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La Lengua » 2008 » October

Ars longa, vita brevis

El fracaso de la escuela (IV)

14 de October de 2008

Sí, hasta cierto punto la educación tradicional constituye, diciéndolo lo más claramente posible, una preparación para la esclavitud. Ya sabe: «Las órdenes son las órdenes», y si una persona se va a pasar toda la vida recibiendo órdenes, mejor que empiece a los seis años.

De la página 184. Hoy el comentario a esta cita lo pondrá involuntariamente julifos:

«Da repelús decirlo así, a estas alturas de la vida, pero antes pintaban más los niños aprendiendo un oficio que ahora tirándose doce años bajo el primer yugo social, el más fuerte por ser el primero, cuando uno está tierno y se le sueldan definitivamente las cervicales para mirar al suelo, como los cerdos.»

Poco que añadir. Ah, sí, acabo de terminar el libro, y después de quizás dos o tres posts más vendrá el post final. Creo que todo el mundo debería leerlo. Sobre todo los padres y los profesores. Aunque no sea para que te convenza; el mismo John Holt se muestra a menudo inseguro sobre sus propias afirmaciones, siempre ávido de aprender y tirar por tierra sus propias convicciones. Como suelo decirles a los niños: «Vuestro primer derecho es equivocaros, y la capacidad de equivocaros es la primera razón por la que estáis aquí». Acto seguido les digo que los profes también se equivocan, y lo suelen tomar de muy buena gana.

Repito: este libro debería ser obligatorio en el absurdo curso que nos dan a los licenciados para ser profesores, y no tantas chorradas pseudopedagógicas.

En La Lengua:

El fracaso de la escuela (III)

13 de October de 2008

Deberíamos abolir el sistema de asistencia obligatoria a la escuela. Al menos, deberíamos modificarlo, quizá concediendo a los niños un elevado número, 50 ó 60, de ausencias anuales autorizadas. Nuestras leyes sobre la asistencia obligatoria a la escuela sirvieron en otros tiempos para cumplir un objetivo humano y útil. Protegían el derecho del niño a la educación, contra los adultos que, de lo contrario, se hubiesen negado con el fin de explotar su trabajo en el campo, en el taller, la tienda, la mina o la fábrica. Hoy en día, esas mismas leyes no sirven para ayudar a nadie, ni a la escuela, ni a los profesores ni a los propios niños. Obligar a permanecer en la escuela a niños que preferirían no hacerlo representa para las escuelas una enorme cantidad de tiempo y problemas, por no hablar de lo que cuesta reparar los desperfectos que causan estos irritados y resentidos prisioneros tan pronto se les presenta la oportunidad. Cualquier profesor sabe que un niño que, por la razón que sea, preferiría no estar en clase, no sólo no aprende nada, sino que dificulta el aprendizaje de los demás.

Como os dije, un libro plagado de verdades como catedrales, esta en concreto en las páginas 33 y 34. La negrita es mía.

Todos sabemos de qué va el asunto en realidad, al menos en este país. Las tiendas, las fábricas, los bancos y los almacenes necesitan mucha carne no pensante que trabaje el mayor número de horas posibles por el mínimo sueldo. Estas personas no estarían del todo tranquilas si sus hijos no estuvieran vigilados, así que como un regalo a las grandes empresas –que no a los padres, que tienen el deber y también el derecho de pasar más tiempo con sus hijos– se estableció con la LOGSE que todos los chicos entre los 6 y los 16 años deben estar bajo la tutela de los ahora mal llamados educadores.

Ay, perdonadme, ya sé que últimamente suelto muchas palabrotas, pero es que vaya mundo de mierda: en lugar de adaptar los tiránicos horarios de las cadenas de producción para que sirvan a las personas, somos las personas las que tenemos que adaptarnos a los horarios más convenientes para los directores generales y los propietarios de las grandes empresas. ¿Cómo han conseguido convertirnos en unos esclavos tan sumisos? Si hasta un Gobierno que se llama a sí mismo de izquierdas (aunque creo que ellos son los primeros que saben que eso no se lo traga ya nadie) se gasta el dinero en hacer guarderías gratuitas para que los padres dejen a sus hijos y así puedan hacer más horas extras sin cobrar… Se habla de extender la edad obligatoria de asistencia a la escuela hasta antes de los seis años, y al final, en la misma unidad materna de los hospitales habrá una guardería de bebés para que la madre pueda irse a su puesto de cajera en el hiper tan pronto le hayan dado los puntos en la cesárea.

