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La Lengua » Lecturas de verano

Ars longa, vita brevis

Lecturas de verano

5 de August de 2008

Aunque el tedio me ha atrapado con más fuerza que en toda mi vida, Feedburner me cuenta que este blog tiene unos 350 suscriptores, así que me veo obligado, como los noticiarios de la tele, a escribir algún post insustancial para llenar estas horas tan calientes.

Así que voy a hablar de mi libro. La penúltima vez –penúltima en todos los sentidos– que me presenté a las oposiciones, cuando aprobé pero sin obtener una plaza, comencé a leer El universo elegante de Brian Greene. Por una u otra razón lo dejé en la página ciento cuarenta y tantos. Esta vez lo he retomado desde el principio y voy algo más avanzado.

El tema central del libro es la teoría de las supercuerdas. Esta teoría nació de una necesidad, y esta necesidad de un problema. Hagamos algo de historia.

El mayor científico que ha existido en nuestro planeta fue Isaac Newton, formulador, entre otras, de la teoría de la gravedad, que explicó, por fin, por qué una manzana caía de un árbol precisamente hacia abajo, y también por qué razón la Tierra gira alrededor del Sol y la Luna alrededor de la Tierra. Su teoría arrojó luz sobre uno de los principales misterios del funcionamiento de nuestro universo.

Un par de siglos después, Albert Einstein daba vueltas a alguna que otra inconsistencia que manchaba la ley gravitatoria del gran genio, y tras mucho pensar enunció dos nuevas teorías: la de la relatividad general y la de la relatividad especial.

Estas teorías están relacionadas con unos cuantos hechos del universo que golpean los morros de nuestra intuición mundana, y que a pesar de eso son hechos, ya que están comprobados experimentalmente. Por ejemplo, que no hay nada, absolutamente nada más rápido que la luz. Ni siquiera la gravedad (este era el principal problema de las teorías de Newton). También afirmaba Einstein que, cuanto más rápido se desplaza alguien a través del espacio, más lentamente transcurre el tiempo para él. Es decir, que si emprendemos un viaje hasta una estrella lejana a una velocidad próxima a la de la luz y regresamos, habremos envejecido menos que los pobres que se quedan en la Tierra sin vacaciones por culpa de la crisis económica. Perdón, estanflación.

Parece ser, asimismo, que es imposible, para dos cuerpos que se desplazan en un movimiento uniforme –no acelerado–, decir que uno de ellos se mueve y el otro no. Es decir, que el movimiento es relativo. Si yo viajo en un tren y tú me observas desde el andén, científicamente es posible defender, y demostrar, que cualquiera de los dos está moviéndose… o parado.

Y uno de los conceptos más ofensivos para nuestra observación cotidiana: el recorrido más corto entre dos puntos puede no ser una línea recta, ya que el espacio se deforma debido a la acción de las masas. Y –aquí viene un enorme bofetón a nuestra inteligencia– también el tiempo se deforma por el mismo principio. De hecho, el tiempo y el espacio son manifestaciones parecidas de la realidad. Son dimensiones a lo largo de las cuales podemos viajar, aunque en la dimensión temporal solo podemos ir en una dirección.

Acabo de entrar en el apartado dedicado a la mecánica cuántica. Esta disciplina científica se encarga de estudiar y explicar lo que sucede a una escala increíblemente pequeña de las cosas. A una escala incluso menor que la de los átomos. Y aquí viene la paliza a nuestros evolucionados cerebros:

Resulta que la mecánica cuántica es capaz de realizar predicciones sobre el comportamiento de la materia con una precisión prácticamente absoluta. Esto es: que, científicamente, la mecánica cuántica funciona exactamente como esperamos. Y la relatividad general y la especial funcionan del mismo modo a escalas mayores: por ejemplo, al predecir los movimientos de los planetas o la gravedad que mantiene nuestros pies sobre la tierra. Pero… la mecánica cuántica y la relatividad no pueden ser ciertas al mismo tiempo. A pesar de que las predicciones de ambas teorías son increíblemente exactas en cada uno de sus campos, matemáticamente es imposible que las dos sean ciertas.

Aquí es donde entra la teoría de las supercuerdas (o teoría de cuerdas). Mediante unos cálculos matemáticos, complicados pero bastante «elegantes» (de ahí el nombre del libro), parece ser que el problema de la colisión entre la mecánica cuántica y la gravedad se habría solucionado… Siempre y cuando aceptásemos la existencia de once dimensiones –siete más de las que podemos percibir– y, probablemente, de varios universos paralelos que conviven a una millonésima de milímetro de nuestra existencia cotidiana.

Lo malo, parece ser, es que la teoría de cuerdas es perfecta matemáticamente, pero no ha sido refutada por un solo hecho experimental. Así que muchos físicos la admiten como una bonita construcción matemática o filosófica, pero no le dan credibilidad como ciencia experimental. Sin embargo, sus defensores esperan que el CERN –el mayor acelerador de partículas del mundo– sea capaz tarde o temprano de apoyar la teoría de cuerdas con algún dato palpable. Hasta entonces, hay grandes físicos que creen en la exactitud de esta teoría, y otros grandes científicos, entre ellos varios premios Nobel, que no le muestran ningún respeto en tanto no se vea respaldada con un solo dato experimental. No obstante, todos admiten que, matemáticamente, esta teoría es solvente, aunque no todos piensen que sirva para explicar nuestro universo.

De momento el libro mantiene unas cotas altísimas de interés, y he de decir que para alguien como yo, de letras puras, y que recuerda de ciencias lo que unos profesores mediocres le enseñaron en el instituto –y lo que ha podido ir consiguiendo de forma autodidacta–, el libro está siendo comprensible, aunque hay algún pasaje que debo leer un par de veces o tres, y algún otro en que tengo que frotarme los ojos en un gesto de incredulidad. Pero espero acabarlo y llegar a comprender todo el asunto este de las dichosas cuerdas de marras.

La teoría se llama así, por cierto, porque según ella toda la materia del universo estaría compuesta, a un nivel infinitamente pequeño, por pequeños filamentos o cuerdas, y la existencia de distintos tipos de partículas componentes de la realidad (electrones, neutrones, protones, muones, fotones, los escurridizos gravitones, etc.) se vería explicada por un distinto modo de vibrar de estas minúsculas cuerdecitas.

En esta entrada de otro blog podéis leer otra reseña del libro, y al final tenéis un enlace a los tres documentales que se hicieron sobre él (en Google Video). Los documentales me los he visto ya, y aunque abordan el tema con una mayor superficialidad, creo que sirven para entender a grandes rasgos de qué va todo este misterioso asunto. Resumiendo: todos somos cuerdas. Yo me pido de guitarra.

¿Y qué estáis leyendo vosotros?

3 comentarios en “Lecturas de verano”

  • # motagirl2 dice:
    5 de August de 2008 a las 15:24

    Pues yo estoy con Gödel, Escher, Bach: Un Eterno y Grácil Bucle, que también es bastante denso y matemático.

  • # V. dice:
    5 de August de 2008 a las 19:59

    Lo sabía, sabía que no era bueno que te diera tanto sol.

    V.

  • # antonio molina dice:
    8 de August de 2008 a las 20:45

    Qué bonita la especulación científica, aunque parezcan dos términos incompatibles… Yo me he leído UNA BREVE HISTORIA DE CASI TODO de Bill Bryson y he comenzado EL HOMBRE ETERNO de Chesterton. Vaya máquina de tío.

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