Aprender
What teachers and learners need to know is what we have known for some time: first, that vivid, vital, pleasurable experiences are the easiest to remember, and secondly, that memory works best when unforced, that it is not a mule that can be made to walk by beating it.
Lo que los que enseñan y los que aprenden necesitan saber es lo que ya hemos sabido durante algún tiempo: primero, que las experiencias vívidas, vitales y placenteras son las más fáciles de recordar, y segundo, que la memoria funciona de la mejor manera posible cuando no se la fuerza, que no es una mula que pueda ser obligada a caminar a fuerza de golpes.
John Holt, How Children Learn, en la editorial Pelican.
Hace unos días leí sobre este libro en Boing Boing y me picó la curiosidad. No lo encontré en castellano, pero sí varias copias en inglés (os recomiendo, para libros que penséis que no podéis encontrar, el sitio www.iberlibro.com). Hoy me ha llegado, y le he echado un vistazo por encima. El fragmento de arriba está en la página 8.
Es fácil caer en el escepticismo cuando nos encontramos con alguna de las verdades incontestables que hay entre sus páginas. Dice Holt que cuando un chico está en la escuela, su objetivo no es aprender. Su objetivo es evitar el castigo, conseguir la play de sus padres o incluso agradar al profesor, y en ello pone toda su concentración y la fuerza de sus cinco sentidos. Así, muchos logran aprender, pero no todo lo que deben, puesto que para ellos, en realidad, el aprendizaje no es un fin, sino un medio.
Claro, se puede argumentar: ¿y qué aprenderían los alumnos si no tuvieran miedo al castigo o al suspenso? Yo no lo sé, pero este escritor –profesor además– parece que hizo una serie de experimentos donde dejó a un grupo de niños en una habitación con mucho material didáctico, sin instrucciones, horarios ni exámenes. Dice que los resultados fueron sorprendentes: todos aprendieron mucho, a su ritmo, guiados por su propia curiosidad.
Pero ¿realmente aprenderían lo que necesitan aprender, o solo lo que les gusta?
Y aquí está la pregunta que yo hago: ¿qué es lo que los niños y los jóvenes necesitan aprender?
Cualquiera tan cínico y desengañado como yo sabrá que la escuela gratuita y universal es simplemente un instrumento para que los proletarios aprendamos a manejar las máquinas de los empresarios, que cada vez son más complicadas. Ahora se da Informática en los institutos, pero no precisamente para que los chavales ronden la Wikipedia en su casa, sino para que accionen el terminal bancario en la empresa de Botín. La escuela, más que para permitir al proletariado escapar de su condición, se creó para formar a un proletariado más eficiente (y más obediente: para ello las clases de Religión, las de Historia tergiversada y las de Educación para la ciudadanía).
Ya me conocéis, yo soy un buen profesional, no porque me guste mi trabajo, sino porque me gusta hacer bien todo lo que hago. Y en el instituto sigo las programaciones y los reales decretos. Pero en mi clase de Historia y cultura de las religiones en 1.º de Bachillerato –no evaluable mientras no se demuestre lo contrario– les he contado a mis alumnos hoy historias sobre Stonehenge, las líneas de Nazca, las pinturas rupestres de Argelia, los observatorios astronómicos de los indígenas precolombinos y el gran caballo blanco de Uffington. Los druidas, los menhires y las runas. A pesar de ser a primera hora sigo manteniendo una asistencia casi total de alumnos, algo que sinceramente no esperaba. Y cuando ha sonado el timbre y he dicho que la clase había acabado, después de responder a un par de dudas, me he fijado en que algunos alumnos estaban apuntando todos esos nombres extraños en sus cuadernos, para googlear en casa. En mis clases de Lengua castellana y literatura, la mayoría apuntan lo que les digo, con más miedo que interés. Es una diferencia mucho más grande de lo que parece a simple vista. Quiero decir: unos chicos de diecisiete años, que tienen en la cabeza más tetas que cualquier otra cosa –sobre las chicas no sé, porque nunca he sabido qué hay en sus cabezas a esa edad ni a ninguna–, han apuntado los nombres de unos monumentos que fueron acabados miles de años antes de que el primer artista de hip hop ladrara por la radio, y quizás a esta hora alguno esté aprendiendo y asombrándose de lo interesante que es este mundo, con lo aburrido que parecía. Los de Lengua, asignatura obligatoria y evaluable, habrán acabado la tarea obligatoria con un evidente fastidio, en el menor tiempo posible, para ponerse a hacer lo que sea que les guste.
Y esto es un dilema: porque debes enseñar a tus alumnos lo que viene en tu programa, sabiendo que estás consiguiendo, con toda certeza, quitarles las ganas de aprender, quitarles el instinto primigenio de que aprender es muy divertido y una de las capacidades más asombrosas y útiles de los mamíferos superiores. Pero debes hacerlo para que de mayores sean unas eficientes ratas que pulsan la palanca en el banco o en la cadena de montaje de alguna fábrica, porque no quieres que en el futuro sean unos inadaptados, sino unos elementos productivos y eficaces dentro de la ciclópea maquinaria picadora de carne que tienen montada entre los políticos y los grandes empresarios.
O, aunque en realidad no lo prefieras, es tu trabajo. Triste, sí, pero de algo hay que comer.
Lo que jamás llegué a pensar es que fuera precisamente una asignatura sobre religiones la única que me permitiera contarles a mis alumnos la verdad sin tapujos.