Y les van a regalar no sé cuántos millones (aunque en El País, en Público o donde sea intenten convencernos de que no es un regalo) a los bancos, y la gente mucho darle al pico por Internet, pero luego agachan la cabeza y pagan como idiotas. Pero volvamos al tema, que me pierde esta boca.

En una cosa, al menos, tiene razón John Holt. El chico que va a la escuela sin ganas, ya ha decidido que no va a aprender nada, y si quieres que lo haga te va a costar sudar sangre. No digo que sea imposible, hay profesores milagrosos. Pero si te dedicas a ese alumno, que tienes en contra, tienes que dejar de lado a los demás. ¿Quizás sería más productivo que ese día no fuera a clase, y al otro tampoco, y que al tercero apareciera, como los ahogados, con curiosidad sobre lo que se está dando y ganas de ver a sus amigos? Si fuese al colegio o al instituto por su propia voluntad, casi seguro que no se dedicaría a gandulear ni molestar. Cuando un joven va a jugar un partido de fútbol porque le apetece, no se dedica a pinchar el balón ni a deteriorar la portería, porque va en contra de sus intereses. ¿Por qué pinta la mesa de la escuela y rompe el cristal de la ventana? ¿Cómo podemos convencerle de que la escuela es buena para él? Ahí está el quid de la cuestión.

Este libro es demasiado revolucionario, y pretende dinamitar el sistema educativo. Puede que tenga razón, y puede que no la tenga, pero sus argumentos son muy difíciles de rebatir. ¿Vuestras opiniones?

En La Lengua:

El valor del esfuerzo

El gurú de la productividad Seth Godin ha escrito una interesante entrada en su blog: ¿Es un mito el esfuerzo? (Aquí la traducción al castellano cortesía de Google) Empieza de una forma muy lúcida:

La gente tiende a creer que en realidad el esfuerzo es un mito, por lo menos si consideramos lo que recibimos de los medios de comunicación:

  • Políticos y reinas de la belleza que triunfan con una sonrisa o un guiño de ojos.
  • Ganadores de la lotería que se libran de sus odiosos trabajos con un golpe de suerte.
  • Estrellas del deporte que nacieron con habilidades que no podemos aspirar a tener en la vida.
  • Famosos del cine con el talento de estar en el sitio adecuado en el momento justo.
  • Directores ejecutivos de empresas despedidos con un finiquito de 40 millones de dólares.

Se diría que realmente –al menos si lees los medios de comunicación populares– las llaves para el éxito consisten en a quién conozcas y el ser «elegido». La suerte.

La suerte es esto: ya tenemos suerte. Somos increíblemente afortunados de no haber nacido durante la peste negra o en un país sin libertades. Somos afortunados por tener acceso a herramientas altamente eficientes y fantásticas oportunidades. Si dejamos la suerte a un lado, no obstante, puede ocurrir algo interesante.

El resto del post incide en el pensamiento de que la llave más rentable hacia el éxito es el esfuerzo. Yo se lo digo a mis alumnos: por cada asno vociferante que ven en la tele cobrando diez mil euros por insultar a alguien en un programa de televisión, hay otros veinte mil asnos vociferantes haciendo cola en el INEM o durmiendo bajo unos cartones. Debemos recordar que la tele no es un espejo de la realidad, sino un circo lleno de saltimbanquis y de espejismos. Debemos desterrar la idea de que nada de lo que sale por la caja tonta –que por algo tiene ese nombre–, ni tan siquiera los informativos, y especialmente los informativos, es la realidad.

