ars longa, vita brevis

Historia nacional de la infamia

28 de January de 2009

Intentaré ser breve, aunque ya sabéis que no es mi fuerte.

Para ser bueno y justo, a veces es necesario ser cruel. De esas cosas está hecha la vida: de emociones agradables y de sinsabores. Como decían en aquella película: si todos los días hace sol, ¿qué demonios es un día soleado?

El hombre es un animal libre, y todo lo que sea restarle parte de esa libertad contribuye a transformarlo en un psicópata. Ah, pero también es un animal preparado para convivir en pequeñas sociedades, y estas ciudades enormes hacen que nos volvamos locos. Por eso, cuando el grupo de personas es demasiado grande, es necesario hacer leyes, porque es casi imposible que entre cien mil personas quedemos de acuerdo en algo, lo hablemos y lo respetemos. Hasta aquí, todo bien. Decirle a un hombre qué puede y qué no puede hacer, aunque a todos los políticos –e incluso a algunos hombres– les parezca estupendo, es una barbaridad antinatural, pero es lo que hay: o eso, o te compras tu isla y allí haces lo que quieres.

El problema viene cuando nos entra esta especie de fiebre legisladora y queremos que absolutamente todo en esta vida esté reglado por una serie de normas, leyes, decretos y órdenes. No podemos funcionar así: no somos robots. Cuando te pueden poner una multa por estar hablando con unos amigos en la calle, o por negarte a enseñar tu documento de identidad cuando no has hecho nada y estás tan tranquilo… o, vamos un poco más allá: cuando te obligan a registrarte con un documento nacional de identidad obligatorio, y a llevarlo contigo cada vez que pisas fuera de tu casa, cuando cada clic que haces en el navegador de Internet queda registrado para su posterior utilización contra ti –en caso de que sea necesario, claro–; cuando pueden hacerte desnudar para tomar un avión para el que has comprado y pagado un billete, ya hemos traspasado la línea de lo que yo, en mi corto entendimiento, considero razonable y necesario para la vida en común con esos extraños seres bípedos que son llamados, comúnmente, el prójimo.

Pero vamos al pastel: ¿dar un bofetón a tu hijo es un crimen? No, creo, aunque a causa del guantazo el niño tropiece y se deje la dentadura en el bidé. ¿Es maltrato? Bueno, si entendemos maltrato como la acción encaminada a hacer daño, no hay duda: sí, es maltrato. Qué le vamos a hacer. Frío es el lenguaje. Pero ¿hay que hacer una ley para cuando una madre da un bofetón a su hijo? No respondáis aún, esperad un par de párrafos.

Todos estamos en contra de los bofetones. A nadie le gustan, ni siquiera a los que, racionalmente, defienden que a veces es la única alternativa para educar o para evitar un perjuicio al menor de edad. Bien. La mayoría piensa que lo mejor es el diálogo (aquí, casualmente, coincido con la mayoría), aunque no hay nadie que niegue que en determinadas circunstancias el diálogo es inoperante. Por ejemplo, cuando un niño de seis años se empeña en conducir su bicicleta por dirección prohibida esquivando coches. Ahí, después de haber hablado e intentado razonar con él cinco o seis veces, te das cuenta de que no va a hacer caso. Se presentan dos alternativas: bofetón o castigo. Los del bofetón que esperen un momento, vamos a mirar lo del castigo.

Podemos quitar al niño la bici durante un período razonable, como una semana, informándole de que la privación de su medio de transporte se debe a su terquedad. Después de esa semana, es posible que haya aprendido la lección. Tal vez no, y entonces puede que sea necesario extender el período de condena.

Suponemos que el castigo va a causar al niño un malestar psicológico, que lo va a hacer sentir triste y algo frustrado. Para eso lo hacemos, ¿no? No con el mero objetivo de que se sienta triste y frustrado, lo que podría considerarse una tortura, aunque mínima, sino con el fin de que cada vez que sienta el impulso de manejar la bicicleta por dirección contraria, se acuerde de esa tristeza y esa frustración, la tema, y se lo piense dos veces.

