Ars longa, vita brevis

¿Está Ud. de broma, señor Feynman?

26 de January de 2009

Bajo este título se narra, con un estilo que engancha desde el principio, una especie de autobiografía de Richard Phillips Feynman, físico estadounidense, músico aficionado, profesor de universidad y una de las mentes más dotadas que ha dado la ciencia en el siglo XX.

A lo largo de las páginas del libro Feynman da un repaso –a través de otra persona que recoge sus charlas– a algunas de las anécdotas más interesantes y graciosas de su vida, desde su infancia, cuando arreglaba antiguas radios de válvulas ante el asombro de todos, hasta un momento no muy bien determinado de su vida madura. Feynman participó en el famoso Proyecto Manhattan, mediante el cual algunos de los científicos más brillantes de los Estados Unidos, vigilados –coordinados, decían ellos– por el ejército, diseñaron las bombas atómicas que arrasaron las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

La parte dedicada al Proyecto es bastante divertida. Feynman, en ese momento, era un apasionado de los cierres de seguridad y el arte de la cerrajería, y demostraba día tras día a sus superiores que toda la seguridad del complejo de Los Álamos era en realidad bastante endeble, y en varias ocasiones esta habilidad estuvo a punto de causarle problemas. Por suerte, los espías del momento no eran tan hábiles ni estaban tan al tanto de los fallos de seguridad, y menos mal, porque si no podría haber sido que Hitler hubiera tenido la bomba primero. ¡Glups!

También se hacen muy amenos los capítulos en donde Feynman cuenta su estancia en Brasil como profesor invitado, su afición a tocar el tambor e incluso su participación en grupos de samba. Está claro que Feynman no era el típico nerd que cualquiera podría imaginarse cuando se habla de un científico superdotado (gafas de pasta con la patilla pegada con esparadrapo, camisa de manga corta con corbata y un forro interior de plástico en el bolsillo para protegerla de la tinta de los bolígrafos), sino una persona que, si bien en cuanto pensaba en física el resto del mundo a su alrededor desaparecía, era capaz de disfrutar de muchas otras cosas de la vida: el baile, la pintura, la música, etc.

Solo hay una cosa que a veces me exaspera de Feynman: cuando no entiende algo, o no le interesa, le niega todo interés y toda lógica. Un ejemplo de esto es la filosofía. Después de algún encuentro, o desencuentro, con un grupo de filósofos paletos, llega a la conclusión de que la filosofía no tiene ningún sentido, lo que es una lástima, porque creo que una mente tan asombrosa como la de este hombre podría haber dado unos buenos frutos a la ciencia de las ciencias. Pero no se puede tener todo en esta vida. Y a menudo, los genios son unos completos ineptos en los campos que no son de su interés. Mozart era un personaje aniñado, Einstein, un despistado casi absoluto, y Quevedo era una persona capaz de desarrollar una maldad y un rencor proverbiales.

No es infrecuente encontrarse esta misma actitud en mentes mucho más pequeñas que la de Feynman. Casi todos los que hemos estudiado letras hemos tenido que padecer, en la época de instituto, compañeros que tiraban por las ciencias y que constantemente insistían en el viejo prejuicio de que las letras son fáciles, son para gente fracasada, no inteligente o vaga. Y, lo peor, es que este prejuicio ha sido alimentado a lo largo de los años de profesores de ambas disciplinas, la de las ciencias naturales y la de las ciencias humanas. Los profesores de ciencias, diciendo a sus alumnos día tras día que lo suyo era lo único que merecía la pena, y menospreciando a las humanidades; los de letras, bajando el nivel de exigencia año tras año, hasta convertir la mayoría de las asignaturas de letras en auténticas marías a las que se iba la gente que no quería estudiar mucho, pero tampoco quería ponerse a trabajar.

Semejantes enanos mentales tenemos, en número considerable, en nuestros centros de enseñanza. Profesores que desprecian una gran parte del saber, precisamente la que tiene que ver con ser humanos. ¡Qué país! Por suerte, casi siempre las mentes grandes para la ciencia son, simplemente, mentes grandes, y admiran y respetan la grandeza de la obra humana tanto como la de la obra natural –divina, dirían algunos–. Desde Aristóteles hasta Clarke, recientemente fallecido, casi toda la gran ciencia ha sido desarrollada por mentes abiertas, generosas, y capaces de disfrutar con la belleza del baile del cosmos y con la de la destrucción de la Ilíada. Después ha habido siempre, y seguirá habiendo, cerebros pigmeos que se cierran ante todo lo que no sea su escaso –aunque especializado– entendimiento y acaban, por muy listos que se crean, de profesores de instituto. ¡Qué país! ¿Lo he dicho ya?