En España todos sabemos que el esfuerzo fue inventado por Francisco Franco (igual que la bandera, la monarquía, la religión católica y tantas otras cosas, unas buenas y otras malas); por eso al llegar la democracia empezamos a desterrar el esfuerzo de las escuelas, con el objeto de fabricar alumnos más felices. Lo malo es que, pasado el tiempo, vemos que los alumnos que se esforzaron durante toda su vida académica –y después, en la laboral–, normalmente son mucho más felices que los demás, que vivieron su infancia oyendo las tonterías de los psicopedagogos.

¿Puede el esfuerzo ser algo agradable, algo que te guste? Remito a una cita del gran Buda: «No puede evitarse el dolor, pero sí el sufrimiento.» ¿Qué quiere decir esto? ¿Es otra bobada, como casi todas las frases grandilocuentes? Yo creo que esta no lo es.

El esfuerzo cansa, pero no ha de ser necesariamente algo desagradable. A los que os gusta el fútbol –y, si entendéis el español, supongo que a la mayoría os gustará– supongo que disfrutaréis esforzándoos durante un buen montón de minutos, forzando la máquina del cuerpo, para obtener un rato de diversión y tal vez lograr la humillación del rival, el objetivo último de los deportes de competición. Los que van al gimnasio y se lo toman en serio, seguramente no sufren mientras levantan los pesos, enfocando su esfuerzo en moldear su cuerpo.

Recuerdo mis largos años de práctica con la guitarra, incluso los primeros, en los que casi nada sonaba como debía, la repetición interminable de escalas, los callos en los dedos y las pequeñas frustraciones, y daría lo que fuera por volver allí. Esforzarse es algo bueno. Aunque no lo fuera, es el camino más seguro para obtener lo que se desea. Y además te hace más fuerte. Creo que deberíamos tomar el esfuerzo no como una cosa mala que conduce a otras cosas buenas, sino como una agradable herramienta que tiene un valor en sí misma. Por mucho que la palabra la haya inventado el Generalísimo.

El fracaso de la escuela (II)

12 de October de 2008

Uno de los más capacitados y perspectivos de todos ellos [de los que pretenden reformar la escuela tradicional], el matemático David Page, ha señalado que «cuando los niños dan respuestas erróneas no es tanto porque se equivoquen como porque están contestando a otra pregunta…». Pero ésta es sólo parte de la verdad. Algunas veces los niños dan respuestas erróneas porque no han llegado a comprender una determinada pregunta, pero en la mayoría de las ocasiones el problema es más profundo. No se trata sólo de que no comprendan una pregunta concreta, sino de que no entienden la naturaleza y el objetivo de las preguntas en general. No es que de vez en cuando den una respuesta a un problema distinto, sino que las respuestas que dan rara vez tienen relación con problema alguno. Se supone que una pregunta encauza nuestra atención hacia un determinado problema; en muchos o la mayoría de los niños provoca el efecto contrario, distrae su atención del problema y dirige hacia la complicada estrategia de encontrar o inventarse una respuesta.

(Página 19)

La negrita es mía. Es interesante este enfoque, y es uno de los pilares de las teorías de John Holt. El fracaso de algunos o la mayoría de los estudiantes puede explicarse como una cuestión de fondo. ¿Nuestro objetivo es que aprendan? Pues el suyo, no. El objetivo de un chico en la escuela es ganarse el premio o el castigo procedente del profesor y del sistema educativo en general. Así las cosas, y dado que todos los seres humanos somos inteligentes, acabamos desarrollando las mejores estrategias para conseguir nuestro objetivo (recordemos: no aprender, sino evitar el castigo y conseguir el premio). Y estas estrategias pocas veces tienen que ver con un aprendizaje productivo y real: hacer chuletas, estudiar solo lo que se supone que va a caer y ni mirar por encima lo demás, conocer las preferencias de los profesores y adecuar tus respuestas a lo que crees que les va a gustar. Si aceptamos lo dicho hasta ahora, en el mejor de los casos podemos decir que las escuelas tienen poco que ver con el aprendizaje. En el peor, se puede incluso afirmar que la escuela es un obstáculo para el aprendizaje de los jóvenes.

No penséis que no hay nada criticable en este libro, pero me guardo las críticas para cuando escriba la reseña final. Mientras tanto, me gustaría leer vuestras opiniones.