Ahora bien, ¿esto no es maltratar al niño? Le estamos haciendo un daño, aunque se lo hacemos por su bien. Pero lo hace sentir mal, como un bofetón, o más, o menos; pero es en todo caso un malestar cuyo objetivo no entiende y que lo hace sentir desgraciado, un poco, y lo hacemos por su bien. La diferencia entre un bofetón es que en el primer caso el malestar es psicológico, y en el segundo físico y en parte psicológico también.

Aquí alguno podrá argumentar que el castigo psicológico es aceptable –supongo que todos–, y algunos dirán que, mientras este lo es, el castigo físico no. Pero bueno, en la Ley contra la violencia «de género», ¿no se acepta el maltrato psicológico como un maltrato también, igual de punible que el maltrato físico? Ya, soy consciente de que el padre tiene el derecho y la obligación de educar y corregir a su hijo, y una mujer, como persona adulta y autónoma, no tiene por qué ser educada por nadie; pero creo que se entiende por dónde va la comparación.

¿Cuál es la solución? Y yo qué sé.

Tal vez la solución sea dejar de dar a los políticos el gusto por dirigir todos y cada uno de los pequeños actos de nuestra vida. El hombre funciona mejor cuando se lo deja en su medio de libertad natural: sin miedo a que a cada paso que dé pueda haber un poli leyéndole sus derechos antes de llevarlo a la comisaría. Porque todos sabemos diferenciar entre una madre que suelta un bofetón a su hijo después de que este le haya tirado una zapatilla a la cabeza y una desgraciada que da una paliza a su bebé o le apaga cigarrillos en los brazos, ¿no?

¿No funcionaría (funcionaba) mejor el asunto si no montáramos tanto circo por una simple hostia a destiempo?

8 comentarios en “Historia nacional de la infamia”

  • # MrBlonde dice:
    28 de January de 2009 a las 21:38

    El problema está, como en muchos otros temas en los que está la Justicia de por medio, en establecer la frontera entre una simple hostia y una paliza. Y como esas fronteras nunca están claras, pues a joderse y todo prohibido. Y luego con la excusa del civismo en Barcelona te pueden multar con 30€ si escupes en la calle, aunque tengas una mucosidad invasora trepando amenazante por tu garganta.

    Nunca me han caído bien los abogados.

  • # Reset Reboot dice:
    29 de January de 2009 a las 9:19

    Luego, entre que hay una gran cantidad de padres ocupadísimos por llenar los bolsillos de los empresarios, los que pasan de los críos y demás, si encima ahora no puedes utilizar el comúnmente conocido “Ultimo Recurso”, ¿qué queda de la educación infantil?

    Lo dicho, no me gusta nada que el Gobierno promulgue leyes “por mi propio bien”.

  • # Manuel dice:
    29 de January de 2009 a las 14:31

    Ayer mi hija de 2 años tras tomarse un vaso de leche, lo estrelló cotnra el suelo rompiéndolo en cientos de pequeños pedazos…

    Se llevó un par de azotes en culo, para que entienda que es algo que NO debe de hacer…

    ¿Soy un maltratador?… pues no se… ¿podía haberle explicado que eso no se hace?… pues el caso es que ya se le había explicado en un intento anterior que no había salido adelante, y por lo sucedido ayer está claro que no valió de nada.

    Y es que por mucho que muchos demagogos nos quieran hacer creer lo contrario, los niños son niños, y no tienen la capacidad de razonamiento de un adulto o un adolescente… ellos actúan movidos por otro tipo de motivaciones, y su apreciación de lo que está bien o no, o incluso los peligros derivados de una acción (rompe el vaso, se puede cortar o incluso llevarse a la boca un cristal) le son ajenos.
    Y por ello, y no porque un padre/madre sienta un insano placer en ello, es por lo que es necesario un azote para que entienda, en ese momento y asociando la acción al castigo, que lo que ha hecho no debe volver a hacerlo.

    Y lo del caso del niño que se golpeó contra el lavabo… un mero accidente, de los miles que pueden acontecer en tu hogar. Ese mismo golpe se lo podía haber llevado por estar detrás de su madre y empujarle esta al darse la vuelta sin querer…
    Obviamente, la inmensa mayoría de padres (por no decir todos, porque igual alguno contrario hay) no desean abrirle la cabeza a sus hijos bajo ningún concepto.

