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La Lengua » 2008 » November

Ars longa, vita brevis

¿Está tu gato planeando asesinarte?

13 de November de 2008

Un gracioso –y útil para tu supervivencia– artículo que te ayudará a saber más sobre tu mascota: Cómo saber si tu gato está planeando asesinarte. Está en inglés, y si entendéis ese idioma, os recomiendo que leáis el artículo original; los dibujos son tronchantes. Para los que no, aquí hago una chapucera traducción de las pistas:

1. Amasarte (N. del T.: es una costumbre de los gatos: se suben a tu pecho y empiezan a empujar alternativamente con ambas patitas): Puede que pienses que tu gato te está mostrando su afecto, pero en realidad está comprobando la vulnerabilidad de tus órganos internos.

2. Escarbar demasiado en su caja de tierra: Después de usar su caja, tu gato se pasa un rato escarbando obsesivamente, esparciendo la tierra por todo el suelo alrededor. Está practicando para enterrar cadáveres.

3. Competición de miradas: Si te topas con una competición de miradas contra tu gato, no desvíes la vista. Lo interpretará como un signo de debilidad y aprovechará para atacarte muy pronto.

4. Traerte animales muertos: No es un regalo. Es una advertencia.

5. Comer hierba: Con este doloroso proceso que les sirve para purgarse, los gatos se entrenan mental y físicamente para el combate.

6. Esconderse en lugares oscuros y observarte: Los gatos se esconden a menudo para observar tu comportamiento en tu hábitat natural.

7. Dormir encima de tus aparatos eléctricos: Los humanos tenemos una tecnología superior. Tu gato lo sabe y hará todo lo posible para romper tus comunicaciones con el exterior.

8. Golpearte con la pata en la cara mientras duermes: Los gatos no son muy diestros asfixiando a las personas, pero ello no les impide intentarlo una y otra vez.

9. Salir a la velocidad de la luz de una habitación en cuanto tú entras:
Cuando tu gato hace esto, lo que es en realidad es una emboscada fallida.

Violencia en las aulas

12 de November de 2008

Dibujo de Francisco de Goya

Quienes seguís habitualmente La Lengua sabéis que no suelo quejarme de mis alumnos. Lo cierto es que más bien los compadezco: estudian en unas circunstancias bastante lamentables, que no son responsabilidad de nadie y de todos. Unos padres despreocupados, una sociedad que no valora la educación –en todos los amplios sentidos de la palabra–, unos profesores que a menudo no realizan su trabajo con profesionalidad, una administración que trabaja día a día por que los ciudadanos sean cada vez más incultos, un sistema económico que les demuestra que gran parte de lo que aprenden no sirve para nada, y que, de mayores, el triunfador va a ser el empresario despiadado o el jeta que aparezca en la tele diciendo marranadas, y no el que haya demostrado un esfuerzo y una dedicación al trabajo bien hecho. También es en parte culpa de los alumnos, claro. Y no hablo de todos los alumnos, como no hablo de todos los padres ni de todos los profesores ni de toda la sociedad, aunque sí de todos los políticos y de todo el sistema económico.

Pero en fin, ese es el caso: mis alumnos me dan más satisfacciones que disgustos, y eso que la enseñanza no es mi vocación ni mi empleo soñado, a pesar de tener un buen horario, un sueldo bastante decente (al menos en Melilla) y unas vacaciones que parecen salidas de un cuento de fantasía. Jamás he sufrido un ataque violento por parte de ninguno de mis alumnos, y tampoco mi vehículo, ni mi casa, por mucho que cuando me preguntan cuál es aquel o dónde está aquella les respondo con total sinceridad, aun diciéndoles que en realidad no es asunto suyo. Y recuerdo, quizás, un insulto. Pero eso, en cuatro cursos y medio de experiencia, y habiendo trabajado en varios institutos –incluyendo el que peor fama tiene de toda la ciudad, y con los peores alumnos–, es lo mismo que decir nada, a juzgar por lo que oigo de mis colegas. Por otra parte, el 99,5% de los alumnos con los que he tenido algún encontronazo no eran alumnos míos. Pero también suelo llevarme bien con aquellos que no sufren mis clases, suelo hablar con ellos, y ellos me preguntan cosas, y nos caemos bien, o esa impresión tengo. Esa es mi idea de una sociedad, y un instituto de Secundaria es una sociedad. Pero sí, hablando con mis compañeros, me doy cuenta de que soy un afortunado, aunque algunas de las razones no las sé y otras prefiero callarlas.

Otra cosa es que aprendan algo, en lo que pongo todo mi empeño con las herramientas de que dispongo. Pero, en el peor de los casos –y he tenido alumnos de Secundaria que eran casi analfabetos–, me conformo con hacer que les entre curiosidad y con que descubran que el conocimiento no es algo aburrido y carcelario, sino una de las fuentes de satisfacción más baratas y maravillosas que existen.

Sin embargo, no puedo cerrar los ojos ante la realidad, y conozco casos de profesores que sufren vejaciones, insultos, amenazas e incluso agresiones de sus alumnos, y aun de los padres de estos. Y es algo que me parece absolutamente intolerable, y que no comprendo cómo toda una sociedad lo permite. Porque la primera, y a menudo la única, fuente de autoridad que conocen los alumnos aparte de sus padres son sus profesores. Y si un mocoso, dicho sea con todo el cariño, no muestra respeto ni reconoce a una autoridad, cuando sea adulto no reconocerá ninguna, y se convertirá en el prototipo de español predominante por los siglos de los siglos: un adolescente de 18 a 65 años que únicamente mira por el interés propio y que no ve ninguna bondad en el bien común, y que piensa que las normas, las que hay justas, que haberlas haylas, son impedimentos para su hedonismo, y no directrices que permiten que un montón de seres humanos vivan juntos sin que acaben liándose a tiros. Por eso la sociedad, los que son padres y los que no, debería tener entre sus primeras preocupaciones que los institutos y los colegios fueran edificios donde el respeto mutuo es la constante y donde todo el mundo trabaja empujando en la misma dirección: para que esos chavales que graban con el teléfono a sus profesores mientras les bajan sus pantalones no acaben con veinte años quemando a mendigos en los cajeros automáticos para echar unas risas.