En La Lengua:

Decente

11 de October de 2008


Enlace al vídeo en YouTube

Votante: No puedo confiar en Obama. Es un… es un árabe.
McCain: No, señora. Es una padre de familia decente.

Sin comentarios.

El fracaso de la escuela (I)

9 de October de 2008

Este libro de 1969 contiene una cantidad tan abrumadora de verdades como puños, que en lugar de comentarlo en un solo post voy a hacerlo en varios. Primera cita:

Nuestra sociedad demanda a las escuelas que hagan tres cosas por y con los niños: primera, transmitirles las tradiciones y valores superiores de nuestra propia cultura; segundo, familiarizarles con el mundo en el que viven; tercera, prepararles para el trabajo y, si es posible, para el triunfo. Todas estas tareas las ha desempeñado tradicionalmente la sociedad, la propia comunidad. Las escuelas no realizan bien ninguna de ellas. Ninguna de ellas puede ni debe ser desempeñada única o exclusivamente por las escuelas. Uno de los orígenes de los problemas y dificultades de las escuelas es que se les han asignado demasiadas funciones que no son propia o exclusivamente suyas.

La negrita es mía. Y mientras al menos desde hace cuarenta años (¡cuarenta años!) ya alguien se dio cuenta de que una escuela no está para librar a los padres de sus hijos, para enseñarles que no se insulta ni se agrede al prójimo, para mantenerlos encerrados como si los profesores fuéramos funcionarios de prisiones ni para cosas cuya responsabilidad reside en otras entidades –padres, la sociedad en general, incluso la tele, etc.–, aquí y ahora, cuarenta años después (¡cuarenta años después!) seguimos sin darnos cuenta.

La cita es de la página 12. El libro se titula El fracaso de la escuela, y es uno de los varios que John Holt dedicó a la, en su opinión, errónea forma que tenemos de «enseñar» a nuestros niños y jóvenes.

Ilión I: El asedio

7 de October de 2008

Llevaba tiempo leyendo sobre esta novela de Dan Simmons, y el tema mezclaba dos de los asuntos literarios que me apasionan: la ciencia ficción y la epopeya clásica griega, en concreto la inmortal Ilíada de Homero.

La trama central consiste en que en un futuro bastante lejano –a nuestra era la llaman la edad perdida–, y en Marte, se está produciendo la mítica guerra de Troya. Y no con marcianos, o al menos no con marcianos verdes y con antenas: son hombres, los mismos héroes de la gran Obra, Aquiles, Héctor, Agamenón, Menelao, Paris y los dos Áyax; y además, también, como en la Ilíada original, intervienen los dioses de la misma forma en que lo hacen en el poema homérico. Sí, los dioses del Olimpo marciano, que por cierto viven en el monte Olimpo de Marte, el volcán más impresionante del sistema solar, con sus veintisiete kilómetros de altitud, se comportan igual que los antiguos dioses helénicos: son caprichosos, violentos, lujuriosos y tremendamente poderosos, como niños malcriados. Pero no son dioses: son una extraña especie denominada post humanos con forma de hombre y de mujer, pero con dos metros y medio de estatura (aunque Zeus es un poco más alto), increíblemente fuertes y guapos, y casi inmortales.

Un pequeño grupo de hombres del siglo XX y principios del XXI, los escólicos (estudiosos de las obras de Homero), han sido teleportados en el tiempo y el espacio por los dioses post humanos para documentar los sucesos de la Ilíada marciana y comprobar que todo sigue su curso previsto. Ni siquiera los dioses, a excepción de Zeus, saben lo que va a suceder; solo los escólicos, y tienen prohibido comunicarlo al resto de las deidades, así como intervenir en la contienda más que como observadores. Los escólicos tienen, aparte del poder de teletransportarse, la capacidad de morfearse para adoptar el aspecto de cada uno de los humanos que participan en la lucha.

