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La Lengua » Ellis Island

Ars longa, vita brevis

Ellis Island

29 de October de 2008

nada se asemeja más a un lugar abandonado que otro lugar abandonado

Este corto y curioso librito de Georges Perec te prosa y te versa algunos hechos relacionados con la isla de Ellis, la puerta de entrada a los Estados Unidos durante la época en que probablemente vivió su mayor flujo inmigratorio, entre finales del siglo XIX y principios del XX. Millones de personas veían aproximarse la isla de Manhattan, con la Estatua de la libertad, y pensaban que la tierra prometida estaba a su alcance, pero antes debían pasar un examen médico y una especie de interrogatorio. El libro, en sus escasas 61 páginas, es una especie de collage que pega curiosidades y datos históricos de forma un tanto libre e interesante.

La inmigración fue virtualmente libre durante bastante tiempo, hasta que los estadounidenses empezaron a pensar que no cabían muchos más y empezaron a restringir la entrada, por medio de una especie de ley llamada Literacy Act, que exigía, entre otras cosas, que los aspirantes a norteamericanos adoptivos supieran leer y escribir en su idioma. El examen médico era un tanto peculiar: si te veían sano, en una inspección superficial que solía durar unos dos minutos, te espetaban un «Welcome to America» y ale, para adentro. Si el doctor veía algún signo de enfermedad, te pintaba en el hombro con tiza una inicial –correspondiente al tipo de enfermedad del que hubiese visto indicios– y te hacían pasar a otra sala sin explicarte nada, para un examen más minucioso. Algunos pasajes del libro son impresionantes:

La mayoría de los inspectores hacía concienzudamente su trabajo y buscaba junto con los intérpretes obtener datos más correctos y precisos acerca de los recién llegados.

Un gran número era de origen irlandés y poco habituado a la gráfica y a la consonancia de los nombres de Eruropa Central, de Rusia, de Grecia y de Turquía. Por otro lado, muchos emigrantes deseaban tener nombres que parecieran americanos. De aquí que, en Ellis Island, tuvieran lugar innumerables historias de cambios de nombre: un hombre venido de Berlín fue llamado Berliner; otro llamado Vladimir recibió el apellido Walter; otro llamado Adam, el de Adams; un Skyzertski devino Sanders; un Goldenburg, Goldberg, mientras que un Gold se transformó en Goldstein.

Aconsejaron a un viejo judío ruso elegirse un apellido muy americano para que las autoridades no tuvieran dificultades en la transcripción. Pidió consejo a un empleado de la sala de equipajes, quien le propuso Rockefeller. El viejo judío repitió varias veces: Rockefeller, Rockefeller, para estar seguro de no olvidarlo. Pero cuando, muchas horas más tarde, un oficial le preguntó su nombre, lo había olvidado y respondió, en yiddish, Schon vergessen (ya lo he olvidado), y fue así inscripto con el nombre muy americano de John Ferguson.

Esta historia es tal vez demasiado bella para ser verdadera, pero, en el fondo, poco importa si es verdadera o falsa.

Para los inmigrantes ávidos de América, cambiar de nombre podía ser considerado una ventaja. Hoy, para sus nietos, es diferente. Notemos que en 1976, año del bicentenario, varias decenas de Smith de origen polaco pidieron llamarse nuevamente Kowalski (tanto uno como otro apellido significan “herrero”).

El 2% de los emigrantes fue rechazado. Esto representa, aunque parezca poco, doscientas cincuenta mil personas. Tres mil de ellas se suicidaron en Ellis Island entre 1892 y 1924.

La última página del libro también es digna de cita, y juraría que ya la había leído por ahí, especialmente las últimas líneas:

los inmigrantes que desembarcaron por primera vez en Battery Park no tardaron en percibir que lo que les habían contado sobre la maravillosa América no era del todo exacto: tal vez la tierra pertenecía a todos, pero aquellos que habían llegado primero estaban ya servidos, y no podían evitar, amontonarse de a diez en los tugurios sin ventanas del Lower East Side y trabajar quince horas por día. Los pavos no caían rostisados en los platos y las calles de New York no estaban pavimentadas con oro.

En realidad, la mayoría ni siquiera estaba pavimentada. Y comprendían entonces que se los había hecho venir para que ellos las pavimentaran.

La negrita es mía. Por cierto, el nombre de Ellis –antes se había llamado Isla de las ostras, entre otras denominaciones– viene del apellido de un señor que la compró por una ridícula cantidad de dinero. Este hombre, años después, la regaló a la ciudad de Nueva York, que a su vez se la vendió al Gobierno, obteniendo una cifra de dinero nada despreciable.

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