El origen del problema es múltiple. Los gobiernos trabajan para que las empresas obtengan los máximos beneficios, y esto tiene algunas contrapartidas. Por ejemplo, que para que una pareja pueda criar a 1,3 hijos en un apartamento de 45 metros cuadrados, deban estar trabajando ambos durante diez horas diarias, sin tener tiempo, fuerzas ni ganas de educar a sus hijos. Porque la educación nunca se ha dado en la escuela. Es más, creo que la escuela es absolutamente incapaz de proporcionar educación a una persona. ¿Cómo vas a enseñar a comportarse a una persona en la escuela? Eso estaría bien para convertir a las personas en robots, o bien para educar a robots. Pero hasta ahora, salvo en la ciencia-ficción, no se ha logrado semejante maravilla, y además no tendría sentido.

La asignatura de Educación para la ciudadanía, que me parece muy interesante por sus contenidos, socialmente es en mi opinión una desvergonzada burla de los políticos y los agentes económicos a toda la sociedad. A un chico de trece años no vas a enseñarle que hay que respetar al compañero o que hay que tirar los papeles a la papelera, aunque haya que caminar dos metros, en lugar de al suelo. Si su padre escupe en la calle y vacía el cenicero por la ventana, por mucho que tú le digas otra cosa, ¿qué vas a lograr? ¿A quién va a hacer caso, a quién va a imitar? ¿A su padre o a ti? ¿Desde cuándo los alumnos han tomado a sus profesores como modelos de comportamiento?

No, el alumno que llega a la Educación Secundaria tirando papeles al suelo, insultando a sus compañeros o pensando que una mujer es una máquina sexual-procreadora, ya está perdido en la mayoría de los casos. Es muy triste decirlo, pero es lo que pienso. Puedes, a fuerza de amenazas y castigos, lograr que tire el papel en la cesta cuando piense que lo estás mirando. No porque le moleste verlo en el suelo, sino porque le molesta que lo pongas a copiar. En cuanto esté libre de miradas policiales volverá a tirar el dichoso papel en medio de la calle. Si su padre lo hace, ¿cómo puede estar mal? Si todo el mundo tira papeles al suelo, ¿por qué él va a tomarse la molestia? ¿Para ser bueno? Y, llegados a este punto, cabe recordar que el castellano es, que yo sepa, el único idioma en que «bueno» y «tonto» son sinónimos.

Volviendo al caso de la violencia: ya tenemos a un alumno irrecuperable, que habla a sus profesores sin respeto cuando ellos le hablan con él, que los amenaza y que llega a pegarles. ¿Qué hacemos? El sistema, la Ley, permite que los centros educativos se encarguen de la disciplina. Pero en todos los casos, prima el derecho del alumno a su educación. Esto es bueno, por supuesto. Pero trae conflictos. ¿Y cuando por defender el derecho de un alumno a su educación, quitamos ese derecho a sus compañeros, ya que la conducta del primero impide el normal desarrollo de una clase? ¿Por qué no se tiene el mismo celo en la defensa de la educación de los alumnos buenos? ¿Cuánto debe el sistema aguantar a un alumno que no solo muestra desprecio por su propia educación, sino por todas las personas y los materiales que trabajan y se esfuerzan en lograrla? ¿Y qué se hace con los padres? Tengo muchas preguntas, pero pocas respuestas (y van al final del post).

Y ahora abordemos el asunto desde otro punto de vista. Los profesores son trabajadores. Algunos de ellos, afortunadamente pocos, se ven obligados a trabajar con otras personas –los alumnos–, algunas de las cuales los insultan, ofenden y agreden, a ellos y a sus posesiones o familiares. Cuando digo «obligados» me refiero a esa palabra con su pleno significado, ya que, como he dicho, el bien supremo es que el alumno esté escolarizado, como mínimo, hasta los dieciséis años (lo que a menudo coincide con 1,80 de estatura y 80 kilos de músculo y mala leche). ¿Tiene un profesor la obligación de aguantar eso? ¿Qué pasaría si un trabajador denunciara que la gente con la que trabaja la somete a continuos insultos y amenazas? ¿El juez le diría que se aguantase y volviese a su trabajo o lo dejara, o bien metería un crujido a la empresa en concreto, y a sus compañeros, que los dejaría temblando, mediando indemnizaciones, multas y quién sabe si penas de prisión? ¿Por qué casi todo el mundo asume que dentro del oficio de profesor está la necesidad de aguantar faltas de respeto y cosas peores? ¿Por qué hay gente que incluso cree que lo llevamos en la nómina, a pesar de que leo la mía del derecho y del revés y no encuentro ese concepto?

Pocas respuestas: yo creo que debería empezarse por hacer una reflexión en profundidad. Obligar a los padres a que trabajen y a que pierdan el tiempo de educar a sus hijos, como es su derecho y su obligación, es algo contra natura. Todos, los cuarenta y tantos millones, debemos empezar a darnos cuenta de que esto está dejando de parecerse a una sociedad, y empezando a identificarse con una factoría de dimensiones pantagruélicas donde los pequeños son poco más que un estorbo. Y si la cosa sigue yendo a más, en lugar de a menos, llegará realmente un día donde no merezca la pena vivir aquí, y sea mejor vivir en medio de África, sin vacunas y sin teles planas.