Dos tramas secundarias se entrecruzan con la principal. La primera nos cuenta las andanzas de un humano mujeriego que conoce a distintas personas en sus intentos por acostarse con diversas mujeres. Hay que aclarar, llegado este punto, que los humanos de este hipotético futuro tienen unas características algo especiales. No suelen viajar más que en una especie de fax que los trasporta automáticamente de un lugar a otro. El espacio intermedio entre los distintos lugares no les interesa; normalmente, solo conocen un par de kilómetros a la redonda de cada faxpuerto. Además, el número de humanos está limitado a un millón, o eso creen ellos. Viven exactamente cien años terrestres, tras los cuales los post humanos los matan y –una vez más, según su creencia– llevan a una especie de cielo, conocido como los anillos estelares. Si un humano perece por accidente (por ejemplo, comido por un alosaurio recreado por ingeniería genética, y no cuento más), es resucitado en una fermería para seguir su vida hasta los cien, período durante el cual no parecen envejecer demasiado.

La otra trama, que es la que más simpática me ha parecido, nos cuenta la historia de dos moravecs, curiosos robots con partes orgánicas, que son enviados a Marte para saber qué demonios está ocurriendo allí: por qué ahora hay mares, por qué hay tanta energía desprendiéndose del planeta, por qué parece estar plenamente habitado por humanos, post humanos y una extraña turba de hombrecillos verdes, literalmente, que se dedican casi todo el día a tallar y colocar al borde de los mares unas gigantescas cabezas de piedra, al típico estilo Rapa Nui. Esta trama es la que me parece más simpática, decía, porque resulta que los dos moravecs son unos obsesionados con la literatura humana: uno con Shakespeare, especialmente con sus sonetos, y el otro con Marcel Proust y su monumental obra A la busca del tiempo perdido.

Durante sus aventuras, estos dos robots –llamados Orphu y Mahnmut– mantienen diversas conversaciones acerca de sus gustos literarios y de las posibles interpretaciones de sus obras preferidas. Con su pequeña parte humana, intentan comprender qué les fascina tanto a ellos y qué fascinó tanto a los hombres de la edad perdida.

Porque esta obra habla sobre todo de literatura. Tenemos la trama principal, que implica la gran epopeya homérica. Después tenemos las largas charlas entre Orphu y Mahnmut sobre el bardo de Stratford y Proust. Y, por otra parte, el mujeriego protagonista de la segunda trama, coleccionista de mariposas, como Vladimir Nabokov, tiene como objetivo más inmediato beneficiarse a su prima de veinte años, que se llama curiosamente Ada (referencia nada oculta a una de las principales obras de Nabokov: Ada, o el ardor). Además, cuando se encaprichó de Ada, esta tenía solo dieciséis años, lo que nos recuerda vagamente a la joven Lolita de la obra maestra del maestro ruso.

Por lo demás, es una obra que llega a enganchar, especialmente a partir de la segunda mitad, y tiene el típico efecto best-seller que te hace querer seguir leyendo porque al final de cada capítulo te has llevado una sorpresa mayúscula. Y estas sorpresas están muy bien dosificadas. Son 479 páginas que se disfrutan bastante. Hay dos o tres partes más, y de momento esta primera se ha ganado el premio de que quiera hacerme con la segunda, cuya crítica publicaré en su momento.

Y una curiosidad: cuando Mahnmut y Orphu llegan a Marte, tienen que viajar por algún que otro paraje del planeta para llegar a su objetivo, el monte Olimpo. Si a alguien le gusta, como a mí, curiosear por la red los lugares reales en que se sitúan las obras literarias, en Google Mars puede encontrar la localización de varios de los sitios que estos dos simpáticos robots biónicos visitan. Como muestra, aquí tenéis el Valle Marineris –convertido por los post humanos en un inmenso mar– y el monte Olimpo marciano.

Si te gusta la ciencia ficción te gustará, y si te gusta la Ilíada, te encantará (por cierto, hace un par de días me he comprado una en un kiosco por 3,95 €, es el primer número de una colección). Porque, aparte de ir mirando en Google Mars la pequeña odisea que realizan los moravecs, se goza mucho de esta obra teniendo una Ilíada al lado, y comprobando los sucesos que van sucediendo en Ilión. El mismo Dan Simmons se cuida de que los escólicos te indiquen en cuál de los cantos sucede cada una de las escenas que presencian. Ilión, por cierto, era el nombre griego de la ciudad de Troya, de ahí el nombre de esta obra y de la otra en la que se inspira.