Lamentablemente, en España, la filología no es considerada propiamente una ciencia, en gran parte por culpa de los filólogos. Nos empeñamos en no tratar los versos con la fría vista del que mira por un microscopio, y explicamos los poemas como si fueran una especie de truco de magia, queriendo que se entiendan cosas que no dice la observación y la catalogación, sino el furor cuasi divino. Sin ir más lejos, en el mejor manual existente sobre la historia de la lengua española, una obra monumental y que todo el mundo debería tener en su estantería junto a El origen de las especies de Darwin, Rafael Lapesa sostiene astracanadas como que el castellano se impuso en la Península sobre otros dialectos latinos por su fuerza viril (sic, o casi). ¿Así pretendemos que se respete lo que estudiamos y enseñamos?

En la carrera no me dieron prácticamente ninguna formación científica. Y eso que era imprescindible para varias de las materias que se enseñaban, desde la fonética (donde había que leer extraños espectogramas, similares a las líneas ascendentes y descendentes que escriben los sismógrafos) hasta la lingüística matemática y computacional, que diseña procesos de compresión de la información (sí, también en los ordenadores), realiza estadísticas de palabras y sintagmas y programa software de traducción automática. ¿Quién creíais que hacía eso, los ingenieros informáticos? Sí, por supuesto; con la ayuda imprescindible de los filólogos. De los filólogos extranjeros, estadounidenses, por ejemplo, a quienes gente como Chomsky les enseña a ver el estudio de la lengua como lo que es: una ciencia. Pero estoy divaganado…

Por este grave déficit en mi formación científica, a pesar de la cual tengo un título universitario, siempre procuro leer varios libros de divulgación científica al año. Porque todo es maravilloso, amigos: desde el primer latido del Big Bang, hasta la primera línea de Cien años de soledad, todo maravilloso. ¿Creéis que merece la pena perderse cuaquiera de las dos cosas por la pobre y mezquina emoción de sentirse mejor que el compañero de pupitre? Bah.

Os recomiendo el libro, simplemente como una obra de entretenimiento, porque todo está narrado con una soltura y una simpatía que se contagian; o porque conocéis la persona de Feynman y queréis conocer el personaje; o porque os gusta la historia, o la ciencia. En cualquier caso, exceptuando algunos pasajes que son algo oscuros a los que en esto de la ciencia somos solo aficionados, todo el libro se lee con gran disfrute y aprovechamiento. Leed y disfrutad, este libro o cualquier otro.

5 comentarios en “¿Está Ud. de broma, señor Feynman?”

  • # Antonio dice:
    26 de January de 2009 a las 22:26

    Completamente de acuerdo. Nunca he creído eso de las letras y las ciencias. Hay personas inteligentes, curiosas, esforzadas, mediocres, estúpidas, etc. al margen de cualquiera que sea su dedicación académica. En mis recomendaciones lectoras, siempre incluyo libros de divulgación científica (por cierto, recomiendo “Como al león por sus garras”), pues considero que quien desdeña la ciencia no puede considerarse culto en ningún sentido.
    Un saludo.

  • # MrBlonde dice:
    27 de January de 2009 a las 0:17

    ¡Ay, cuánto me gustaría dominar ese puente entre informática y lengua! Tendré que cogerme la optativa de mi carrera de “Procesamiento del Lenguaje Natural”, que creo que va del tema.

    Lástima que los análisis literarios se me han atragantado siempre, si no incluso me interesaría estudiar filología.

  • # Miguel dice:
    27 de January de 2009 a las 9:48

    Creo que tienes mucha razón, la lucha letras/ciencias es
    estéril y miope. Has hecho bien en resaltar la parte
    científica de las letras y por otra parte no hay que olvidar la
    parte cultural de la ciencia, que también sugieres.

    Debería ser tan inconcebible que alguien diga que
    no sabe matemáticas elementales porque es de
    letras
    como escudarse en ser de
    ciencias
    para no saber un mínimo de historia,
    filosofía o literatura. Para mí, igual de incultos. Una
    pena que quieran perderse lo fascinante de el otro lado
    que, como comentas, a veces no es tan
    otro

  • # néstor dice:
    4 de January de 2010 a las 9:08

    Ciencia: el mejor campo del saber. Universal, experimentable y por tanto refutable o comprobable, sólido, matemáticp y nos brinda el conocimiento de la Naturaleza para poder crear tecnologías que mejoren nuestra vida en esta hermosa Tierra.

    Filosofía: no creo que la vida de nadie se haya mejorado por las cavilaciones de algún filósofo. Tiempo mal gastado a mí parecer.

    Letras, arte, ciencias humanas: como pretendes estudiar algo que básicamente tiene como fundamento la SUBJETIVIDAD del ser humano? Cada quien entiende lo que quiere por “un bello poema”, “una buena novela”, “una soberbia composición musical”… asi que no me hables de estudiar eso por favor. Cada quien tiene su manera de interpretar esas cuestiones.

  • # dan dice:
    15 de June de 2010 a las 21:59

    el amor a la ciencia hace grandes a los hombres.
    la ciencia libera

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