También es necesario responsabilizar a los padres. Que paguen multas cada vez que su hijo comete un delito de amenazas o agresiones (que el menor no sea responsable legalmente no significa que sea incapaz de delinquir). Y luego que el padre se ocupe en casa de que su hijo no vuelva a hacerlo más.

Y para ello es necesario reflexionar sobre la Ley del menor. Que no sea tan demagógica y tiránica. Que a un padre no lo puedan denunciar por cruzar la cara a su hijo, aunque sea un acto que me repugna. Que los hijos no teman a sus padres, pero que tampoco sea al revés. ¡Y os prometo que conozco casos!

Y también, nosotros, los profesores. Que nos esforcemos cada día un poco más y que recordemos que nuestro objetivo es trabajar para la enseñanza de los alumnos, y no para que el mes pase lo antes posible y agarrar los billetes. No seamos españoles de toda la vida. Si nos creemos que nuestra labor es tan importante, sí, que se refleje en los sueldos y en las vacaciones, pero que nosotros seamos los primeros que le demos importancia.

Probablemente no tenga la solución perfecta para esto, ya que si fuera así, tal y como está el mundo me suicidaría metería a político. Pero creo que son buenos puntos de partida. Opiniones: comentarios.

OTROSÍ DIGO PRIMERO: Hoy me han venido a clase unos alumnos de 2.º de la ESO (unos 13 ó 14 años) con un papelito sobre una huelga que algunas asociaciones juveniles y estudiantiles han organizado, para protestar por la semana laboral de 65 horas. Me han dicho que el día 20 no piensan venir a clase porque harán huelga. Les he explicado que me parece bien, pero que hacer huelga no es pasarse la mañana rodando en la bici o jugando a la pley. Les he explicado el tema de las 65 horas –al principio estaban asustadísimos, porque creían que los iban a meter todas esas horas en el instituto–, y también que se informen para ver si realmente tienen derecho a la huelga. Y que la huelga es un derecho, pero la educación también, pero no se renuncia a un derecho para jugar al Pro; se renuncia a un derecho (el de ir a clase) para exigir otro (que no añadan aún más horas mal pagadas a la semana laboral).

OTROSÍ DIGO SEGUNDO: Me viene a la mente, también, el famoso Plan Bolonia. Pretende, entre otras cosas, y si lo he entendido bien, crear un marco europeo donde las carreras universitarias sean más útiles, y mejor enfocadas al futuro laboral.

Lo cual me parece estupendo, pero me hace entristecerme por un motivo. Todo el mundo piensa que las carreras deben ser más prácticas, y enseñar más cosas de las que hay que utilizar luego cuando se es abogado, ingeniero u odontólogo. Y es lógico. Pero, como todos los trabajadores, incluidos los titulados, saben –sabéis–, el 90% de tu trabajo lo aprendes una vez estás trabajando. Para casi cualquier cosa, podrías haberte ahorrado la carrera y haberte tirado, digamos, un año en prácticas, aprendiendo con algún profesional experimentado. Claro, esto no es siempre así, ya que es difícil pensar que un ingeniero aeronáutico que está montando los aviones en los cuales meto mi trasero pueda aprender bien su oficio en un año mirando a otra persona. Pero ¿cuántos de los conocimientos adquiridos en Economía usa un banquero? ¿Y cuántos de su carrera un psicólogo? ¿Y un abogado, necesita conocer el Derecho romano? Hay gente que lleva este razonamiento hasta los institutos, y no solo los alumnos, sino también los padres de estos: ¿para qué quiere mi hijo aprender Historia, Filosofía, Literatura, Matemáticas? ¿Para qué le servirá?

Vale, es verdad. Pero también digo: las universidades no están únicamente para formar proletarios de cuello blanco. Forman a gran parte de la élite cultural de una sociedad –aunque se puede ser muy culto sin tener una carrera universitaria; mi padre es probablemente la persona más culta que conozco, y no acabó la carrera–. El país es tan culto como lo sean sus universitarios. Y yo quiero un país culto.

Si tiramos hacia el lado contrario, volveremos, como de hecho estamos haciendo, a la Edad media. Habrá un montón de gente muy especializada en su trabajo, desde panaderos o zapateros hasta ingenieros y cirujanos. Pero no habrá nadie con cultura, más que unos pocos monjes que se encargarán de conservarla. Pero nadie irá nunca a obtener cultura, ya que no sirve para nada, y además lo que no se conoce no se desea. Volveremos a ser una sociedad de gente trabajadora y analfabeta en un porcentaje cercano al 100%. Trabajadores sumisos al poder feudal, que nunca se plantearán el cambio porque no tienen cerebro para ello. Y luego habrá una pequeña secta de esforzados conservadores de la cultura, como los monjes cristianos o los copistas musulmanes durante la España del Medievo.

A mí me parece muy triste, pero desde mi celda puedo oír los gritos orgásmicos de los políticos del futuro.

OTROSÍ DIGO SEGUNDO (bis): Al parecer, para ser profesor, en un futuro habrá que hacer (después del período universitario equivalente a la licenciatura, llamado grado) una especie de doctorado de dos años, conocido como máster. En principio no me parece mal: los profesores estamos muy mal formados como docentes, y conozco muchos casos de gente muy culta y preparada en su especialidad que, simple y llanamente, no tiene ni idea de enseñar a los jóvenes. Y conozco también casos de gente ignorante que enseña de maravilla. Lo malo es que no tienen nada que enseñar. Pero no podemos dejar la calidad de la docencia al talento natural de cada cual, eso sería un desastre.

Pero el otro día salió una señora en la tele (creo que era diputada de algún partido) diciendo que el máster va a estar muy bien, porque eso propiciará que solo se planteen ser profesores los que realmente sientan la vocación.