No es uno de mis libros preferidos de todos los tiempos, ni mucho menos. Pero he gozado mucho con él. Y os lo recomiendo sin reservas. Cita:

–¿Por qué nos programaron a algunos de nosotros para que tengamos predisposición hacia los libros humanos? –preguntó–. ¿Para qué puede servirle eso a un moravec ahora que la especie humana puede estar extinta?
–Yo mismo me he preguntado eso –dijo Orphu–. Koros III y Ri Po estaban libres de nuestra aflicción, pero debes de haber conocido a otros que estaban obsesionados con la literatura humana.
–Mi antiguo compañero, Urtzweil, leía y releía la versión de la Biblia del rey Jaime –dijo Mahnmut–. La estudió durante décadas.
–Sí –respondió Orphu–. Y yo y mi Proust –tarareó unas cuantas notas de Me and My Shadow–. ¿Sabes qué tienen en común todas esas obras sobre las que gravitamos, Mahnmut?
Mahnmut se lo pensó un momento.
–No –dijo por fin.
–Son inagotables.
–¿Inagotables?
–Inagotables. Si fuéramos humanos, estas obras y novelas y poemas concretos serían como casas que siempre se abrieran a nuevas habitaciones, escaleras ocultas, desvanes por descubrir… ese tipo de cosas.
–Ajá –dijo Mahnmut, sin captar del todo la metáfora.
–No pareces muy contento con el bardo hoy –dijo Orphu.
–Creo que su inagotabilidad me ha agotado –admitió Mahnmut.

Berto y la SGAE

6 de October de 2008

No le suelo encontrar demasiada gracia al hombre este, pero la verdad es que con el siguiente número lo han clavado. Si no entiendes el catalán, para activar los subtítulos debes poner el puntero del ratón sobre el triángulo con el vértice hacia arriba que hay debajo a la derecha del vídeo y pulsar en «CC»:


Enlace al vídeo en YouTube

Vía David Bravo.

La Edad de oro

5 de October de 2008

…de los embargos. Una vez más, Los Simpsons son capaces de predecir el futuro, simplemente exagerando el pasado.

En un capítulo en el que Bart se convierte en un exitoso dibujante de tiras cómicas para Internet, después de un breve período de bonanza, la burbuja explota y la empresa de Internet que lo publicaba va a la quiebra. Entonces un empleado de embargos anuncia la llegada de la edad de oro para este tipo de negocios.

En el vídeo que tenéis bajo estas líneas vemos exactamente lo mismo, solo que ahora las víctimas no son las punto com, sino los beneficiarios de desorbitadas hipotecas contraídas bajo el espejismo de que el precio de las casas no puede bajar nunca. Una empresa de embargos, que recoge muebles, ositos de peluche, fotografías, lámparas, ordenadores y enormes televisores de pantalla plana para tirarlo todo junto a un enorme contenedor –y de ahí al vertedero– ha pasado de 3 empleados a 73:


Enlace al vídeo a tamaño completo.

Nadie puede dejar de sentirse compasivo ante toda esta gente que tiene que abandonar todas sus pertenencias para vivir en el coche, pero quizás sirva para algo: para que la gente aprenda un poco, y vea que las situaciones económicas surrealistas acaban cayendo por su propio peso. O, al menos, para que todos aprendan de una vez: la ley fundamental de la economía es no comprar nada a un precio infinitamente superior a su valor real. Ya sean sellos, ya sean casas.

Gracias a Entrópico de HlP por la pista.

She’s Mad – David Byrne

3 de October de 2008


Enlace al vídeo en YouTube

If sex is a weapon
who’s winning this war?
My legs are too tired
I can’t run anymore.

Si el sexo es un arma,
¿quién ganará esta guerra?
Mis piernas están demasiado cansadas,
no puedo seguir corriendo.

David Byrne, el gran artista. Una de las mejores canciones de un disco simplemente genial: Uh-Oh.

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