    Y la verdad, el castigo psicológico me parece mucho más duro y peligroso que el físico.
    Mi hija tras llevarse un azote y poner cara de pena durante un instante, vuelve conmigo o con su madre sin problemas… y enseguida se le pasa el malestar por el azote, volviendo a ser la niña ruiseña de siempre.
    Sin embargo, un castigo psicológico puede dejar marcado a un niño por mucho tiempo, o incluso para siempre…

    Como ejemplo… si recuerdo algún momento de mi niñez, los momentos en que mis padres me podían castigar en mi habitación, o negarme un abrazo por haber hecho alguna ‘maldad’ me resultan aún duros en comparación con algún azote que me pudiesen dar.

    Los políticos que se dediquen a cosas más importantes y graves, y se dejen de demagogia. Ya me gustaría que pusieran el mismo empeño en acabar con la corrupción en las Administraciones Públicas, que ponen en estos temas tan televisivos.

  • # Pris dice:
    29 de January de 2009 a las 21:45

    Yo creo que el problema no es “hostiejas SÍ u hostiejas NO”, sino “hostiejas, ¿cuándo SÍ y cuándo NO?” Hay que saber cuándo pegar, es mucho más productivo que decir YO PEGO o YO NO PEGO.

    Por ejemplo, yo recuerdo con total claridad cuándo me llovieron hostias en casa por actos que yo realicé sin entender sus consecuencias negativas, porque ni siquiera me las explicaron. O no me dejaron defenderme y argumentar mis razones para actuar de una u otra manera. O yo no era culpable del caso, pero tampoco era una chivata. Otras veces, no me llevé la hostia y la merecía. O me pegaron y comprendí que la merecía… No sé, el universo de la hostia en casa daría lugar a todo un ensayo.

    Yo sé que cuando tenga chiquillos voy a tener la mano más bien ligera, porque en clase hay momentos en los que si el crío fuera mío, le habría reventado los morros en el acto sin titubeos.

  • # Pris dice:
    29 de January de 2009 a las 21:54

    Por otra parte, yo con mis hermanos rememoro las hostias maternas con cariño y nostalgia. Y nos partimos de risa cuando sacamos el tema rememorando los momentos estelares de mi madre. Por ejemplo, el pasillo de mi casa de entonces era larguísimo y, cuando venía mi madre a zurrarnos por la noche porque no nos dormíamos y estábamos de conversación, risas y ruidos; desde que empezaban a oírse los pasos lejanos que iban in crescendo hasta que llegaba a nuestra habitación, podrían pasar 8 segundos. Recuerdo esos segundos como interminables pues era indescriptible lo que sentías por el cuerpo con la banda sonora de fondo de esos pasos terroríficos que anunciaban la paliza que se avecinaba: el estómago se te encogía, el cuerpo se ponía rígido, el corazón se paralizaba y la respiración desaparecía. Cuando la zapatilla empezaba a repartir… era a la vez, alivio y tormento. Y ya nadie volvía a piar en toda la noche.

  • # Farándula dice:
    30 de January de 2009 a las 23:24

    Pues me van a tener que permitir entrar en este blog como un elefante en una cacharrería para disentir de lo que veo opinión mayoritaria.

    No entiendo por qué lo que no se permite en la sociedad que un adulto haga a otro, despierta tanto debate cuando se trata de hacer eso mismo a un niño, que está en una situación de indefensión mucho mayor.

    Ya que hablamos de leyes y convivencia llevemos el ejemplo a nuestra vida diaria: como se ha dicho, existen normas que deben cumplirse, muchas veces por nuestro propio bien aunque nosotros no le veamos la gracia (p.ej. los límites de velocidad en carretera). Cuando estas normas no se cumplen el padre, la autoridad (encarnada en los agentes de la ley, vamos, la poli) nos quita la bicicleta (multa) o nos castiga sin salir (prisión).