Y yo me cabreo: ¿por qué es necesario ser profesor por vocación? Yo creo que soy un profesor relativamente bueno, y mi vocación es tocar la guitarra y jugar a Gears of War en la Xbox. Lo que queremos, creo, son buenos profesionales, que sepan lograr sus objetivos, y no gente que salga de las clases con una sonrisa de felicidad. Conozco a miles de personas cuya vocación frustrada es ser músicos. Y esa vocación está frustrada porque son malos músicos. No basta la vocación, no basta haber escuchado mucha música, es necesario trabajar y ser inteligente, y estudiar como un cosaco.

¿Por qué no se exige a los ingenieros que tengan vocación de ser ingenieros? De ellos dependen los aviones que transportan a cientos de miles de personas cada día, y las carreteras de cuya seguridad depende la vida de millones de españoles. ¿Y por qué no se exige vocación a los pediatras y a los jueces?

I’m as mad as hell.

El Planeta

11 de November de 2008

El inmenso Fernando Savater, preguntado por su reciente novela ganadora del premio Planeta:

En mi caso, la cosa fue así. El año pasado y el anterior, cuando se acercaba la fecha del Planeta, se hablaba de mí como finalista y casi seguro ganador. ¡Y no había presentado ninguna novela al concurso! De modo que pensé: si quedo finalista sin novela, con novela gano seguro. Et voilá!

La entrevista completa en El Mundo.

If You Wanna Be Happy – Jimmy Soul

7 de November de 2008


Enlace al vídeo en YouTube

Una mujer guapa hace que su marido parezca más pequeño,
y muchas veces causa su perdición.
En cuanto se casan, ella empieza
a hacer cosas que le rompen el corazón.

Pero si escoges a una chica fea y te casas con ella,
serás feliz el resto de tu vida.
Una mujer fea siempre tendrá la comida preparada a tiempo,
y te dará la paz espiritual.

Si quieres ser feliz para el resto de tu vida
nunca conviertas a una mujer guapa en tu esposa.
Desde mi punto de vista personal
convence a una fea para que se case contigo.

Divertida y alegre canción para el fin de semana, de esas que os hacen decidiros si no sabéis si iros de fiesta o no. Y también si estáis dudando entre la fea y la guapa. ¡No cometáis el mismo error que yo! Pasadlo bien.

Post obligado

6 de November de 2008

Supongo que todo el que tenga un blog debe comentar algo sobre la victoria de Barack Obama, ¿no? Pues ahí va. Como estoy un poco vago –y por otra razón que aclaro un par de párrafos más abajo– voy a hacer mío un post de Daniel Tercero: el sueño de Martin Luther King no era esto. El sueño de Martin Luther King era

que mis cuatro pequeños vivirán un día en una nación en la que no se les juzgará por el color de su piel sino por la riqueza de su personalidad.

Resulta curioso, como he comentado aquí alguna vez, que precisamente las personas que más presumen de antirracistas son las que están dando la vara todo el día con que si Obama es negro (cosa que, por cierto, no es). En las noticias de hoy, por ejemplo –si es que a lo que emiten en Antena 3 a las 15.00 puede llamársele noticias–, han sacado a una adorable ancianita negra de 106 años de la que el presidente electo del Imperio habló en un mítin. El periodista ha terminado diciendo: «ha votado a Obama, por supuesto». Como si lo normal fuese que uno votase al candidato para presidir su país fijándose en la compatibilidad de su melanina con la propia. Si fuese así, tendríamos 4 años de McCain, dado que la mayoría de la población norteamericana es caucásica, y los negros son solo la minoría más numerosa, y además no tienen por costumbre votar en masa. Por suerte, la población de EEUU, por mucho que la critiquemos, parece menos boba que algunos periodistas patrios.

Ah, y ayer era curioso ver los programas de televisión de Cuatro –cadena progre donde las haya– montando fiestas con globitos y eso. Son los que ponen al Partido Popular de algo parecido a fascistas. ¿Saben que el Partido Demócrata está bastante más a la derecha que el PP? Supongo que sí, pero vamos, que les da igual, si buscáis coherencia buscad en el inodoro, es más probable encontrarla ahí que en la tele.

Martin Luther King soñó con una sociedad donde el color de la piel de una persona no fuese un elemento de juicio. Sus cenizas tendrán que seguir esperando. Ay, a veces da la impresión de que lo mejor que te puede pasar es que te metan dos tiros en algún acto público. Sí, exagero.

No esperéis verme mucho por aquí la próxima semana más o menos:

Aunque mañana, si me acuerdo, os pondré una cancioncita. Sed malos, moderadamente.

Tildes

4 de November de 2008

Internet me va a volver loco. No, lo digo en serio. La forma de escribir de la gente es demencial, y además, lo peor es que no hay una regularidad. Si al menos todo el mundo se pusiera de acuerdo en escribir mal, pero de la misma forma, sería un alivio. Pero hay veces en que una misma palabra la escriben de n formas distintas, y uno, un serio profesional de la docencia lingüística, ve tambalear sus propios conocimientos.

A ver cuándo quedamos.
*Haber cuándo quedamos.
*Ha ver cuándo quedamos.
*Aver cuándo quedamos.
Etc., etc., etc.

Para un verdugo de la ortografía, que otorga aprobados y suspensos por la corrección al escribir, pasar tanto tiempo delante de un ordenador es perjudicial para su trabajo. A veces, sentado en la soledad del verdugo con mi letal bolígrafo rojo en la mano, llego a vacilar al encontrarme una palabra dudosa escrita por un alumno. Normalmente, cuando leo en Internet, tiendo a engañar al cerebro. Cuando me encuentro con alguna palabra que puede llevar tilde o no llevarla, suelo leerla como si estuviese escrita de la otra forma. Esto es: si encuentro escrito “No se cuando volverá», mi cerebro interpreta automáticamente «No sé cuándo volverá», es decir, lo engaño para que lo lea correctamente. Tiene una desventaja. Cuando leo algo así, pero bien escrito, mi primera interpretación es leerlo incorrectamente, quitando las tildes. Pensaréis que es una idiotez. Pero no lo es. Sigo la norma de leerlo todo al revés, y creedme, la mayor parte de las veces acierto, porque casi nadie sabe escribir con corrección. Y todos tienen el título de la ESO, por supuesto, que para eso se han sacado de la manga una ley que permite obtener el título con dos asignaturas suspensas.

Quien quiera conocer algunos de mis pensamientos sobre la ortografía, que ciertamente son algo heterodoxos para un profesor de Lengua castellana y literatura, puede visitar este post. Hoy, sin embargo, vamos a dar unos consejos sobre la tilde diacrítica.

La tilde diacrítica es una tilde, o acento ortográfico, que se pone encima de palabras que, según las normas académicas básicas de acentuación, no deberían llevarla, pero se utiliza para evitar la confusión con otras palabras que se escriben de la misma forma. A modo de breve repaso: las palabras agudas se acentúan cuando acaban en n, s o vocal; las llanas (o graves, aunque ya ningún libro de Secundaria las llama así, supongo que lo políticamente correcto ha transformado ese adjetivo en tabú) al contrario, cuando no acaban en ninguno de los casos anteriores. Las esdrújulas y sobreesdrújulas se acentúan siempre. Ejemplos de los tres tipos: ratón, compás, volvió; césped, lápiz, estéril; lámpara, relámpago, estudiándomelo. Las palabras monosílabas no se acentúan, como norma general, nunca, dado que al tener una única sílaba no hay confusión sobre dónde se deben acentuar.

Ejemplos de palabras que llevan tilde diacrítica son: «cuándo», cuando es un adverbio interrogativo o exclamativo, y no cuando es un simple nexo temporal: «¿Cuándo empiezan las clases?»; «¡Cuándo aprenderás!» «Más», cuando es adverbio de cantidad, y no conjunción adversativa, por ejemplo: «Quiero más policías en las calles»; pero «Lo intentó, mas al final fracasó». Este último «mas» equivale siempre a «pero». «Sé», cuando es del verbo saber o de ser: «Sé responsable y acaba tus tareas»; «Yo no sé quién ha sido»; pero «No se han pasado por aquí».

Vale, muy bien, pero ¿quién es capaz de aprenderse todas estas normas y casos? Hay infinidad de palabras que pueden llevar tilde diacrítica: se, si, mi, tu, mas, quien, que, cuando, cuanto, donde, solo, estos, etc. Yo os confieso una cosa: soy profe de Lengua, y cuando llegamos a la parte del libro de la tilde diacrítica, tengo que leerlo en el texto, porque no me sé esas normas. De hecho, no creo que sea necesario saberlas para escribir con una correcta ortografía. Nunca he llegado a aprender este tipo de normas, y apostaría mi Fender Stratocaster a que cometo una falta por cada millón de palabras o algo así. Vale, vamos con los consejos.

En el caso de «solo», en la mayoría de las ocasiones no es necesario ponerle tilde. Únicamente la lleva cuando es un adverbio que equivale a «solamente» y además puede confundirse con el adjetivo «solo». Por ejemplo: «Ha venido solo para hablar». En este caso, la oración es ambigua: puede equivaler a «Ha venido, él solo, sin compañía, para hablar»; o podría querer decir: «Ha venido solamente para hablar, y para nada más». Si nos referimos a lo segundo, es necesario escribir la palabra con tilde, para no confundirnos. En casos donde no haya ambigüedad, aunque equivalga a «solamente», no es necesario acentuarla, aunque tampoco está prohibido: «Solo quiero que seas feliz».

Con el caso de los determinantes (ahora llamados en la mayoría de los textos adjetivos determinativos) y los pronombres sucede otro tanto. Solo necesitan tilde cuando hay posibilidad de confusión. Por ejemplo: «Guárdate estos hechos para ti». ¿A qué nos referimos? ¿A que nos guardemos esos «hechos» (cosas que se han hecho o dicho, por ejemplo), o a que nos guardemos estos (estos «trabajos», p. ej.) que ya están «hechos»? Si nos referimos a lo primero, el demostrativo «estos» acompaña al sustantivo «hechos», sería un determinante y no sería necesario acentuarlo. Pero si queremos decir lo segundo, entonces «estos» no acompaña a ningún sustantivo, sino que lo sustituye («estos»=«estos trabajos»), así que es un pronombre, y «hechos» es el adjetivo que lo acompaña. Por lo tanto, aquí sería necesario usar la tilde. En otros casos, donde no hay ambigüedad, no es necesario acentuar el pronombre: «Estos no son buenos para ti».

Casi todos los demás casos son algo más difíciles de detectar, pero para eso os he preparado

el consejo

que os ayudará a libraros de las dudas y os ayudará a escribir correctamente según las normas académicas.

¿Cómo saber si como o si llevan tilde? Es más sencillo de lo que parece. Aunque las reglas de acentuación diacrítica de la Real Academia puedan parecernos caprichosas, no lo son tanto.

En la escuela nos han enseñado que todas las palabras llevan acento, pero no todas llevan tilde. Pero esto en realidad no es así. No todas las palabras van acentuadas en el discurso. Por ejemplo, en la oración «No hay quien te entienda, don Complicado», no todas las palabras llevan acento, esto es: no todas llevan una sílaba que se pronuncia con fuerza. Solo aquellas que voy a escribir en cursiva: No hay quien te entienda, don Complicado. No solo se pronuncian como átonas algunas palabras monosílabas, sino también otras que tienen más de una sílaba: Quedamos para cenar cuando quieras.

Probad a pronunciarlas en voz alta, o incluso mentalmente, y veréis que las sílabas escritas en romana no las acentuáis, y las que están en cursiva sí.