    Creo que en este país nadie defiende hoy día que la policía deba tener vía libre para el castigo físico ejercido según su criterio. Cada vez que un policía pega a alguien, da igual si es un cachete o una paliza, se arma la de san quintín. Nadie lo justifica aunque el agredido sea el mayor cabrón que ha parido madre, nadie argumenta que el policía es un ser humano cuya paciencia tiene límites, ni que lo hizo como último recurso. Ningún juez le dará la razón (salvo que fuera para salvar la vida y debe demostrarlo), porque toda autoridad implica el riesgo de su abuso y debe eliminarse cualquier resquicio legal que pueda dar pie a ello.

    Descontando el factor autoridad, la ley sigue siendo la misma, no puedes darle un tortazo, aunque te sobren motivos, al vecino que pone música a todo volumen de madrugada, es más, ni siquiera puedes insultarle, podría denunciarte.

    Entonces, ¿en qué clase de doble moral nos estamos amparando para permitir que un padre pegue a una criatura de dos años por romper un vaso?

    Calentones los tenemos todos y hay situaciones que nos desbordan, porque a ser padres no nos ha enseñado nadie (tengo una niña pequeña y yo también las he vivido muchas veces). Pero eso no justifica que recurramos a la violencia física, por leve que esta sea, como método didáctico. Precisamente porque nosotros somos los adultos, nosotros somos la autoridad y nosotros debemos dar ejemplo de aquellos valores que pretendemos inculcar. ¿Con qué cara le voy a decir a mi hija que no pegue a otros niños si yo misma hago justamente eso para castigarla? A veces hay que respirar hondo, contar hasta diez y reaccionar a las cosas en su verdadera medida.

  • # julifos dice:
    31 de January de 2009 a las 10:36

    Yo dejaría que un poli me pegase si yo pudiese también pegarle a él. Eso molaría. Si él gana la pelea, te lleva al talego. Si no, le quitas la porra y te vas a tu casa 😉

    Por ahora, cada vez que me han puesto la música alta o la he puesto yo, ha solido bastar con un “por favor, baja la música” (sueles añadir que hay alguien enfermo en la casa, habitualmente un niño pequeño o un moribundo). Si no, siempre puedes llamar a la pasma. Otra cosa es que venga…

    Con los niños, algunas veces también basta el “por favor bla, bla, bla porque bla, bla, bla”. Otras veces no. En ese caso suelen venir las amenazas (con castigar). Y, después, el castigo.

    Hay niños y niños. Uno de los que tengo, cuando se le cruzan los cables, no atiende a razones. No acepta la explicación, la amenaza ni el castigo ni nada que le propongas. Contar hasta diez está muy bien si no tienes otra cosa que hacer. Pero si quieres evitar que el niño se tire a la carretera o en una pota de una señora yonqui, hay que ser contundente. ¿Según tú es violencia pescar al niño del brazo y llevártelo a rastras a casa? Te aseguro que le duele y se le pone el brazo colorado, igual que si le das una bofetada. Son las propiedades de la carne. A veces puedes perder esos diez minutos y esperar a que el niño entienda que no tiene otra salida más que la que tú le ofreces. Eso, para mí, es lo mismo que lo otro. El niño hace lo que tú quieres. La primera manera es más expedita. Se la recomiendo al que llegue tarde al colegio (en mi cole, si llegas tarde ya no entras, directamente). La segunda me parece más terrible, según se mire. El niño llega a la conclusión, por sí mismo, de que él no es “nadie” para decidir si se quiere comer o no un helado, con independencia de si es o no la hora de comer, cosa que a él se la respampinfla.

    A mí me han pegado poco y tampoco me han castigado demasiado. Y de los casos que conozco, prefiero a los padres que te pegaban un guantazo, y no a los que te “hacían comprender” a base de dejarte todo el día metido en casa, sin tele y sin amigos y haciendo los deberes, tipo “en el cuarto de los ratones”. Se me ponen los pelos como escarpias.

    Hoy estoy un poco espeso. Estas explicaciones que doy son una mierda.

  • # juliano dice:
    28 de September de 2010 a las 16:10

    Este es un mensaje para Pris, me encantaria hablar con ella, porque ha defeinido como nadie la sensacion previa a una azotaina , mi correo es wero23@ozu.es

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