Y este truquito os puede resolver la duda en un porcentaje altísimo de las ocasiones. Por ejemplo: en la oración «Si a ti te parece bien, si me gustaría ir», ¿se acentúa alguno de los «si»? Pues sí. Pronunciémosla en alta voz:

Si a ti te parece bien, si me gustaa ir

Vemos que el primer «si» lo pronunciamos de corrido, y el primer apoyo acentual de la oración lo hacemos en la sílaba «ti». Sin embargo, el segundo «si» sí se pronuncia con fuerza. Pues a este le colocamos una tilde en todo lo alto, quiera o no:

Si a ti te parece bien, sí me gustaría ir

Mi libro de Lengua castellana y literatura de 2.º de la ESO aconseja a los alumnos que se pregunten si el «si» es conjunción condicional (no llevan tilde) o adverbio de afirmación o pronombre personal (sí llevan tilde), pero creo que mi método es más sencillo, y más intuitivo. Y no te obliga a estudiar la gramática, además. Sigamos.

No se si se encontrará bien en esta situación

Fácil, ¿no?: No sé si se encontrará bien en esta situación. Más:

Mi selección para los premios Goya ha sido una gran noticia para mi

¿Cuál de los dos «mi» lleva tilde? Sí, habéis acertado. Más aún:

Aun con todas las razones que me has dado, no me he decidido aun

¿Cuál de los «aun»? Sí, en efecto. Go on.

¿Que cuando volveré de París? Pues cuando me de la gana

¿Cuál de los «cuando» lleva tilde? ¿Cuál de los «de»? Para terminar:

El muy egoísta se lo ha quedado todo para el

¿A cuál de los «el» le vas a colocar la tilde?

¡Bien! Habéis acertado otra vez. El otro camino, el largo, es el de aprenderse la gramática, pero sé que la mayoría de vosotros no tenéis ni tiempo ni ganas. Espero que este consejo os sirva de ayuda.

Epílogo

Un par de cositas. O tres. La primera, es que la razón principal de que mis faltas de ortografía sean casos anecdóticos y casi inexistentes es que he leído mucho, no tanto como me gustaría ni cuanto debería haber leído, pero mucho más que la mayoría de la gente. Esto es muy útil. La mayoría de los libros están relativamente bien impresos, si atendemos a la corrección ortográfica, y cuando lees las palabras bien escritas miles de veces, en cuanto ves una mal escrita te pega un puñetazo entre los dos ojos. Esto no vale para Internet, claro, pero sí para los libros. Pero cuidado: me estoy leyendo ahora mismo ¿Está usted de broma, señor Feynman?, libro editado hace poco –al menos la versión que yo manejo–, y las faltas de ortografía son tan abundantes y vergonzosas que parece redactado por un becario de algún periódico gratuito. Así que no os fiéis mucho.

Segundo: hay veces en que, para dar énfasis expresivo a algunas de nuestras oraciones, acentuamos en el discurso palabras que normalmente se pronunciarían como átonas. Por ejemplo: «Puede que no se haya ocupado de ti en la vida, pero sigue siendo tu padre». Si queremos resaltar el hecho de la paternidad, puede que lo pronunciemos así: «Puede que no se haya ocupado de ti en la vida, pero sigue siendo padre». También: «Esa no es obligación, es obligación». En estos casos, debemos intentar pronunciar las oraciones sin énfasis, y veremos que ninguno de los «tu» se acentúan en una pronunciación normal, ni tampoco el «mi». Por lo tanto, no debemos acentuarlas. Si queremos resaltar el posesivo en la escritura, como hacemos oralmente, podemos subrayar la palabra si estamos escribiendo a mano, o ponerla en cursiva si estamos en un procesador de textos: «Esa no es mi obligación, es tu obligación».

Por último: ni «ti», ni «fe», ni «fue», ni «es» llevan tilde. Jamás de los jamases.

Dos breves apuntes sobre periodismo

3 de November de 2008

Dime de qué presumes, y te diré de qué careces (refrán español).

Da la sensación de que algunos periodistas se pasan la vida sermoneándonos, enseñándonos a nosotros, vulgares y zafios ciudadanos, cómo hay que comportarse, ya que sin su ayuda seríamos poco más que unos descerebrados racistas violadores de ancianitas. El cuarto poder, que no es tal, ya que vive permanentemente fusionado con los otros tres –y con el quinto, económico, claro está–, quiere recordarnos a los ciudadanos que no somos mayores de edad, que vivimos con su permiso.

La prensa española, al menos la de éxito, es un ejemplo de la podredumbre a la que hemos llegado: todos. Desde El Plural hasta Libertad Digital, pasando por todos los panfletos intermedios, Público, El País, ABC y La Razón, y por todas las televisiones y radios. Profesionales capacitados y honrados los habrá en todos esos medios, no lo dudo, e incluso conozco por referencias o por correos electrónicos en esto de la blogocosa a alguno de ellos. Pero como medio, no se salva ni uno. Son instrumentos del poder político-económico, que tanto da.

Esta sobremesa, por ejemplo, en Telecinco, estaban hablando de las elecciones norteamericanas. Para poner la nota colorista, han ido hasta Kenia, para preguntarle a una especie de brujo o chamán por el resultado de las elecciones. Por supuesto, el entrevistado ha predicho la victoria del negro sin un atisbo de duda.

Me he quedado un tanto asombrado. ¿Es que en Kenia solo hay brujos y gente de la edad de piedra? ¿Porque son negros? La cadena de los doce meses y las doce causas no ha encontrado a nadie a quien preguntarle en un país de 538.000 habitantes más que a un estrafalario lector del futuro en huesos de animalillos. Puede que no haya sido malintencionado, puesto que supongo que, más que el racismo, lo que buscaban era la nota pintoresca, o sensacionalista, o incluso tal vez pensaban que era simpático. Pero eso no les quita responsabilidad.

En esta página he encontrado un listado de 24 universidades keniatas, pero ¿qué más da? ¡Vamos a un país de negros! Vamos a preguntarle a un adivino caníbal, que es lo suyo. Qué gracioso.

Pero luego, si en un anuncio sale una gachí poniendo una lavadora, se rasgan las vestiduras. ¿Hipocresía? ¿Sensacionalismo barato? ¿Incultura? ¿Incoherencia? ¿Un poco de todo? Me decanto por lo último.

Para su próximo «Doce meses, doce causas», les sugiero el título: «Eliminemos los estereotipos. Los negros son personas. No todos los negros son unos analfabetos supersticiosos. Ni siquiera los de Kenia».

Poco después me entero, vía Menéame, de que el periolisto Fernando Jáuregui opina que hay que «acabar con la dictadura del anonimato». Sic. Y dice también («decir» no es el verbo que expresa lo que quiero, pero ahora mismo no se me ocurre otro) que «No va a quedar más remedio que forzar la identificación de los usuarios». Sic, sic.

Estos son los que luego babean miel hablando de que un ciudadano anónimo ha hecho esta u otra gran acción. Ah, los bellos ciudadanos anónimos, qué bonitos quedan en nuestros telediarios y en nuestras columnas periodísticas. A mí la denominación siempre me ha parecido una dulce estupidez, que además aún no está recogida por la RAE. Yo no soy un ciudadano anónimo, soplagaitas. Sé perfectamente mi nombre, aunque no sea famoso. Pero es que «anónimo» no es el antónimo de «famoso». A alguien cuya herramienta de trabajo son las palabras, deberíamos exigirle saber usarlas, igual que hacemos con los que trabajan con fusiles o llaves inglesas. Pero en fin, ese es otro tema.

¿En qué consiste exactamente esa «dictadura del anonimato»? ¿Es que los ciudadanos «anónimos» pueden cambiar algo, en realidad? ¿Y, si pueden, dónde está el problema?

¿Es que la democracia es otra cosa que la dictadura de la mayoría? O debería serlo, si funcionara. Entonces, ¿qué pasa con la dictadura del anonimato?

¿Qué tal si exigimos a los votantes que escriban, en su voto, su nombre y sus apellidos, acompañados del D. N. I.? Así se acabaría la dictadura del anonimato, y eso les permitiría a ustedes y a sus empresas controlarnos en cada segundo de nuestras vidas, y les aseguraría seguir sacándonos el dinero.

Acabarán con esta dictadura del anonimato. Acabarán con el último reducto de libertad que hemos disfrutado, este de los bits, que nos ha permitido llamar CHORIZOS a los que lo son sin que apareciera la Guardia Civil en casa. Pero eso es lo que quieren. Quieren que, ya que hay una dictadura, que sea ejercida por los pocos –y ricos– de siempre, y no por los millones de ciudadanos anónimos.

I’m as mad as hell.

¿Obama?

2 de November de 2008

Hace unas semanas escribí sobre Barack Obama, y sobre cómo no me parecía la salvación del mundo ni el fin del racismo como les parece a muchos bienintencionados. No obstante, prefiero que gane él y no el senador John McCain.

Pero pongámonos en antecedentes. Al parecer, George W. Bush ha sido elegido por unanimidad como el peor presidente de la historia de los Estados Unidos de América. Razones no faltan: su primera gran metedura de pata fue su evidente –y grabada en vídeo– torpeza y lentitud para reaccionar tras los terribles atentados del World Trade Center el fatídico 11 de septiembre de 2001. Y a partir de ahí ha encadenado error tras error, ya intencionados, ya causados por su ineptitud: quizá la única cosa medio buena fue lo de invadir Afganistán para derrocar al régimen de los talibanes, que ya era hora de que alguien los echara, aunque no parece que las cosas hayan mejorado mucho por allí, y tampoco se vislumbra un final para esa guerra.

Después aprovechó la carrerilla y se metió en Iraq (me parece un horror escribirlo con q al final, y muy contrario a las normas de la escritura española, pero la RAE dice que así es mejor). Nadie sabía de ningún vínculo entre Osama Bin Laden y Saddam Husein, y de hecho puede que Iraq fuese uno de los países menos islamistas de la zona, pero se metió a saco para vengar a quien le había puesto las cosas difíciles a su padre, y así de paso podía reactivar la economía patria otorgando generosos contratos para reconstruir la zona, una vez destruida por él mismo.

Esto de Iraq ha tenido cientos de consecuencias negativas, la mayoría a la vista de cualquiera, pero yo sólo enumeraré unas cuantas: la muerte de cientos de miles de civiles –y de militares, oye, que tampoco está bien que mueran–; el auge del islamismo en todo el mundo, incluidos países no islámicos; el triunfo de la demagogia como constatación de que las personas son cada vez más estúpidas, demagogia explotada hasta el extremo tanto por grupos de derecha como de izquierda, identificando, estos últimos, izquierda con paz, olvidando que hace unos cuantos años España fue a la guerra contra Iraq para defender el petróleo kuwaití de George Bush, padre; la vergonzosa participación de nuestro país en una guerra que ni le iba ni le venía, y que, aunque le hubiera ido, era a todas luces injusta; el aumento de la inestabilidad de una zona ya de por sí inestable por el asunto de Israel, mientras, además, los países del entorno le están encontrando la gracia al armamento nuclear; etc., etc., etc.

Bush ha metido la pata un buen número de otras veces, pero sobre todo ha sido en cosas internas, como lo del desastre del huracán Katrina.

Sin embargo, creo que la presidencia de Bush hijo ha tenido una consecuencia muy beneficiosa para la humanidad. Lo ha hecho tan mal, especialmente en política exterior, que el liderazgo de los EUA en el mundo ya no es un hecho incuestionable. Incluso gente enamorada de la cultura norteamericana, de sus canciones, películas, series y ciudades, se ha colocado frontalmente contra un liderazgo devastador para la humanidad. Y mucha gente, al ver tambalearse esta posición, ha comenzado a cuestionarse otros asuntos. Ha sido una feliz coincidencia que el mandato de W. haya coincidido con la época de la gran expansión de Internet. Cada vez hay más gente que habla, que discute, que investiga, que sube fotos y opiniones a la red. Bueno, como en todos los casos, el 90% de esas charlas, discusiones, investigaciones, fotos y opiniones son básicamente basura, pero queda un 10% bastante interesante. Millones de estadounidenses opinan que no es justo basar su bienestar en mantener a otros países bajo la bota de las armas o el hambre, o de ambas, ya que en realidad suelen ir siempre juntas. Norteamericanos hacen películas y documentales criticando a su propio Gobierno, y bueno, es cierto que gran parte del metraje es demagogia (sinónimo de Michael Moore, por ejemplo), pero total, también son demagogia los anuncios y películas, si es que hay diferencia entre unos y otros, tipo Rambo III que nos hemos tragado a puñados. No, no digo que entre dos cacas de la vaca una sea mejor, digo que al menos ahora tenemos bullshit de dos sabores.

Quizás el mejor legado de George W. Bush sea ese: que la gente ya no cree en él, y ni siquiera cree en los Estados Unidos. Y que les va a costar muchos rambos el que la gente vuelva a tragarse el cuento ese de los libertadores del mundo y los traedores de la democracia. Fíjense si lo ha hecho bien, que ni siquiera lo han sacado en la campaña electoral republicana: hasta los suyos saben que no da buena imagen.

Nuestra es la tarea de conservar esta falta de fe en un gobierno y un país que ya no los merecen. Y, por otro lado, impedir que los dos totalitarismos restantes en liza: el mercado libérrimo y el islamismo, ayudados, uno por las derechas tradicionales, otro por los imbéciles que creen que la izquierda es el no-cristianismo, ocupen el vacío dejado por el agonizante American way of life.

Dice mi camarada Rodolfo que Obama va a convertirse en el primer no-presidente negro de los EUA. Yo, más bien, creo que va a ser otro presidente no-negro. Porque no es negro, caray. Es tan negro como blanco, ya que cada uno de sus padres es de una de estas razas. Los que más se emocionan de que un negro vaya a sentarse en la Casa Blanca son los que se creen menos racistas. Pero dicen que es negro. Y yo digo: sus genes son mitad y mitad. ¿Por qué juzgan a una persona solo mirando el detalle superficial del color de su piel, y no la genética? Por esa regla de tres, Julio Iglesias es negro. Y Michael Jackson… bueno, lo que sea.

La máquina beatificadora está en marcha. Al parecer, los orígenes de Obama son realmente humildes. Para mí es un punto a su favor. En el episodio final de la serie Malcolm, una de las mejores comedias televisivas hasta Cómo conocí a vuestra madre, la madre de Malcolm le impide ir a una universidad privada de postín, y así frustra sus sueños de convertirse en un white collar, un trabajador de los de 150.000 dólares al año. O más. Las razones de la madre, aunque no muy creíbles, son buenas. Malcolm tiene un cerebro como no se ha visto otro igual, es un superdotado de los mejores. Su obligación es no dejarse embaucar por las cuentas corrientes millonarias y los Ferrari, sino llegar a presidente de los Estados Unidos de América. Debe llegar a mandar, porque él puede ser el único pobre que tenga la oportunidad de hacerlo. Y cuando esté en la cima, se acordará de cuál es su origen, y trabajará por los de su clase.

¿Esto es realidad o ficción hollywoodiense? Me gustaría pensar que lo primero. Ya veremos, a partir del miércoles.

Un diario ha sacado una noticia que también parece destinada a convertirse en una película barata del bosque sagrado de Los Ángeles: cuando no era nadie, Barack Obama ayudó a una desconocida en apuros, pagándole de su bolsillo el sobreprecio necesario para que pudiese viajar a Noruega a empezar una nueva vida. La desconocida le devolvió el dinero, claro, y Obama le escribió una nota de agradecimiento (noticia). Es una historia mucho mejor que la del hermano de McCain espetando «Fuck you» a un teleoperador del servicio de urgencias norteamericano (aquí, las disculpas).

Todo esto es muy bonito, pero ¿qué pasará cuando un pobre con aspecto de negro llegue a la presidencia de la primera potencia económica y militar mundial?

¿Saldrá rápidamente de Iraq? ¿Se planteará modificar el sistema financiero norteamericano, verdadero cáncer que asusta a la economía mundial en momentos como este mismo? ¿Se atreverá a luchar contra la libre tenencia de armas y contra la pena de muerte? Al parecer, ya ha dicho que no, pero estaría bien que lo hiciera. ¿Firmará los acuerdos de Kioto contra el calentamiento global? ¿De verdad basará su política en mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, y no la de sus magnates, como hacen, en la actualidad, la práctica totalidad de los países civilizados, sí, incluyendo el nuestro?

¿Aparecerá otro Lee Harvey Oswald? ¿Otro Mark David Chapman? Habrá que esperar a ver. A mí me gustará que gane Obama. Y, al contrario de tantos que se han puesto la chapita de antirracistas o de izquierdistas, el color de su piel me la trae al pairo. Opiniones, debajo.

Ángulos

Yo y mi sombra, ángulo recto.
Yo y mi sombra, libro abierto.

Manuel Altolaguirre.

Aquí tenéis, como curiosidad del domingo, una estupenda serie de fotografías cuya gracia consiste en una elección cuidadosa y muy creativa del ángulo. Vía Menéame.

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